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Las bibliotecas públicas colombianas: ideales, realidades y desafíos
 

1. Antecedentes

Cuando en 1774 se ordenó la apertura en Bogotá de una biblioteca pública con los libros que habían sido de la expulsada Compañía de Jesús, siguiendo una propuesta hecha por el criollo Francisco Antonio Moreno y Escandón, la decisión de las autoridades virreinales se enmarcaba en un intenso debate acerca del papel de sacerdotes y laicos en la cultura colonial. En cierto modo, era una consecuencia lógica de la propuesta de tener una universidad pública: así como la docencia debía sustraerse al control de las ordenes religiosas, los libros debían estar al servicio de toda la sociedad, y no sólo de un grupo privilegiado de eruditos, y debían estimular el paso de una forma de enseñanza escolástica, centrada en el debate oral, a nuevos métodos de formación.[1]

La claridad de propósitos que llevó a la creación de la primera biblioteca nacional en América y una de las primeras bibliotecas públicas[2], no perduró, y la historia de las bibliotecas públicas en Colombia muestra que estas instituciones han tenido un papel muy secundario dentro de la vida cultural del país y han estado en un lugar muy bajo de las prioridades del Estado. La misma biblioteca nacional no fue muy atendida por el Estado. Raras veces ha podido ampliar sus colecciones en forma ordenada, y ha dependido sobre todo de donaciones y de la obligación de legal de entregarle los libros impresos en el país, establecida en 1834, pero cumplida aún hoy en forma muy parcial.

Quizás el momento más activo en la historia de la Biblioteca Nacional correspondió, como había ocurrido con su origen, a un proyecto cultural relativamente claro y definido, que volvió a dar una posición central a la biblioteca pública dentro de la política educativa y cultural del país. En la década del treinta, bajo el impulso del ministro Luis López de Mesa, el gobierno le asignó una función central en el proceso de divulgación de la cultura nacional que hacia parte integral del proyecto ideológico liberal. La Biblioteca, dirigida entre 1931 y 1938 por Daniel Samper Ortega, se encargó de formar una colección básica ofrecida a todos los municipios del país, compuesta en primer lugar por 100 obras cuidadosamente escogidas del patrimonio literario del país, (la selección Samper Ortega, que fue seguida en 1941 por la Biblioteca Popular de Cultura Colombiana) fuera de una colección española de literatura juvenil (la Colección Araluce) y libros sobre temas prácticos.[3] Fue el primer intento de un sistema nacional de bibliotecas públicas, denominadas entonces "bibliotecas aldeanas", compuestas por unos pocos centenares de libros de buena calidad, y estrechamente asociadas al sistema escolar, pero definidas en sus funciones y contenidos por las necesidades de la comunidad. El gobierno condicionó la entrega de las bibliotecas a lo municipios a que se creara una partida para compra de libros, se nombrara un maestro bibliotecario y se diera información permanente a la Biblioteca Nacional del uso y estado de las colecciones.[4] El proyecto funcionó durante varios años en medio de gran hostilidad de varios dirigentes conservadores y clericales: muchos, como Laureano Gómez, veían en estas bibliotecas y en los libros que las dotaban instrumentos de corrupción del campesinado, y herramientas para arrebatar a los sacerdotes la conducción de las mentes del pueblo. En muchos municipios, los concejos municipales y los maestros se negaron a recibir estas obras, que no tenían "aprobación eclesiástica", y en otras los libros se perdieron.[5] El cambio de gobierno, y sobre todo la evaluación del nueve de abril, atribuido en buena parte al influjo corruptor de las ideas ajenas a la tradición cristiana del país, llevó a que la política cultural del gobierno nacional se volviera de una rigidez extrema y mirara con desconfianza este tipo de actividades.[6]

Fuera de Bogotá las bibliotecas públicas se habían desarrollado en forma muy limitada. En unos pocos municipios del país se abrieron pequeñas colecciones en el siglo XIX: la más conocida es la Biblioteca del Tercer Piso, descrita por Pierre d'Espagnat en 1897, cuando tenía ya unos 2000 ejemplares, y encontró un culto bibliotecario prestando la selecta colección literaria que se había formado allí. En Medellín el departamento creó en 1870 la Biblioteca Publica, convertida en 1881 en Biblioteca de Zea, de la cual fue bibliotecario don Manuel Uribe Angel a finales del siglo XIX y María Cano durante los treinta y cuarenta de este siglo. En la primera mitad del siglo XX se encuentran también varios ejemplos de esfuerzos para crear bibliotecas públicas en sitios como Cali (Biblioteca del Centenario: 1910), o Villavicencio (1910), y funcionan en las grandes ciudades sistemas de alquiler público de libros. En Antioquia, una ordenanza de 1921 determino que en todos los municipios de más de 10.000 habitantes debía haber biblioteca pública y en 1929 existían bibliotecas públicas en 19 de lo casi 100 municipios del departamento. En Bogotá, desde 1928 se había creado una biblioteca pública del Consejo Municipal, a las que se añadieron otras en forma desordenada: para 1945 eran ya cinco las bibliotecas del Municipio. [7]

 

2. El surgimiento y desarrollo de la Biblioteca Pública.

Las bibliotecas mencionadas, sin embargo, estaban conformadas por pequeñas colecciones, formadas de manera arbitraria y casual, casi siempre a partir de donaciones, sin criterios muy claros de servicio. Usualmente eran bibliotecas en la que las mesas de lectura estaban separadas por un mostrador de la colección, y un bibliotecario aficionado entregaba las obras a los lectores. Con excepción de la Biblioteca Nacional, que adoptó el sistema Dewey en 1931, pocas bibliotecas, escolares o públicas, tenían un sistema moderno de clasificación.

Por ello, no es exagerado fechar el surgimiento de las primeras bibliotecas públicas modernas de Colombia en la década del cincuenta. Tres hechos fundamentales ocurrieron en estos años:

A) La apertura de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín para la América Latina en 1954, como un programa de la UNESCO. El diseño de servicios de esta biblioteca, importado en forma casi integral de las experiencias de los países anglosajones, difería radicalmente de los antecedentes locales. Su colección, centrada en las demandas de la comunidad -literatura, deporte, artesanías, formación laboral, manuales técnicos, recreación, arte, libros infantiles, y no solo los textos literarios de prestigio-, estaba al alcance de los usuarios, que podían ojearla libremente. Contaba con una sala infantil especialmente diseñada y, sobre todo, prestaba gratuitamente los libros a cualquier persona de la ciudad. Posteriormente, a partir de los ochenta, desarrollaría el primer sistema efectivo de bibliotecas públicas barriales en el país, y se convertiría en los noventa en la cabeza de facto de toda una red de bibliotecas de barrio y comunitarias en el área de influencia de Medellín.

B) La apertura en 1957, también en Medellín, de la Escuela Interamericana de Bibliotecología, con el apoyo de la OEA. Por primera vez la formación de los bibliotecarios colombianos se hacía dentro de parámetros internacionales - la parte fundamental del curriculum incorporaba sobre todo la experiencia del los sistemas de bibliotecas públicas de los Estados Unidos- y en una ciudad donde era posible ver en funcionamiento al menos una biblioteca pública realmente aceptable: la Piloto.[8] Estas dos instituciones, a pesar de que su vínculo formal fue tenue, fueron claves en el desarrollo inicial de un sistema público más eficiente en Antioquia que en el resto del país.

C) La inauguración de la Biblioteca Luis Ángel Arango en 1958. Creada por el Banco de la República, no fue concebida como una biblioteca pública, aunque desde el comienzo asumió esta función. Su moderno edificio, por ejemplo, respondía más a las exigencias de una biblioteca patrimonial, con grandes depósitos subterráneos, y su colección ha incluido siempre un núcleo patrimonial substancial, así como colecciones especializadas para investigadores. Sin embargo dos factores la consolidaron rápidamente como la biblioteca pública más importante del país. En primer lugar la existencia de una colección balanceada, de interés general, en crecimiento continuo y ordenado, que contaba con unos 70.000 ejemplares en el momento de la apertura, 250.000 para 1989 y 800.000 en 2000. En segundo lugar, criterios de servicio orientadas a satisfacer las necesidades de usuarios de sectores muy amplios -horarios extensos, ausencia de limitaciones de acceso, materiales especiales sonoros y visuales, modernización tecnológica. A finales de la década del setenta y comienzos de los ochenta, el Banco de la República amplio su red de bibliotecas públicas, con 10 nuevas en diferentes ciudades del país, a las que se añadió otra en 1998 y se añadirán seis más en 2001. Estas sedes, situadas casi todas en las capitales de departamento, fueron concebidas con mayor claridad como bibliotecas públicas, tanto en términos del diseño de su colección (que reduce el material patrimonial al relativo a la conformación de la cultura local o regional), como de su estrategia de servicios (estantería abierta, programas de promoción de lectura, actividades culturales con niños y adultos). Buena parte de su personal técnico provenía, como era lógico, de las nuevas escuelas de bibliotecología, sobre todo de Medellín.

A estos tres elementos fundadores se han sumado en las últimos décadas otros procesos notables. El primero resulta en cierto modo inesperado, y es el desarrollo de una red de bibliotecas públicas por parte de un sistema privado de apoyo a las familias, las Cajas de Compensación Familiar. Aunque la primera biblioteca de esta red fue creada en 1974, por Comfama en Medellín, y otras siguieron su ejemplo, el crecimiento se aceleró a partir de 1993, cuando fue creada la Red de Bibliotecas de Cajas de Compensación Familiar. En 2000 son ya 136 bibliotecas, distribuidas en casi todos los departamentos del país, con rasgos de identidad bastante claros: se trata de bibliotecas con énfasis en el servicio a los niños y a las familias, con exigentes niveles de atención al usuario, buenas instalaciones, personal de nivel profesional, un flujo de recursos continuos que permiten el desarrollo de colecciones balanceadas y bien escogidas, con estanterías abiertas, préstamo a domicilio, y un interés muy grande en los servicios de información a la comunidad. [9]

En segundo lugar, se han realizado varios esfuerzos por estructurar un sistema de bibliotecas públicas, orientado por el gobierno nacional. Más que una red de bibliotecas que compartan servicios y recursos, se ha tratado de un sistema abierto en el que las entidades gubernamentales ofrecen algunos servicios de apoyo a las bibliotecas afiliadas: capacitación, distribución ocasional de libros y publicaciones, realización de encuentros y conferencias y desarrollo de niveles elementales de normalización. El núcleo inicial de esta red estuvo conformado por bibliotecas administradas por el gobierno nacional, las cuales fueron trasladadas en 1969 al Instituto Colombiano de Cultura, creado el año anterior. A partir de los setenta, buena parte del esfuerzo central se ha consolidado en una serie de instituciones con siglas y objetivos muy visibles pero muy poca eficacia y muy poca continuidad real. [10] En 1973 se creó el SIN (sistema nacional de información), al cual se le anexo en 1976 el Sistema Nacional de Bibliotecas, compuesto teóricamente por todas las bibliotecas públicas del país, que se calculaban entonces en un poco más de 200. Esto se convirtió, en 1978, en la Red Nacional de Bibliotecas Públicas, orientada inicialmente por Colcultura y desde 1998 por el Ministerio de Cultura. [11] Los objetivos oficiales han sido muy ambiciosos: si uno cree en las declaraciones de futuro usuales, incorporadas en diversos planes y programas, para finales de la década del ochenta el país tendría 200 municipios con bibliotecas de más de 10.000 ejemplares, y en 1989 el Plan Nacional de Bibliotecas elaborado por Colcultura prometía un notable incremento de recursos e instalaciones durante la década.[12]

En tercer lugar, el desarrollo de nuevas tecnologías ha modificado bastante el contexto y las herramientas de acción de las bibliotecas públicas. La sistematización avanzó con mucha lentitud: en 1990 la Biblioteca Luis Ángel Arango puso en funcionamiento su catálogo en red y a mediados de la década entraron en funcionamiento los catálogos electrónicos de las cajas de compensación, pero para la mayoría de las bibliotecas regionales mayores (incluyendo la Biblioteca Piloto y la Biblioteca Nacional) la fecha del paso de ficheros manuales a ficheros en computador está entre 1999 y 2001, y no hubo una estrategia común por parte de las bibliotecas públicas (ni tampoco de las universitarias, que desde los ochenta ensayaron diversos sistemas sin mucho resultado): fueron los proveedores de programas de catalogación los que tomaron la iniciativa. La sensación de atraso e ineficacia producida por los ficheros manuales llevó a algunas administraciones regionales a definir programas ambiciosos de mejoramiento de sus bibliotecas, con edificaciones ambiciosas y bien diseñadas pero casi siempre sin una política seria de desarrollo de colecciones: entre 1995 y 2001 se construyeron nuevas bibliotecas municipales como la de Villavicencio, o departamentales como las del Atlántico, Norte de Santander, Cesar y Valle del Cauca. En mucho municipio se crearon o redenominaron las bibliotecas locales, usualmente asociadas a las Casa de Cultura, de manera que el número de bibliotecas que al menos hacen parte nominal de la red subió a 1983: 436 (en 341 municipios) en 1983 y a 780 (en 537 municipios) en 1985 y a 1040 en 1999[13]: buena parte del incremento debe tener su origen simplemente en que ha mejorado la recopilación de información, aunque sin duda se han creado algunas bibliotecas en estos años.

 

3. La situación actual.

La evolución que se ha esbozado en las páginas anteriores ha configurado un sistema real de bibliotecas públicas cuyos componentes centrales son los siguientes:

A) Las cajas de compensación familiar, que conforman hoy la mayor red de bibliotecas publicas del país. Sus colecciones reúnen unos 800.000 volúmenes, consultados por aproximadamente 8 millones de usuarios anuales. La red calcula que el 80% de sus usuarios son niños en edad escolar. Los desarrollos más grandes se dan en Medellín (Comfama y Comfenalco) y Bogotá (Colsubsidio), pero hay bibliotecas grandes en sitios como Barranquilla, Cali y Palmira. Aunque la colección típica tiene unos 5000 ejemplares, en las grandes ciudades existen sedes centrales con acervos de 20 a 45000 ejemplares. Prestan por encima de 1.200.000 ejemplares al año. Tiene una infraestructura informática avanzada.[14]

1. La red del Banco de la República, cuyas 19 bibliotecas tienen aproximadamente 1.300.000 volúmenes. Las bibliotecas típicas tienen alrededor de 10.000 ejemplares, mientras que hay tres que están entre 30 y 50.000 ejemplares, y la de Bogotá, que reúne además colecciones patrimoniales, tiene cerca de un millón. Las 12 bibliotecas que estaban abiertas en 2000 recibieron 6 millones de usuarios. Aproximadamente un 25-30% de los usuarios son estudiantes de escuelas y colegios, mientras que casi el 50-60% son universitarios. Las colecciones reflejan esto, con un énfasis mayor en materiales científicos, colecciones de literatura, historia y ciencias sociales muy amplias.. Prestan un poco menos de un millón de ejemplares al año. Todas las bibliotecas están en red, con un catálogo unificado, y prestan servicios de orden nacional, como el préstamo. Tiene una biblioteca virtual con unas 50.000 páginas de información textual o gráfica.

2. La red de la Biblioteca Piloto de Medellín. Con unos 150.000 ejemplares, atiende aproximadamente 1.9 millones de lectores por año. Presta 200.000 ejemplares por año. Su modernización tecnológica está en proceso.

3. Las bibliotecas públicas departamentales y de los grandes municipios. Usualmente se trata de bibliotecas de 15-30.000 ejemplares, algunas con una larga tradición histórica, sujetas a muchos vaivenes políticos, con pocos recursos para adquisición de materiales y servicios generalmente limitados y pobres. Sin embargo, algunas han logrado mantener alguna continuo y niveles de servicio aceptables. Se destacan las de Barranquilla (1 Dep y 1 Priv.), Cali (Dep), Itagui (Priv.), Bucaramanga (Dep), Cucuta (Dep.), Pereira (mun) Barrancabermeja (mun.) y Villavicencio (mun). La biblioteca de la Aduana de Barranquilla es una activa biblioteca privada apoyada por el gobierno, y la de Itagüí, creada por un donante, es una de las más grandes bibliotecas públicas del país.

4. Red de Bibliotecas Distritales, Biblored. Aunque en proceso de montaje, vale la pena señalar por separado la red del distrito de Bogotá, Bibliored, conformada por 7 bibliotecas intermedias, con unos 50.000 volúmenes en total que atienden un millón de usuarios por año, 13 bibliotecas descentralizadas y 3 megabibliotecas en proceso de apertura. [15]Estas bibliotecas tendrán cada una alrededor de 700 puestos de lectura, capacidad para atender unos 3000 usuarios diarios, unos 100 computadores para consulta de catalogo y conexión a Internet, e inicialmente unos 25.000 títulos, que deberán crecer rápidamente a 50.000. En unos dos años la red deberá tener unos 300000 ejemplares y atender unos tres millones de usuarios. Hacen parte de la Secretaría de Educación de Bogotá, pero han sido concebidas como bibliotecas públicas: no tendrán textos escolares, están abiertas en horarios amplios, prestarán sus materiales a todos, tienen colecciones de interés general, ofrecerán servicios de materiales sonoros y visuales, información para la comunidad, etc. El proyecto pedagógico que las justifica subraya ante todo la importancia de impulsar la lectura libre, recreativa y de disfrute estético, entre los jóvenes de los sistemas escolares, así como entre toda la comunidad, reforzar la formación ciudadana de escolares y habitantes de la ciudad y permitir la formación continua de la población.

Cifras Aproximadas Básicas de las Bibliotecas Públicas Colombianas (Proyecciones 2001) [16]

 

  Bibliotecas Volúmenes  Lectores Prestamos
Cajas de Compensación 139 800.000 8.000.000 1.500.000
Banco de la República 13 1.300.000 6.000.000 1.000.000
BPP 5 150.000 1.900.000 200.000
Biblored 29 150.000 2.000.000  
Bibliotecas Medianas 10 200.000 200.000 500.000
Otras 900 1.500.000 1.500.000 2.500.000
Total 1096 4.100.000 4.100.000 21.000.000

 

Según estas cifras, muy imprecisas, en Colombia habría 1 libro por cada 10 habitantes en el sector de bibliotecas públicas [17], se prestaría un libro por cada 10 habitantes y habría una visita a biblioteca por cada dos habitantes: los estándares internacionales son hoy al menos de 2 libros, 4 visitas y 3 prestamos por habitante. El número de bibliotecas públicas de más de 10.000 ejemplares es de unas 30, situadas en Bogotá (3), Medellín (3), Barranquilla (2), Manizales (2), Pereira (2), Bucaramanga, Chiquinquirá. Tunja, Neiva, Cali, Barrancabermeja, Cúcuta, Pasto, Ibagué, Cartagena, Villavicencio, Girardot, Envigado, Armenia, Ipiales. Palmira, Itagüí, Cartago.

 

4. Bibliotecas Estatales o Bibliotecas Privadas?

Aunque tradicionalmente la literatura sobre bibliotecas públicas ha insistido en que las bibliotecas públicas deben ser el resultado de una política pública, la situación colombiana se ha desviado de esta tendencia. La mayor financiación para el sistema de bibliotecas públicas de Colombia proviene del Banco de la República, entidad estatal pero independiente del gobierno, y de las Cajas de Compensación Familiar. Los municipios y departamentos, a pesar de que han recibido sumas muy elevadas de recursos de transferencias del gobierno central para gasto cultural, han dejado de lado la atención a las bibliotecas, con la única excepción significativa de Bogotá. La situación fiscal hace muy improbable que esta situación cambia en la próximo lustro. Aunque en algunos municipios existen posibilidades de destinar recursos adicionales a bibliotecas, la voluntad política para hacerlo es limitada, y únicamente cuando se ve la biblioteca como un complemento necesario dentro de una estrategia de mejoramiento de la calidad de la educación es posible lograr un apoyo efectivo de las autoridades municipales.

 

5 . Bibliotecas públicas o bibliotecas escolares.

Durante muchos años se ha desarrollado un reiterado debate sobre el problema de la prestación de servicios a escolares. Existe un consenso básico en la conveniencia de que los servicios de las bibliotecas públicas no incluyan el manejo de textos escolares y en la inconveniencia de los tipos de actividad académica fijados por los profesores para desarrollar en las bibliotecas, que convierten a estas en sitios para hacer tareas elementales y usualmente inútiles o absurdas. Sin embargo, hay un amplio desacuerdo acerca de lo que deba hacerse para promover el uso de las bibliotecas públicas, sobre la conveniencia de que el público sea esencialmente de estudiantes y sobre la responsabilidad de escuela y biblioteca en las formas de utilización actual de los servicios bibliográficos. Buena parte de la discusión se ha mantenido en un nivel teórico, reiterando las definiciones internacionales, sin que ilumine las decisiones posibles de las bibliotecas y de las estrategias razonables para promover una lectura más creativa por parte de los jóvenes escolares. Sobre esto, sin poder desarrollar aquí una adecuada justificación, quiero defender dos puntos de vista no muy compartidos:

1. El público de la biblioteca pública está conformado ante todo por estudiantes, tanto de los niveles básicos como universitarios, y está bien que así sea. En una sociedad que como la colombiana apenas se encuentra en una fase temprana del paso de una cultura audiovisual a una cultura del texto, la escuela es el principal espacio para esta transformación, Allí se desarrolla la capacidad de lectura compleja y alrededor de la actividad escolar se genera la visita a la biblioteca y se dominan las estrategias para su uso. Al mismo tiempo, es importante buscar que la escuela abandone la escolarización de la lectura literaria, admita la importancia para la formación del estudiante de la lectura libre, en humanidades y ciencia, y de la lectura recreativa. Esto quiere decir que hay que desestimar las tareas e "investigaciones" que buscan que el estudiante obtenga información en la biblioteca pública: allí debe encontrar es un ambiente de lectura creativa y recreativa, y un conjunto de lecturas académicas que complemente, según su propia iniciativa, su proceso de formación.

2. La adscripción de los sistemas de bibliotecas públicas a las secretarias de educación es conveniente en las grandes ciudades, donde son las únicas entidades con la capacidad, los recursos y el interés de desarrollar sistemas avanzados de servicio de bibliotecas públicas. El ejemplo de Bogotá puede ser un modelo digno de imitación en otras zonas del país.

6. Bibliotecas públicas y nuevas tecnologías

El desarrollo de Internet, en especial, está cambiando el contexto de acción de las bibliotecas públicas. Buena parte del material informativo que en otras países es parte central de la biblioteca pública (aunque en Colombia se ha desarrollado poco), a saber la información cívica y la orientación en las gestiones individuales (relaciones con el estado, procedimientos burocráticos, normas y reglamentos legales, oportunidades de formación y empleo, servicios de las entidades públicas) estará pronto disponible en la red, y la función de la biblioteca deberá ajustarse teniendo en cuenta estos cambios. Del mismo, modo, buena parte de la información concreta que complementa el proceso escolar (biografías de personajes históricos y culturales, cronologías, listas científicas y artísticas, datos sobre obras, autores, regiones, localidades, ambientes ecológicos, normas legales) estarán también en las bibliotecas virtuales de la red. El profesor que pide una tarea factual tradicional descubrirá pronto que los estudiantes la pueden bajar sin ir a la biblioteca, y el reflejo de pedir que venga fotocopiada y no "bajada" de la red, por absurdo que parezca, ya se está dando. Pero el efecto de esto es hacer imposibles o redundantes las tareas de información. Así como el libro hizo innecesaria la mnemotecnia (como temía Platón: que destruiría la memoria), la red hace superfluas las tareas de búsqueda de información simple. Por supuesto, la biblioteca deberá seguir ofreciendo algún apoyo en esta dirección, una referencia básica para la búsqueda de información en Internet, y algunos servicios de acceso. Pero ya no es su función acumular una información que otros coleccionaran más eficientemente en los servidores de otra clase de instituciones.

Si esto es así, la función de la biblioteca se deberá concentrar en ofrecer a los usuarios la oportunidad de lectura tranquila y creativa de la literatura, la filosofía, las obras fundamentales de las ciencias sociales y naturales. La biblioteca será ante todo un centro de lectura, recreativa en buena parte, en buena parte estética, y en buena parte orientada al desarrollo personal. Menos informativa, porque la información será fácil de localizar en la red, menos escolar, porque los maestros no serán capaz de inventar tareas razonables, la biblioteca podrá servir, en una sociedad en la que los demás medios, y la misma escuela, tienden a general una cultura homogénea y monótona, de instrumento de liberación e independencia personal, de instrumento de creación y de cultura.

 

Jorge Orlando Melo

Bogotá, 2001

 

[1] Ver Renán Silva, Universidad y Sociedad en el Nuevo Reino de Granada, (Bogotá, 1992) 116. El mismo Moreno y Escandón regaló 100 de sus libros a la universidad. Groot, Historia Eclesiástica y Civil de Nueva Granada, (Bogotá, 1956) II, 206, 305 y 371. Sin embargo, parece que no se abrió hasta enero de 1777.

[2] Su carácter de biblioteca pública se mantuvo hasta 1989. Para una historia de esta institución ver Guillermo Hernández de Alba y Juan Carraquilla Botero, Historia de la Biblioteca NacionaL(Bogotá, 1977).

[3] Renán Silva, Documentos sobre política cultural del gobierno liberal, edición policopiada, Cali, 2001.

[4] Trascrito en García, Las bibliotecas municipales de Villavicencio 1910-1997: iniciativas, esfuerzos y realizaciones. Villavicencio: Corporación Cultural Municipal de Villavicencio, 1996.

[5] Renán Silva, Lectura Popular y República Liberal (Dossier Policopiado, Cali? 2000?). Ver también Gaceta de Colcultura, 41(Bogotá. 2000), número dedicado a Darío Achury Valenzuela, uno de los principales ideólogos de este esfuerzo.

[6] Las colecciones impresas bajo la orientación de Daniel Samper Ortega y Darío Achuri Valenzuela (la selección Samper Ortega y la Biblioteca Popular de Cultura Colombiana resultan ejemplares por su carácter amplio y sin sectarismo: la mayoría de sus autores son, probablemente, conservadores. La biblioteca de autores colombianos (el término popular resultaba ya sospechoso), editada entre 1946 y 1954, excluyó sistemáticamente a todos los escritores liberales.

[7] Navarro Medina, Manuelita María Piedad y Consuelo Unigarro Bravo, Diagnóstico de las bibliotecas públicas de Santafé de Bogotá, D.C: en 1995. Santa Fe de Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, Tesis de Bibliotecología. 1996.

[8] Sin embargo, la especial sensibilidad de Medellín por las bibliotecas ya había llevado a la apertura, en 1946, de una carrera corta de bibliotecología en el Colegio Mayor de Antioquia, que formó más de un centenar de bibliotecólogas. Krzys, Richard Andrew, 1934- A history of education for librarianship in Colombia, Metuchen (New Jersey): The Scarecrow Press, 1969.

[9] Gloria María Rodríguez, “La biblioteca pública: Una propuesta para Trabajar por la Equidad”, (64 Conferencia Internacional de Ifla, 1998, www.ifla.org/IV/ifla64/093-105s.htm), describe los rasgos fundamentales de estas bibliotecas, en especial las de Confenalco. Ver también Gloria María Rodriguez Santamaría, The promotión of the public library with special reference to Colombia, Wales: College of librarianship Wales, University of Wales,1988

[10] Un temprano sistema regional fue la Red Departamental de bibliotecas de Antioquia, creada por ordenanza en 1972, que ha tenido una existencia un poco más real que otras. (Lineamientos, p. 10)

[11] A veces la Red Nacional de Bibliotecas ha sido una dependencia directa de Colcultura, a veces una oficina dentro de la Biblioteca Nacional.

[12] Instituto Colombiano de Cultura, Lineamientos para un plan nacional de cultura : Plan temático de bibliotecas publicas 1989, Bogotá: Colcultura, 1990, Seminario Nacional de Bibliotecas Publicas (1985: Bogotá) Hacia una organización de las bibliotecas publicas de Colombia: documento de base, Bogotá: Banco de la Republica-Biblioteca Luis Ángel Arango, Colcultura, 1985.

[13] Ver el Directorio de Bibliotecas Públicas en la página de la Biblioteca Nacional. www.bibliotecanacional.gov.co

[14] Información básica se encuentra en La Red; guía para navegar en Internet (Bogotá), No 8. septiembre de 2000.

[15] En 1996 el distrito firmó con la Biblioteca Luis Ángel Arango un convenio para el mejoramiento de bibliotecas de barrio. En 1998 el nuevo alcalde de la ciudad transformo este programa en un plan muy ambicioso, que buscaba duplicar en tres años la capacidad de atención de las bibliotecas públicas de la ciudad, y que se ha desarrollado en forma ejemplar. Esta red constituirá el primer ejemplo de una red municipal de bibliotecas públicas de alta calidad en el país. (La atención en Medellín depende de redes privadas (Cajas de Compensación, Fundación Familia) y del Ministerio de Educación Nacional, al que está adscrita la Biblioteca Piloto).

[16] Estas cifras son puramente indicativas: es posible que varias entidades estén incluyendo entre el número de visitantes a los asistentes a conferencias, exposiciones y otras actividades culturales; otras no llevan ninguna estadística y se les han atribuido cifras de acuerdo con tendencias para cada tipo y tamaño de entidad.

[17] Las bibliotecas universitarias, junto con la Biblioteca Nacional, sin incluir la Luis Ángel Arango, reúnen unos 2.5 millones de volúmenes. Las cifras sobre bibliotecas escolares son casi inexistentes.

 

 

 
 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
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