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Las novelas del desencanto
 

He leído, una tras otra, cuatro novelas en las que pasa lo que nos aterra todos los días. A un propietario rural lo secuestran los bandoleros liberales y como un rey Lear, camina sin descanso por los senderos rurales con los bandidos. En medio de las buenas familias de Medellín, un rico enredado con los narcos conspira con ellos para secuestrar a su mujer y así pagarles una deuda. Un maestro retirado y sin fuerzas busca a su esposa en medio de los ataques guerrilleros y paramilitares a su pueblo. Un candidato presidencial, en 2019, el que evitará la quinta reelección de un presidente corrupto y que habla en diminutivos, muere en un atentado, pero un sosias ingenuo lo reemplaza y cae en una maraña de intrigas y asesinatos políticos.

Son todos libros muy bien escritos, con prosas ricas y alejadas del lenguaje seudoliterario que han impuesto los noticieros de televisión y de la adjetivación poética que imita a García Márquez pero terminan evocando a Eduardo Carranza. En Tres ataúdes blancos, de Antonio Ungar, hay “tensa calma” y “entereza moral” y cosas así, pero estos lugares comunes son parte de la parodia de un país que habla con frase hechas, para no darse cuenta de que todo lo que pasa es una inmensa parodia. Abraham entre bandidos, de Tomás González, muestra la maestría de un prosista al que nunca le sobra una frase, en una novela austera en la que tampoco sobra un gesto ni hay un párrafo grandilocuente. La escritura de Evelio Rosero, en Los ejércitos (publicada hace ya algunos años), es también impecable y sobria, y María Cristina Restrepo, en La mujer de los sueños rotos, describe con eficacia a Medellín en manos de los mafiosos, hace algunos años.

Y son libros sin ideología, sin una perspectiva política predeterminada. Si uno toma a estos novelistas como muestra de lo que piensan los colombianos educados, concluye que ya no quedan grandes esperanzas: guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes, políticos de izquierda o derecha, gobernantes empeñados en probar que ya acabaron con la guerrilla, buscan asegurar su poder, pequeño o grande, y sacarle todas las ventajas posibles, sin pensar en las consecuencias o el daño que hagan, matando, atracando el presupuesto, secuestrando o mintiendo. Todos rechazan la retórica de la guerrilla o del gobierno Nadie confía en la policía y menos aún en el ejército, que cae con frecuencia en la brutalidad militar: en el pueblo de Los Soldados, ni siquiera se interesan en si el que dispara es un guerrillero, un para o un soldado, que respaldan y desmienten al mismo tiempo sus frases vacías con su crueldad, con la facilidad para caer en terribles excesos mientras hablan del bienestar del pueblo, de la defensa legítima contra los bandidos o de la seguridad nacional. En Tres ataudes blancos, los amigos del candidato asesinato, los que han luchado contra la corrupción y el delito, se alían con el presidente, la mafia, el paramilitarismo y los políticos para desacreditar y matar a su reemplazo y entrar al gobierno en un acuerdo de unidad. Este libro parodia al Estado colombiano copiando a la letra lo que hacen o dicen sus agentes: la caricatura proviene de la transcripción exacta de la realidad.

Los héroes son gentes simples, sin ambiciones, decentes, víctimas de fuerzas que los sobrepasan: Abraham, el maestro, la mujer de los sueños rotos, el profesor de arte que reemplaza al candidato muerto. Nadie espera nada, pero creen por unos instantes que es posible ser decente y enfrentar el mal, pero terminan muertos o derrotados.

Como en la Virgen de los Sicarios, Angosta o Cartas Cruzadas, el lector siente que ha recibido una imagen del país más real y compleja que la de los estudios políticos o históricos, pero no puede evitar la desazón por no tener con quien identificarse, en quien creer. Son las novelas del desencanto. 

Jorge Orlando Melo
Publicado en Ámbito Jurídico, 6 de junio de 2011.

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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