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La conquista de Antioquia, 1500-1580
 

1. Antecedentes

La conquista de Antioquia hace parte del proceso general de incorporación del mundo americano en la sociedad Europa. A partir del descubrimiento de América, en 1492, comienzan a desarrollarse los esfuerzos de España por establecer su dominio sobre las tierras recién descubiertas. La conquista está dominada a corto plazo por la necesidad de tener un control militar de las zonas de colonización, que permita someter a los pueblos indígenas de la región y elimine los riesgos que estos representan. Igualmente urgente es que el proceso se pague: la conquista es ante todo un negocio privado, y los conquistadores vienen a América financiados por comerciantes y prestamistas, que esperan recuperar su inversión.

 Por ello, y para mantener el aprovisionamiento de los poblados y ciudades que se establecen, es preciso obtener los mayores ingresos posibles. La forma inicial de hacerlo es saquear las riquezas indígenas: el oro que estas sociedades habían acumulado, para usos rituales o por razones estéticas, pasa a manos de los españoles, casi siempre a la fuerza y algunas veces bajo el disfraz de un trato comercial: los indios entregan sus objetos metálicos a cambio de espejos, tijeras, algunas herramientas, cuentas de vidrio, etc.

 Pero las sociedades colonizadoras no se pueden mantener solo con las provisiones que llegan de fuera, pagadas con el oro que se arrebate a los indios. El metal tiende a acabarse pronto y es preciso producir mas. Además, los alimentos y bienes traídos desde España resultan demasiado costosos, y los conquistadores ven que su esfuerzo se vuelve inútil: cuando han acumulado una aparente riqueza, la deben entregar para comprar cerdos, caballos, harinas, vinos o aceites, herramientas y armamentos, a precios varias veces superiores a los de España.

 Todo esto plantea la necesidad de organizar la producción local. De oro, en primer lugar: los españoles se reparten los indios en "encomiendas", para que trabajen en las minas que siempre habían explotado. Como la producción indígena no es muy alta, y los conflictos de la conquista comienzan a producir una rápida caída de la población aborigen, se traen pronto esclavos africanos para las tareas mineras. Pero la producción de alimentos es también fundamental, y los españoles usan la mano de obra indígena para lograrla: los indios de encomienda van a trabajar a las tierras que ha recibido su encomendero. Así, poco a poco, se va pasando de la sociedad de conquista, militar y basada en el saqueo o en un comercio desigual, a una sociedad colonial un poco más estable, centrada en la explotación del oro con mano de obra negra y en la actividad agrícola basada en el trabajo indígena.

 Si las necesidades de control militar y económico explican los rasgos fundamentales de la conquista, no hay que olvidar otro elemento esencial de su historia: para los españoles, la dominación de las sociedades americanas se justificaba por el interés en convertir los indios al cristianismo, para salvar sus almas y encontrar gloria ante Dios por la incorporación de nuevas sociedades al cristianismo. Esto dio un carácter de cruzada a muchas acciones españolas, y en las batallas los ibéricos sentían que contaban con el apoyo del apóstol Santiago, y con frecuencia lo veían en acción; la muerte de los indígenas, en las batallas o victimas de esas enfermedades nuevas para ellos como la viruela o la malaria, era un acto de Dios, que castigaba pueblos bárbaros, adictos al canibalismo y entregados a una sensualidad contraria a la moral católica. Por ello -aunque hubo quieres, como Bartolomé de las Casas en Santo Domingo, rechazaron esta conversión tan destructora- a pocos pareció paradójico el resultado de la conquista: que para convertir a centenares de miles de indígenas y ganarlos al cristianismo, hubiera que emprender una campaña que terminó prácticamente eliminándolos por completo.

La conquista, en especial en Antioquia, condujo a una drástica modificación del medio natural antioqueño y de su mundo humano. Donde existía una sociedad indígena relativamente numerosa a comienzos del siglo XVI (Se ha hablado, con obvia imprecisión pero alguna verosimilitud, de cifras entre 500.000 y 1.000.000 de indios) no había más de 25 o 30.000 personas hacia 1600: unos miles de indios, de negros y de españoles, a los que se sumaba una creciente población mestiza: la mayoría de los hijos de los conquistadores de la primera generación, en una sociedad de frontera, militar, sometida a continuas luchas, eran hijos de mujeres indígenas: aunque hubo mujeres españolas en Santa Fe de Antioquia desde 1546, eran muchos más los hombres.

 Por supuesto, la destrucción de la población indígena por la guerra, el hambre, las enfermedades, el trabajo en condiciones desacostumbradas, los maltratos, fue acompañada rápidamente por la destrucción de sus formas culturales: son relativamente pocos los rasgos culturales indígenas que entraron a la cultura mestiza de Antioquia, con excepción de aquellos pertenecientes a la vida material y a la utilización del medio ambiente y los recursos naturales: el empleo del maíz y la yuca, las técnicas de explotación minera, algunas tecnologías en la construcción de vivienda. Poco a poco la cultura antioquena fue una cultura fundamentalmente hispánica, católica, occidental, en la cual se incorporaron, en posición subordinada, diversos elementos de origen indígena y africano.

 La nueva sociedad estaba dominada por los rasgos de la cultura española del siglo XVI, profundamente religiosa, con una alta valoración de las acciones militares, de la dignidad y el honor personal, y una presencia muy leve de aquellos elementos culturales que podríamos llamar "burgueses " o renacentistas. La contrarreforma, implantada en Europa para enfrentar el protestantismo, fue convertida en la ideología oficial de España desde mediados del siglo XVI: esto hizo que la colonia americana estuviera alejada de los elementos más modernos de la cultura europea de la época, aquellos que condujeron al desarrollo de la ciencia moderna, de la filosofía laica, del pensamiento político liberal y democrático. La cultura antioqueña colonial, aunque europea, era la de una Europa que desconocía y encontraba extraños a Galileo, Newton o Descartes. Y como era también una sociedad pobre, de mineros y campesinos enfrentados a un medio ambiente hostil y poco productivo, fue una cultura alejada de las grandes manifestaciones del arte, de la pintura, el teatro, la literatura o la música.

 En el aspecto natural, los cambios debieron ser muy significativos. La economía indígena giraba alrededor de una agricultura de productividad muy superior a la que entonces regía en Europa: el maíz, el frisol y la yuca eran cultivos mucho más eficientes que el trigo, y permitían alimentar poblaciones muy numerosas con una utilización relativamente pequeña de la tierra. Sin embargo, fue tan drástica la reducción de la población, que aunque el sistema productivo español era más extensivo y requería mucho más tierra para sostener una población dada, sobre todo por la predominio de la cría de ganado, probablemente muchas áreas agrícolas revirtieron lentamente a una situación de bosque o selva. Sin embargo, el paisaje se transformó también por la importancia creciente de los pastos en la economía española: el valle del Cauca cerca a Antioquia, el valle de Aburrá, el valle de Rionegro dejaron de ser valles agrícolas para convertirse en tierras ganaderas. Es poco lo que se sabe sobre los principales procesos económicos y sociales de la conquista, y las líneas anteriores son en buena parte especulativas. En las páginas siguientes trataremos de presentar una narración del proceso de conquista de los pueblos antioqueños por los españoles, en la que se advierte lo poco que sabemos sobre los aspectos culturales y sociales de esta confrontación entre americanos y europeos.

2. El reconocimiento de Urabá

 Los reconocimientos más tempranos de la región antioqueña tuvieron lugar en la zona de Urabá, visitada por primera vez por Rodrigo de Bastidas, quien pasó por allí en 1501 o 1502, acompañado por el piloto Juan de la Cosa, y negoció con los indios. El mismo la Cosa hizo una nueva expedición en 1504, y al llegar al pueblo de Urabá, al oriente del golfo, se enteró de la existencia del pueblo de Darién, al otro lado del golfo. Los españoles saquearon ambos pueblos, y dejaron fama, según Gonzalo Fernández de Oviedo, de "alteradores y destructores de la tierra, pues que su afán no era tanto de servir a Dios ni al Rey, sino de robar". Al volver de Darién a Urabá, debieron permanecer allí unos 8 o 10 meses, por daños en los buques: sin alimentos y atacados por los indios, muchos murieron, y de 200 que llegaron menos de 100 se embarcaron finalmente hacia el Caribe.

 Estas visitas se hacían en plan de saqueo: se trataba de expediciones que buscaban robar oro o esclavizar indios para llevarlos a vender a la isla de la Española. Poco después, la corona española intentó organizar el gobierno permanente de las regiones de la costa colombiana. En efecto, en 1508 España ordenó el poblamiento de la costa, y creó las gobernaciones de Veraguas y Nueva Andalucía, la primera del golfo de Urabá al occidente (hacia Panamá) y la segunda del golfo hasta la Guajira. Para la Nueva Andalucía se nombro gobernador a Alonso de Ojeda, quien probablemente había recorrido ya Urabá. Venía acompañado por Juan de la Cosa, y la expedición, con unos 300 hombres, llegó a Urabá a finales de 1509: allí fundaron la primera población española en territorio colombiano y antioqueño: San Sebastián de Urabá, cerca a la actual localidad de Necoclí.


Muestra de orfebrería Precolombina (fotografía de benjamín de la
Calle ca. 1900, Centro de Memoria visual, Faes)

3. Santa María de la Antigua

 El tarea era difícil: los indios tenían flechas envenenadas y no aceptaban alimentar una población española que solo quería oro. Entre las enfermedades, el hambre y las flechas, redujeron en poco tiempo los españoles a menos de 80. Ojeda se fue por ayuda a Santo Domingo, pero prefirió, "cansado y enfermo y enojado de tanto revés" meterse monje. Entre tanto había salido otro socio de la expedición, Martín Fernández de Enciso. Al mando en San Sebastián estaba Francisco Pizarro, el futuro conquistador del Perú, quien decidió despoblar y volverse hacia Cartagena. Allí encontraron a Enciso y con los bastimentos que este traía aceptaron retornar a San Sebastián: eran 42 sobrevivientes, a los que se añadían 150 hombres recién llegados. La vida en San Sebastián siguió igual, pese a que con Enciso vinieron cerdos y ganados: los españoles tuvieron que aprender a comer nueces de cachipay y cerdos salvajes.

 Desesperados, aceptaron la idea, sugerida por un soldado que conocía el sitio y había venido escondido en la expedición de Enciso, Vasco Núñez de Balboa, de trasladarse al otro lado del golfo, al Darién. Allí, a finales de 1510, después de apoderarse del pueblo indígena, fundaron a Santa María de la Antigua del Darién. Rodeada de indios sin flechas ni venenos y buenos agricultores, era una mejor elección para convertirse en base para la exploración de las regiones vecinas.

 Balboa, alegando que se habían salido de los límites de la gobernación de Ojeda, desconoció a Enciso y se apoderó del mando en la colonia. Cuando llego Nicuesa a alegar que estaba en su territorio, lo embarcó en un navío desvencijado: nunca más se supo de él. Balboa quedó con toda la autoridad, aunque de facto, y la utilizó aparentemente con habilidad: trató -después de algunas acciones de escarmiento- de tener buenas relaciones con los indios, no les impuso tributo, no quitó su autoridad a los caciques, e impidió que los españoles saquearan los indígenas vecinos. Con este sistema, logró que estos mantuvieran la población aprovisionada. La ciudad prosperó, nuevos colonos llegaron, y los españoles se ilusionaron con dos ideas: la llegada al mar del Sur, del que oyeron hablar pronto, y la posibilidad de un gran tesoro de metales preciosos, una especie de versión anticipada del mito del Dorado que resurgiría una y otra vez entre los españoles: se decía que en un pueblo denominado Dabeiba existían fabulosas riquezas. Por ello, rápidamente comenzaron a realizarse exploraciones por el Darién, el Río León (1512) y el Atrato; en las bocas del Río Sucio le dieron nuevos informes sobre donde quedaba Dabeiba: le dijeron a Balboa que quedaba dos días arriba y que obtenía su oro de minas alejadas dos días por caminos de montaña. Probablemente los indígenas se referían a los indios de Guaca y a las minas de Buriticá.

 Aunque Balboa logró que el Rey de España le perdonara su usurpación y lo nombrara capitán del Darién, en 1513 se escogió un gobernador en propiedad: Pedrarias Dávila. Este llegó en 1514 con una expedición grandiosa, entre 1500 y 2000 hombres, vestidos de "sedas y brocados", con "artesanos, médicos y mujeres". Traía Pedrarias, además, cuidadosas instrucciones reales sobre como actuar en la región: debía repartir los indios entre los españoles (o sea establecer la "encomienda"), para que les sirvieran a estos; debía además impedir la venida de abogados, "perjudiciales en extremo". Aunque en el pueblo había ya sembrados de yuca y maíz, y muchos cerdos, no era fácil sostener tanta gente, y pronto apareció el hambre, pues los indios se negaron a trabajar para unos españoles ociosos, y al hambre siguió una terrible epidemia. Los españoles trataron de forzar a los indios a dar oro -para enviar por mantenimientos a la Española (Santo Domingo)- y comida: si no la daban, los asaban en barbacoas o los hacían despedazar por los perros. Los españoles salían, con autorización de Pedrarias y del obispo - Fray Juan de Quevedo, el primero que existió en territorio colombiano- a esclavizar y saquear los indios; las violaciones eran frecuentes y Pedrarias se jugaba buen numero de indios al ajedrez. Esta conducta enloquecida llevo a la disminución de la colonia y eventualmente a su abandono. Mientras tanto, se hicieron múltiples expediciones al interior, pero en un ambiente hostil, que dejó muchas victimas entre los españoles, y que no permitió encontrar el deseado Dabeiba.

 Ante el fracaso, Pedrarias decidió buscar una nueva zona de acción y fundó en 1519 a Panamá, y en 1520 o 21 se trasladó allí. Santa María sobrevivió dos o tres años más, bajo el mando del cronista Gonzalo Fernández de Oviedo: en 1524 Pedrarias decidió despoblarla por completo. Durante los 10 años siguientes los españoles visitaron esta región únicamente en busca de oro. Dependía de Panamá, hasta que en 1533 se puso bajo la jurisdicción de la nueva gobernación de Cartagena. Un personaje curioso mantuvo relaciones con la zona: Julián Gutiérrez. Este era un criado de un español Diego del Corral, que había estado amancebado con una noble indígena. Cuando del Corral se fue a España, le dejó a Gutiérrez la manceba y su casa. Gutiérrez se casó luego con Isabel del Corral, hija de Don Diego y de la noble indígena; Isabel había sido hasta los treintas su "naboría", una especie de sierva. El matrimonio con esta mestiza, familiar de los caciques de la región de Urabá, le permitió negociar con ellos en paz: les daba herramientas, hachas y otros productos por oro.

 Pero en 1534 los gobernadores de Cartagena trataron de impedir sus negocios y apoderarse de la región: ese año Alonso de Heredia, hermano de Pedro de Heredia, lo apresó, lo que inició una larga lucha entre ambos. Los de Cartagena, para controlar la región, fundaron un pueblo, San Sebastián de Buenavista, probablemente cerca a donde había estado el original San Sebastián de Urabá. Este pueblo se convirtió en la base de las expediciones iniciales hacia Antioquia. Sin embargo, no logró dominar las poblaciones indígenas vecinas: estas habían disminuido radicalmente durante los anos de 1510 a 1535: como decía Fernández de Oviedo "en esta gobernación [del Darién] había 2 millones de indios, o eran incontables: es menester que se diga como se acabó tanta gente en tan poco tiempo". Los que quedaban se habían refugiado en las áreas más selváticas y estaban rebeldes: toda la región del Atrato y del León, zona antes muy poblada, estaba otra vez por fuera del control de los españoles.


Escudo de Armas de Santa María la
Antigua del Darién, otorgado en 1515
(Historia del Arte Colombiano,
Salvat editorial)

 4. Hacia el interior

 Para 1535 las riquezas del Perú se habían convertido en el sueño de todos los conquistadores. Cartagena no era una excepción. Por ello, las expediciones de estos años que parten de allí combinan el afán de llegar al Perú, de encontrar una nueva ruta al sur, con la búsqueda del viejo mito de Dabaibe o Dabeiba, el dorado de Antioquia. La primera de estas expediciones, además de un esfuerzo de Pedro de Heredia de encontrar a Dabaibe que tuvo lugar en 1536, fue la de Francisco César, quien entró probablemente por el Río León con 63 españoles, a comienzos de 1537. El grupo, en medio de muchas dificultades, ascendió la Serranía de Abibe y llego a tierras de Guaca, donde gobernaba el cacique Nutibara. Su hermano, Quinunchú, ejercía el mando en algunos territorios más cercanos a Urabá. Los indígenas rechazaron a los invasores, y varias batallas muy sangrientas tuvieron lugar. En ellas murió Quinunchú, y fue muy alto el botín de los españoles, que saquearon los cadáveres de los indios derrotados. Los europeos regresaron pronto a San Sebastián, entusiasmados: afirmaron haber encontrado cerca de 70.000 indios, y pueblos avanzados y ricos. Además, Cesar había oído referencias mucho más precisas a Buriticá, donde habría ricas minas de oro, al sur oriente de Guaca.

 Entre tanto había llegado a Cartagena un visitador, Juan Vadillo, quien trató de utilizar su tiempo en beneficio propio. Organizó para ello una expedición al interior, la que apresuró cuando supo que había sido reemplazado. En enero de 1538 salió de San Sebastián, siguiendo los pasos de Cesar. Subió con 200 hombres, 100 negros, muchos indios y 300 caballos, por lo menos, hasta Guaca, donde volvió a encontrar a Nutibara. Vadillo y sus hombres buscaron oro en toda la región de la cordillera occidental, y finalmente llegaron al Río Cauca, quizá en la región de Buriticá, donde quemaron al cacique, que no logró darles los doce canastos llenos de oro que pedían los conquistadores por liberarle la esposa y los hijos. Siguieron al sur, pues Vadillo trataba de eludir su juicio de residencia en Cartagena, y luego recorrieron por todo el Valle del Cauca, desde Buriticá hacia el suroeste. Ascendieron la cordillera a la región de Cartama y Caramanta, y finalmente llegaron a Anserma, donde estaba Lorenzo de Aldana, quien venía con los hombres que desde Quito avanzaban conquistando esas regiones. La expedición fue difícil y costosa. Los españoles sometieron a los indios a violencias, pillajes y saqueos de toda clase, lo que produjo una decidida resistencia indígena: al final apenas llegaron 92 españoles, y entre los muertos estuvo Francisco César. Mientras tanto, los Cartageneros, sospechosos de la huida de Vadillo, enviaron una expedición dirigida por Luis Bernal y Juan Graciano, la cual siguió los pasos de las de Cesar y Vadillo, y llegó también hasta Anserma. En este viaje las guerras con los indígenas produjeron la muerte de Nutibara, el más importante cacique del nordeste antioqueno.

 Las expediciones anteriores abrieron el apetito: se había visto que la región era muy poblada y evidentemente tenía buenas minas de oro: los españoles, después de 30 anos de andar en la costa, encontraban al fin las fuentes del oro, que hasta entonces habían obtenido por saqueos o intercambios. Pero el deseo de dominar la región era común a los conquistadores de Cartagena y a los que comenzaban a hacer de Cali y Popayán su centro. En efecto, el viaje de Vadillo y el de Bernal mostraron el camino a los que venían del Perú. Así, en 1541 un teniente de Sebastián de Belalcázar, que ambicionaba independizarse y había fundado ya las poblaciones de Cartago y Anserma, Jorge Robledo, partió de Anserma con 84 hombres, con larga experiencia en América, en dirección al norte. Después de recorrer las regiones de Picara, Pozo, Paucura (Pácora) y Arma, entró al actual territorio antioqueño por la ribera derecha del Cauca y recorrió pueblos que llamó de Pascuas, Poblanco, Cinifaná y de las Peras (Amagá), llamado así por la abundancia de aguacates, y Mungía o Pueblo de la Sal (Heliconia). Desde allí salió un grupo al mando de Jerónimo Luis Tejelo, que subió la cordillera central y encontró el Valle de Aburrá, a donde siguieron todos los españoles. Los indios se enfrentaron con decisión a los invasores, con dardos, macanas y tiraderas (no parecen haber sido flecheros), y muchos se suicidaron ahorcándose con sus mantas para evitar caer bajo el dominio de los españoles o por terror. Algunos expedicionarios siguieron al oriente de Aburrá, pero decidieron volverse ante los indicios de poblaciones muy abundantes, a las que temieron enfrentarse. A finales de agosto de 1541 los españoles salieron de Aburrá, cruzaron el llano de Ovejas y volvieron al Cauca, esta vez cerca a Sopetrán; siguieron al norte y encontraron el pueblo de Tahamí, donde atravesaron el Cauca. Pasaron por cerca a Buriticá y siguieron hasta las cercanías de Ituango: en el camino dejaron las provincias de Buriticá, Corome y Ebéjico. Otro grupo había recorrido la ribera oriental del Cauca, en las provincias de Nutave (Nutabe) y Urezco.


Retrato y firma autógrafa de Jorge Robledo. Esta imagen elaborada en el siglo XIX,
ha entrado a ser parte de la iconografía del conquistador (Geografía General y Compendio
Histórico del Estado de Antioquia en Colombia, de Manuel Uribe Angel. París, 1885).

5. La fundación de Antioquia

Robledo encontró en todo el valle del Cauca una población abundante y rica, y consideró entonces conveniente hacer una fundación permanente, que le daría pie para pedir a la corona que se asignara la región a su gobierno o al de Popayán, y no al de Cartagena. Así lo hizo el 4 de diciembre de 1541, cuando fundó, n el valle de Ebéjico, unos 7 kilómetros al sur del municipio actual de Peque, la ciudad de Antioquia, después de varias escaramuzas con los indios de la región (Actuales municipios de Peque, Ituango, Cañasgordas, Uramita). Representaba esto el acto de asentamiento en una región muy poblada, que había recibido con hostilidad a los españoles, los que tuvieron que hacer guerra abierta a los nativos para iniciar su sojuzgamiento. Robledo, que tenia problemas con Belalcázar, decidió no regresar al sur y prefirió irse a San Sebastián, con la intención de ir a España a pedir el gobierno de la zona. Allí fue apresado por Heredia, que consideraba que habían invadido su gobernación, y enviado a España. En Antioquia quedó como autoridad Álvaro de Mendoza. Heredia se dirigió a Antioquia y ocupó la ciudad militarmente y la sujetó a Cartagena. Quienes estaban en desacuerdo se dirigieron al sur, pero tropezaron con Juan de Cabrera, quien venía enviado por Belalcázar tras Robledo. Cabrera siguió hasta Antioquia y la ocupó nuevamente a la fuerza y esta vez envió a Heredia prisionero a Cali. Cabrera, que consideraba inadecuado el sitio donde se había fundado, decidió trasladarla al Valle de Nori, en el actual municipio de Frontino: esta región estaba poblada por indios de Guaca, y parecía estar más cerca de la Dabeiba soñada. Como ocurría tan pronto se fundaba una ciudad, sus autoridades procedían a distribuir a los indios entre los conquistadores, y así se hizo en Antioquia, por parte de Isidro de Tapia, quien reemplazó a Cabrera. Probablemente los pobladores trataron de combinar la utilización de los indios en actividades mineras con el saqueo de tumbas y la apropiación de los tesoros acumulados por los indios: este tipo de economía de expoliación mantendría a los aborígenes en permanente rebelión durante las décadas siguientes.

 Pero no pasó mucho tiempo antes de que llegara de Popayán un nuevo teniente de gobernador, Alonso Díaz Madroñero, quien modificó la distribución de las encomiendas, con disgusto de muchos, que encabezados por Tapia se retiraron, probablemente a finales de 1543, a Cartagena. A Díaz Madroñero lo había reemplazado entre tanto Gonzalo Peña. Los cartageneros, que no se resignaban a que Antioquia quedara en manos de Popayán, hicieron una nueva expedición, y Heredia llegó en 1544, tomó posesión de la ciudad y dejó a Tapia como teniente, esta vez a nombre de Cartagena. Heredia salió a recorrer la región, y en el alto del San Jorge trató de fundar una nueva población, Maritué, la cual no tuvo éxito. Entre tanto, Díaz Madroñero volvió a apoderarse de la ciudad, destituyó al teniente nombrado por Heredia, Gaspar (o Diego?) Hernández Gallego y repartió otra vez las encomiendas, con el resultado previsible de nuevos descontentos, que esta vez se rebelaron, nombraron a Tapia como autoridad, y enviaron a Díaz Madroñero y otros sureños, entre ellos a Gaspar de Rodas, presos a San Sebastián. Para entonces -comienzos de 1546-, había regresado Jorge Robledo de España, y contaba con la protección del visitador Alonso Díaz de Armendáriz. La corona había decidido dar la gobernación de Antioquia a Robledo, separándola de Belalcázar, pero había encargado a Díaz hacerle antes el juicio de residencia. Díaz, sin embargo, decidió encargar a Robledo de la tenencia de gobernación sin hacer el juicio de residencia. Robledo, después de liberar a los detenidos en San Sebastián, donde los encontró, prosiguió hacia Antioquia. La ciudad de Antioquia, sin embargo, no quiso aceptarlo sino bajo protesta: no eran claros sus documentos. Robledo decidió entonces, considerando que era conveniente que existiera una ciudad en el valle del Cauca, fundar a Santa Fe, lo que hizo en junio de 1546. Quedaban entonces en existencia dos centros españoles en la zona: Antioquia, en la región de Frontino, y Santa Fe, en el sitio actual. Con ello se creaba una base para una colonización permanente por parte de los españoles: síntoma de esto es la llegada de las primeras mujeres europeas, la traída de ganado vacuno (los cerdos habían venido con las primeras expediciones de Robledo), de gallinas y de algunas semillas europeas, como caña de azúcar. Robledo siguió poco después al sur, y fue apresado por gentes de Belalcázar, las cuales lo sometieron a un breve juicio y lo ejecutaron por traición al rey en octubre de ese año.

 Muerto Robledo, y aclarado que Días de Armendáriz había excedido sus poderes al nombrarlo, quedó otra vez la región bajo la jurisdicción de Popayán, en la cual continuaría, hasta 1584. El primer representante de la autoridad de Belalcázar fue Gaspar de Rodas, quien dominaría la vida de Antioquia durante los siguientes 50 años. En efecto, Rodas volvió a distribuir las encomiendas de Santa Fe, repartió tierras, efectuó el traslado de Antioquia a Santa Fe (es decir, unificó las dos ciudades en una), en 1548 o 1549 y organizó la defensa de la zona contra los indígenas rebeldes. En realidad los años de 1546 a 1580 son de gran inestabilidad para los conquistadores españoles. Los sueños de grandes fortunas decaen temporalmente, y la región no parece haber atraído muchos nuevos habitantes: hay solo un pequeño núcleo español que vive en Santa Fe, ante todo tratando de explotar en alguna medida las minas de Buriticá. Pero para explotarlas hacen falta indios, y estos disminuyen aceleradamente, y se rebelan continuamente. La impresión que se tiene, dada la escasa documentación que se ha estudiado de este período, es la de que solo pequeñas poblaciones cercanas a Santa Fe pudieron mantenerse en encomienda. Las poblaciones indígenas más importantes debieron replegarse hacia las partes altas de la cordillera occidental o incluso hacia las vertientes del Atrato y sus afluentes. De varias de las rebeliones indígenas tenemos alguna referencia. El abandono de Antioquia en Frontino estuvo causado por una rebelión que los historiadores dicen haber sido de los catíos, dirigidos por el cacique Toné, pero de la que tenemos muy pocas informaciones precisas. Gaspar de Rodas fue encargado de efectuar la pacificación, la cual no debió ser muy exitosa, porque todavía para 1569 se encontraban los catíos rebeldes. Que grupos eran los levantados es algo difícil de precisar: la primera rebelión debió de ser de grupos de Frontino, o sea Guaca; en 1.557 la pacificación se hace contra poblaciones del río Penderisco, y en ambos casos se atribuye la dirección indígena al cacique Toné.

 En todo caso, en la última fecha salió Francisco Gómez Hernández de Caramanta, otro pequeño poblado que había sido establecido hacia 1548 o 49, a sujetar a Toné, a quien se atribuía la muerte de su encomendero, Pedro de Frías. La expedición duro varios meses, y en ella hubo fuertes enfrentamientos con los indígenas, que se habían preparado llenando los caminos de estacones afilados y colocándose en sitios elevados cuidadosamente preparados: "fortalezas", los llamaron los españoles. La expedición siguió hacia el norte, buscando a Dabeiba, y bajaron por el río León hasta el Darién, y subieron por el Atrato: todavía las poblaciones indígenas de la zona eran numerosas, pues reportaron poblados de tres y cuatro mil indios.


Grabado que aparece en la edición príncipe (1533) del libro La Crónica del
Perú, escrito por Pedro Cieza de León, donde se utiliza por primera
vez el nombre de Antioquia.

 6  La conquista del oriente antioqueño

Mientras ocurrían en el valle del Cauca estos enfrentamientos, otros grupos trataron de reconocer la cordillera central, sobre todo en dirección al río Magdalena. En efecto, hacia 1550, cuando se fundó a Ibagué, los españoles mostraron un interés por los pueblos del río Magdalena. En ese año, Francisco Núñez Pedrozo cruzó los ríos la Miel, Samaná (Provincia de los Palenques) y Nare, y llegó, por lo que parece, hasta el río Guatapé. Allí debió enfrentarse primero a 300 indios armados de macanas, y luego a más de 2.000 armados con flechas, que fueron reforzados por otros 1.500 provenientes del sur. Esto indica la existencia de poblaciones relativamente densas en esta región, que hasta ahora no ha sido explorada arqueológicamente. Siguieron en dirección al Porce, donde tropezaron con una expedición que había salido de Arma bajo el mando de Hernando de Cepeda, quien probablemente recorrió las riberas del Porce bien al norte. Después de otros incidentes, que unieron y desunieron las dos expediciones, se hizo alguna exploración de la región de Sonsón.

 Otras expediciones se iniciaron en Mariquita y Victoria, como las de Diego de Carvajal y Juan Valero, que fracasaron. Mejores resultados tuvo Francisco Martínez de Ospina, quien recorrió las mismas zonas de Núñez Pedrozo en 1560 y fundó, probablemente sobre el río Guatapé, a Remedios. Esta ciudad se convirtió en una especie de campamento minero en movimiento, y logró sostenerse pobremente hasta finales de siglo, siguiendo las posibilidades de oro y la existencia de indios que pudieran utilizarse para extraerlo. Al poco tiempo se trasladó a inmediaciones del actual San Carlos, hacia 1569 fue llevada a la zona de Colombo, luego (1588) paso por Cancán (Valle de San Bartolomé) y hacia 1594 se instaló donde está aún, al encontrarse yacimientos auríferos mucho más prometedores que los anteriores, y que condujeron al primer gran auge de la minería antioqueña entre 1590 y 1630. En todo caso, la exploración de la vertiente al Magdalena de la cordillera oriental se hizo desde Mariquita, sujeta a Santa Fe de Bogotá, y esta zona fue considerada durante la mayor parte del periodo colonial como parte de Mariquita. De este modo, entre 1550 y 1584 Caramanta y Santa Fe de Antioquia hicieron parte de la gobernación de Popayán, mientras que Remedios estaba sujeta a Bogotá.


Representación idealizada de Santa María la Antigua del Darién (Historia General de los Hechos
Castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar Océano de Antonio de Herrera. Madrid, 1726).

7. Las grandes rebeliones indígenas y la creación de la gobernación de Antioquia

 No tenemos rastros muy claros de lo que ocurrió hacia 1557- 60: estos fueron años de una amplia rebelión indígena en todo el territorio colombiano, y evidentemente una de las zonas más activas fue Antioquia. Según Aguado, la rebelión incluyo "toda la provincia de los Palenques", o sea la vertiente del Magdalena, y sobre el resto, el testimonio del Oidor Tomás López es una buena indicación: cuando visitaron todo el occidente colombiano, de Pasto a Arma, para tasar los indígenas y fijarles tributo, decidieron no ir a Antioquia porque estaban los indios rebeldes. En esta última ciudad recibieron una declaración de que los vecinos de Antioquia no osaban ir a los repartimientos "sino era con mucha gente, y que todos los naturales de dicha villa o los más estaban de mala paz y sospechosos". Ante ello, el Obispo de Popayán y el oidor visitador dieron algunas órdenes, como la de que se tratara bien a los indios, no se les enviara a trabajar a las minas y no vivieran mulatos ni negros entre ellos. En Antioquia, aunque la población indígena era aún numerosa, solo unos pocos servían, sobre todo en las minas, de modo que los vecinos podían "sufrir la mala vida que allí tienen, por ser las minas de oro buenas, y con algunos negros que tienen y con algunos indios de los naturales que les sirven, sacan buen oro para sustentarse." (Relación de 1559-60). Como se advierte, las dificultades para utilizar los trabajadores indígenas habían conducido ya a la introducción de esclavos, que para finales de siglo serían la base de la economía regional. En esta situación, los vecinos de Antioquia y Caramanta trataron de obtener mayor autonomía de Popayán, y en 1561 decidieron enviar un agente al rey para que solicitara algunas mercedes: la creación de una gobernación, para la cual proponían a un Luis de Avilés, y que se permitiera continuar utilizando a los indios para sacar oro en las minas, como se había hecho hasta entonces. Esta solicitud es reveladora de que no se habían cumplido en Antioquia las Nuevas Leyes expedidas en 1542, las que habían pretendido proteger a los indígenas de la violenta explotación a la que los sometían los conquistadores. Pedían también repoblar a Antioquia, despoblada, según ellos, con ocasión de las guerras del Perú. La idea era, probablemente, tener un sitio intermedio que permitiera revitalizar el tráfico por Urabá, pues desde la desaparición de Antioquia San Sebastián se había visto también abandonado.

 Las gestiones del procurador duraron casi diez años, y condujeron eventualmente a que a él mismo, Andrés de Valdivia, que había sido vecino de Caramanta, le asignaran la llamada "gobernación de Antioquia". Entre tanto, los indígenas del río Cauca continuaron sin someterse a los españoles, con escasas excepciones. Por ello, hacia 1566 se ordenó la preparación de una nueva expedición contra los 'catíos", que en esta época eran los indios del norte de Santa Fe: Ituango, etc. Esta expedición sólo comenzó en 1569, y fue encabezada otra vez por Gaspar de Rodas, quien obtuvo el apoyo de Martínez de Ospina, residente en Remedios. Como las anteriores, esta campaña fue también bastante violenta; la rebelión fue acaudillada por varios indígenas como Sinago, cacique de Ituango, Tocina de Ebéjico, Yutengo y otros. Además, la expedición fue a las cabeceras del Sinú, a la región de los Nutabes (Valle de San Andrés) y al bajo Cauca, enfrentando diversos grupos indígenas y buscando oro. Durante ella Gaspar de Rodas fundó la población de San Juan de Rodas, a finales de 1570, cerca al río Cauca; poco después fue trasladada al alto San Jorge.

 En medio de esta campaña, en 1571 llegaron los agentes de Valdivia, y posteriormente él mismo: traía el título de gobernador de Antioquia, expedido por cedula real del 245 de agosto de 1560 pero los linderos que le daban la situaban esencialmente entre el Río Cauca y el Magdalena o el Porce: se trataba de la "provincia de Entre los dos Ríos", y no incluía a Santa Fe de Antioquia.

 En todo caso, la rebelión continuó, dirigida por un nuevo jefe, Pedro Catío, mestizo, y probablemente ajeno a los indios de la zona. Todavía seguía en 1573, cuando luchaban en San Juan de Rodas Pedro Catío y Juan López Bravo, Finalmente, la rebelión se fue agotando, tras una inmensa destrucción de los indios, a los que se atacaba con arcabuces, boleadoras y perros "cebados en entrañas infieles" como dice Castellanos, que reporta la fatiga de los indios al atribuir a uno de ellos las palabras:

 "Cesen, cristianos, cesen las matanzas
que sangrientos estáis hasta los codos:
dejad algunos que hagan las labranzas
de que comáis y que comamos todos."

 El jefe indígena Catío murió y Valdivia decidió trasladar a San Juan de Rodas al lado derecho del Cauca, en territorios claramente de su gobernación -hasta entonces sus pretensiones de que esta incluía a Santa Fe habían sido rechazadas. Al otro lado, en el Valle de Guarcama o San Andrés, se situó San Juan, la cual debió enfrentar una nueva rebelión. Esta, probablemente, aunque motivada fundamentalmente por la resistencia indígena a la invasión europea, estuvo en parte estimulada por españoles de Santa Fe, rivales de Valdivia: los testimonios de una investigación de la época sugieren que Bartolomé Sánchez, encomendero de Tahamí, utilizó los indios de sus encomiendas para soliviantar los de San Andrés y sus cercanías. Valdivia, que había fundado a Valdivia en Guarcama en junio de 1574, y la había trasladado cerca al actual Puerto Valdivia (Pesquerías), debió enfrentar una revuelta masiva que culminó a comienzos de 1575 cuando murió a manos de los indios dirigidos por el cacique Quimé, con más de 60 españoles.

 Muerto Valdivia, Rodas fue encargado de la gobernación, que todavía no incluía sino las áreas nuevas del norte. Rodas, que estaba residiendo en Bogotá, asumió la pacificación de la región y fundó en 1576 a Cáceres e hizo el juicio a los indígenas culpables de la muerte de Valdivia, a consecuencia del cual ordenó la ejecución de los caciques Guebana y Quimé y de los indios Tamer y Puracé, así como la mutilación del cacique Quetara y a los indios Guarcama y Anzara, entre otros, en 1577.

 El año siguiente recibió Rodas título de gobernador, en reemplazo de Valdivia. Entre tanto, en Antioquia seguía la lucha contra los indígenas: los de las regiones vecinas de retiraron de la zona en 1576, bajo el influjo de una especie de Mesías, Sobce, quien anunciaba un diluvio universal que solo castigaría a los españoles. Hacia 1579 se presento una nueva rebelión, dirigida por el cacique Omaga, en el área de Cáceres. Rodas hizo una campaña que permitió la captura de este cacique y de Tiquimiqui, los cuales fueron ejecutados, y en la que murieron bastantes indios. Para completar el control de la región del nordeste de Antioquia, hizo Rodas una larga expedición exploratoria del Porce en 1580, y luego procedió a fundar a Zaragoza de las Palmas en 1581 y a refundar a San Juan de Rodas en 1582 o 1583; este último establecimiento no sobrevivió mucho. También se había fundado a San Jerónimo del Monte, probablemente en las tierras bajas cercanas a Ayapel, aunque algunos historiadores lo sitúan en la región de San Andrés.

 Desde el punto de vista administrativo, en 1584 se unificó finalmente la región de Santa Fe de Antioquia con el bajo Cauca y el Porce, al someter a Santa Fe a la gobernación de Antioquia, aunque Urabá quedaba sujeto a Cartagena, y el oriente a Santa Fe de Bogotá. Puede considerarse que culmina entonces el proceso de conquista de Antioquia, aunque todavía ser necesaria la explotación intensa de los minerales del nordeste (Remedios, Zaragoza, Cáceres y Guamocó) para que la provincia adquiera una base económica sólida. Sin embargo, ya para 1580 la población indígena ha sido sometida en los núcleos centrales de la gobernación, y en gran parte ha desaparecido.

 Aunque no se cuenta con cifras fidedignas de población en Antioquia, por no haberse realizado los recuentos que para el resto del país se hicieron en 1558-61, los testimonios hablan de una población original muy numerosa. A falta de mejores datos, la cifra más precisa la da Fray Jerónimo de Escobar, quien en 1581 sostenía que los indios de Antioquia hacia 1540 (lo que no incluía los indios del Porce, ni de la cordillera central) eran unos 100.000 adultos. A estos deberían sumarse los 25.000 varones adultos de Caramanta y las poblaciones de Aburrá y la cordillera central, hasta el bajo Cauca. Para 1560, en Santa Fe de Antioquia se calculaban unos 5 o 6.000 varones adultos encomendados, y el número de hombres adultos de Ituango se estimaba en 15.000, En Caramanta los indígenas encomendados eran 1.090, de los cuales 240 trabajaban en las minas. Los españoles eran un puñado: Antioquia tenía 11 o 12 vecinos, o sea familias de encomenderos, lo que indica probablemente unas 50 o 60 familias de españoles; Caramanta tenía también unos 11 vecinos.

Expediciones de los Conquistadores y Primeras Fundaciones (1536-1584).


 Para 1580 el número de indígenas estaba próximo a la extinción total: en Caramanta quedaban 400, repartidos entre 7 vecinos y sobrevivían en Santa Fe unos 800 indios de servicio, para unos 17 vecinos, descritos como "gente mucha de ellos inquieta e que ampara allí mil hombres foragidos". Zaragoza tenia 40 españoles. Ante la escasez de indios, llegaban los esclavos negros, aunque eran aun escasos y costosos. (600 en Buriticá y unos 150 en Cáceres, según los informes de comienzos de los 80s) Así, la población antioqueña, que pudo alcanzar a más de medio millón de habitantes hacia 1530, se había reducido en 1580 a unos cuantos miles de familias indígenas y un puñado de españoles: existían entonces únicamente las ciudades y villas de Antioquia, Caramanta, Cáceres y Remedios. No sabemos cuantos mestizos podía haber, pero algunos indicios revelan ya un amplio mestizaje, y muchos de los hijos de los primeros conquistadores fueron mestizos, como lo muestra el caso del mismo Gaspar de Rodas. Esto es lógico, si se piensa que antes de 1580, frente a unos millares de varones españoles, apenas vinieron unas cuantas mujeres.

 Pero la vida económica de la región estaba más estabilizada, por la aparición de sembrados en la región del Cauca, la adaptación a las tecnologías agrícolas y mineras de los indios, que permitían la utilización de la yuca y el maíz y la extracción de oro, y la ampliación de las crías de ganado, tanto en el valle del Cauca como en las llanuras del Valle de Aburrá. Todavía, sin embargo, como lo indicaba fray Jerónimo de Escobar hablando de Caramanta, dominaba la ética de los conquistadores sobre la de los colonos: "los españoles son pocos y gente que les parece que no pasaron a las Indias más que a ser señores." Pero destruida casi por completo la población indígena, por el trabajo, las guerras, la explotación, el hambre y las enfermedades, ya no había de quien ser señores. Por eso, Escobar pensaba que los colonos aprenderían a trabajar: "Y así entiendo que corriendo los tiempos, la necesidad que es maestra y despertadora, les hará trabajar y romper la tierra y labrarla, como hacen en nuestra España"


Las crónicas de viajeros publicadas en europa en el siglo XVI incluían con frecuencia alusiones
al tratamiento que recibieron los indígenas americanos durante la Conquista.

 

Bibliografía

Aguado, Pedro, Recopilación historial, 4 vols., Bogotá, 1956-57

Castellanos, Juan de, Elegías de varones ilustres de Indias.  4 vols., Bogotá, 1955

Cieza de León, Pedro, La crónica del Perú,  Madrid, 1947

Friede, Juan, Documentos inéditos para la historia de Colombia, 10 vols., Madrid, 1955-65

Friede, Juan, Fuentes documentales para la historia del Nuevo Reino de Granada, 8 vols. Bogotá, 1975

Gómez Campillo, Antonio: "Antioquia y Santa Fe de Antioquia..." en  Repertorio Histórico 147, Medellín, 1940.

Melo, Jorge Orlando, Historia de Colombia, Tomo I: El establecimiento de la dominación española, Bogotá, 1977

"Relación del descubrimiento de las provincias de Antioquia por Jorge Robledo", en Repertorio Histórico, III, 301- 366. Medellín, 1921

"Relación del viaje de Vadillo por el occidente de Antioquia a Francisco Dávila" en Repertorio Histórico, IV, 514- 531. Medellín, 1922

Robledo, Emilio, Vida del Mariscal Jorge Robledo, 2 vols. Bogotá, 1945.

Simón, Pedro, Noticias Historiales de las Conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales, 7 vols. Bogotá, 1982

 

Fue publicado por primera vez como suplemento de El Colombiano en 1985 y después en en Jorge Orlando Melo (ed.), Historia de Antioquia, Medellín,  Compañía Suramericana de Seguros, 1987

 

 
 

 

 

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