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Las ilusiones perdidas
 

Colombia ha contribuido poco al desarrollo de la ciencia o la tecnología. Con algo de esfuerzo podrían identificarse unos casos notables: la válvula de Hakim, el güinche* algunos elementos del marcapasos, el café resistente a la roya.  

Esto es así porque el sector productivo prefiere usar tecnología importada, cuando está ensayada y no hay que asumir los costos y riesgos de la investigación.  Nuestros empresarios creen que es más barato esperar a que en otras partes mejoren la tecnología, diseñen los aparatos, descubran las drogas que curarán nuestras enfermedades. Por otra parte, las universidades, hasta hace unos cincuenta años, formaban sólo profesionales, que aprendían a aplicar procedimientos desarrollados en otras partes. Desde mediados de los sesenta, sin embargo, han intentado, con ayuda del Estado, que creó en 1968 a Colciencias, convertir la investigación en parte esencial de su trabajo. Hay resultados: más profesores de tiempo completo, programas de formación de científicos  y apoyo financiero para los proyectos de investigación. No obstante, si se compara a Colombia con otros países de desarrollo similar, seguimos siendo muy débiles: la parte del PIB que se gasta en investigación y desarrollo es mínima, la investigación casi no produce resultados, hay pocos inventos y descubrimientos que valga la pena registrar.
 
Apoyarse en el conocimiento ajeno es barato, y ayuda a explicar por qué en el último siglo hayamos podido industrializarnos y crecer algo más rápido que los países avanzados. Pero las ventajas de esta situación son pequeñas y limitadas. La investigación y la ciencia responden a las necesidades y condiciones de otros países, y no a las nuestras. La medicina se esfuerza más en curar las enfermedades de los países ricos que las nuestras. Si la malaria diera en Nueva York o París habría una cura hace décadas. Y un desarrollo menos mediocre habría requerido, como pasó en Japón o Corea, y está ocurriendo en China y la India, alcanzar niveles educativos que permitieran que el conocimiento se volviera factor importante de producción, de manera que pudiéramos pasar de copiar a producir ciencia y tecnología propias, que permitieran utilizar bien nuestros recursos.
 
Para dar un salto en este campo hacen falta más recursos y un sistema más exigente. Hoy muchas universidades investigan para quedar bien con Colciencias o con los sistemas de evaluación de la educación superior, y cumplen apenas con los rituales y formalismos necesarios. Hay cantidades de proyectos pero casi nadie dice nada de los resultados, ni hay un sistema decente de información sobre la investigación que se hace en el país.
 
Dedicar el 10% de las regalías a un Fondo de Ciencia, Tecnología e Innovación parecía responder a esta necesidad,pero todo indica que el Fondo va a funcionar de la peor manera posible. El dinero existe pero la forma de distribuirlo, determinada por una reforma constitucional y una ley confusas e incoherentes, hará que no sirva para casi nada: los recursos se repartirán entre los departamentos según criterios sin relación con la capacidad científica o la posibilidad y necesidad de hacer investigación de calidad, y la administración del sistema la harán unos organismos de una estructura enrevesada y de composición política, en la que los poderes regionales van a tener la voz cantante. Uno puede apostar a que va a ser muy difícil gastar bien la plata, y que se convertirá en otro botín para los políticos locales, y en fuente de financiación para proyectos incontrolables y aparentadores, para mucho gasto en infraestructura, en equipos y laboratorios que no se usarán.

Como el sueño de una justicia eficaz o la reforma de la educación superior, la esperanza de que la investigación sea una de las locomotoras del desarrollo habrá que meterla al escaparate de las ilusiones perdidas.

Jorge Orlando Melo
Publicada en Ámbito Jurídico, 6 de agosto 2012, 

*. Manuel Antonio Jaramillo, en su novela Mercedes, publicada en Medellín en 1907, dedica un capítulo a "La historia del güinche" y la atribuye a don Jerónimo Jaramillo. El padre de Mercedes le explica a ésta lo siguiente: "Suponéte que para empradizar era con palos; no había herramienta; hasta que un día, don Jerónimo Jaramillo, que era muy curioso  y sabía de todo, se puso, como vos ahora, a ver trabajar unos peones que tenía en  La Ramada, y a un rato se fue a la casa y trajo un cuchillo  pequeño, lo hizo amarrar de un palo de los que servían para empradizar, y observó que si el cuchillo tuviera dos filos, aprovecharía el peón el golpe de ida y de venida; y como reparó también que la punta se clavaba muchas veces en la sabana, se fue a la fragua, porque también sabía de eso, y se puso a hacer un cuchillo con ojo de calabazo, con punta hacia arriba y con filo a lado y lado, y ya me tenés el güinche, que es de tanto alivio.  Después, Jesús, que estaba chiquito, hijo de don Jerónimo, llamó güinche el instrumento este, y así se quedó llamado". Creo que valdría la pena intentar evaluar el gran impacto que tuvo sobre la economía de la colonización antioqueña esta herramienta, que multiplicó por un factor elevado, como lo vió Jaramillo, la eficacia de los colonos en su esfuerzo por convertir helechales en tierras agrícolas o ganaderas. 

 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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