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Descansar, descansar y descansar
 

Cuando Jiménez de Quesada llegó a tierras chibchas, se sorprendió por la prosperidad de los indios, que eran capaces de alimentarse con muy poco trabajo. Vivían en la abundancia, en tierras llenas de papas, cubios, maíz, infinitos venados y “fucos” o curíes. Según él, dividían el mes en tres partes: 10 días para mascar coca, 10 para sembrar y trabajar y los otros 10 los gastaban “en conversar con sus mujeres y en holgar con ellas”.

Este paraíso terrenal terminó pronto, y durante cinco siglos la sociedad ha tratado de que la gente trabaje sin parar. En el siglo XIX los dirigentes del país se quejaron una y otra vez de una naturaleza tan generosa que bastaban unas pocas horas de trabajo para conseguir la subsistencia, lo que fomentaba la pereza del pueblo. Pero esta dañina abundancia se fue acabando, y la tierra en la que crecían plátanos, papa, maíz y yuca se entregó a los españoles para que criaran ganado, mientras la mayoría de la población se refugiaba en minifundios que no producían lo suficiente para comer. El trabajo duro se convirtió en la única manera de sobrevivir y en fuente de orgullo de zonas como Antioquia, donde hasta los poetas le cantaban al hacha y al machete. No todos, por supuesto: todavía hace 100 años León de Greiff contraponía “tanta tierra inútil por escasez de músculo, tanta industria novísima, tanto almacen enorme”, a los placeres sencillos: “!pero es tan bello ver fugarse los crepúsculos!”.

En esos años no se trabajaba tanto como hoy, y pocas mujeres dejaban el hogar, donde cuidaban y enseñaban a los hijos y atendían a la familia, para ganarse unos pesos. Aún recuerdo con gusto esas pequeñas fincas en las que a las seis de la tarde, los 10 o 12 hijos y otros tantos primos se reunían a comer y a oir, a la luz de unas velas, por dos o tres horas, cuentos e historias de fantasmas y aventuras.

Pero hemos progresado mucho. Hoy se vive más, y la idea de retirarse a los cincuenta años, como los maestros y empleados de hace medio siglo, es absurda, cuando pueden trabajar hasta los 65 o más años. Y el computador y las máquinas han hecho el trabajo más fácil de modo que podemos dedicarnos más tiempo a él. Hoy todos pueden tener muchas cosas, comprar de todo, alimentarse mejor, y salen a buscar un salario para poder disfrutar la vida: los hombres, las mujeres, los adolescentes.

Se trabaja y se gana mucho más, pero uno no sabe si se vive mejor, si la gente está más contenta. A veces parece que no, que hoy las personas están más insatisfechas, que la carrera entre lo que quieren comprar y lo que pueden pagar la pierden siempre los salarios, y que hay muchas necesidades que cubrir: hay que comprar grandes televisores para reemplazar los cuentos de fantasmas y miedo, tener carro para llegar al trabajo en vez de ir a pie, y como toda la familia trabaja hay que pagar guarderías desde que los niños empiezan a caminar, de modo que crecen educados por extraños, con padres y madres fatigados y ansiosos.

Marx y los utopistas del siglo XIX creían que la técnica y la industria permitirían trabajar menos. Realmente, en los últimos 500 años cada día trabajamos más, y el ideal protestante de trabajar sin cesar se ha impuesto en el mundo. Ni siquiera, ya que la utopía social fracaso, hay pequeños escapes: entre nosotros es imposible conseguir trabajos de medio tiempo, para que el padre y la madre se repartan la atención de los niños, o trabajar menos horas al día o menos días a la semana o pactar vacaciones más largas, para los pocos que preferirían, aún hoy, ganar menos pero tener más tiempo libre. ¿Trabajar menos, ganar menos para vivir mejor? El que proponga esto tiene que estar loco y está contra la sociedad: pone en cuestión el triunfo de las grandes instituciones de nuestra era, el centro comercial y la tarjeta de crédito.

Jorge Orlando Melo
Publicada en Ámbito Jurídico No. 379, 30 de septiembre de 2013

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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