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Bibliotecas y democracia
 

Mesa redonda en el Congreso Nacional de Lectura (Bogotá, 2003)

(En este debate, además de Michele Petit,  participaron dos colombianos, Gloria Palomino y Didier Álvarez.)

Presentación de Jorge Orlando Melo 

Esta mesa redonda se ha convocado para discutir el tema de la biblioteca y la democracia. Es un tema muy amplio y que puede abordarse en formas muy diferentes.  

Y es un tema muy antiguo, que tiene más de 2000 años. Si aceptamos los argumentos de Jean Pierre Vernant, el surgimiento del libro fue factor esencial en la aparición de la democracia en Grecia. En efecto, el hecho de que dejara de ser un objeto sagrado, que no podían leer sino sacerdotes, y se convirtiera en algo abierto a todos, está estrechamente ligado a la idea de que todos los ciudadanos tienen derecho a debatir las decisiones de la ciudad, a discutir su futuro y a participar en las decisiones políticas. Esta participación es posible porque los ciudadanos pueden hacer un debate público sobre los objetivos de la sociedad, que no es posible a menos que se tenga la información adecuada y se dominen las reglas de argumentación, las formas de razonamiento necesarias para discutir los objetivos de la polis.  

Este surgimiento simultáneo del libro y la democracia no lleva a una relación unívoca entre ellos. En el imperio romano, y con mayor fuerza en la edad media cristiana, el libro volvió a ser patrimonio exclusivo de una pequeña minoría: solo los sacerdotes, dueños de la verdad, podían leer, mientras los demás grupos de la sociedad cumplían, bajo la orientación religiosa, sus funciones como guerreros, artesanos o labradores.  

En la sociedad colombiana, en forma similar, el uso del libro ha sido durante la mayoría de nuestra historia privilegio de una pequeña minoría. En la colonia, circulaban ante todo libros religiosos, y menos del 5 % de la población podía leerlos: era un instrumento de poder cultural y una señal de privilegio.  [1] 

A pesar de que desde 1819 nuestra sociedad prometió una educación a todos,  e incluso prohibió en sus primeras constituciones el voto a los analfabetas,  todavía en 1950 más de la mitad de los colombianos no sabían leer y escribir. Solo en los últimos cuarenta o cincuenta años, como resultado de los procesos de alfabetización masiva y expansión de la educación, la lectura dejó de ser patrimonio de unos pocos intelectuales, y el libro, el periódico o Internet se han convertido, al menos en potencia, en posibles canales de participación democrática, en medios de acceso a la información que permita la discusión y el debate abierto que son condición de ejercicio de la democracia. Es muy probable que, como lo sugiere Renán Silva, el fracaso de los intentos de alfabetización y educación del conjunto de la población, el mantenimiento de la cultura letrada como privilegio, dejó justamente en pié los mecanismos clientelistas y excluyentes que han limitado drásticamente la democracia en Colombia.  

El contexto en el que se ha logrado que los ciudadanos puedan tener acceso a la información, sin embargo, está caracterizado por procesos sociales que al mismo tiempo que expanden los volúmenes de información -aumenta el número de libros que se publican, crece la circulación de la prensa, aumentan las audiencias de radio y televisión - dificultan el debate crítico, someten a la población a un flujo de información abrumadora y en formatos que tratan de borrar toda distancia crítica del lector o el oyente. El texto escrito, que ofrece posibilidades mayores para el desarrollo de una lectura crítica, que exige una actitud más activa del lector, tiende a ser desplazada por el mensaje audiovisual, fragmentado, sin contexto, y que induce una pasividad mayor en el oyente.   

En relación con este tema, vale la pena considerar el impacto que puedan tener las nuevas tecnologías sobre la lectura, y en particular sobre los aspectos de la lectura de mayor importancia para la democracia. Muchos políticos y administradores más o menos ignorantes tienden a pensar que Internet reemplaza al libro, de modo que, cuando aún no hemos resuelto los viejos problemas del alfabetismo, podemos llenar las escuelas de computadores con la ilusión de que sustituyen las bibliotecas.  Al mismo tiempo, tenemos que discutir hasta donde Internet está generando, al menos en sus formas actuales, una lectura demasiado pasiva, un hábito de copiar textos sin pensar en ellos, una forma muy escolarizada de lectura, en el que se arman collages de textos que se confunden con los procesos de investigación.  

Y sin duda el acceso a Internet será, al menos en las primeras etapas, restringido a grupos sociales de recursos amplios. Hoy no más del 2 o 3% de los colombianos puede usar Internet, y solo las escuelas y bibliotecas de grandes ciudades tienen una dotación inicial razonable de equipos y conexiones, abiertas a los sectores de bajos ingresos, que son la mayoría de la población. Pese a los problemas, es probable que las formas de lectura en Internet terminen pareciéndose más a las del libro, y que la llamada brecha tecnológica sea más breve que en el caso de innovaciones anteriores: el libro necesito 500 años desde su invención para llegar a las casas de los pobres; el teléfono requirió cien años; la radio apenas esperó 50 años, y mi impresión es que todos tendrán conexión a Internet en forma más rápida.  

En la tradición medieval el libro era un objeto sagrado,  que recogía  una verdad revelada. El ideal era el libro único, el libro de todos los libros, la Biblia o el Corán, que define la civilización y hasta cierto punto hace inútiles los demás libros. Este libro debe ser aprendido, bajo la guía de los pocos con derecho a interpretarlo. Desde lo que podemos llamar el proyecto emancipador de la ilustración europea, en el siglo XVIII, esta idea fue reemplazada por la convicción de que al conocimiento y la verdad  se llega por un esfuerzo de todos, mediante la investigación y el debate. El libro único es reemplazado por todos los libros, abiertos a los ciudadanos, que tienen el derecho de interpretarlos y buscar la verdad.  Esta verdad, provisional, incierta y cambiante, se encuentra reunida únicamente en la biblioteca. Por ello, el acceso sin limitaciones ni censuras al libro es uno de los aspectos centrales del problema de la democracia y las bibliotecas.  

En efecto, nuestras bibliotecas pueden desempeñar un papel democrático en la medida en que permiten un acceso más amplio al libro del que los padres, las familias, los educadoras o las autoridades quisieran o juzgan conveniente  En la biblioteca el niño puede ver libros que sus padres le prohíben, libros eróticos o que tienen contenidos que los adultos consideran perversos o crueles. En la biblioteca  el adulto encuentra los libros que ofrecen alternativas que no encuentran representación en los medios de comunicación masiva o  en la televisión, ideas políticas impopulares, argumentos para oponerse al consenso social, información que permita establecer formas novedosas de solidaridad social. 

La biblioteca es pues un sitio de libertad para la democracia.  

Por otra parte, el proceso para que la población tenga la capacidad de lectura crítica está lejos de completarse. Hoy tenemos una población nominalmente alfabeta, pero que en su mayoría carece de la experiencia, de la práctica, de los hábitos que le permitan una lectura compleja, que la lleven a leer u oír críticamente los discursos políticos, que le permitan desmontar los argumentos de la publicidad política o comercial.  Estos hábitos se desarrollan ante todo en la escuela, en la medida en que esta haga de la lectura y la escritura, que son las en la práctica las herramientas esenciales del pensamiento crítico y creativo,  el centro de su proceso formativo.  En la situación colombiana, la mayoría de las escuelas no tienen libros, y por lo tanto viven en el mundo del profesor que dicta clase y del texto escolar, que se aprende y no se controvierte. El alumno es allí un sujeto que se moldea mediante el aprendizaje, y no que se forma para una vida activa, crítica y creadora.  

Al ofrecer a los niños en cuyas familias no existen recursos para formar buenas bibliotecas y en cuyas escuelas solo se aprende la mecánica de la lectura los recursos para convertirse en lectores, la biblioteca contribuye a ofrecer un acceso socialmente más equitativo a la cultura, el conocimiento y la información. 

La biblioteca es pues un sitio de promoción de la equidad social necesaria para la democracia 

En Colombia se habla hoy bastante de valores y en especial de democráticos. En la televisión, en los periódicos, en los discursos políticos, vemos las invitaciones reiteradas a aceptar los valores de la paz, la convivencia, la democracia, la honestidad, la transparencia.  

Es una retórica sospechosa, que muchos quieren extender masivamente a las aulas de clase, en los llamados procesos de formación en valores. Queremos enseñar a los niños los valores cívicos, democráticos, de participación, de respeto al otro, de tolerancia, de respeto a las minorías, a la naturaleza. Y lo hacemos en gran parte a través de un discurso piadoso, de prédica moralista y convencional, poco liberador, a veces muy distante de lo que hacen los que lo emplean.  

Es un discurso que llega a veces a niveles involuntariamente cómicos: ayer mismo un fascículo sobre valores publicado por El tiempo recomendaba a las niñas y jóvenes no hablar, en las visitas, de política, religión, sexo, aborto u otros temas inconvenientes. Me parece que es al revés, y que ojalá los niños aprendan a hablar con seriedad de esos temas inconvenientes. No podemos educar a nuestros niños para la pasividad y la sumisión, sino más bien para que aprendan a disentir, a desconfiar racionalmente de las autoridades y del saber establecido.  

Miro con mucho escepticismo estas formas de enseñanza puramente retórica, este caldo tibio de consignas de buenas intenciones, que presume la bondad de los niños y de todo el mundo en forma más o menos hipócrita. Los niños, que también son crueles y agresivos, que tienen esa perversión polimorfa de la que hablaba Freud,  se burlan de estas historias, y quieren, como en ese cuento de Saki en el que se burla de las tías buenas, que les cuenten cuentos en los que los a los niños buenos se los coma el lobo.  

Desconfío de las bibliotecas que se saturan de consignas llenas de "pensamientos positivos" e invitaciones que parecen de libros de autoayuda. Pero creo que en la práctica la biblioteca es un sitio en el que se desarrollan valores democráticos. La biblioteca trata a todos como iguales, ofrece sus libros sin discriminación de género, de etnia, de clase social, de saber. A los más débiles se les trata como iguales, a los que menos saben, como personas que pueden llegar a saber tanto como los demás. Y los jóvenes que llegan allí aprenden, haciéndolo, muchas veces sin que se les deba decir, a respetar a los demás, a esperar con paciencia que se atienda primero a los que están antes en la fila,  a hablar en un tono que no perturbe a los demás,  a cuidar el libro y los bienes públicos.  

La biblioteca es pues un sitio de aprendizaje de valores para la democracia y la convivencia  

Se ha discutido también el papel de la biblioteca para ofrecer información concreta para la participación democrática y el ejercicio de los derechos ciudadanos. Algunas bibliotecas colombianas, como las de Confenalco en Medellín, han realizado un excelente trabajo para establecer centros de información ciudadana o cívica, en el que los lectores pueden consultar las normas legales, verificar los procedimientos para sus gestiones frente a las autoridades o seguir los procesos de desarrollo de las políticas públicas.   

En este sentido, la biblioteca es un lugar para reunir o usar la información para el ejercicio de la democracia.  

Al considerar estas relaciones entre la biblioteca y la democracia, la pregunta pertinente es qué hacer para que se refuerce el papel democrático de las bibliotecas.  Por lo dicho antes, tiendo a pensar que el énfasis debe estar en el mejoramiento del sistema escolar, para que su modelo de enseñanza se transforme y la lectura, el libro y la biblioteca estén en el centro de su actividad, para formar lectores críticos, capaces de disentir, de escribir y crear. En segundo lugar, que hay que ampliar la oferta de bibliotecas abiertas y con una buena dotación básica, para llegar a todos esos lugares de Colombia, del campo y de las grandes ciudades, donde no existen estos servicios. Y por último, que es muy importante que los promotores de la democracia, los activistas y dirigentes sociales, las comunidades, vean en las bibliotecas instrumentos de este proceso de avance de la democracia, y contribuyan con sus acciones a valorar y promover las bibliotecas y a definir las políticas públicas en este campo.

 

Jorge Orlando Melo
Mayo de 2003


 

[1] En algunos artículos he desarrollado estos argumentos en forma más amplia. Cfr. J. O. Melo. "Más libros y menos maestros". El Malpensante (no. 42, nov. 1- dic. 15, 2002).

 
 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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