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Historia y Memoria
 

El país muestra una curiosa contradicción entre el desconocimiento cada vez más grande del pasado y el interés creciente por la memoria y las conmemoraciones.

Hace décadas casi no se enseña historia en los colegios, y tampoco antes la escuela podía formar una conciencia histórica sólida: la clase de historia era un recuento seco de héroes, batallas y uno que otro acto administrativo o de progreso, en un tono ingenuo de patriotismo. Pero lo que no daba la escuela lo daba la polémica política. Las generaciones anteriores a 1950 tenían una visión del pasado enmarcada en el conflicto entre liberales y conservadores, con sus persecuciones mutuas y sus grandes hombres. Los periódicos, la radio, las conversaciones de cantina, los discursos en la plaza educaban a los ciudadanos en este relato maniqueo, una memoria que se transmitía de viva voz y que los historiadores trataban a veces de suavizar y a veces de alimentar. Muy poco añadían la escuela, los espacios y monumentos púbicos o los museos, casi inexistentes y visitados por pocas personas. San Agustín, el Puente de Boyacá, las murallas de Cartagena, dos o tres ciudades coloniales, sus iglesias y sus vírgenes, algunos paisajes campesinos y el Museo del Oro daban una vaga impresión del pasado nacional.

Pero a medida que desaparece la conciencia histórica parece fortalecerse el culto a la memoria y la preocupación por avivarla. En los últimos treinta años el país ha tenido una violencia confusa y sin sentido claro para los colombianos. Esta violencia incluía, para crear el terror, el intento de borrar a las víctimas no solo de la realidad, sino de la memoria, o mezclarlas en una masa de simpatizantes de la guerrilla o de sus oponentes. Después de una masacre o una toma guerrillera a un pueblo, en las fosas comunes, sin nombres, se enterraba la historia de familias, veredas o comunidades, que quedaban apenas como un registro en las bases de datos de los organismos judiciales y en las noticias olvidadas de los periódicos. En el ambiente de los procesos de Justicia y Paz, con su pretensión de encontrar la verdad, muchas comunidades buscan ahora desesperadamente recobrar sus recuerdos, reconstruir su memoria, crear conmemoraciones y rituales periódicos, crear lugares de recuerdo. La memoria permite que las personas y las comunidades rehagan su vida, restablezcan sus lazos perdidos, encuentren incluso la forma de perdonar a sus enemigos o victimarios.

Memoria e historia han sido siempre cosas distintas: la primera es el recuerdo de la experiencia vivida, individual o de un grupo afín. Basada sobre todo en la tradición oral, puede ganar mucho con el trabajo sistemático de la historia, que toma las memorias y documentos del pasado para tratar de reconstruirlo ordenada y sistemáticamente. La memoria es más fuerte y tiene un significado mayor para la vida, pero cada grupo tiene sus propias memorias, incompatibles entre sí, y un mismo hecho puede ser recordado en formas muy diferentes por quienes estuvieron en uno u otro lado del conflicto. La historia, por su parte, se empeña en someter esas múltiples recuerdos, contradictorios e inexactos, a un proceso crítico, buscando establecer la verdad, o al menos acercarse a ella.

Afirmar la memoria vivida es, después de estos años de turbulencia, esencial para que las personas recuperen el sentido de su vida y de su identidad personal. Y someter  esa memoria a la crítica de la historia es indispensable si queremos tener un relato comprensible,  de lo que ha pasado en Colombia, con un núcleo compartido, que pueda enseñarse en las escuelas. Memoria e historia son distintas, pero necesitamos las dos: sin memoria la historia es una narración erudita y vacía, sin historia la memoria se aferra al pasado, pero no permite formar un presente y un futuro que podamos compartir.

Jorge Orlando Melo
Publicada en Ámbito Juridico, 14 de mayo de 2012

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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