Principal

Columnas de prensa

Textos:

Historia de Colombia

Antioquia y Medellín

Política

Paz y Violencia

Derechos humanos

Periodismo

Literatura

Lectura y Bibliotecas

Ciencia e investigación

Educación

Política Cultural

Indice general de textos

Referencia:

Reseñas de libros

Documentos históricos

Listas y bibliografías

Jorge Orlando Melo:

Textos biográficos

Hoja de vida

Entrevistas

Contacto

Enlaces recomendados

Buscar

 

 

Don Aquileo Parra y la trágica historia del radicalismo
 

De una sola pieza

Entre los personajes de nuestro siglo xix pocos han dejado una imagen tan consistente de coherencia política y moral; pocos han representado con tanta dedicación el papel que escogieron en la vida, como don Aquileo Parra: sus creencias, su formación, quizás su temperamento y las enseñanzas familiares, incluso el medio físico y la sociedad arisca y conflictiva donde creció dieron a su carácter una inflexibilidad ética y a sus convicciones una firmeza tozuda, muy distantes de lo que define a los políticos de épocas más recientes. Había que ser de una sola pieza, sin dobleces, incapaz de mentir, leal a los principios políticos, cumplidor del deber, honrado en negocios y en política; había q3ue ser distinguido, venerable, patriota, honesto, valiente, digno, virtuoso, de austeras costumbres, consagrado al trabajo, respetuoso de la palabra empeñada, con un firme sentimiento de honor: éstas eran sus palabras de elogio para los contemporáneos que contaban con su estima, o las palabras con las que definía los valores que respetaba.

 Casi todos los testimonios de quienes lo conocieron coinciden: era apreciado por gentes de todos los partidos, que reconocían su honradez, su firmeza de carácter y su independencia, y a los que atraía su trato severo pero siempre cortés, aunque jovial con los amigos cercanos. Se sabía que no ocultaba su pensamiento: más bien parecía estar orgulloso ante el riesgo de perder a sus amigos por hablarles siempre con sinceridad. Muchos fueron sus enemigos y opositores, en especial los conservadores que lo atacaron con fiereza entre 1876 y 1877, y a veces atribuyeron a su fanatismo la guerra civil de ese año, pero casi ninguno puso en duda su honradez o su decencia.

 Las descripciones que nos dejaron sus contemporáneos son escuetas, y pocos los documentos sobre su vida privada, aunque se haya conservado un número apreciable de cartas y documentos políticos[1]. En las Memorias, extensa autobiografía escrita al final de su vida, ofrece una imagen caracterizada ante todo por la ausencia de contradicciones y desviaciones morales. Como él mismo lo dice, menciona su infancia ante todo para destacar “la unidad moral de mi vida, rasgo que principalmente la caracteriza”[2], y el equilibrio de sus facultades. En su pasado valora también la independencia económica de la que pudo disfrutar y que le permitió hacer política sin depender de ningún nombramiento. En efecto, deja expresado que su mayor esfuerzo en la vida estuvo destinado ante todo a “adquirir una posición independiente, fuera de la cual la vida no puede considerarse como un bien”[3]. Pero en las Memorias apenas logramos adivinar al personaje: de sus afectos privados, de sus sentimientos, de sus amores o sus odios, de sus conflictos personales poco nos dicen estos centenares de páginas. Ni siquiera la firme obediencia a sus valores parece haber sido el resultado de un esfuerzo, de una lucha que presentara alguna debilidad: en muchos sentidos, Parra fue un hombre sin tentaciones.

Apenas dibuja a sus padres: don José María Parra, un agricultor pobre y sin estudios, pero decente, “honrado y respetado”, que lo matriculó en el colegio de educación secundaria recién abierto en Barichara, murió cuando él tenía catorce años y le dejó el recuerdo de un hombre de aire distinguido, grave pero de rostro simpático y bondadoso. Su madre, Rosalía Gómez, era de una familia de mayor nivel social, pariente cercana de gentes de dinero, títulos académicos y participación notable en política.

Aunque menciona algún ancestro indígena remoto —la hija de un cacique de Guane sería una de sus tatarabuelas—, era la de don Aquileo la típica familia pobre de muchos sitios de Colombia, que por no ser de indios ni negros, tener un oficio independiente y cierta respetabilidad de costumbres —por ser de “buena familia”— hacía parte del patriciado de los pueblos del país y tenía abierta la puerta al ascenso político o económico: la educación, la política, la agricultura o el comercio eran caminos que llevaban al éxito a quienes mostraban talento y habilidad. Aunque pocos hombres de origen tan pobre llegaron a la presidencia de la república —al fin y al cabo fueron pocos los presidentes[4]—, los hombres ricos de fines de siglo, los miembros del mundo político —ministros y gobernadores, diputados y representantes— venían en su mayoría de medios similares, más o menos modestos, pero habían hecho fortuna como empresarios, profesionales o políticos, y sus familias terminaban por competir con las viejas familias de la aristocracia colonial payanesa o bogotana, compartían el poder con ellas y muchas veces estrechaban con el matrimonio de sus descendientes el remoto lazo que era fácil encontrar con estas familias ilustres.

 Tampoco don Aquileo es muy elocuente en relación con su ciudad natal: describe de paso a Barichara, “lugar de romería”, de “aseadas y alegres calles”[5], donde sólo vivió unos pocos años de su primera infancia hasta cuando, tras apenas haber aprendido a leer y escribir, acompañó a su padre a una siembra de añil que éste se encontraba estableciendo por el río Suárez; después unos dos años durante los cuales comenzó sus estudios secundarios, continuados en San Gil hasta la edad de quince años. Abandonó entonces los estudios y volvió a su pueblo natal probablemente para evitar el reclutamiento en la primera de las guerras civiles que le tocó vivir, y para apoyar a la madre que acababa de enviudar. Al describir Barichara, iniciadas las memorias, indica que era una “deliciosa mansión de un núcleo de familias de claro origen y patriarcales costumbres, no inferior en cultura a ninguno de los centros sociales del interior del país, excepto la capital”, y le da un adiós casi definitivo, acompañado de una de las pocas lágrimas que parece haber vertido el varonil don Aquileo:

… volveré atrás para dirigir por última vez una húmeda mirada al suelo en que nací, al lugar en que corrió mi adolescencia y despuntó mi juventud; a aquél, en fin, donde mudo y tembloroso quemé el primer gramo de incienso en el altar de la hermosura, y donde dejé ignorados, para nunca saber más de ellos, los huesos de mi padre. (p, 39)

Esta evocación lírica del primer amor —entre dos bellas hermanas, Ludovina y Bertina, parece haberse enamorado de la “virginal sonrisa” de la última— y la hermosura de las niñas de su pueblo, excepcional en medio de la prosa más bien fría del señor Parra, sorprende ante todo por lo definitiva: no hay en todo el extenso libro alusión a nuevas visitas al pueblo de su infancia, y no sabemos si volvió alguna vez.

 Igualmente escuetas son, en estas memorias dedicadas a la vida pública, las menciones a su esposa y sus hijos: en un breve parágrafo nos cuenta, como si se le fuera a olvidar decirlo, que en “noviembre de 1855 contraje matrimonio en Vélez con la señorita Lastenia Díaz, hija del coronel Antonio María Díaz, a cuya familia me ligaban de tiempo atrás las más gratas y cordiales relaciones de amistad”[6]. El matrimonio duró apenas siete años, durante los cuales sus ausencias por causa de los negocios o la política fueron frecuentes. Con reconocimiento y emoción recuerda Parra los esfuerzos de su esposa en 1861, cuando estaba preso en Bogotá, para lograr que se le permitiera cuidarlo en el hospital durante una grave enfermedad, y la pérdida de un niño prematuro, su único varón, cuando él estaba todavía en la cárcel. Doña Lastenia se agravó poco después, en 1862, y don Aquileo se retiró de la Asamblea Departamental para volver a Vélez, su sitio de residencia, a acompañar los últimos días de su cónyuge. Quedaron a su cargo tres hijas —otra murió pocos días después—, a las que dedica también una breve, cálida y enfática mención, pues les debe “la mejor parte de mi escasa felicidad en los últimos años. Hoy, por el creciente afecto y por el ejemplar comportamiento doméstico y social que ellas han observado, siempre, son el consuelo y el orgullo de mi vejez”[7].

 

 Entre los negocios y la política

Según don Aquileo, aunque la pobreza que caracterizaba la vida en Barichara resultaba muy elogiada por viejos y predicadores que la veían como el más seguro camino al cielo, en realidad todos querían escapar de ella, como lo mostraba la quintilla recitada por algunos:

  La pobreza Dios la amó

  Porque no supo lo que era

  Pero luego que la vio

  Pegó tan fuerte carrera

  Que hasta el cielo no paró[8].

  Huyendo pues de la pobreza, don Aquileo comenzó su vida de trabajo como comerciante cuando tenía menos de dieciocho años, y viajó a Bogotá con unos pocos sombreros para la venta, ayudando a su hermano mayor en la búsqueda de mercancías a crédito para vender en Vélez. La plaza era pequeña y los resultados fueron pobres, por lo que llevaron sus baratijas a Neiva, también sin resultados. Allí escucharon hablar de la feria de Magangué, a la que iban mercaderes de todo el país dos o tres veces al año[9]. Desde 1843, instalados en Vélez para aprovechar el que creían camino más breve al Magdalena, él y sus hermanos hicieron periódicamente el difícil recorrido, llevando mantas de lana, guadua, tagua, productos de cuero, dulces, y trayendo mercancía importada. El negocio, arriesgado y exigente debido al peligroso viaje, las frecuentes pérdidas de mercancía y el ambiente insalubre, le dio su inicial prosperidad, amenazada por la quiebra de un acreedor de Remedios: ante esto Parra llevó más de dos toneladas de bocadillo veleño, navegando día y noche para ser el primero, y rehizo la amenazada fortuna. La guerra de 1854, en la que intervino contra el dictador José María Melo, afectó sus negocios por la pérdida de un gran cargamento que había escondido en el Carare, del que se apropiaron sus enemigos y que trató de compensar con un frustrado intento de comercializar el caucho de la región.

 Desde entonces, negocios, proyectos de fomento local y política se repartieron su tiempo. Enemigo de los empleos públicos, aceptó con ciertas reticencias los cargos de elección, pues siempre quiso mantener su independencia económica mediante el comercio, las empresas de colonización o la agricultura. Como lo dijo al compararse con Manuel Murillo Toro, nunca se dedicó de tiempo completo a la política, y muchas veces la abandonó para seguir sus negocios. La  política, por otra parte, perjudicó sus asuntos comerciales y agrícolas una y otra vez. Después de abandonar el arriesgado viaje a Magangué en el que acababan de morir dos de sus hermanos, recuperó su fortuna exportando quinas, pues advirtió que la guerra de Crimea había aumentado el consumo de este producto. En esos años, preocupado por el obstáculo que representaban los indios del Carare para el comercio, propuso y dirigió una expedición contra ellos, sin que se encontraran muchos indios: sólo lograron capturar uno de siete años, al que bautizaron en Vélez[10]. La guerra civil de 1861, durante la que estuvo casi un año preso, volvió a dejarlo más o menos arruinado. Otra guerra, la de los Estados Unidos, le permitió aprovechar la escasez de algodón para formar de nuevo lo que llamaba su “modesta fortuna”. En 1866 se retiró del Senado, en el cual se desempeñaba como presidente, y viajó a Estados Unidos y a Europa, para conocer e instruirse pero también para establecer los contactos que le permitirían formar en 1868 la primera compañía importadora de Vélez.

 Nombrado en 1872 secretario de Hacienda y Fomento —cargo que ocupó durante tres años, en las presidencias de Murillo Toro y de Santiago Pérez—, tuvo que tomar la difícil decisión de abandonar una compañía con compromisos mayores, que dejó en manos de sus hermanos. Pero lo hizo porque Murillo quería impulsar lo que era para don Aquileo un sueño que seguramente había surgido en sus viajes comerciales por el Carare, que se había alimentado con sus trabajos por mejorar el camino y sus esfuerzos agrícolas en la región; en el que había participado como promotor, como concesionario de tierras baldías y como socio de compañías comerciales[11], y había madurado con las perspectivas de construir una vía férrea que se empezó a plantear hacia 1870.

Parra fue abanderado obsesivo de la comunicación de Boyacá y Santander con el Magdalena, y durante décadas luchó en vano contra dificultades inmensas. Pensaba que un camino bien conservado permitiría un tráfico económico y promovería la colonización agrícola del Carare, y que la producción —café, cacao, caña— alimentaría de carga el camino y generaría recursos para su mantenimiento. Probablemente nada definió más su visión de lo que podía hacer el Estado por el progreso material que su experiencia como comerciante —y como colonizador— en esta difícil ruta, buscando penetrar “hasta el fondo de aquella enmarañada selva”, en medio de indios salvajes y por una trocha que todavía a fines de siglo seguía en gran parte intransitable. Educación y vías de comunicación eran, en su opinión, los medios que permitirían progresar al país: la política y las leyes no iban a lograr cambios, y lo único que podía sacar de la pobreza al país era el trabajo, apoyado en  mejores conocimientos y buenos caminos.

El camino del Carare y el ferrocarril del Norte, sin embargo, no fueron empresas agradecidas. Las dificultades geográficas eran inmensas y el sueño de superarlas condujo a su minimización. No era fácil romper el círculo vicioso de unas trochas tropicales que se deterioraban día a día y que no podían sostenerse porque no tenían tráfico suficiente, y que no tenían tráfico porque no se habían desarrollado los cultivos agrícolas, que requerían la existencia de buenas comunicaciones. Quienes luchaban por un camino de herradura en medio de la selva y los derrumbes terminaban creyendo que un ferrocarril sería más fácil de hacer, menos costoso de mantener y permitiría fletes más baratos. Quienes fracasaron con el camino del Carare, como Parra, en los años setenta terminaron soñando que Colombia podría construir en pocos años el Ferrocarril del Norte, que uniría a Bogotá con Chiquinquirá y bajaría al Magdalena por el Carare, con ramales a Tunja y San Gil. Según el cálculo de un ingeniero optimista, el solo tramo de Vélez al Magdalena tenía un costo estimado inicialmente en 12,5 y luego en 30 millones de pesos, diez veces el presupuesto total de la nación. Otros consideraban que en vez de hacer el camino por el Carare era más importante llevarlo por el río Suárez hasta el Magdalena: si era posible endeudarse para hacer el del Carare, ¿por qué no endeudarse para hacer un camino dos veces más largo, pero que pasara por zonas más habitadas y por lo tanto tuviera algo de carga inmediata, sin esperar el desarrollo de futuras empresas agrarias?

 El delirio del ferrocarril envolvió a Parra entre 1872 y 1878 —la construcción no había comenzado en 1900, cuando murió—, y sus fracasos no le hicieron perder fe en la propuesta. En la trama de negocios, empresas de progreso y política, la obsesión por el ferrocarril terminó enredando la vida política de Colombia y afectó la campaña presidencial de 1875, a tal punto que algunos historiadores piensan que la elección de Núñez, la cual llevó a la crisis del proyecto radical y al triunfo regenerador, tuvo como causa principal el rechazo de las gentes de la costa y otras regiones a un proyecto que consideraban regionalista e inequitativo[12].

  Desde mediados de los años setenta Aquileo Parra tenía una finca en Sesquilé, con cuyo cuidado y explotación alternó la actividad política entre 1880 y 1900, cuando actuó ante todo como jefe y orientador del ala radical del partido liberal. Los grandes esfuerzos políticos de los años setenta y ochenta terminaron consumiendo su fortuna, y al morir no dejó nada más que la modesta hacienda de San Vicente.

 

 El político radical

  Parra comenzó a participar en política desde muy joven. En 1854 se sumó a los radicales que enfrentaron la dictadura de José María Melo, y recibió su primer cargo público como secretario del gobernador de la provincia de Vélez, pero no alcanzó a ejercerlo. Poco después don Tomás Cipriano de Mosquera lo nombró gobernador de la provincia, cargo que tampoco desempeñó. Desde entonces casi todos los años fue elegido diputado de esta provincia para las asambleas de Santander, que a partir de 1857 eran asambleas del estado soberano recién creado. Entre 1859 y 1875 presidió muchas veces esta asamblea, y en tal carácter dio posesión a dos presidentes estatales, José María Villamizar Gallardo y Solón Wilches. A pesar de que no consideró conveniente la guerra de 1859, defendió a las autoridades de Santander, amenazadas por la intervención del gobierno central; unido al ejército liberal, fue capturado en agosto de 1860 y estuvo preso en Bogotá hasta el 18 de julio de 1861, cuando Mosquera tomó el poder en nombre del liberalismo. Después de rechazar la presidencia de Santander y presidir la Asamblea Constituyente de tal estado, en 1862 fue nombrado delegado para la Convención de Rionegro, durante la cual mostró su independencia y su rechazo al autoritarismo de Mosquera, en compañía de otros diputados radicales. Desde entonces se advirtió su cercanía política con Murillo Toro, Santiago Pérez, y sobre todo con Felipe Zapata, quienes conformaban el núcleo del radicalismo.  

Entre 1864 y 1872 fue muchas veces senador, y como presidente del Senado posesionó a Tomás Cipriano de Mosquera, con un discurso civilista y probablemente incómodo. Con Murillo Toro como presidente, en 1872 ocupó la Secretaría de Hacienda durante tres años, hasta que en el gobierno de Santiago Pérez aceptó la candidatura presidencial, enfrentado con Rafael Núñez en una campaña que consolidó la ya vieja división del liberalismo. Después de un difícil proceso electoral en el que hubo fraude y violencia de cuenta de los partidarios de ambos candidatos, el Congreso lo eligió presidente de Colombia para el período de 1876 a 1878. En este cargo debió enfrentar la oposición conservadora a las normas aprobadas en 1870, que definían a la escuela como laica. Aunque logró un acuerdo con el arzobispo de Bogotá, Vicente Arbeláez, para organizar la enseñanza religiosa en las escuelas, los conservadores más radicales desautorizaron al arzobispo y promovieron una insurrección contra el gobierno nacional.

El partido liberal, triunfante en la guerra de 1876 y 1877, no pudo mantener la unidad. Los radicales, herederos de quienes habían enfrentado a Obando en 1853 y depuesto a Mosquera en 1867, no se arriesgaron a hacer las reformas necesarias para el orden político, porque pensaban que abrirían la puerta al conservatismo y desconfiaban de su más entusiasta promotor, Rafael Núñez. Por su parte, los regeneradores consideraban que los radicales, consolidados en una oligarquía política, eran incapaces de abandonar sus dogmas y tomar las medidas fundamentales para lograr la paz y el orden en el país: limitar la soberanía estatal y reforzar el orden público, restringir algunos derechos ciudadanos, establecer un sistema electoral confiable y hacer las paces con la Iglesia. Los temores de ambos grupos tenían que cumplirse, en una lógica de espejos, pues cada uno respondía a los gestos del otro con reticencias que confirmaban su mutua desconfianza.

  Consecuente con sus críticas, Parra participó en diversos intentos por reformar la Constitución en el sentido que radicales y regeneradores decían querer, pero siempre y cuando estas reformas no sacrificaran el núcleo liberal de la Constitución, que consideraba intocable. Esto llegó a significar, en buena parte, hacer las reformas sin que Núñez quedara dueño de ellas. Por eso perdió la confianza de éste, que vio en sus esfuerzos un intento por consolidar el radicalismo y se enfrentó con firmeza a estrategias como la de Unión Liberal, mediante la cual los radicales y muchos regeneradores liberales apoyaron en 1881 la elección del candidato a la presidencia propuesto por Núñez, Francisco Javier Zaldúa, para convertirlo en abanderado liberal y no en regenerador. El inmediato choque entre Zaldúa y un Congreso dominado por Núñez impidió todo acuerdo y amplió el abismo de desconfianza entre los grupos. En 1885 el presidente Núñez no creía ya en la voluntad de las reformas radicales, y éstos, asustados por un posible pacto de aquél con los conservadores, se lanzaron a una guerra civil que logró lo que temían y querían evitar: que Núñez se uniera al conservatismo para terminar con la Constitución de Rionegro y establecer una república centralista, autoritaria y católica.

Después de 1886, Parra seguía dedicado a algunos negocios comerciales y a la explotación de su finca en San Vicente. Aunque había interpuesto una intransigente distancia con Núñez a partir de 1884, fue siempre un firme opositor de los gobiernos regeneradores. Después del desconcierto inicial por la derrota de 1885, los radicales comenzaron a reorganizarse a comienzos de los años noventa, bajo la dirección de Santiago Pérez. En 1893 el gobierno cerró El Relator, un periódico liberal, y desterró a Pérez; desde entonces fue Parra el principal orientador del partido liberal. Tanto él como Pérez preferían un esfuerzo de reorganización lenta del liberalismo, que les permitiera recuperar gradualmente la influencia, con el fin de que el gobierno volviera a dar garantías para la participación política de su partido: por una parte esto implicaba la reforma del sistema electoral, que entre 1886 y 1900 nunca permitió la elección de un solo senador liberal y únicamente la de dos —¿o tres?— miembros de la Cámara[13], y por otra parte implicaba una ley de prensa más tolerante, que no permitiera el acoso habitual practicado por el gobierno hacia la prensa del partido, cerrada una y otra vez. Sin embargo otros sectores liberales, entre los que se destacaban algunos de los miembros más jóvenes del partido, creían que esto equivalía a aceptar la legitimidad del nuevo régimen y que sólo la guerra civil permitiría al liberalismo recuperar el poder.

  Enemigo de la guerra pero también de los regeneradores, Parra trató de frenar en dos ocasiones a sus copartidarios sin desautorizarlos, considerando que tenían todo el derecho moral de sublevarse pero que hacerlo era un error político. Las guerras de 1895 y 1899, durante las cuales los exasperados liberales se levantaron contra el gobierno, se hicieron pues sin su apoyo, después de que trató infructuosamente de impedirlas como había tratado de impedir la de 1885. Entre 1895 y 1900, pero sobre todo al comienzo del gobierno de Marroquín en 1898, y después de que éste asumió el poder en el golpe de estado de julio de 1900, Parra hizo frecuentes gestiones y negociaciones para tratar de obtener por parte del gobierno alguna promesa que abriera las posibilidades a un cambio pacífico, y con ello entregar una prenda que hiciera a sus copartidarios desistir de la lucha armada. Pero como en las negociaciones con Núñez, las desconfianzas mutuas y los rencores heredados hicieron imposible toda transacción. Los impacientes veían las gestiones de Parra y sus amigos pacifistas como gestos ingenuos que caían en la trampa de promesas engañosas con las que el gobierno quería aquietar a los liberales. Los pacifistas temían, por su parte, que la impaciencia armada consolidara al gobierno y le ayudara a lograr un triunfo fácil que haría innecesaria toda reforma y toda apertura. Y no faltó en el gobierno la tentación de dejar que la guerra empezara, con la idea de que esto permitiría acabar para siempre con el liberalismo.

 Parra murió en medio de una de estas equívocas negociaciones: en julio de 1900 algunos políticos conservadores del grupo histórico, descontentos con el gobierno, dieron un golpe de estado semilegal que contó con el apoyo inicial de Parra y los liberales, a los que habían prometido retomar las reformas de la ley de elecciones y de prensa negadas en 1898, y buscar un acuerdo que terminara la ya larga y destructiva guerra. Los golpistas instalaron en el poder al vicepresidente José Manuel Marroquín, quien mantuvo las ilusiones de Parra autorizando a sus ministros históricos para sugerir la buena voluntad del gobierno; escribía ambiguas cartas con las que buscaba que Parra invitara a los liberales a entregar las armas, al tiempo que decía a los nacionalistas que él nada había prometido, y que si tenía a los históricos en el gobierno era para tratar de hacerles cambiar de opinión, pues era mucho lo que aún había que cobrar a los liberales. Parra perdió pronto la confianza en Marroquín y se retiró a Pacho, donde murió a los pocos días.

  Desde su infancia, Parra participó del talante y de las ideas que se volvieron poco a poco características del liberalismo, en particular de la vertiente radical. Su experiencia política y su vida comercial, sin duda, consolidaron muchos de estos elementos ideológicos, confirmando su visión contraria a una muy amplia tutela estatal de la conducta privada y a la participación de la Iglesia en la orientación de la política; valoraba por encima de todo el papel de la iniciativa individual, en un ambiente de libertad y respeto a los derechos ciudadanos.

 Pero Parra nunca fue un ideólogo, influido por sistemas políticos o lecturas muy variadas: su ideario político se hizo en medio de la lucha política, y estuvo marcado por un realismo del que carecían muchas veces sus copartidarios. En 1859 encontró por primera vez a Murillo Toro, y allí le manifestó su desacuerdo con la idea del impuesto único y con el sistema electoral adoptado en Santander, que impedía la representación de la minoría. Aunque compartía el ideal radical de un Estado independiente de la Iglesia, rechazó siempre su separación y manifestó la preferencia por un concordato que regulara las relaciones entre estas dos instituciones, de manera que pudieran evitarse los esfuerzos por sujetar la una a la otra. Dio su respaldo a la Constitución de Santander, que en 1862 limitó el voto a los que supieran leer y escribir: aunque creía que el sufragio universal tendría que imponerse, pensaba que era una burla si los electores no tenían posibilidades de decidir con independencia. En dos o tres ocasiones defendió ante el Congreso propuestas orientadas a reformar la ley de orden público, para que el gobierno central diera apoyo a los gobiernos regionales legítimos, pero tropezó con la oposición tanto de liberales que defendían el “sagrado derecho a la revolución”, como del grueso de los representantes conservadores.

 Como Miguel Samper, Salvador Camacho Roldán, Santiago Pérez, Felipe Zapata y muchos otros, Parra hizo parte de un grupo radical que creía que la Constitución de Rionegro no era intangible, y aunque había que sostener sus normas de protección a los derechos y libertades ciudadanos, su federalismo y su espíritu democrático, era urgente modificar los aspectos que estimulaban las guerras locales; creía necesario buscar un modus vivendi con la Iglesia; consideraba esencial un sistema electoral que respetara los derechos de la minoría y garantizara su representación; pensaba que el Estado, aunque debía abstenerse de mantener monopolios y empresas propias, tenía que promover los dos instrumentos que abrirían el camino al progreso: la educación y las vías de comunicación. La intransigencia política y sobre todo su temor a una restauración conservadora, autoritaria, clerical y centralista fue lo que impidió a los radicales tener la flexibilidad y hacer las transacciones que se habrían requerido para evitarla: en fin de cuentas, provocaron el resultado que más temían y que siempre trataron de evitar.

 

Jorge Orlando Melo
Bogotá, junio de 2005

(Publicado en Barichara: 300 años de historia y patrimonio, Bogotá, Letrarte 2005)


 

[1] En la Biblioteca Luis Ángel Arango existe una colección de cartas y manuscritos, conocida como “Archivo Histórico Aquileo Parra, 1851-1950”, particularmente útil en relación con la guerra de 1876. Sobre la política de fin de siglo el “Archivo Vicente Parra” ofrece interesante información. La Academia Colombiana de Historia tiene también una parte del archivo de don Aquileo; otra fue de Horacio Rodríguez Plata. No existe una biografía cuidadosa de Parra, que haya usado en forma amplia las fuentes conocidas: la de Rivadeneira Vargas, Antonio José, Aquileo Parra y la ideología radical (Bogotá: Editorial Planeta, 2001) no añade nada a lo ya conocido.

[2] Aquileo Parra, Memorias, Bogotá, 1912, p. 21.

[3] Por eso define en términos de historia nacional la etapa de su vida en la que labró una fortuna mediana, según él garantía para no depender de puestos políticos o favores ajenos: los años de 1844 a 1853, cuando se dedicó a los negocios finalmente con éxito, los define como una verdadera “campaña de independencia”. Ibíd., p. 74. 

[4] Don Miguel Samper es otro ejemplo de alguien que nació en una familia pobre y terminó como un respetado comerciante y político, miembro por excelencia de la aristocracia bogotana, y al que se atribuyeron similares virtudes de rectitud, honestidad, laboriosidad y firmeza moral que a Parra. Fue candidato liberal a la presidencia en 1898, cuando don Aquileo era el jefe del partido, y tenía una visión muy parecida de los problemas del país.

[5] Aquileo Parra, o. c.,  p. 37.

[6] Ibíd., p. 118.

[7] Ibíd., p. 274.

[8] Ibíd., p. 39.

[9] La feria de Magangué, probablemente de origen colonial, se fortaleció a partir de los años en que la visitó Parra por primera vez, quizás ayudada por cambios en el río. Desde los años cuarenta se hacía tres veces al año, y en 1872 el cubano Francisco Javier Balmaceda comparó con Broadway la calle comercial de Magangué, la Albarrada. Siendo presidente, en 1876, el agradecido Parra la “institucionalizó”, según dice Joaquín Vitoria de la Hoz, en Ganaderos y comerciantes en Sincelejo, 1880-1920, Banco de la República, Bogotá, 2001. En Tránsito, la novela de Luis Segundo de Silvestre, toman aguardiente ocañero, conseguido en la feria de Magangué. Y una cumbia o porro que se oye sobre todo como canción infantil [“En la feria de Magangué, he comprado una guitarra”] la recuerda todavía, aunque perdió importancia a fines del siglo xix.  En El Picaflor José Barrios le ofrece a su novia llevarla al pueblo, quizás a la feria: “Cuando yo mi mano te de, enseguida te llevo a Magangué”.

[10] Su visión del problema era que las “tribus salvajes” debían ser civilizadas, ojalá sin explotarlas ni maltratarlas, pero había que reprimirlas si era necesario. Aquileo Parra, o. c., pp. 106-118.

[11] Su relación con el Carare fue probablemente la que lo unió a la familia de su suegro Díaz: antes de su matrimonio habían comprado ambos una parte de las plantaciones de cacao de don José Landázuri y habían participado en la sociedad promotora del camino, que promovió Díaz en 1854  y dirigió durante unos ocho años, y en la cual lo reemplazó Parra hacia 1862. En 1868 fundó la Compañía de Fomento a la Agricultura y Exportación, que buscaba dar crédito, sin repartir utilidades, a los colonos y campesinos que quisieran producir en la región, y que no parece haber dado ningún resultado.

[12] El ferrocarril fue atacado por su amigo Salvador Camacho Roldán y otros, que consideraban más de acuerdo con el nivel económico del país un desarrollo vial centrado en los carreteables. Sin embargo recibió el respaldo de Rafael Núñez en 1872. Por otra parte, como secretario de Hacienda y Fomento, Parra impulsó también los ferrocarriles de Antioquia y otras regiones, y propuso que el subsidio al Ferrocarril del Norte lo financiaran los beneficiados, con un impuesto a la sal consumida en los departamentos de Cundinamarca, Boyacá y Santander.

[13] Éstos fueron Luis A. Robles y Rafael Uribe Uribe. En 1898 figuraba también José Ignacio Escobar como miembro liberal de la Cámara de Representantes.

 

 
 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
Diseño, concepción y gestión de contenido: Katherine Ríos