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Falsos dilemas
 


En los viejos manuales de lógica y argumentación, uno de los sofismas más discutidos es el que los aristotélicos llamaban la falacia de tercero excluido: reducir un problema a dos posiciones extremas, afirmar o suponer que solamente existen esas posiciones y plantearlas como un dilema en el que hay que escoger una de las opciones planteadas.

Los políticos son muy adeptos al falso dilema, porque sirven para buscar la adhesión emocional de los que rechazan uno de los extremos del dilema. Pero para los ciudadanos, o para los congresistas que elaboran una ley, o para quien quiera argumentar con seriedad sobre un problema, es importante percibir y desmontar estos argumentos errados.

En Colombia, la argumentación política y jurídica, influida por la polarización general, por el extremismo ideológico, y por una tradición cultural y educativa en la que el debate es ante todo para derrotar al adversario o ridiculizarlo, el falso dilema surge con inquietante frecuencia. Los defensores de la pena perpetua para los violadores sexuales, por ejemplo, plantean que como en muchos casos los violadores pagan solo “dos o tres años de cárcel” es conveniente aprobar la cadena perpetua para ellos, como si no existiera una opción intermedia. Uno de los argumentos que se usó para convencer al congreso de que debía prohibir la dosis personal era que si no se prohibía el consumo no había forma de luchar contra el tráfico: o tolerancia o penalización.

El presidente Álvaro Uribe recurre con frecuencia a los falsos dilemas. En el reciente debate en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, respondió al decano de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional, que objetaba el reclutamiento de informantes pagados entre los estudiantes, diciendo que el país tenía que escoger entre “una cultura de cooperación con la fuerza pública” y “un país con una cultura de encubrimiento”. En este caso la falacia lógica consiste en suponer que quien no apoya los informantes pagados está eligiendo la cultura del encubrimiento. Sin embargo, un análisis frío muestra que es posible rechazar el encubrimiento y estar contra esta propuesta, pensar que es bueno que los ciudadanos colaboren con las autoridades y denuncien a los delincuentes, pero considerar que deforma los valores ciudadanos que la colaboración sea pagada, y que esto puede ser negativo, convertir las virtudes ciudadanas en virtudes mercenarias y abrir el camino al chantaje de las autoridades y de los mismos ciudadanos por los delincuentes.

Cuando la policía y la justicia dependen de la colaboración de informantes pagados (y esto incluye la forma de pago más frecuente ahora, que es eximir o reducir penas a cambio de delatar otros delincuentes), aumentan las falsas acusaciones, y, como ocurría en los países comunistas, y ocurrió antes en los sitios donde existía la Inquisición, las personas se convierten en delatores para saldar cuentas familiares o buscar venganzas privadas. Los informantes pagados se reclutan casi siempre entre los individuos menos dignos de confianza. Es casi seguro que en la universidad serán los estudiantes más cercanos a la delincuencia, los que tienen una ética personal menos sólida, los más corruptos y fantasiosos, y los que crean que pueden desquitarse de una mala nota sembrando la sospecha contra sus docentes.

Este caso es un ejemplo de la lógica binaria que domina hoy la política nacional y se extiende a la administración pública, a las políticas económicas y a la justicia. Los promotores de los falsos dilemas caricaturizan el liberalismo económico, para presentarlo como un sistema que solo sirve a ricos y explotadores, o pintan la intervención del Estado como siempre corrupta e ineficiente. O definen a todo el que apoya algunas de las medidas del gobierno como “paramilitar”, o al que cree que la política de seguridad democrática está empezando a perder su impacto y debe rediseñarse como “simpatizante de la guerrilla”.

En un año electoral, la tentación de pintarlo todo de blanco y negro y borrar los matices se hace más fuerte. Probablemente algunos invitarán al país a escoger entre la dictadura y la democracia, mientras otros dirán que la elección es entre la seguridad y el caos. Falsos dilemas, frente a los cuales hay que pensar con tranquilidad, sin simplificaciones emotivas, sin dejarse arrastrar por falacias retóricas.


Jorge Orlando Melo
Publicado en Ámbito Jurídico, febrero 15 de 2010

 

 

 

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