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Una brevísima historia de Barichara
 

La región de Guanentá, esa tierra de montañas rodeada por los ríos Suárez, Chicamocha y Fonce, fue centro de una de notable cultura precolombina. Aunque antes debió de estar habitada por cazadores y recolectores, comienza a tener una ocupación estable por allá en los siglos VIII o IX d. C, cuando se establecen gentes afines a los chibchas, agricultores y ceramistas. Su desarrollo fue rápido: los arqueólogos han encontrado restos de terrazas agrícolas, canales de riego y tumbas con telas coloridas. A comienzos del siglo XVI los “guanes”, según el término que adoptaron los españoles, podían ser entre 150000 y 300000, y ocupaban buena parte de lo que fué después la provincia de Socorro: el territorio al norte de Moniquirá y Vélez, con las vertientes del Suárez y el Chicamocha hasta la Mesa de Jerira (o de los Santos) y Zapatoca.

Según el cronista español Juan de Castellanos

De lo que llaman propiamente Guane
Había treinta mil casas pobladas
A dos y tres vecinos cada una
Y en ellas sus mujeres y familias

Según el testimonio incierto de Pedro Simón, formaban, en estas tierras en la “no había cumbre ni ladera que no pareciese cubierta de indios y que las peñas y breñas los brotaban”, una federación de cacicazgos que reconocían como señor al cacique de Guanentá.
Los españoles sojuzgaron a los guanes en los años que siguieron a 1540 y repartieron sus indios en encomiendas y los sometieron a pagar tributo. Rebeliones como la que promovió el cacique Chianchón, guerras y enfermedades hicieron que, como en toda la Nueva Granada, la población disminuyera catastróficamente. Para 1560 no quedaban sino unos 25000 indígenas, y para 1617 eran ya solo unos 3000, de los cuales 800 estaban en las encomiendas vecinas a Guane.

Ante este despoblamiento, las autoridades decidieron concentrar los indígenas en “resguardos”, a los que se asignó una pequeña parte de las tierras de la región. El de Guane fue delimitado en 1642 y ocupaba buena parte de las tierras al occidente del pueblo de este nombre que se conformó entonces, con su capillita de madera y teja y su cura doctrinero. Las demás tierras pasaron a la corona, que las fue vendiendo o asignando a colonos españoles.

A esas tierras fueron llegando españoles, muchos atraídos por una presunta aparición de la Virgen en 1701. Para mediados del siglo XVIII la región se había ido poblando de blancos y mestizos, que conformaron una aldea en tierras donadas por Francisco Pradilla, y que lograron que en 1751 se creara la parroquia de Barichara y se nombrara cura. Su población creció y prosperó y el poblado español se llenó de edificios cómodos sobre una traza de tablero de ajedrez, con iglesia de calicanto, que se terminó hacia 1780, y dos capillas. Para 1778 vivían 1000 indígenas (muchos eran mestizos) y algunos blancos en Guane y las tierras de su resguardo, dedicados a sembrar maíz, verduras y frutas, sobre todo plátano, y unos 1400 españoles (que incluían algunos mestizos) en Barichara, criando ganado y cultivando caña de azúcar.
Ni la revuelta de los comuneros, en la que los enardecidos “patiamarillos”, como llamaban a los de Barichara, quemaron el resguardo y el estanco, ni las guerras de independencia, frenaron la prosperidad y el crecimiento del pueblo, que recibió el nombre de Villa de Varaflorida en 1811.

Para 1850 había en Barichara 12500 habitantes, y en Guane 4100, con muchos marranos, vacas, caballos, cabras y ovejas, una agricultura productiva, pese a la sequedad de la zona, y un comercio activo. Manuel Ancízar dejó entonces una descripción que muestra un pueblo próspero, bien administrado y con vocación artesanal: “Las calles de Barichara son limpias y hacia el centro del poblado empedradas. Las casas bien construidas... y algunas con cierto lujo de amplitud… Cuatro fuentes públicas, de las cuales la de la plaza mayor curiosamente labrada, surten al vecindario de limpia y abundante agua... cuenta con un costoso templo, un hospital de caridad, escuelas primarias masculina y femenina, y con ocho talleres y una maestranza para la fabricación de sombreros de jipijapa”. En 1859 la Asamblea Constituyente del Estado de Santander reconoció los progresos de Barichara, convirtiéndola en capital de Guanentá, uno de los siete departamentos en que se dividió el nuevo estado soberano.

Aunque Barichara siguió siendo un pueblo acomodado, de gente que se definía como honorable, altiva y educada, con una gran producción de sombreros de nacuma (en 1890 había 200 familias dedicadas a esta artesanía) y cultivos comerciales de tabaco y café, casi todos bajo el sistema de la aparcería, pero con una buena cantidad de fincas pequeñas y medianas, la cabecera urbana creció muy poco en la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX: para 1938 sus habitantes eran casi los mismos que en 1850, y en la cabecera municipal vivían unas 2500 personas. Los rasgos descritos por Ancízar se mantuvieron hasta fines del siglo pasado, cuando muchas personas descubrieron de repente que el estado de suspensión, la quietud urbanística de Barichara había preservado un pueblo que combinaba con inesperada armonía las construcciones de la colonia tardía y la modesta pero confortable arquitectura republicana del siglo XIX.

La belleza equilibrada del poblado, en un paisaje agreste y dramático, se convirtió en el atractivo mayor de una de las pocas poblaciones de Colombia que no cayó en la trampa de un progreso destructivo, en el afán de reemplazar las construcciones de adobe y teja por malas imitaciones de los barrios de las capitales. Llena ahora de habitantes, nativos y forasteros, enamorados de su entorno, de su luz y de una naturaleza entre adusta y generosa, habitada por artesanos, comerciantes y campesinos ambiciosos y trabajadores, Barichara se ha convertido en un milagro de piedra, teja y barro, capaz de encontrar un futuro amable sin renunciar a su pasado.

Jorge Orlando Melo
Publicado en María Soledad Reina, ed., y Antonio Castañeda Buraglia, fotografía, Barichara (Bogotá, Letrarte, 2010)

 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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