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Historias paralelas: los cuentos de Alice Munro
 

Hace unos 30 años comencé a leer con asiduidad los cuentos de Alice Munro que salían, cada tres o cuatro meses en el New Yorker. Casi todos pasan en Ontario o en la costa pacífica del Canadá, y conforman una compleja y matizada descripción de las costumbres regionales y de su cambio a lo largo del siglo XX. Los personajes, que con frecuencia reaparecen en otros relatos, son sobre todo mujeres, a veces niñas o adolescentes, en una sociedad campesina, de colonos fuertes y violentos, en un ambiente en el que la familia y la religión definen las reglas de la vida. Pero aunque en esos años remotos las mujeres estaban sometidas a reglas opresivas y a la arbitrariedad de los varones, las narraciones muestran cómo ellas afirmaban su independencia y se enfrentaban a las exigencias tradicionales de la sociedad. En el primer cuento del New Yorker, “Azotes de reyes”, una niña de seis años goza provocando a su madre adoptiva y la saca de quicio, aunque sabe que cada enfrentamiento terminará en un ritual violento, con los correazos del padre. Años después, en “La novia mendiga”, la misma niña pobre, ahora becada en la universidad, impone sus reglas en su noviazgo con un joven millonario.

En estos cuentos tempranos o en los que, años después, hablan de la vida en Vancouver o en Toronto a fin de siglo, el tema de fondo parece ser cómo los acontecimientos e incidentes del presente transforman las experiencias de sus protagonistas. La familia, la mezcla de odio y afecto del hogar, la ambigüedad del amor, sus exaltaciones y trampas, el dolor y el placer de la infidelidad, las rupturas y separaciones matrimoniales, la enfermedad y la muerte, llegan a la vida y hacen que esta muestre un significado inesperado.

Como los cuentos clásicos de Raymond Carver o Machado de Assis, los de Munro concentran en unas decenas de páginas un mundo tan rico y complejo que parecería exigir una novela. Es notable la perfección del estilo: están escritos en un lenguaje de sobriedad implacable, sin adornos, de pocos adjetivos y metáforas, pero de absoluta precisión en el que cada detalle, cada frase y cada gesto, cada elemento del paisaje, de la ropa o del ambiente doméstico, ilumina la psicología de los personajes y los rasgos de la sociedad que enfrentan.

En muchos cuentos la anécdota es un recuerdo, un incidente menor que hace ver distinto el pasado: una mujer se hace amiga de una vendedora de cosméticos que llega a su casa, y un día su marido, un poeta, reconoce a la vendedora, pues tuvieron un amorío loco años atrás. La esposa se da cuenta de que su poema más famoso y audaz es sobre la vendedora y todo tiene que cambiar. En otros los incidentes son de una violencia casi insoportable: una mujer ve a su cuñado cuando mata a su marido, pero decide protegerlo, confiesa un crimen que no cometió y va a la cárcel; un padre que mata a sus hijos; el marido que lleva a su esposa, con Alzheimer, a una clínica de reposo.

Creo que estos cuentos me atraparon, más que por su virtuosismo, porque describen la transformación de unas formas de sensibilidad no muy distintas a las que recordamos en Colombia. Los campesinos canadienses tienen una vida comparable con la de los colonos antioqueños del siglo XIX, igualmente violentos y religiosos. La decisión con la que las mujeres rechazan lo que la sociedad espera de ellas hace pensar en el mundo en apariencia patriarcal, pero en realidad definido por el poder de las mujeres de Antioquia, en esos años de 1960, antes de que, como se ve en los cuentos más recientes, el discurso de la emancipación femenina cambiara, en Canadá y Colombia, el lenguaje de las relaciones entre hombres y mujeres, y se convirtiera en muchos casos, más que en una fuerza de liberación, en una forma de falsa emancipación.

Jorge Orlando Melo
Publicada en Ámbito Jurídico No. 381, 14 de noviembre de 2013

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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