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¿A quién podemos culpar y celebrar?
 

En 1879 don Manuel Ancízar, rector de la Universidad Nacional, publicó un extenso ensayo sobre la aversión colombiana al trabajo manual y la preferencia por las profesiones liberales. Parte de la explicación estaba, en su opinión, en la herencia colonial; una sociedad en la que ser blanco e hidalgo exigía servirse de otros, veía el trabajo practico como propio de indios y esclavos. Pero si ya llevábamos 60 años de vida independiente, ¿por qué las cosas no cambiaban, y seguíamos dedicados a derramar la sangre de los compatriotas, en vez de progresar como los argentinos?

Una pregunta similar se hicieron los dirigentes del país en 1910, al celebrar los 100 años de la independencia: ¿por qué, mientras México avanzaba, nosotros sufríamos guerras civiles y humillaciones como la pérdida de Panamá? En 1960, la cuestión volvió a surgir; ¿qué explicaba que los colombianos hubieran pasado por una violencia como la que se acababa de vivir? ¿Cuál era la maldición que habíamos heredado, para usar las palabras de Ancízar?

En este año del bicentenario, varios historiadores se han preguntado nuevamente si tenemos algo que celebrar, cuando tras dos siglos se ha mantenido la desigualdad y casi la mitad del continente vive en la pobreza y la marginalidad. Las promesas de la independencia no se cumplieron, concluyen, y quizás nunca se hicieron seriamente, pues los dirigentes de la lucha contra España, al hablar de libertad y derechos para todos, querían establecer su propio derecho a gobernar en beneficio de una estrecha oligarquía.

El argumento es sin duda excesivo. Son muchas las razones para matizar un juicio tan extremo, y son innegables los avances logrados en estos dos siglos: hoy, pobres y explotados, los americanos participan en la elección de sus gobiernos, pueden defender sus derechos ante los jueces, viven casi el doble que sus tatarabuelos.

Pero lo que es un sofisma es juzgar a los héroes de la independencia –prematura pero oportuna, según Ancízar, pues fue producida por una crisis de España sin preparación local, pero sin ella nunca nos habríamos preparado- por la pobreza actual, o por las guerras civiles de nuestra historia, o por la incapacidad para establecer una sociedad moderna y laica, Y es también un sofisma atribuirles los avances que hacen que nuestras gentes disfruten hoy de una vida con más oportunidades. Bolívar, Nariño, Santander, Torres, lucharon las peleas de sus tiempos, con mayor o menor éxito, pero fueron sus sucesores los que hicieron el país, dándole los rasgos que tiene. Los generales del siglo XIX que se lanzaron a las guerras civiles, los conservadores que a fines del siglo volvieron a poner el país bajo la tutela eclesiástica, los dirigentes liberales y conservadores que no lograron impedir la violencia, los ideólogos y jefes de la izquierda que justificaron en la segunda mitad del XX la lucha armada, los políticos corruptos que crearon el sistema clientelista que se consolido al terminar el Frente Nacional tienen mucho más que ver con nuestros males que los dirigentes de la independencia.

Y del mismo modo los que lucharon para dar derechos a los obreros o a las mujeres, los que impulsaron la educación, los que trataron de separar la iglesia y el Estado, los que declararon la guerra al narcotráfico y la corrupción, los que se opusieron a la alianza del Estado y el paramilitarismo, los que establecieron las bases para un sistema de salud que atendiera toda la población, son los que merecen el agradecimiento por lo bueno que haya en nuestra historia.

Los héroes de la independencia, como lo dijo Alberto Lleras en 1960, nos dejaron “una sola palabra, libertad“, y todo lo demás quedó inconcluso, para que lo buscaran y lograran los que vinieran después. Hoy no podemos condenarlos por lo que no hemos podido lograr, ni atribuirles lo que en justicias debemos reconocer a otros. La independencia no es el embrión del que ha surgido todo lo que somos, ni hay que leer lo que ocurre hoy a la luz de una arqueología anacrónica: si queremos un país diferente, la tarea de formarlo es nuestra y no podemos esperar que el pasado la asuma por nosotros.

Jorge Orlando Melo
Publicada en Ambito Jurídico No. 305, 6 de septiembre de 2010

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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