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Leer y escribir bien: ¿eso si importa?
 

Camilo Jiménez, profesor de la Javeriana, renunció a dar clasea en una carta que habla de su experiencia personal: antes sus estudiantes lo oían con atención y escribían ensayos aceptables; ahora no le paran bolas, están pendientes de sus aparatos, leen por encima y escriben mal.

La carta, sin la terminología abstrusa y confusa de moda, provocó la queja de estudiantes que creen que el profesor los está regañando y la indignación de los que piensan que los nuevos aparatos están haciendo más inteligentes a las nuevas generaciones. Y los que ni leen ni oyen, sino que adivinan lo que quiere decir el otro, toman sus argumentos al revés, piensan que ataca a los pobres o que, por elogiar el silencio, juzga inútil la comunicación con los demás.

Algunos critican a Jiménez, que se pregunta si esto tiene que ver con la educación, en la vida o el colegio  y sobre todo si es efecto de las nuevas tecnologías, por no dar soluciones, por no explicar las causas de lo que pasa y quedarse en una descripción, que tal vez otros compartan. Muchos de los que se quejan de esto afirman al mismo tiempo que no hay ningún problema: que los universitarios de hoy son tan capaces como los de antes de leer, escribir y razonar bien, o incluso que lo hacen mejor. Y para otros el asunto se reduce a que siempre hay algún profesor presumido que echa la culpa a sus alumnos.

Vale la pena discutir si hay un problema o no: si todo sigue igual, o si los jóvenes leen distinto, si lo mal que escriben los periodistas, jueces o políticos, o lo mal que habla la gente, que reemplazó el rico lenguaje popular por la retórica pobre de telenovelas y presentadoras, se debe a la educación y al afán de simulación o si influyen en ello tecnologías y medios. Si la posibilidad de encontrar respuestas inmediatas altera la curiosidad de las personas y su visión de la investigación, si las relaciones virtuales desvalorizan las personales, si las redes y enlaces dispersan la atención y debilitan los hábitos y aptitudes que permiten leer textos largos y matizados y seguir argumentos complejos. ¿Estos jóvenes crecidos en la red tendrán la paciencia y la capacidad de lectura longitudinal y no transversal, para seguir a Hart o Dworkin, o a Foucault, Guattari  o Lyotard sin tragárselos enteros y convertir su prosa en una caricatura académica?  ¿Y si esto pasa, es algo malo y debemos reinventar la educación para usar bien los nuevos recursos, o más bien nos alegramos de ello?

El tema se discute en todo el mundo. Sven Birkerts planteó con precisión el asunto en sus Elegía a Gutenberg, ya casi veinte años atrás. Hace poco N. Carr se preguntaba si Google nos iba a idiotizar, J. Palfrey analizaba a los "nativos digitales", John Lanier hacía su manifiesto "Usted no es un dispositivo" y Zadie Smith afirmaba que Facebook refleja la mentalidad hueca y exhibicionista de su creador. Para ellos las tecnologías afectan la lectura, pero más grave es que cambian la relación del individuo con el mundo, y a diferencia de las dos revoluciones previas, la de la escritura y la de la imprenta, este cambio es inquietante, pues produce individuos sin capacidad reflexiva, para los que la imagen es más importante que el concepto y la visibilidad más valiosa que la realidad: individuos sin contactos sólidos, sin relación con la historia o el pasado, sujetos a emociones y solidaridades breves y fáciles de manipular.

Si esto inquieta en el mundo avanzado, donde la cultura de la lectura es arraigada y la educación desarrolla capacidades críticas y reflexivas, es posible que los efectos de las nuevas tecnologías en un país con una educación mala y sin tradición de lectura –Colombia se alfabetizó en la segunda mitad del siglo XX, cuando ya la mayoría usaba radio y televisión– pueden ser todavía más graves. Jiménez no da respuestas, pero empezó por lo primero: hacer algunas preguntas claves.

Jorge Orlando Melo
Publicado en Ámbito Jurídico, Diciembre 19 de 2011

 

 

 

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