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Eduardo Santos: republicano, burgués, liberal

 

El socialista Gerardo Molina, al analizar en 1969 la historia moderna de Colombia, no vaciló en sostener, en opinión retomada recientemente por el liberal Alfonso López Michelsen, que Eduardo Santos había sido "el colombiano más influyente del siglo". Una hipótesis discutible, pero no muy alejada de la realidad: durante tres cuartos de siglo el periódico que fundó y orientó Santos ha sido el más poderoso instrumento de opinión que ha conocido el país. Para Molina, "con ayuda del periodismo, esa mezcla de fugacidad y permanencia, logró instalarse en el alma de muchas gentes y determinar su conducta y su manera de pensar". Para López, la identidad a entre el temperamento de Santos y la mentalidad nacional era de tal grado que no era fácil saber si se trataba "apenas de un interprete, que daba evasión en todos los casos  a un estado de alma colectivo, o de una influencia tan poderosa que conseguía hacer maleable, como la cera, la opinión pública".  

Esta influencia fue reconocida, e incluso exagerada, por quienes veían en El Tiempo una máquina que determinaba la marcha de la política nacional, escogía los candidatos del partido liberal, rechazaba con suave pero tozuda firmeza cualquier veleidad revolucionaria o simplemente radical, y vetaba a quienes se alejaban, en un y otra dirección, de una línea política que quizás no sería exagerado llamar el más extremo centrismo. Contra este centrismo, que defendía el liberalismo en su sentido más estrictamente político -la defensa de las libertades, el rechazo a la arbitrariedad estatal, el apoyo a un avance social que no pusiera en peligro el control de la economía por un empresariado ilustrado, la solidaridad internacional con las democracias contra toda forma de dictadura, militar, fascista o comunista- se levantaron desde los años treintas todos los disidentes del partido liberal, todos los que en algún momento enarbolaron banderas revolucionarias o izquierdistas, y los sectores conservadores que miraban con desconfianza cierto tono librepensador y de indiferencia religiosa del periódico.  

La definición de El Tiempo como el representante máximo de ciertas oligarquías políticas, capaces de manejar al país desde sus salas editoriales, se hizo común desde la década del 30 y ha durado hasta nuestros días. Contra El Tiempo hicieron política Jorge Eliécer Gaitán y Carlos Arango Vélez, Alfonso López Pumarejo y Laureano Gómez; Gustavo Rojas Pinilla, como dictador y como jefe populista; Gerardo Molina y Alfonso López Michelsen, en sus años del movimiento revolucionario liberal,  así como los dirigentes izquierdistas de la década del sesenta que encabezaban manifestaciones cuyo destino era terminar con pedreas contra el edificio de la Carrera 7ª con Avenida Jiménez. Esta influencia, apoyada en gran parte en la aguda percepción política de su propietario, siguió después de que Santos dejó de participar en la dirección diaria del periódico, e incluso después de su muerte, en 1974: durante todo el Frente Nacional los directores del periódico fueron consultados por dirigentes y gobernantes políticos, y El Tiempo periódico mantuvo una influencia que, aunque ya no lograba moldear la opinión general del país, seguía siendo una de las herramientas básicas de conservación del poder, o de "gobernabilidad" como se dice ahora, con la que contaban todos los presidentes, sobre todo desde cuando el periódico, cada vez más seguro de su fuerza, empezó a asumir y representar el papel de gran protector de la estabilidad y el orden.  

Eduardo Santos creó este poder en un esfuerzo en gran parte personal. Nacido en 1888, abogado de la Universidad Nacional a los veinte años de edad, apenas tenía 25 años cuando compró el pequeño diario fundado por Alfonso Villegas Restrepo en 1911, y que siguió, durante toda la década, alineado con el grupo, cada día más solitario, del partido republicano.  Los republicanos habían tratado de introducir en la política colombiana un talante de compromiso y tolerancia, un rechazo a la polarización y el fanatismo político, un amor por un pragmatismo grisáceo que no podía competir con la estridencia partidista de liberales y conservadores ni con la retórica gloriosa de los discursos de plaza pública. Santos estuvo, con su colega Luis Cano de El Espectador, entre los últimos en abandonar el barco ya hundido del republicanismo.  

Para 1925 el periódico, que había retornado al redil liberal, tenía una circulación de cinco mil ejemplares diarios, y comenzaba a atraer a los más dotados jóvenes de la intelligentsia de este partido. En sus páginas se encontraron, casi adolescentes, Alberto Lleras Camargo, quien sería otro de los colombianos más influyentes del siglo y a quien Santos entregaría en 1931 la dirección de un efímero vespertino, y  Ricardo Rendón. En una carrera en la que la fuerza del periódico se reforzaba por la actividad política de Santos y de otros de sus colaboradores, y la actividad política de ellos se apoyaba en la tribuna periodística de que disponían, Santos y El Tiempo fueron haciéndose cada día más importantes, para el liberalismo y el país.  

El triunfo de Olaya Herrera en 1930, tras una campaña dirigida por Santos, consolidó al periódico y puso a su director en la línea de los aspirantes presidenciales, tras el inevitable turno de Alfonso López Pumarejo, estratega de la victoria liberal. En estos años representó a Colombia en foros internacionales y dio desde su periódico todo el apoyo posible a Olaya y López, a pesar de que sin duda comenzaba ya a ver con preocupación la tolerancia con la que este recibía en sus filas a izquierdistas y agitadores sociales. 

En 1938 fue elegido presidente. Su gobierno continuó la línea de "pausa" de la revolución en marcha que había señalado López desde diciembre de 1936. Fue un mandatario eficiente, que se alineó tempranamente, por sincera convicción, con los Estados Unidos de Franklin Delano Roosevelt, contra las potencias del eje. Con el apoyo de un grupo de ministros jóvenes pero experimentados, entre los que se destacó Carlos Lleras Restrepo -a quien envió temporalmente a la dirección de El Tiempo, para tratar de orientar una sucesión diferente a la de Alfonso Lopez Pumarejo, quien había iniciado la campaña por una segunda presidencia atacando la política internacional del presidente-acentuó la línea de protección a la industria y al avance capitalista del país desarrollada por López y continuó en lo esencial sus políticas, aunque sin el radicalismo anticlerical y social que las había acompañado en algunas ocasiones.  

Retirado del gobierno, sumó a un periódico que ya pasaba de los cincuenta mil ejemplares diarios, y que llegó a 200.000 en la década del cincuenta, el prestigio y la función de ex presidente, compartida con López durante más de veinte años. Ocupó nuevamente cargos elevados en la diplomacia de la post guerra, y dirigió en varias ocasiones su partido, contra los gobiernos conservadores y contra disidencias como la de Gaitán. Durante la dictadura militar El Tiempo, nuevamente atacado por oligarca, liberal y burgués, fue cerrado por el general Gustavo Rojas Pinilla, en una persecución que no impidió que lo reemplazara un gemelo idéntico, Intermedio, y que dejó al periódico con mayor prestigio que antes, adornado con un halo de heroísmo periodístico. El Frente Nacional, que pactó la unión entre liberales y conservadores,  difícilmente podía haber sido más afín a las convicciones y el estilo personal de Santos, , y le permitió apoyar los gobiernos de dos de sus más cercanos colaboradores: Alberto Lleras, que empezó su carrera en El Tiempo, llegó a la presidencia de 1945 a 1946 y gobernó otra vez en 1958-1962, con el estilo moderado que habría seguido Santos, y Carlos Lleras Restrepo, el más fiel colaborador de su gobierno y antiguo director de su periódico.  

Santos fue uno de los representantes más típicos del liberalismo colombiano. Pero quizás nunca abandonó sus amores juveniles y no dejó de ser republicano, de mantener los rasgos temperamentales de este grupo: el temor de que detrás de la euforia partidista podía esconderse el ánimo de violencia, el recelo frente a la invocación de las pasiones igualitarias y a veces vengativas de las masas, la desconfianza hacia los ataques descompuestos que eran pan de cada día en los enfrentamientos de los partidos. Soñaba con una política de circunspección y razón, con una moderación nacional que garantizara que el progreso se haría en orden y en paz. Fue firme en la gestión de sus opciones políticas y se enfrentó con decisión a sus adversarios, pero nunca pareció presa de la emoción o la impaciencia. Y para validar este papel desempeñado con tanta constancia, se apoyó en la figura de Francisco de Paula Santander, al cual rindió culto como seguidor político y como aficionado a los trabajos históricos, y cuyo estilo, criticado o elogiado como "santanderismo", se fue confundiendo hasta hacerse indistinguible del llamado "santismo", nacional o internacional, que unía a los defensores de las libertades civiles, el orden legal y el avance gradual hacia la democracia, y a los enemigos de los radicalismos populares. Un santismo que, apoyado en tecnologías cada vez más novedosas, renace y se fortalece día a día en El Tiempo, cuya influencia, aunque un poco más compartida, sigue y seguirá con nosotros.

Jorge Orlando Melo
Bogotá, 1999

 
 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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