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Autores sin derechos
 

A las personas comunes y corrientes no se les ocurriría dejar de pagar a los campesinos, industriales o intermediarios, los productos que compran, ya procesados, en los supermercados. Pero muchos piensan que no se debe pagar a los autores de los libros, discos o películas que queremos ver, y que se debían poder conseguir gratis, sobre todo ahora que hay tecnologías que reducen bastante los costos de impresión o distribución.

En parte esto ocurre porque el trabajo intelectual parece menos trabajo que el físico, y la gente no se ha acostumbrado, en Colombia, a que músicos y escritores vivan del sudor de su frente. Algunos, generosos, piensan que el Estado debe sostener a artistas y creadores, para que no haya que pagarles por sus obras. Otros, cada vez más, piensan que como la cultura es un derecho fundamental (y ahora todo tiende a ser un derecho fundamental: la salud, la educación, la recreación, el agua, el deporte, la buena alimentación) debería ser gratis, es decir que sería financiado con los impuestos de todos. O creen que como los libros y la música se usan sobre todo para educar y promover la cultura, el derecho a a la educación, a la lectura o a oír canciones predomina sobre el derecho del creador a que le paguen su trabajo.

Hay casos en los cuales las normas han previsto que no se paguen esos derechos: son las llamadas excepciones, que permiten, sin pagar a nadie, poner un disco o leer un cuento en clase, citar textos, hacer unas variaciones sobre un tema musical, parodiar un poema, prestarle un libro a un familiar, leer el libro en la biblioteca pública. Estas excepciones permitían crear un equilibro entre los derechos de propiedad y la función cultural y social de la creación artística o intelectual. Y estaban pensadas para que no afectaran seriamente los ingresos de los autores.

Hoy la tecnología ha cambiado las cosas: si subo un libro a la red no lo presto a un amigo: lo presto a todos los posibles lectores, de manera que el libro no se vende y ni el editor, ni el librero, ni el autor pueden recibir algo por él. Ya esto acabó prácticamente con los ingresos de los compositores e intérpretes por venta de discos. Los más famosos se defienden de lo que pierden por esto con lo que reciben por sus conciertos multitudinarios. Pero los compositores y la mayoría de los músicos o intérpretes, cuyas obras se oyen en radio, o en restaurantes,o como parte de una telenovela, o en la tranquilidad y el silencio privados, dependen de los pagos que se hagan por estos conceptos. Como cobrar eso es difícil. se han organizado en sociedades privadas de autor para que traten de hacerlo. Estas sociedades, como todos los intermediarios, tienen problemas, y a veces sus funcionarios cometen errores y pecados de distinta gravedad.

Con la misma lógica con la que podríamos no pagar impuestos porque hay corrupción o mala administración, muchos de los que tienen que pagar los derechos de autor están impulsando una campaña para que esas sociedades de autores queden en la picota, y para crear un ambiente público que haga difícil cobrar esos derechos. Los empresarios podrán pagar menos a los músicos, y la mayoría de estos recibirá menos por su trabajo. Si les hacemos caso a los que todos los años exhiben la tragedia de algún músico que cobra unos derechos ínfimos, casi siempre porque lo convencieron de que firmara unos contratos desventajosos, o porque no se afilió a la sociedad que podía representarlo, y dejamos de pagar esos derechos que se presentan como abusivos, lo que es hoy mal de unos se volverá mal de todos.

Si no pagamos impuestos, no habrá educación ni salud pública. Y si no pagamos derechos de autor, es poco probable que haya muchos autores, pues casi todos suponen, quizá de puro ingenuos, que tienen el derecho a vivir de lo que hacen.

Jorge Orlando Melo
Publicado en Ámbito Jurídico, Noviembre 28 de 2011

 

 

 

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