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Bogotá y los libros
 

Fundada por Gonzalo Jiménez de Quesada, un letrado renacentista que pasaba sus ratos de ocio escribiendo contra los historiadores de su tiempo, Bogotá ha vivido siempre cerca de los libros.

Viajeros y memorialistas la describieron, desde los años remotos de la colonia: Juan Rodríguez Freyle, José María Cordovez Moure, Pedro María Ibáñez o el cronista Ximénez, entre los nativos, pintaron sus calles sórdidas o se detuvieron en la descripción de sus locos y criminales.

Para los viajeros extranjeros era casi siempre una ciudad paralizada en el tiempo, atrasada, sucia, pero atractiva por la luz sabanera y, sobre todo, por sus pretensiones de cultura. Atenas suramericana la llamaron, sin asomo de ironía, en el siglo XIX, cuando Alexander von Humboldt, Hamilton, Holton, Cochrane, Mollien, Saffray[1], Ernst Röthlisberger, Pierre d'Espagnat y dos centenares más de visitantes retrataron esta ciudad fría en la que las señoritas bien tocaban piano, mientras sus parientes salían en casaca a discutir sobre política y literatura en el altozano de la catedral. Según Miguel Cané en 1882: “Es la tierra de la poesía; desde el hombre de mundo, el político, el militar, hasta el humilde campesino, todos tienen un verso en los labios, todos saben de memoria las composiciones poéticas de los poetas populares.”

Era una ciudad con tanta confianza en la tinta que cuanto se intentó crear una industria moderna, avanzada, movida por vapor, en la cuarta década del siglo XIX, sus ingenuos inversionistas creyeron que el producto que tendría más demanda sería el papel para hacer periódicos y libros. Pero aunque, según Manuela, la novela que publicó Eugenio Díaz en 1856, Bogotá tenía 10 imprentas mientras en sus alrededores no había siquiera una trilladora, no era tan buena consumidora de libros, pues al fin y al cabo los sectores letrados eran una pequeña élite, que soñaba con París y Londres, mientras miraba con desprecio o indiferencia a la gran mayoría de la población, aindiada y analfabeta.


Plaza de Bolívar, Grabado de Moros, Papel Periódico Ilustrado.

Era también una ciudad de fanáticos religiosos, de curas y campanarios, que todavía siguen caracterizando la ciudad según los novelistas más recientes: la ciudad de los treinta y dos campanarios de Cien años de soledad, que seguramente García Márquez contó uno por uno. No era la ciudad del olor a la guayaba, ni mucho menos: el mismo Cané hablaba de su “atmósfera pesada y de equívoco perfume” mientras Antonio José Restrepo la describía, con precisión que siguió siendo adecuada hasta mediados del siglo XX, como una ciudad “con olor a incienso y caca”.

Como sus memorialistas, los novelistas bogotanos han descrito una ciudad más bien deprimente y obsesiva: las primeras novelas que hacen del ámbito bogotano su escenario tiene temas que se repetirán incesantemente: José María Ángel Gaitán inaugura en 1851 con su novela urbana El doctor Temis, una larga serie de narraciones sobre asuntos judiciales y criminales, asesinatos, secuestros, narcotráfico y violencia, que se ha mantenido viva durante siglo y medio, y alcanza en años recientes calidad consistente, como la que se descubre en Perder es cuestión de método, de Santiago Gamboa, La lectora, de Sergio Álvarez, Vera, de Andrés Hoyos o Delirio, de Laura Restrepo. El Mudo, de 1848 (Eladio Vergara), pretende descubrir los sórdidos secretos de la ciudad siguiendo el modelo de la novela parisina de Eugenio Sue, y es el primero de la serie de anti-héroes, de personajes deformes, de héroes abyectos, como los llamó Álvaro Pineda, que han dado buena parte del tono a la Bogotá de las novelas: escritores entregados al vicio y la prostitución, intelectuales sin esperanzas, bohemios drogados, burócratas hundidos en la rutina, como los protagonista de Diana cazadora (1915), de Clímaco Soto Borda, el Día del odio, de José Antonio Osorio Lizarazo, Todo o nada (1982), de Oscar Collazos, Sin remedio (1984), de Antonio Caballero, Los parientes de Ester, de Luis Fayad o Pink Tomate, el gato alcohólico de Opio en las nubes, de Rafael Chaparro. A estas obras habría que añadir las novelas de Alfonso López Michelsen, Ricardo Silva, Roberto Rubiano, Mario Mendoza y docenas de escritores más.

Otro viajero, Christopher Isherwood, llegó a esta ciudad unos días antes del 9 de abril de 1948. El novelista inglés cayó como tantos en las redes seductoras de sus interlocutores, que lo llevaron de librería en librería. Sorprendido, trató de explicar por qué había tantas aquí. Su hipótesis es muy británica: la gente tenía que comprar todos los libros que leía, pues no había bibliotecas públicas. En realidad había una, la Biblioteca Nacional, que había sido la primera biblioteca pública creada en América Latina, por allá en el siglo XVIII. Pero era una biblioteca para intelectuales, para teólogos, para gramáticos, como don Miguel Antonio Caro o don Marco Fidel Suárez. Los obreros habían intentado crear, en la Candelaria y otros barrios, pequeñas librerías de préstamo, en las que pagaban unos centavos para llevarse una novela de Vargas Vila o de Eduardo Zamacois a su casa, y que no tuvieron mucho éxito.
Realmente, durante décadas el libro fue tema de intelectuales, de esos círculos de escritores que hacían tertulias o revistas, más o menos innovadoras, como las de El Mosaico, el Papel Periódico Ilustrado, la Revista Contemporánea, la Revista Moderna, los Nuevos, Pan o Mito o se reunían en cafés como el Windsor o el Automático.

Hoy Isherwood estaría sorprendido, pues en Bogotá hay bibliotecas para todo el mundo, muchas de ellas en los barrios populares, precisamente para que la ciudad sea la ciudad del libro incluso para los que no tienen como comprarlos, para los niños de las escuelas públicas o los desplazados, para los que creen que, cuando las cosas son más difíciles, más falta hace la imaginación, más urgente es un libro. Bibliotecas a las que van 11 millones de personas al año, que explican como otra viajera reciente, Susan Sontag, dijera que había descubierto en esta ciudad el mejor sistema de bibliotecas públicas del mundo. Un sistema que, junto con otras estrategias, con los libros al viento o los paraderos para libros o las bibliotecas universitarias, o con los editores, que hoy tienen mucho más de 11 imprentas en la ciudad, han convertido a Bogotá en una verdadera capital del libro.

[1] Elisée Reclus fue el primero que hizo la comparación al hablar en 1864 de “el pueblo ateniense de América Latina” en la Revue des Deux Mondes; Charles Saffray habló, en su libro, publicado en 1869, de “la nueva Atenas, en la que la inmensa mayoría no sabe nada o apenas sabe alguna cosa”.


Jorge Orlando Melo
Publicado en Ciudad Viva, Octubre de 2007, como “Sobre libros y bibliotecas”.

 

 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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