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Jorge Orlando Melo: Difusor de la Nueva Historia

Por: Gonzalo Cataño.
 

Jorge Orlando Melo comenzó a escribir muy joven y pronto le llegaron los reconocimientos. No había terminado sus estudios de filosofía y letras en la Universidad Nacional, y ya había publicado un trabajo sobre filosofía en la Colonia, la traducción de una obra de Jean-Paul Sartre, Problemas de método, y un ensayo polémico sobre Sartre y el marxismo, donde fustigaba el reduccionismo económico de la sociología marxista y su olvido del individuo y de las particularidades de los fenómenos históricos. Todo esto sucedía en 1963, cuando apenas cumplía los 21 años de edad.

Durante la segunda mitad de la década del sesenta, Melo fue a los Estados Unidos y obtuvo una maestría en historia con una tesis sobre las políticas económicas de la segunda administración de Santander, que todavía permanece inédita. Al regresar al país dio comienzo a su proyecto intelectual que se afirmó en la década siguiente, los años dorados de la "Nueva Historia". Sus empeños tomaron tres direcciones que terminaron por marcar trayectoria laboral y académica.

En primer lugar, un interés permanente por el legado historiográfico. En una serie de inteligentes recensiones y de orientadores ensayos que después compiló en Historiografía colombiana: realidades y perspectivas (1996), sometió a rigurosa crítica los énfasis, las tradiciones y las escuelas de pensamiento que nutrieron la investigación histórica desde el siglo XIX hasta nuestros días. En conjunto constituye el esfuerzo más acabado por afirmar un espíritu crítico en los medios historiográficos nacionales, dirigido a orientar a los investigadores sobre los logros, las ausencias y las flaquezas de una disciplina que cada vez cuenta con más adherentes.

En segundo lugar, una marcada inclinación por la difusión de la historia más allá de los estrechos marcos de los cultivadores del oficio. En 1977 Melo publicó El establecimiento de la dominación española, libro que estudia el descubrimiento, la conquista y los años iniciales del asentamiento de los españoles en el territorio colombiano. Con habilidad narrativa y formidable capacidad de asimilación de materiales provenientes de las más diversas disciplinas, registró la fundación de ciudades, la derrota y la sujeción de las comunidades precolombinas y los cimientos sobre los cuales se asentó el dominio español que habría de durar tres siglos. El texto estaba dirigido al gran público y era muy cuidadoso en la fijación de los datos y en la interpretación de los hechos. Al integrar las contribuciones de la mejor investigación social del momento, el volumen se convirtió en la expresión más acabada del mensaje de la Nueva Historia: fuentes cuidadosamente seleccionadas, afinidad con el trabajo de archivo, explotación de nuevas temáticas y uso de las contribuciones de las ciencias sociales para la organización y examen de la información. A todo esto Melo sumó unas características muy personales, asociadas con la elegancia en la exposición, la prudencia analítica, la síntesis y la disposición para registrar las acciones individuales sin olvidar el curso de la estructura social.

En tercer lugar, su proyecto intelectual ha tenido una inclinación por la historia y crítica políticas, además del ejercicio de tareas aplicadas, muchas de ellas alejadas del ascetismo y la severidad del trabajo académico. En su libro Sobre historia y política, de 1979, discutió las tensiones entre la historia y la orientación de los asuntos públicos. La primera estudia lo que sucedió y la segunda lucha por lo que debería suceder. A lo largo de su vida activa, Melo ha mostrado una singular competencia en la dirección de programas sociales y culturales. Ha sido directivo universitario, director del centro de documentación más importante del país, la Biblioteca Luis Ángel Arango, y animador de proyectos académicos colectivos dirigidos a llevar a escuelas y colegios, lo mismo que al público ilustrado, los modernos trabajos históricos. Los mejores ejemplos de este esfuerzo han sido la exitosa Colombia hoy (16 ediciones) y los volúmenes de gran factura, Historia de Antioquia (1988) e Historia de Medellín (1996). Ha ocupado, además, las consejerías presidenciales para la protección de los derechos humanos y para el desarrollo de la ciudad Medellín en sus años de mayor tensión y agobio sociales. Al frente de estas tareas ha tenido la oportunidad de observar cómo la historia ofrece un fascinante marco de referencia para los responsables de las decisiones públicas. Melo sospecha que los que no conocen la historia carecen de fluidez en las determinaciones y están en peligro de ser dominados por el pasado.
 

Portada de la Historia de Antioquia. 1988
   

Tomos I y II de la Historia de Medellín. 1996

Tomado de: Revista Credencial Historia. (Bogotá - Colombia). Julio 1999. No.115
 

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Jorge Orlando Melo: academia y compromiso público

Por: Gonzalo Cataño

                                     

 

Jorge Orlando Melo es uno de los historiadores más conocidos del país. Su nombre aparece con frecuencia en periódicos y revistas, y sus variadas ocupaciones en la esfera académica y en la administración pública han multiplicado el rango de sus relaciones y la influencia de sus logros. Ha sido profesor, investigador, traductor, directivo universitario y jefe de importantes oficinas del Estado. Al frente de estas funciones ha desplegado una competencia poco usual para alguien que ha iniciado su vida activa en la docencia. Melo afronta con éxito los retos de la administración y la conocida agonía y morosidad de la burocracia parecen multiplicar su inventiva y su capacidad de gestión. Quizá ello se deba a que desempeña los cargos con un ímpetu muy cercano a la idea de misión, a la entrega y compromiso personales con unos objetivos que desde un comienzo define como buenos para la sociedad y la cultura nacionales.

Melo comenzó a escribir muy joven y pronto le llegaron los reconocimientos. No había terminado sus estudios de Filosofía y Letras en la Universidad Nacional, y ya era autor de un artículo sobre Maurice Merleau-Ponty, de un ensayo sobre la filosofía en la Colonia, de la traducción de un libro de Jean-Paul Sartre y de un trabajo polémico donde fustigaba el reduccionismo económico de la sociología marxista y su olvido del individuo y de las particularidades de los fenómenos históricos . Todo esto sucedía en 1963 cuando apenas cumplía los 21 años de edad.

Durante la segunda mitad de la década del sesenta Melo fue a los Estados Unidos y alcanzó una Maestría con una tesis sobre las políticas económicas de la última administración de Santander, todavía inédita . Al regresar al país dio comienzo a su proyecto intelectual que se afirmó en la década siguiente, los años dorados de la "nueva historia". Y allí sus afanes tomaron dos direcciones que terminaron por marcar su trayectoria laboral y académica.

En primer lugar, un interés permanente por el legado historiográfico del país. En una serie de inteligentes recensiones y en varios ensayos que después compiló en la perspicaz Historiografía colombiana (1996), expuso los énfasis, las tradiciones y las escuelas de pensamiento que nutrieron la investigación histórica desde el siglo XIX hasta nuestros días. El libro constituye el esfuerzo más acabado por afirmar un espíritu crítico dirigido a orientar a los investigadores sobre los avances y flaquezas de una disciplina en franca expansión. Es una historia de la historia, un arreglo de cuentas con las formas de estudiar el pasado y con las figuras más sobresalientes que dedicaron sus vidas o parte de ellas a crear lo que hoy llamamos historiografía nacional. La tarea ha sido de clarificación y síntesis, de afirmación del campo y de señalamiento de logros y precariedades, hecho que ha convertido a su autor en la conciencia de la profesión y en uno de los jueces más reconocidos del oficio (hasta el punto que quienes no figuren en sus periódicos y detallados balances, no parecen haber hecho contribución alguna a la ciencia de Heródoto).

Algunos podrían creer que esta labor es un asunto fácil. Por el contrario; ella requiere familiaridad con los trabajos en curso, un ojo atento a la creciente bibliografía y un conocimiento preciso de las grandes corrientes historiográficas de Occidente que de una u otra forma han influido en la investigación nacional. Exige, igualmente, un dominio de las dificultades internas de la disciplina, un manejo de los problemas de teoría y método y una sensibilidad ante los nuevos enfoques y las búsquedas prometedoras. Melo ostenta estas cualidades, que en sus escritos cobran vida en un especial sentido del equilibrio y en una mirada abierta a las innovaciones y a las variadas formas de hacer historia. Sabemos que toda reconstrucción del pasado es una selección y un modo de ver es a su vez un modo de no ver; un enfoque subraya aspectos que le son sensibles y desecha otros que sus conceptos no perciben. El hecho se torna más delicado cuando se observa que por los predios de la historia de Colombia transitan con éxito antropólogos, economistas, politólogos y sociólogos con

las más diversas estrategias empíricas y analíticas. Además, Melo sabe que el crítico, como el investigador, es un miembro de la profesión y que su tarea debe emprenderse con la misma severidad con la que aquel adelanta su trabajo. La valoración de los estudios pone en cuestión la disciplina y un falso prospecto puede amparar rumbos equivocados o favorecer orientaciones estériles.

En segundo lugar, su carrera intelectual muestra una especial inclinación por la difusión de la historia más allá de los estrechos marcos de los cultivadores de la profesión. Ha redactado manuales, cartillas, ensayos y artículos orientados a ganar tanto la audiencia estudiantil como la atención del público ilustrado. Estos énfasis comenzaron en 1977 con la publicación de El establecimiento de la dominación española, el primer tomo de una anhelada historia de Colombia que examinaba las tribulaciones del descubrimiento, la conquista y los años iniciales del asentamiento español. Con habilidad narrativa y asimilación de materiales provenientes de diferentes disciplinas -antropología, economía, arqueología, geografía y cartografía-, registró la fundación de ciudades, la derrota y sujeción de las comunidades precolombinas y los cimientos sobre los cuales se asentó el dominio europeo que habría de durar tres siglos. El volumen quería llegar a los estudiantes de los últimos años de bachillerato y de los primeros cursos de universidad, y era muy cuidadoso con la fijación de los datos y la interpretación de los hechos. Al integrar los aportes de la mejor investigación histórica del momento, sus páginas se convirtieron en la expresión más acabada del mensaje de la "nueva historia": fuentes cuidadosamente seleccionadas, afinidad con el trabajo de archivo, manejo de categorías de sabor estructural y empleo de las contribuciones de las ciencias sociales. A lo anterior Melo sumó unos rasgos personales asociados con la elegancia en la exposición, la prudencia analítica, la virtud de la síntesis y la disposición para registrar las acciones individuales sin olvidar el rumbo de las acciones colectivas. Melo es consciente de que si bien el carácter de los individuos y de los grupos debe mucho a las circunstancias que los rodean, las aspiraciones de unos y otros participan igualmente en la configuración de dichas circunstancias. Este punto de partida se hace más necesario cuando se aborda la historia política, uno de los campos más frecuentados por Melo. El terreno de los choques de poderes y de los conflictos de intereses auspiciados por los agentes más organizados y de mayor influencia en la sociedad, difícilmente se explican por férreas leyes o acerados determinismos. Al libro sobre el descubrimiento y la conquista, sumó tiempo después Raíces (1989), un texto escolar que ha vendido más de 60.000 ejemplares en el competido mundo de las cartillas destinadas a la enseñanza primaria.

Pero si los mencionados trabajos tenían como objetivo nutrir el sistema educativo, con el paso de los años Melo cortó sus amarras escolares en busca del gran público. Si a finales del siglo XIX y comienzos del XX las fatigas de los primeros historiadores se habían concentrado en la redacción de manuales para propagar las tradiciones culturales y difundir en el corazón de las nuevas generaciones los valores de la nacionalidad, a finales del XX y comienzos del XXI los ánimos debían encaminarse a la gran masa de lectores. El analfabetismo había disminuido considerablemente, los centros urbanos se habían expandido y los egresados de la enseñanza secundaria y universitaria se habían multiplicado hasta crear un mercado de libros y revistas de amplitud no conocida en el pasado. Sensible a estos procesos, Melo diseñó vastos planes de difusión de trabajos históricos. Impulsó proyectos colectivos como la Historia de Antioquia (1988), la Historia de Medellín (1996) y la exitosa Colombia hoy (16 ediciones). Asumió, además, la dirección de varios volúmenes de la Nueva historia de Colombia (1989) y de la Gran enciclopedia de Colombia (1991), obras que consiguieron una amplia recepción en los hogares de clase media de las grandes ciudades. Pero quizá su programa de mayor alcance sea Credencial Historia, una revista mensual ilustrada que comenzó a salir en 1990 y hoy supera los 120 números con ediciones que han rebasado los 70.000 ejemplares (haciendo de sus páginas la publicación histórica de mayor circulación en los medios de lengua española). En el desarrollo de esta última empresa ha contado con la colaboración permanente del filósofo de formación y editor y crítico de arte por vocación, Camilo Calderón Schrader, el animador gráfico de los estudios históricos nacionales más notable de las últimas décadas.

Es evidente que el impulso de aquellos proyectos sólo podía llevarse a cabo con el concurso de otros investigadores, y para ello Melo convocó a los colegas de distintos campos del saber. Supo aprovechar no sólo la demanda de materiales impresos, sino la existencia de una comunidad de historiadores, humanistas, ensayistas y científicos sociales capaces de cubrir con visiones modernas -y en un lenguaje de divulgación sin desechar la complejidad de los problemas objeto de estudio-, los múltiples temas y períodos de la historia de Colombia. Ahora el mensaje de la nueva historia llegaba al gran público y las formas tradicionales de explorar las "antigüedades", las crónicas galantes y los relatos sin control analítico, fueron quedando atrás como mero recuerdo de un estilo remoto de revivir el pasado. Y junto a esta actividad colectiva, se promovió la integración de las ciencias sociales, la afirmación de nuevas generaciones de estudiosos, y, por el volumen y extensión de los tirajes, se dotó a escuelas y colegios de un arsenal pedagógico de variado alcance formativo. Y si bien no es fácil establecerlo con exactitud, cabe esperar que al avivar el interés por un examen renovado del pasado, se fomentaron vocaciones científicas entre los jóvenes de mayor inquietud intelectual. Y todavía más. Los mismos investigadores encontraron en aquellas disímiles y vivaces páginas de carácter divulgativo, un conjunto de atisbos, inquietudes y noticias de utilidad para sus propios trabajos.

De todo lo anterior se deduce que de los miembros activos de la nueva historia, Melo es quien que está en mejores condiciones para ofrecer una visión personal del conjunto de la historia de Colombia. Posee el don de la frase justa y expresiva de la síntesis, conoce el campo y se mueve con holgura a lo largo de la copiosa bibliografía de la era precolombina, colonial y de los siglos XIX y XX. Borradores de este eventual trazo se encuentran en su libro de irónica estela, Predecir el pasado (1992), una colección de ensayos que compendiaba los cambios demográficos, las mudanzas culturales, los desarrollos de la ciencia, el impacto de la violencia, y -a medio camino entre la historia y la sociología-, del proceso de modernización del país desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días. En pocas palabras, los cimientos están listos; sólo falta ahora algo de sosiego para poner en orden hipótesis, bosquejos, teorías y datos provenientes de fuentes primarias y secundarias.

A los planes académicos y divulgativos registrados, Melo ha sumado un fervor adicional de poco prestigio entre algunos intelectuales pero no por ello menos significativo: la traducción. A él se debe el traslado de numerosos libros y ensayos publicados originalmente en inglés y francés de amplia repercusión en el medio. Con este ejercicio ha ayudado a formar a generaciones de estudiantes graduados y ha elevado los estándares de la investigación nacional -y en forma callada ha tenido la oportunidad de educar su propio lenguaje y entrar en contacto directo con la artesanía intelectual de la mejor erudición extranjera sobre Colombia-.

II

Pero Melo no ha sido solamente un historiador. También ha sido un hombre con vocación de servicio en el sector público. Durante su experiencia universitaria fue profesor e investigador y en forma paralela asumió responsabilidades administrativas. En la Universidad Nacional estuvo al frente de la oficina de estudiantes, del Centro de Investigaciones para el Desarrollo y del Instituto de Estudios Políticos. En la Universidad del Valle fue vicerrector, rector encargado, decano de investigaciones y jefe del Departamento de Historia. Ha sido, igualmente, asesor de programas de desarrollo social y miembro de juntas directivas de organismos de fomento cultural. Estos papeles afinaron virtudes que a continuación exhibió en escenarios más complejos como la Consejería para la protección de los derechos humanos y la Consejería para Medellín y su área metropolitana, dos oficinas de la presidencia de la República que ejerció durante la administración de César Gaviria (1990-94). Melo se multiplica en las jefaturas, y encuentra que buena parte de los asuntos públicos está en manos de diletantes sin disposición de servicio y faltos de iniciativa para hacer de la gestión un arte con consecuencias positivas para la sociedad.

En la Consejería de Derechos Humanos concentró su interés en la protección a los perseguidos políticos, en la búsqueda de los desaparecidos, en la identificación de los NN y en la atención a los desplazados y a las víctimas de la violencia. Desde finales de la década de los ochenta del siglo XX, Colombia se ha visto cercada por tres guerras ajenas a las garantías individuales: la del narcotráfico, la de las guerrillas y la de los paramilitares. Las dos primeras luchan contra el Estado y cuando sus negocios entran en dificultades, se combaten entre sí. Los paramilitares son los enemigos declarados de la guerrilla, los amigos callados del narcotráfico y los "restauradores"

del orden en las zonas de influencia de los insurgentes. El ejército se enfrenta con las guerrillas, hostiliza a los narcotraficantes y reprende a los paramilitares por su excesos. Es una guerra de todos contra todos donde la población civil suministra los cadáveres. En este escenario regido por el estupor, Melo se dio a la tarea de denunciar los casos atroces, de favorecer el avance de los juicios en el sistema penal y disciplinario para el castigo ejemplarizante de los culpables y de impulsar campañas educativas en el ejército y la policía para el tratamiento humanitario y el respeto a la integridad física de los detenidos. El respeto a los derechos humanos debería comenzar por casa si en verdad se querían ofrecer lecciones de humanidad a los grupos y organizaciones en contienda.

Estas acciones constituyeron la mejor escuela para ocupar la Consejería de Medellín, ejercida en los meses más rudos de la violencia y el terrorismo instaurados por los capos de la droga. El objetivo era abordar los problemas de una ciudad cercada por la inseguridad, el terrorismo, el crimen y la intimidación de los narcotraficantes. Desde un principio enfocó la atención a los grupos juveniles de los barrios populares. Varios estudios sugerían que el delito en la capital antioqueña estaba asociado con la desocupación y pérdida de las nociones de solidaridad y pertenencia entre su población más joven. Una lacerante sensación de fracaso rondaba las mentes de los adolescentes y el medio no parecía ofrecerles vías de realización personal. Las pandillas, el atraco, el abuso en las calles ganaban su imaginación y los conducía al consumo de drogas y a la vinculación con las organizaciones de sicarios subvencionadas por el narcotráfico. El entorno de sus vidas era por lo demás terreno fértil. Sus barrios carecían de escuelas y colegios, de servicios de luz y alcantarillado, lo mismo que de parques y sitios de recreación que proporcionaran un ámbito de socialización y encuentro. Eran comunidades de frágiles moradas resultado de la improvisación y el hacinamiento de la compulsiva migración rural, que recordaban las apretadas viviendas medievales unidas por senderos que no parecían conducir a sitio alguno. "La violencia es una parte de la realidad de Medellín", escribió en las páginas iniciales el autor de No nacimos pa’semilla, el registro más angustioso que tenemos de la situación de los jóvenes de aquellos años. "Vivimos en una ciudad en guerra. Una guerra donde intervienen muchos poderes y donde los protagonistas son los jóvenes. Ellos son los que matan y mueren" . La ciudad a su turno los había estigmatizado con el repulsivo mote de "desechables", esto es, de pura y simple basura de la sociedad.

Junto a sus colaboradores, Melo adelantó programas de vivienda para restablecer los núcleos familiares. Promovió los servicios y la creación de espacios públicos en los barrios y la ampliación de cupos en los colegios de secundaria de otras zonas de la ciudad. A ello añadió la fundación de clubes juveniles, la apertura de bibliotecas y la búsqueda de alternativas laborales con la promoción de la pequeña industria. Unos proyectos funcionaron, otros se quedaron a mitad de camino y otros más continuaron en manos de las oficinas de desarrollo social de la alcaldía de Medellín.

En los anteriores cargos no exentos de responsabilidad política, Melo tuvo oportunidad de adquirir un conocimiento directo de la complejidad de los procesos sociales y de la multiplicidad de variables en juego. Una cosa era observar los períodos lejanos cuando se conocen previamente los resultados y otra abordar el presente con un porvenir incierto. Al conocer el desenlace de los hechos, encontró que los historiadores eran muy dados a olvidar que en su momento el pasado había sido tan agitado, confuso y plural como nuestros días. Ahora era claro que las incertidumbres también acompañaron las decisiones de hombres y mujeres de otros tiempos y que los objetivos por los cuales lucharon, no siempre dieron los resultados esperados. No en vano Melo se siente muy inclinado a recordarle a sus colegas que una familiaridad con los problemas actuales, es el mejor adiestramiento para lograr una visión más rica y vivaz del pasado.

Una manifestación del interés por las situaciones del momento se encuentra en sus frecuentes artículos periodísticos y en su libro Sobre historia y política (1979), una inusual combinación de ensayos académicos con escritos "comprometidos". En las páginas de este pequeño volumen el lector encuentra estudios tan puntuales como la producción de oro en el siglo XVIII, junto a textos que critican la izquierda colombiana y exaltan el socialismo democrático. Melo encuentra legítima esta diversidad. Es un hombre de su tiempo y como miembro de la intelligentsia quiere registrar las tensiones de la sociedad en la cual vive. Su acercamiento a los grupos de izquierda durante los decenios del sesenta y del setenta, lo habían sensibilizado con la crítica social y política y la noción de compromiso, tan cara a la tradición socialista. No confunde, sin embargo, las evaluaciones de la ciencia con las estimaciones políticamente orientadas de los asuntos públicos. Sabe que la ciencia analiza hechos y la política posibilidades; que la historia estudia lo que sucedió y que los hombres y mujeres de acción y sus críticos rivalizan por lo que debería suceder. El político puede aprender del pasado, pero sus "lecciones" no le aseguran el éxito. Con ojo avizor es posible que logre percibir lo que hay de permanente en lo mudable, lo que se "repite" en lo que una vez sucedió, y enriquecer su visión de los asuntos humanos. No obstante, debe comprender que el historiador no lo dijo todo respecto del pasado. Su ciencia es imperfecta y su objeto de estudio es tan sinuoso y variable como el presente. El político debe saber que lo imprevisto acecha por todas partes y que sus agentes, los seres humanos, tienen la capacidad de autotransformarse a voluntad.

Y aquí tiene lugar una de las querellas metodológicas más frecuentadas por Melo: la libertad de los individuos en la sociedad. Contra las escatologías de diverso tipo, las cristianas y marxistas de que las cosas tenían que ocurrir como anunciaban los profetas o las "condiciones objetivas", nuestro historiador ve el pasado como algo abierto, vivo e incierto. Las cosas sucedieron así, pero bien hubieran podido acaecer de otra manera. Por ello la labor del historiador no está muy lejos de "predecir el pasado": de indicar sus posibles y eventuales cursos de desarrollo a partir de un estudio de las condiciones que rodeaban a los individuos y grupos en acción. De esto surgen otras derivaciones que liberan al historiador de antiguas ataduras de teoría y método: la causalidad lineal -si a entonces b- y la historia como un conjunto de etapas a seguir. Pero también se destronan las ilusiones positivistas, muy familiares a la tradición marxista, de que un conocimiento del pasado permite vaticinar el futuro.

Aunque Melo no lo ha hecho explícito, en su argumentación está latente la idea de que cada generación -voluntaria o involuntariamente- ve el pasado de forma diferente y halla en él algo afín a sus propias necesidades y experiencias. Lo sucedido está allá y sus interesados aquí con dilemas y esperanzas particulares. Este continuo cambio de perspectiva mantiene vivo el pasado y hace posible una sociología de la historiografía, un examen de los motivos sociales y culturales que nutren la variabilidad del estudio de otros tiempos. Nuestro Liévano Aguirre creyó ver en la Colonia y en los años de Independencia levantamientos populares y choques de clases muy semejantes a los que observaba en sus días. ¡Ahora el presente le daba lecciones al pasado! La idealización de Julio César hecha por Mommsen en el último tomo de su Historia de Roma -nos recuerda E. H. Carr-, era producto del anhelo de un hombre fuerte que salvase de la ruina a la Alemania de mediados del siglo XIX . Melo estaría dispuesto a aceptar la afirmación de un pasado en permanente cambio, pero siempre y cuando se adicione que este cambio no es sólo el resultado de afinidades con las demandas del presente, sino también fruto del desenvolvimiento mismo de las ciencias sociales: del descubrimiento de nuevos problemas, del refinamiento conceptual y de la aplicación de enfoques y metodologías no explotadas hasta el momento. En caso de que ello no fuera así, la historia estaría en peligro de convertirse en un discurso ideológico, en un medio para legitimar opciones políticas o religiosas, o en un instrumento para promulgar enseñanzas y motivos éticos que revelasen lo que se debería hacer. O para decirlo con una de sus tupidas y encapsuladas frases-párrafo,

El discurso histórico, en sentido estricto -en mi opinión-, lucha permanentemente contra su conversión en ideología o en mito: impedir que los textos o los hombres, o los incidentes o las encrucijadas del pasado se conviertan en ejemplos a seguir o a evitar, en tema de identificaciones más o menos conscientes, superar toda tentación a fijar la historia actual en un proceso irremediable y determinado que se origina en el pasado, reconocer la incertidumbre del presente y el futuro, promover, en fin, una conciencia histórica, para la cual el pasado sea ante todo una fuente de experiencia compartida pero no una mano muerta que agarre el presente .

Melo quiere destronar los falsos optimismos respecto de la utilidad de la historia y junto a ello liberar sus perspectivas analíticas de los férreos determinismos que constriñen los individuos hasta hacerlos mero eco de fuerzas externas. Sus acentuaciones de teoría y método -que rozan la filosofía de la historia de Popper y Berlin-, postulan que el pasado acompaña sin duda la vida de individuos y pueblos enteros, pero no es una coraza que oprima el presente hasta asfixiarlo. Los seres humanos no han perdido la capacidad de elegir su destino en medio de los límites impuestos por la naturaleza y la historia. El porvenir continúa abierto de la misma forma que lo estuvo para los hombres y mujeres que tejieron el mundo de ayer.

 

 
 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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