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Patrimonio cultural y patriotismo
 

Un juez de Bogotá ha ordenado al Estado gestionar la devolución del Tesoro Quimbaya a Colombia. Como se sabe, en 1892 el presidente Carlos Holguín regaló a la reina de España, en agradecimiento por el laudo que definió los límites con Venezuela y nos dejó la Guajira, una colección de objetos precolombinos recién sacada de las tumbas indígenas: el “tesoro quimbaya”. Exhibido en Madrid en la Gran Exposición de ese año, puede verse en el Museo de América desde 1993, cuando lo sacaron de los sótanos en que estaba.

Los argumentos legales para la devolución son muy débiles. La donación de 1892 se hizo de acuerdo con las leyes vigentes (no es cierto que la constitución exigiera aprobación del Congreso para estos regalos, como se ha dicho, y la exportación de precolombinos era legal y hasta bien vista), y no se le pueden aplicar normas posteriores.

Un Estado no puede argumentar que un regalo suyo es inválido porque viola las leyes que hizo después, ni puede alegar su propia ignorancia o torpeza, ni poner en duda su buena fe en los tratos con otros gobiernos. Si el tesoro hubiera salido tramposamente, aún si no había ley que lo prohibiera, algo podría hacerse, como ocurre con los frisos del Partenón. En el caso de las láminas de la Expedición Botánica, por ejemplo, podría argumentarse que se las llevó don Pablo Murillo en un acto de guerra, después de fusilar a algunos que trabajaron en ellas, y tratar de que España, que perdió a Colombia en esa guerra, aceptara voluntariamente devolverlas.

Los argumentos desbordan los temas legales, que no dan bases suficientes para un reclamo. Los instrumentos internacionales sobre el tema son pocos y débiles. La convención de la Unesco de 1970 se refiere a bienes culturales que han salido ilegalmente y no a los exportados con la aprobación oficial. Y Colombia no figura siquiera como firmante en la Convención de 1995 sobre bienes culturales robados o sacados ilegalmente de los países.

Quizás sea mejor, en este caso, pensar si se justifica que estas piezas vuelvan, y que sigamos impulsando un patriotismo que llevaría a impedir que el arte colombiano estuviera en los museos del mundo, y a no mostrar arte extranjero en nuestros museos.

Creo, más bien, que mientras estén a la vista en Madrid sirven un propósito cultural valioso, pues permiten a los españoles apreciar la creatividad artística de los pueblos americanos, destruidos por la conquista. Y los colombianos de España, que son más que en casi cualquier ciudad nuestra, pueden encontrar allí un vínculo con el pasado americano y quizás con su propio pasado. Visitar el Museo de América y encontrar, en el lugar destacado en que están, estas joyas precolombinas, puede ser motivo de orgullo vicario para nuestros compatriotas.
Por otra parte, vale la pena pensar de quien son esas piezas. Los colombianos que las reclaman hacen parte de una sociedad mestiza, probablemente más heredera de los conquistadores que de los conquistados. ¿Podemos, como descendientes de quienes acabaron con los indios, reclamar que estas piezas sean devueltas a un Estado que sólo en los últimos años ha intentado seriamente representar a los indígenas? ¿Podemos alegar la acción aventurera de los guaqueros que en el siglo XIX saquearon las tumbas quimbayas y vendieron sus hallazgos al gobierno para pedir que eso sea devuelto al Estado? En este caso, lo lógico sería, si hubiera comunidades culturalmente relacionadas con los Quimbayas, que el tesoro se devolviera a ellos, siguiendo el ejemplo de la legislación norteamericana que ha ordenado a sus propios museos devolver los objetos indígenas a las comunidades descendientes de sus creadores.

Pero lo que puede buscarse, en términos prácticos, es más sencillo: que España autorice hacer una copia idéntica del tesoro, para que se exhiba en Filandia (Quindío), de donde se sacaron, o en Pereira, de donde debieron salir los guaqueros. Por supuesto, hoy las copias son tan perfectas que podría hacerse una reproducción y no decir qué es lo que vuelve al país, o rotarlas, de manera que ningún visitante sepa, en Madrid o en Colombia, si está viendo los originales o su facsímil.

Jorge Orlando Melo
Publicado en Ámbito Jurídico, 1 de diciembre de 2009

 

 

 

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