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Crímenes y periodismo
 

Antes de 1940, en Colombia, un asesinato era algo insólito. Algunos periódicos descubrieron desde el siglo XIX, como en Europa, que los lectores querían saber todo acerca de víctimas y asesinos. Eran crímenes producidos por locura y ambición, por celos y odios: las pasiones convertían cada muerte en una novela, más interesantes aún por la búsqueda de culpables o de explicaciones para hechos incomprensibles. En 1873, en Medellín, cuatro mujeres fueron asesinadas a hachazos. En “El crimen de la Aguacatala”, una de las primeras crónicas policiales de tono literario, Francisco de Paula Muñoz describió los hechos, planteó hipótesis, analizó las declaraciones de los testigos y las actuaciones de las autoridades, con precisión y cuidado sorprendentes.

Entre 1910 y 1950 las grandes ciudades se llenaron de inmigrantes, industrias, plazas de mercado, estaciones de tren, prostíbulos y barrios pobres. Los asesinatos, cada vez más frecuentes, surgían sobre todo de las rivalidades eróticas en cantinas y chicherías, de las peleas entre vecinos, de las venganzas por una ofensa a la familia, que acababan en un desafío, con tinte heroico, entre mozos apasionados y enceguecidos, que se enfrentaban a cuchillo o machete. La crónica roja se fue volviendo una sección habitual de los diarios, escrita por jóvenes con ambiciones literarias, que encontraban en los hechos de violencia la oportunidad de describir bares, barrios pobres, mujeres y hombres arrastrados por pasiones irresistibles. Ximénez en El Tiempo, Felipe González Toledo en el Espectador o Alfonso Upegui, “don Upo”, en El Colombiano, relataron los asesinatos del doctor Matallana, la historia de Teresita la descuartizada, el crimen del Edificio Fabricato. Cuando en 1943 don UPO empezó una crónica diaria en El Colombiano, breve y apretada, sobre los procesos penales de Medellín, parecían copias de unos cuentos que había escrito 10 años antes. Su estilo es el más sorprendente: las crueles historias que contaba cambiaban de carácter por el tono irónico, la inexpresividad con que mostraba cómo el asesino echó los trozos del cadáver de la amada a un inodoro, la parodia de la retórica de abogados, fiscales y legistas, los detalles de humor negro: un joven que apenas sabe conducir y va con su novia atropella a dos niños, y don UPO anota que probablemente manejaba con una sola mano. Cincuenta de sus cinco mil notas, de cómicos títulos, fueron reeditadas hace algunos años, como lo han sido las mejores crónicas de Ximénez y González Toledo.

En los años difíciles de la violencia, el público esperaba más detalles y los periodistas no se contentaban con las dos o tres cuartillas que les daban los periódicos. Los cronistas policiales de Medellín se unieron en 1954 para crear Sucesos sensacionales, donde tenían espacio para convertir cada homicidio en una pequeña novela y que duró hasta 1976. En 1956, ante el cierre de El Espectador, Felipe González Toledo y Rogelio Echavarría publicaron Sucesos, que duró seis años. Prensa amarilla o crónica roja: son periódicos de inesperada calidad. En Sucesos colaboró Gabriel García Márquez, que había hecho en 1955, para El Espectador, un extenso reportaje sobre el asesinato en Italia de Wilma Montesi. En cada entrega incluía recuadros que recordaban a los lectores los indicios que debía considerar para seguir las pistas y desenredar los enigmas.

Hoy la violencia es banal. Hemos oído tantos horrores que no queremos saber más, y los periódicos cubren apenas los homicidios más escandalosos, sin pretensiones literarias y sin la cuidadosa evaluación de los hechos antes usual. Tenemos más muertos, más crueldad y menos literatura. Somos más indiferentes y duros, y nos falta la catarsis de la literatura, refugiada en las novelas, y del humor negro, cruel pero en el fondo compasivo y humano.

Jorge Orlando Melo
Publicado en Ámbito Jurídico, 9 de mayo de 2011.

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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