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En este año Colombia celebra doscientos años de vida independiente. En estos dos siglos trató de establecer un orden político adecuado, con resultados contradictorios: hemos tenido menos dictaduras y más elecciones que cualquier país latinoamericano, pero para muchos la democracia ha sido farsa y engaño.

Los dirigentes de la independencia advirtieron la incongruencia entre su proyecto y las condiciones de la población. ¿Era posible establecer la democracia en un país de gente pobre e ignorante?

Muchos creyeron que no, y compartían la creencia de Thomas Jefferson de que “si una nación espera ser ignorante y libre, confía en lo que nunca ha sido ni nunca será”. Esta idea llevó a un sistema en que pocos tenían derecho a elegir: desde Mariano Ospina Rodríguez en 1857 hasta Eduardo Santos en 1938 ningún presidente colombiano fue elegido con el voto universal. Unas elecciones limitadas, en un marco legal que no reconocía derechos claros a la oposición, fueron fuente de pobre legitimidad. Pero a partir de 1910, cuando los republicanos lograron una especie de pacto de convivencia que dio derechos limitados al liberalismo, la democracia comenzó a ser menos engañosa. Este arreglo permitió medio siglo de paz y progreso al país, pero no llevó a una cultura política realmente democrática: las elecciones siguieron teñidas de sospechas, el pueblo no se acostumbró a la democracia, y la violencia y la dictadura de mediados del siglo XX fueron en parte el resultado de un sistema que no expresaba la voluntad social.

Ante la quiebra de de la democracia en 1953 los dos partidos, como en 1910, buscaron la paz limitando el juego democrático. El Frente Nacional, permitió una nueva era de progreso, pero dejó una herencia extraña y duradera. Las restricciones al juego político hicieron que los sectores populares, ya alfabetos, y que podían haberse convertido en ciudadanos activos, y buena parte de los jóvenes educados, se mantuvieron en las afueras del sistema. Las elecciones dejaron de enfrentar proyectos políticos para convertirse en mecanismo para consolidar clientelas locales, que convirtieron los recursos públicos en fuente de financiación de sus esfuerzos electorales.

El sistema no fracasó del todo: en su cima, la tensión entre sectores modernos y tecnocráticos y políticos clientelistas produjo con frecuencia gobiernos que respondían razonablemente a las necesidades del país, aunque se resignaran o transaran con la corrupción local. Los esfuerzos por formar nuevos partidos fracasaron por su asociación, real o imaginaria, con la guerrilla, que la mayoría rechazaba con firmeza. En los últimos años, con la elección de alcaldes, en algunas ciudades se ha formado un amplio electorado independiente. Pero un 30 o 40% de la población sigue sin participar en la política, probablemente con la sensación fatalista de que todo seguirá igual, con unos y otros. Y la mayoría de los votantes se ha acostumbrado, en un país que lleva medio siglo en la zozobra de la violencia, del narcotráfico, los paramilitares y la guerrilla, a votar con resignación por el que parezca que impedirá al menos que las cosas empeoren.

Aunque las encuestas muestran que la mayoría de los colombianos no comparte aún los valores de la democracia y la política modernas, no cree en los partidos, justifica la violencia, ve la política como una forma de lograr favores y protegerse de amenazas, de la violencia o la miseria, los cambios son evidentes: hoy la población, por primera vez, ha pasado por la educación secundaria y vive en un mundo de información abierta. El clientelismo, poderoso aún, convive con una política de la imagen y los medios, y la mayoría de los ciudadanos vota según lo que cree que le conviene.

Un sector significativo y creciente del electorado se rebela periódicamente contra el clientelismo. No tiene un proyecto político unido y estable, pero responde a la percepción cada vez más fuerte de que lo urgente es acabar con la corrupción y crear instituciones políticas modernas. Las elecciones de mayo mostraron que las nuevas tecnologías, las nuevas condiciones de la comunicación pública, y el peso de una opinión educada, han cambiado las reglas del juego político y que sin dineros ni clientelas ya es posible, aunque difícil e incierto, ganar elecciones. Los días del clientelismo parecen contados.

Jorge Orlando Melo
Publicada en Ambito Jurídico No. 299, 13 de junio de 2010

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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