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Universidades y publicaciones digitales
 

El paso de las ediciones de papel al mundo digital es enredado. Periódicos, librerías, editores buscan como adecuarse a un nuevo medio, que facilita muchas cosas y complica otras. En el sector comercial, hay que encontrar la forma de que se pague el esfuerzo de escritores y editores, lo que permite seguir produciendo nuevos libros y nuevos periódicos de calidad. Sin pago no puede haber reporteros ni investigadores, y sin normas de derechos de autor sólidas, razonables y que se cumplan, el mundo editorial no puede sobrevivir.
 
Pero hay un ámbito en el que el apego a los modelos antiguos no se justifica. Las universidades apoyan los trabajos de sus investigadores y los editan en revistas y libros clandestinos, en ediciones pequeñas que, con pocas excepciones, no circulan ni se venden. Frente a esto, los más ambiciosos tratan de publicar en revistas internacionales, que grandes editores europeos venden a las universidades del mundo, que las compran caras porque no reconocen la calidad del trabajo de sus profesores si no publican en ellas, pues, contando artículos y citas, nos informan si nuestros profesores son buenos o no. Un galimatías, una mafia o un círculo vicioso, en el que pagamos para que nos digan que lo que hacemos vale, pero a costa de que casi nadie nos lea.
 
En áreas como las ciencias básicas y la medicina, que tratan temas universales, esto tiene sentido. Como los artículos son escogidos con base en la opinión de jueces previos, tienen cierto nivel, y el número de citas mide algo la calidad. En las humanidades y las ciencias sociales el sistema es suicida: el artículo se publica en una revista perdida de un país remoto, y los estudios sobre la violencia, o la historia de la novela, se pierden en un mar de publicaciones, sin que sus lectores lógicos, los colombianos o los colombianistas, se den cuenta.
 
De este modo, las universidades pagan para que los profesores investiguen y para que publiquen, editándoles lo que no circula o subiéndoles el sueldo si publican fuera del país, en una tarea de Sísifo cada día más compleja, pues al sistema mundial de revistas se añade un sistema local, igualmente absurdo, inútil y costoso. Y las universidades publican porque ellas mismas no creen en lo que hacen los profesores, a menos que esté publicado en papel, y para poder creerles tienen que gastarse la plata publicándolos.
 
Habría una salida obvia para esto: usar internet con decisión. Hace más de 10 años que algunas revistas del país se hacen solo en internet, con costos mucho más bajos y más lectores. Pero las universidades siguen apegadas al viejo sistema, cuando podrían publicar en la red lo que sus profesores hacen y suspender (con excepciones justificables) casi toda edición en papel.
 
Así, los escritos que se pagan con dinero de todos (en las universidades públicas) podrían ser consultados gratis. Así, los profesores podrían ser leídos en forma inmediata en todo el mundo, a donde no llegan, por los costos de correos, las publicaciones colombianas. Así, los profesores de otros países leerían a los colombianos y los discutirían, reemplazando el juicio de dos colegas, amigos o enemigos, por el juicio abierto de la comunidad científica, que serviría para reconocimientos y evaluaciones, mediante un sistema ponderado de valoración posterior de impacto, basado en citas y comentarios. Así, los estudiantes tendrían mucho mejores materiales para estudiar y las universidades se ahorrarían las cifras inmensas que destinan hoy al proceso de evaluación previa, a un sistema de distribución costoso, que siempre pierde plata, a la edición en papel.
 
Colombia investiga poco, pero no tiene sentido que hagamos lo posible para esconder lo que hacemos, para que no nos lean ni nos discutan.

Jorge Orlando Melo
Publicada en Ámbito Jurídico, 28 de enero de 2013

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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