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El erotismo rosa
 

Fuera de Cromos, Estampa y Semana, las revistas más leídas en Colombia a mediados del siglo XX eran cubanas: Bohemia, Ecran, y sobre todo Vanidades, que se encontraba en todas las peluquerías. En ella, de 1951 a hoy, se publicaron quincenalmente las novelas de Corín Tellado. Creíamos que era un seudónimo de un grupo: 25 novelas por año, aunque fueran cortas, eran demasiado para una persona. Después, en un artículo de Guillermo Cabrera Infante, descubrimos que era una española de carne y hueso, enamorada del amor, que escribía además unas veinte novelas más extensas cada año.

Corín acaba de morir, y según los imprecisos obituarios de prensa e Internet es la escritora más leída en español, superada sólo por Cervantes y la Biblia. El dado es improbable: ni Cervantes ni la Biblia pueden tener tantos lectores.

Yo la leí, con cierta vergüenza, adolescente, en mis escasas visitas a la peluquería. Era una literatura previsible, como las novelas de vaqueros o detectives que comprábamos e intercambiábamos. Pero la vergüenza no era por la calidad de las novelitas, sino por sus temas: en ellas las niñas pobres pero de buena familia acaban en brazos de jóvenes apuestos y elegantes, con apellidos sonoros o títulos de nobleza. Eran temas para tías y primas: ellas disfrutaban las incertidumbres del romance, las intrigas, el despertar sugerido pero nunca descrito de la sexualidad. A Los hombres los emocionaban más bien las batallas con los indios o la guerra de los agentes del bien contra los delincuentes.

La última novela que publicó en Vanidades es “La sorpresa de Sony”. En ella la joven médica descubre que el atractivo doctor con el que va a trabajar era el niño al que no podía tratar en la niñez porque era hijo natural de una lavandera. En estos años mucho ha cambiado: se necesitaba imaginación para encontrar en las novelas rosas que escribía en sus comienzos algo más que suspiros y tímidos besos. Ahora la protagonista rechaza a su novio porque es de una familia en la que “todos estaban casados y no había ni un divorcio en la familia” y se entrega al médico, más liberado: “Deje de ser una  niña y me convertí en una mujer... Nos casamos discretamente, pero antes de casarme, lo conocí íntimamente”. La tentación erótica de Corín Tellado, adivinada por Cabrera Infante, que la llamo “pornógrafa inocente”, fue grande, y caída la dictadura franquista, sus novelas se hicieron más audaces. Incluso, durante dos años, escribió con el seudónimo de Ada Miller (un homenaje a Henry Miller) novelas pornográficas, con mucho sexo y poco amor.

Su prosa siguió siendo elemental y de lugares comunes: se adaptó a los cambios pero no podía volverse una gran escritora. Admiraba a García Márquez (su novela favorita era La Hojarasca) y a Vargas Llosa, pero sabía que su obra pertenecía al mundo de la literatura de encargo.

En todo caso, la recuerdo con afecto: sé que no escribió una frase memorable ni una historia inolvidable, pero también que el placer de leerla a hurtadillas era un placer real.  

Jorge Orlando Melo
Columna publicada en Volar, revista de Satena, julio de 2009

 
 
 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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