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Caciques y gamonales: Perfil político
 

Durante años, los colombianos han visto en gamonales y caciques personajes infaltables de la política y en particular de las elecciones. Parece que fue el mismo Bolívar quien usó la palabra "gamonal" por primera vez en 1830, hablando de algunos importantes neogranadinos que apoyaban la dictadura de Urdaneta, y sin dar al término un carácter peyorativo. La expresión "cacique", tomada de los indios americanos, se usó también sin sentido peyorativo para señalar a personas con poder o preeminencia, pero desde la segunda mitad del siglo pasado comenzó a emplearse en España para referirse a quienes, dueños de poder local, lo usaban para manipular a la población y controlar la política lugareña mediante la repartición de favores personales, contratos y beneficios de todo orden.  

«La trinidad siniestra» Sotero peñuela y el caciquismo en caricatura de Roa. «Fantoches», marzo 10 de 1928 «El banquete de anoche» Caricatura de Díaz. «Fantoches», septiembre 8 de 1928.

La descripción que hizo hacia 1866 José María Samper, nos indica ya una visión crítica de gamonales o caciques, pues los términos parecen entonces intercambiables: "La lengua española da el nombre de gamonal a un terreno que abundaba en plantas asfodilas. Pero entre nosotros se ha ampliado la idea, por una extraña analogía y tomado picarescamente el propietario por la propiedad, y se llama "gamonal" (por no decir capataz o cacique) al hombre rico de un lugar pequeño, dueño o poseedor de las tierras más valiosas, especie de señor feudal de la parroquia republicana, que influye y domina soberanamente el distrito, maneja a sus arrendatarios como a borregos, ata y desata los negocios del terruño como un San Pedro de caricatura y manda sin rival como un gallo entre sus gallinas. El gamonal es, pues, el sátrapa de la parroquia, el gallo del pueblo con todas sus consecuencias". En 1887 Rafael Uribe Uribe define al gamonal como "cacique, monitor, reyezuelo, gallito o magnate". 

Para los críticos de los caciques, éstos se convirtieron en la expresión de lo que parecía llevar al fracaso las nuevas instituciones liberales y democráticas: eran los que corrompían y desvirtuaban la verdadera participación ciudadana, convirtiendo al pueblo en un rebaño pasivo que ellos apacentaban, sobre todo en asuntos electorales. Ejemplo de esto fueron personajes como "el sapo" Ramón Gómez, que controló el sistema judicial de Cundinamarca hacia 1865 para ganar elecciones ("la afamada pandilla de los sapos o sapistas, que se han apoderado del Poder Judicial en el Estado [...] ganan elecciones, consiguen los empleos que les convienen por medio de un sistema muy sencillo: buscan a los gamonales de los pueblos, les recuerdan el pleito que tienen pendiente con don M. o don H., y luego les muestran la sentencia a su favor o en su contra, según que gane o no la elección que piden", según la descripción de José María Quijano Otero).  

«Manzanillocracia» Caricatura de Roa. «Fantoches», mayo 11 1929. «La prórroga catastrófica» «Fantoches», noviembre 21 de 1931. Biblioteca Nacional de Colombia, Bogotá

Los caciques eran de muy diverso estilo: jefes pueblerinos o grandes caciques regionales, ricos propietarios locales o simples agentes de grandes propietarios ausentistas, explotadores de los pobres indios o protectores de la comunidad; su variedad está aún por estudiar: dueños de vidas y haciendas o simples dueños de votos. Pero si antes de 1910 la fuerza del cacique (como el general Juan Iguarán del Magdalena) estaba en la manipulación del conteo ("el que escruta, elige"), a medida que crece la participación electoral, después de que en ese año se adoptara el sufragio universal, el cacique poderoso tiene que ser capaz de movilizar gente, de generar entusiasmo e identidad de partido (a veces mediante la promoción de la confrontación violenta con el adversario), de aumentar la participación política. Y se dedobla de algún modo en el simple agente político, el manzanillo, retratado en dos comedias de Luis Enrique Osorio de 1943 y 1944. Si antes la ambigüedad de su función era cierta, ahora es aún más fuerte: ¿Es un simple deformador de una hipotética voluntad de pueblo, y con ello un enemigo de la verdadera democracia, o el agente de la transición a un sistema participativo, en una país en el que los electores no saben leer y tienen una información política muy limitada, y en el que los escasos recursos locales y regionales hacen inevitable tener intermediarios con el gobierno nacional?  

«Lo que hallaron bajo llave» Caricatura sobre manipulación electoral. «Fantoches», enero 9 de 1932

Mientras los grandes caudillos --desde José María Obando a Uribe Uribe, Laureano Gómez o Jorge Eliécer Gaitán-- seducen con su imagen y su palabra, los caciques organizan a los electores, gestionan obras, obtienen recursos externos para las regiones y promueven ideas y gestos de participación popular. Pero, al mismo tiempo, reparten los cargos públicos locales, asignan los arrendamientos del cobro de impuestos, manejan las rentas. Si seguimos el que es todavía el único análisis histórico del caciquismo ("Algunas notas sobre la historia del caciquismo en Colombia", de Malcolm Deas), los años dorados del gamonalismo fueron los años veinte, algunos de cuyos rasgos dibujó Darío Achury en 1934 en su obra Últimos caciques boyacenses. Pero en las décadas siguientes, los grandes caudillos, oligarcas o populares, nunca despreciaron el poder y la ayuda de los organizadores locales, de los caciques de pueblo o de departamento que, transformados y convertidos en grandes electores regionales, siguen haciendo parte central de los mecanismos políticos del país.

Jorge Orlando Melo
Texto publicado en la Revista Credencial Historia No. 103, agosto de 1998.

 
 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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