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Espacio e Historia en Medellín
 

En esta conferencia trataré de preguntarme, más bien desde el punto de vista del historiador que del arquitecto o el urbanista, por el proceso que ha ido configurando la distribución y el uso del espacio en Medellín, y el sentido que sus habitantes le han dado a los diferentes elementos de esta configuración. Al insistir en la visión del historiador, subrayo que se trata de una mirada en cierto modo de aficionado o diletante, de quien no pretende tener competencia técnica en los aspectos formales del diseño urbano ni en los complejos efectos de los procesos constructivos.[1] 

Y al mismo tiempo, quiero indicar que la práctica del historiador apunta, más que a la formulación de explicaciones con pretensiones científicas, a esbozar posibles entramados de procesos que involucran todos los aspectos de la vida humana, y en los cuales los efectos de la complejidad, del desorden, hacen ineficaz la búsqueda de explicaciones finales o causales simples o únicas. La historia debe ser, como la misma vida, equivoca, ambigua y de contornos imprecisos.  

La configuración espacial de una ciudad como Medellín responde simultáneamente a la influencia de un contexto natural (transformado en diversas formas por la acción humana, y sobre todo por el mismo impacto de la urbanización), de unas tradiciones históricas, criterios sociales sobre vecindad, valoraciones del espacio, preferencias estéticas, formas de convivencia y relación con los demás; conflictos sociales, intereses económicos. Individuos y grupos sociales van construyendo la ciudad con todo lo que tienen en su mente, con sus deseos, sus intereses y conocimientos, y en buena parte también con la forma más o menos rutinaria e inconsciente como viven y se representan la ciudad, los vecinos y sus espacios. De algo de todo esto tratará esta charla, aunque de casi nada podré ofrecer un análisis completo: es pues un esbozo, que debe más bien sugerir líneas de análisis y reflexión que ofrecer un esquema claro y definitivo de la evolución del espacio urbano en Medellín.  

I. Las cosas que poco han cambiado 

Medellín, recordémoslo, fue fundada en 1675, hace un poco más de tres siglos, y paso en estos trescientos veinticinco años de unos 700 habitantes urbanos a un poco más de 2000000. Todo, aparentemente, ha tenido que cambiar con este simple cambio numérico y con la consiguiente expansión física de la ciudad sobre el terreno del Valle de Aburrá, con el paso de 18 manzanas iniciales a más de 10.000.  

Pero a pesar de esto hay elementos en la forma de vivir y representarse el espacio de la ciudad, que se han mantenido constantes. Una, que está implícita en la comparación anterior, es que medimos en cuadras y manzanas. Es la persistencia, a pesar de desviaciones que mencionaré, de un trazado referido a la cuadrícula ortogonal ordenada por la legislación española y común a la urbanización inicial de muchas civilizaciones, subdividida en lotes apropiados individualmente y con una gran autonomía sobre su utilización. El espacio se organiza y se mide en estas unidades, la orientación en la ciudad depende en buena parte de comprender la lógica de un sistema de coordenadas que se apoya muy naturalmente sobre este tipo de trama, y el campo visual del habitante está acostumbrado a esperar, sin sentirlo como particularmente monótono, la perspectiva de extensas calles con construcciones continuas a ambos lados.  

Los sitios públicos, por lo tanto, se definieron por muchos años dentro del marco de esta trama y giran en los años iniciales alrededor de la manzana no construida, vacía, la plaza pública que define el centro de la ciudad y a medida que ésta crece, el de los barrios. Esta plaza, que usualmente tiene una iglesia y la casa cural en un lado y algún edificio público en otro, desempeña funciones muy especiales en la vida de los habitantes de la ciudad y recibe una significación jerárquica: hasta finales del siglo pasado, vivir en el marco de la plaza o sus cercanías, en particular si en casa de dos plantas, era señal de status y dominio socioeconómico. En Medellín, el lenguaje actual propone aún la preeminencia de la vieja plaza central, a pesar de que en la vida real hace más de cien años que nadie nace en ella: todos los paisas que queremos presumir de buena familia nacimos en el Parque de Berrío.  

La segunda persistencia es muy peculiar, y tiene que ver con una especial relación de sus habitantes con Medellín. Ha tenido altibajos y caídas, es cierto, pero el hecho es que durante la mayoría de estos trescientos años, y a veces contra muchas evidencias, los medellinenses han creído que su ciudad es muy bella y vivible, y además destinada a ineluctable modernización.  

Esta visión optimista y a veces engreída ha ayudado a generar cierto afecto por la ciudad, aún en los peores momentos de su historia, y sin duda explica la facilidad con la que ciertos comportamientos urbanos o cívicos pueden inducirse o promoverse entre sus habitantes. Ha generado también una facilidad para aceptar lo nuevo y tolerar la destrucción de lo antiguo, por la peculiar comprensión que han tenido sus dirigentes y en general sus habitantes de la modernización, identificada con el cambio, la adopción de nuevas tecnologías, la imitación de avances y prácticas de otras partes y la sensación de que sin eliminar los estorbos del pasado el progreso no es nunca completo.  

Esta imagen de Medellín como particularmente bella y progresista es muy temprana, y me limitaré a dar algunos ejemplos referidos al siglo pasado, cuando apenas era una pequeña aldea, para dar idea de la temprana vanidad de mis conciudadanos. Antes de su fundación en 1672, y precisamente para justificarla, alegaban sus vecinos que “se ha poblado ha quince o veinte años a esta parte en el país de este valle, por hallarle tan cómodo para disposición de pasar la vida humana... y estar... más de tres mil o cuatro mil almas de todos géneros de gentes que están pobladas y regadas en este valle y siendo así que en este tiempo tan corto ha crecido tanto la gente se espera que en menos años no han de caber en todo este Valle.” ¡Sin haber fundado la ciudad, y ya anunciaban la pronta saturación del Valle! Y en efecto, en 1804 un documento local daba a entender, cuando todo el valle tenía unos 25000 habitantes y la villa, en sus diversos poblados, un poco más de 4000 mil, que ya se había llegado a este punto: “Ella es en lo florido y ameno de sus campos, un delicioso vergel, y estos se hallan tan poblados de casas y sementeras que forman con lo anexos y capital una continuada ciudad de mas de un día de camino que comienza en el curato de Barbosa y acaba en los términos del embigado...”[2] ¿Además, donde podía vivirse mejor que aquí? En 1808, cuando trataban de convencer al Rey de que situara el obispado de Antioquia acabado de crear en Medellín y no en Santa Fe, un cura Bohórquez no vaciló en escribir “que es una de las mejores temperies, que hai acaso en todo el orbe, por este lugar o su temperamento he oído decir a varios españoles y extranjeros que lo han abitado, que si Vuestra Majestad supiese las benéficas influencias de este hemisferio, ahí mudaría su corte y abitación...” Era pues una ciudad para reyes. Y en 1875, cuando ya la ciudad pasaba de los 10000 habitantes, la belleza se había asociado, casi en forma indisoluble, con un ideal de limpieza y pulcritud y con la comodidad de un clima perfecto: para Manuel Uribe Ángel, Medellín “vista por su aspecto físico, es la ciudad blanca de los Andes, la ciudad pulcra de América, la ciudad bella de Colombia, la ciudad risueña de Antioquia...” y está colocada en la “pintoresca planicie de Aburrá... de aguas exquisitas, baños imponderables, lindísimos campos, aire purísimo, atmósfera clara, cielo espléndido...” 

 La última cita me permite sugerir que un tercer elemento constante ha sido una peculiar relación con el campo circundante que produce, sobre todo en sus sectores más pudientes, una gran predilección por un campo ameno y ojalá productivo: los habitantes urbanos de Medellín nunca han dejado de mirar como atractiva la vida campestre, sea que la tengan a pocos pasos en la ciudad colonial, o que deban reconstruirla en barrios de recreo, como el Pedregal en el siglo XIX y el Poblado en la primera mitad del siglo XX, sobre todo a partir de los años veinte, o las altiplanicies del Oriente - el Retiro, Rionegro y la Ceja- y otras regiones a lo largo de todo este siglo. Este campo es inicialmente fértil y risueño, que son las dos palabras con las que se le describe consistentemente a lo largo de todo el siglo pasado, pero en épocas más recientes su fertilidad se ha hecho secundaria: debe ser es florido y ameno, por ser ante todo sitio de retiro de la tensión y sequedad de la vida urbana.  

El acceso a una alternativa verde semanal por parte de los grupos dirigentes y de clases medias y profesionales más o menos acomodadas puede, ya en épocas recientes, explicar la indiferencia relativa con la que ha mirado la administración de Medellín, hasta hace unos pocos años, la provisión de áreas verdes en el perímetro urbano, y la visión de que el espacio verde urbano es un injustificable derroche de tierra cara: si uno quiere disfrutar de la naturaleza, ¡que compre finca!  

Además, el campo que se disfruta es un campo laborable, no la selva ni la naturaleza primitiva, peligrosa e insalubre, que hay que domeñar y tumbar. José María Gómez Ángel, cura de la Candelaria, decía en su discurso de celebración de los 200 años de la ciudad, en 1875: “Celebráis vosotros compatriotas, el adelantamiento de esta ciudad que contemplamos hoy saliendo de las primitivas selvas, con sus mefíticos guaduales y selvales.” También hoy, los diseños del espacio urbano le huyen con terror a lo que parezca naturaleza natural, y los usuarios de la llamada arborización del Metro o del nuevo parque de San Antonio descubren, quizás sin mayor sorpresa, que los árboles están en jardineras o surgen en medio de pavimentos y enlozados.  

 Habría otras cosas, como el hecho de ser una ciudad mercantil, casi siempre dominada por los comerciantes, que le han dado el tono a la sociedad local y han tenido mucho que ver con los criterios de urbanización y utilización del espacio, y que los grupos intelectuales han visto, desde los tiempos de Emiro Kastos, a mediados del siglo pasado, con mucha desconfianza: “ese carácter alegre, comunicativo, franco, simpático que distingue a los habitantes de los países risueños y de los climas templados no se encuentra aquí; al contrario, las costumbres son frías y ceremoniosas: los hombres no se reúnen sino para tratar cuestiones de dinero; reina un individualismo tan completo. . . no conciben que se haya nacido para otra cosa que para comprar y vender, y fuera del dinero nada merece atención ni respetos. . . Una aristocracia monetaria, algún tanto iletrada, de buenos años atrás tiraniza la sociedad”.[3] La misma queja será reiterada, en el siglo XX, por León de Greiff y Fernando González, en los años veinte o por los nadaistas, hacia 1960.  

 

II. La ciudad colonial 

La ciudad colonial se establece en un sitio relativamente plano,[4] situado en un valle cuya forma está siempre presente en el mapa mental de sus habitantes, espacio claramente delimitado por los dos ancones del sur y el norte y cruzado por el río que define la Otrabanda. Recostada contra la quebrada de Santa Elena, que la limita hacia el norte, puede acogerse a los modelos urbanísticos españoles: es una ciudad trazada, como se advierte en el dibujo de 1791, según el modelo de la cuadrícula española. En esto refleja cierto carácter planeado de su origen, pues fue creada por decisión burocrática imperial, con traslado de habitantes desde diversos sitios del valle.  

Sin embargo hay mucho de ilusorio en esto. La ciudad se creo en un sitio que se encontraba ya poblado, con unas cuantas docenas de casas agrupadas alrededor de una iglesia en forma no muy ordenada. El Valle de Aburra, hacia 1670, tenía otros núcleos urbanos muy pequeños, separados entre sí algunos kilómetros. En el lado oriental del río, las agrupaciones que dieron lugar a Barbosa, Girardota, Hatillo (Ancón), Copacabana (Tasajera), Fontidueño y Aná, sobre la quebrada de Santa Elena. No hay mención de pueblo alguno en el área del Poblado ni en Envigado. En la Otra Banda, estaban Hatoviejo, La Culata (San Cristóbal), Guayabal, Itagüí y probablemente San Lorenzo de Aburrá, pueblo de indios con un amplio resguardo, que perdieron rápidamente. 

Pero de estos sitios, sólo tenían iglesia Tasajera, el pueblo de Indios San Lorenzo, cuya localización se ha propuesto tradicional pero quizás erradamente cerca al Poblado actual, y Aná, [5] que según el gobernador, era “el más a propósito para fundarla, por estar agregadas en él más de treinta familias de españoles y otras tantas de mulatos y mestizos y tener iglesia y cura... y estar la planta en forma de pueblo con sus divisiones de casas y solares y calles y Plaza"[6] 

 Los dos elementos son importantes: la existencia de núcleos semiurbanos, de agregaciones de casas en varios otros sitios del valle, y el hecho de que en Ana vivían ya, con sus casas hechas, 60 familias, sin contar agregados y esclavos. El primero creó los elementos para una red jerárquica en la que poco a poco, la cabecera de la Villa adquiere - por la acumulación de funciones burocráticas y por el desarrollo del comercio, sobre todo- una dinámica de crecimiento más acelerada que los otros sitios, pero en gran parte estimulada por ellos mismos. Hacia esos otros sitios salen las vías de la ciudad, los camellones y caminos carreteros que van llenándose de casas en sus alrededores. Con esos otros sitios se mantiene un comercio que se concentra en la ciudad que crece y que pronto domina todo el comercio de la Provincia. [7] 

El segundo introdujo una tensión bastante fuerte entre la ciudad definida en las normas y la ciudad real. El Cabildo decidió, en 1676, mantener la traza de la plaza, sobre la cual estaba la iglesia de la Candelaria, elegida, con San Juan Bautista, como patrona. Ordenó, por otra parte, trazar las calles de acuerdo con las normas vigentes en el reino: las principales de 30 pasos, las travesías de 25 pasos, para fijar una trama ortogonal rígida con cuadras de 300 pasos, en las que debía haber cuatro solares.  

Pero ni las casas ni la distribución de los solares de los ocupantes correspondían al modelo, y el cabildo carecía de instrumentos adecuados para imponerlo. Una manera de ganar espacio para nuevos vecinos era hacer salir a los más débiles y entregar sus lotes a los ricos: el cabildo alegó que “en esta dicha Villa están las casas entremetidas sin forma de calles viviendo en el riñón de dicha Villa indios y mulatos y más gente de esta jaez y sirviéndoles las casas de cocina y vivienda con riesgo grande de que unas por ser gente la más incapaz y es en grave perjuicio del comercio que tienen sus haciendas arrimadas a dichas casas y lo otro como son pobres no podrán acudir a los empedrados” y pidió que “se les señale barrio en que vivan y se les de a los beneméritos de esta villa los solares que ocuparen pagándoles sus edificios por su justo valor...” [8] 

Las limitaciones físicas también creaban problemas: aunque en el mapa un poco formal de 1791 se ve espacio para las 64 manzanas bien trazadas, en la realidad la quebrada de Ana no dejaba espacio para buena cantidad de las manzanas proyectadas al norte de la iglesia parroquial de La Candelaria y otra quebrada, la Palencia, obstaculizaba el trazado de la zona más oriental.  

Pero lo difícil era disciplinar a los propios vecinos, pleiteadores y testarudos. Todavía en 1790 no se había podido lograr que un predio privado, a una cuadra de la plaza mayor, y en el que debían caber dice de las manzanas previstas, hubiera sido abierto y que las calles lo atravesaran. El pleito sobre este tema se había abierto en 1769...

Todo esto condujo a un resultado obvio, que no se aprecia si se mira la aparente regularidad del mapa de 1790. Las calles siguieron teniendo un trazo bastante irregular, siguiendo en muchos casos los antecedentes de propiedad y en otros acomodándose a los obstáculos naturales. Las calles, pues, eran curvas y más estrechas de lo previsto.  

Según el cálculo de Verónica Perfetti, apenas 18 de las 64 manzanas teóricas pudieron repartirse (aunque sus referencias son para 1672). [9] Para 1790 uno podría pensar que se encontraban al menos abiertas, con algunas calles rectificadas, unas 40 o 45 manzanas del trazado original. Se había pasado, por otra parte, de unas 60 cabezas de familia a unas 300.  

La expansión se hace en este primer siglo en tres direcciones, influidas por la existencia de dos barreras fuertes: el lote estorboso, que bloquea el paso hacia el sur, y la quebrada, que limita el crecimiento al oriente, para el que se habría requerido la inversión más o menos costosa en puentes: durante el período colonial sólo se hizo uno de mampostería, en la calle que hoy es Bolívar, que permitía la salida hacia las poblaciones del norte de uno y otro lado de la banda, y llevaba a un camino que a fines del siglo XVIII tuvo puente sobre el río Medellín, más o menos al frente del actual hospital de San Vicente. [Puede ser el que dibuja Gregorio Ramírez; figura en el plano de 1791 como “puente nueva”.][10] Se logran trazar entonces unas calles que completan al norte de Junín el diseño original (pero en forma más irregular de lo que el mapa muestra) al norte de Junín: es el barrio de San Lorenzo, conocido también como Mundonuevo, al cual se le pondrá alcalde comisionado en 1802. Y al occidente de la ciudad, en la vía a Antioquia y al pueblito de Aná, se fue consolidando el barrio de San Benito. Mientras tanto, Guanteros, en la salida hacia el Suroriente, se convierte en el barrio más poblado, con una densidad probablemente muy alta; es el barrio de los artesanos y las gentes más pobres, a donde se había pedido trasladar a los indios y mulatos. [11] Otros caminos se van poblando, así como los bordes de la quebrada arriba, hasta el sitio de la toma. El crecimiento de población es modesto pero firme, y se acelera a fin de siglo: en 1675 eran unas 3000 personas en el Valle, de las cuales quizás 600 vivían en la cabecera. En 1787 el Valle tiene 18000, de los cuales en la ciudad viven un poco más de 2000. En 1808 la ciudad debió pasar de 4000 habitantes pero sus poblados anexos y el sector rural hacen subir su población a 15.000, la mitad de los habitantes del Valle. Para entonces aparecen como partidos importantes Quebrada Arriba, Aguacatal y Pedregal, además de Guayabal, la Culata y Otrabanda. Las tasas de crecimiento fueron del 1.5% anual hasta 1777, pero pasan a cerca del 3.0% en los treinta años siguientes: no tenemos muchos datos del esfuerzo constructivo que acompañó a este crecimiento, pero entre 1780 y 1810 se edificaron el colegio y el hospital, la casa del Cabildo, la cárcel y la fábrica de aguardientes, la carnicería y el cementerio (del Llano, al norte de la Quebrada), la Iglesia de San Juan de Dios y varias capillas - unas y otras pasaban de veinte, para un pueblo de 3 o 4000 habitantes urbanos- y en estos años los censos nos hablan de cuarenta o cincuenta maestros de construcción, entre los que están dos o tres curas capaces de obras de mayor envergadura. No tenemos tampoco mucha precisión de la secuencia espacial de crecimiento, pues solo tenemos un nuevo mapa de la ciudad hacia 1847. Pero sabemos que el crecimiento del casco urbano estuvo acompañado de un acelerado aumento de la población de los poblados cercanos - sobre todo Envigado- y del campo mismo, que incrementó con rapidez su densidad rural: como lo señaló Restrepo en 1808, “apenas se anda una cuadra, cien varas, sin que se encuentre con alguna casa, de modo que las estancias son muy estrechas, pocas hay que pasen de veinte cuadras de área y las más no llegan a la mitad. Así todo el campo está cruzado de calles semejante a una gran ciudad”. Todo esto acompañada de cierta actividad edilicia y reglamentaria, como el impulso al empedrado de las calles, y la adopción de ciertas normas urbanas.  

En cualquier caso, el espacio urbano se define ante todo por hitos de origen religioso: a fines del XVIII la ciudad, una ciudad probablemente blanca en su mayoría, situada en un valle cuyo verdor es proverbial, no tiene edificios públicos notables, - y los únicos son recién hechos: la pila de la Plaza Mayor, la casa del Cabildo y la Fábrica de Licores que montó Juan Bautista Monzón, poco diferenciadas de las casas grandes de los beneméritos- pero tiene en su casco urbano cinco iglesias: La Candelaria, San Lorenzo (San José), San Benito, San Roque, que fue demolido antes de terminar el siglo. A comienzos del XIX se inician dos nuevas iglesias: San Juan de Dios, que acompañará al proyectado hospital, y San Francisco, acompañando el colegio que se inicia en 1803 y que se convertirá, tras un frustrado intento en 1827, en Universidad de Antioquia en 1867. 

 Es fácil evocar esta ciudad, de baja altura, de paredes blancas y techos de teja y paja, con casas de dos pisos casi exclusivamente en la plaza principal, con una segregación residencial y ocupacional en la que se confunden los criterios económicos - es decir riqueza- y étnicos y en la cual las únicas líneas de visión que rompen la regularidad de los techos de teja y paja son las iglesias. Es la ciudad colonial provincial de muchas regiones de América, pero una ciudad colonial sin ornamentación arquitectónica notable. A fines del XVIII el reformismo borbón impulsado por José de Galves se expresa en algunas medidas, que todavía no habrían cambiado la estructura espacial de la ciudad: Francisco Silvestre y Juan Antonio Mon y Velarde, gobernadores y visitadores progresistas, insisten en que se mejore el piso de las calles, se les quiten interrupciones y cañadas, se haga edificio para escuela pública, carnicería, y un puente sobre el río Medellín. 

Y la ciudad vive una inicial segregación social, que es una segregación espacial con diferencias en el espacio público: los artesanos se agrupan en el Camellon, a lo largo de una vía estrecha y larga, que no se traza con la precisión y contrasta con la amplitud de las vías más centrales. Ciertas áreas de la ciudad, como “la toma” - donde se hace el tanque que sirve inicialmente para el acueducto, y cuyas vías siguen la línea natural de la quebrada, sirven para la construcción de las viviendas más precarias de artesanos y gentes pobres. 

 Los espacios públicos se reducen a la plaza principal y a las vías, y su uso ceremonial y cívico es esencialmente la procesión, que se desarrolla con ocasión de las fiestas religiosas, cuando las imágenes desfilan por las calles vecinas a la Candelaria, usualmente en dirección a San Juan de Dios o a San Roque, y en algunas fiestas cívicas motivadas por los eventos de la familia real: nuevo rey, nuevo heredero. Mon y Velarde trató de restringir algo esto, pues encontraba que en los convites e invitaciones al pueblo se promovía el desorden y los niños aprendían a tomar vino y aguardiente, así como a fumar tabaco. Y juegos de azar, supongo. 

 De la fundación en Ana y su período colonial, heredó Medellín, como lo señaló Verónica Perfetti, la localización central en el Valle, una estructura y una traza urbana, centrada en la Plaza y la Iglesia, que perduró hasta finales del siglo XIX. Heredó también una especie de contradicción mental permanente: la obsesión por tener vías rectas y amplias, como criterio esencial de urbanismo, pero que estuvo casi siempre detrás de los hechos: las casas que se iban haciendo en los nuevos barrios seguían en alguna medida las curvaturas impuestas por el medio, por las quebradas y por las curvas de nivel, sobre todo cuando comenzó a extenderse la ciudad más allá del núcleo relativamente plano que ocupó hasta 1880. Después llegaba el esfuerzo municipal de ampliar y rectificar, derribando lo construido, y tratando de eliminar los rasgos de la topografía: cubrir quebradas, hacer manzanas estrictamente cuadradas, rectificar las quebradas y los ríos. Los dirigentes de Medellín fueron siempre, como en el poema del Tuerto López, amantes de la línea recta. Adelante veremos otros ejemplos. 

 III. La ciudad republicana: 1810-1910 

 La estructura de la ciudad colonial se prolonga en lo esencial durante el siglo XIX. Los cambios físicos son lentos, así a veces se intente transformar la estructura de las representaciones mentales: las viejas calles coloniales cambiaron sus nombres en 1818 [?], y la ciudad tuvo que orientarse entre las calles de Las Frutas, las Estrellas, el Sol, los Astros, las Aguilas, el Amor, el Fuego, Minerva, Júpiter, las Alegrías, los Ángeles, la Luna, el Parnaso, el Silencio. Antes se habían orientado por la calle de Guanteros, el Chumbimbo, la Alameda, y la Calle de San Francisco, la Calle del Guanábano, la Calle del Ciprés, la calle del resbalón, la Calle del Chivo: del espacio concreto a un proyecto ideológico racionalista, que fue luego reemplazado por la evocación cívica de la independencia, que ya figura en 1847: Bomboná, Carabobo, Maturín, Juanambú, Junín y de la hermandad hispanoamericana, que poco dice: Perú, Caracas, Bolivia, Ecuador.  

Un nuevo racionalismo en los años treinta del siglo XX impuso la numeración de las calles y casas siguiendo un modelo cartesiano[12], pero todavía los habitantes se resisten a adoptarla del todo y hay áreas donde uno sigue diciendo: Caracas con El Palo. El crecimiento urbano tiene un ritmo continuo pero no desbordado: pasa de unos 4 o 5000 habitantes a comienzos de siglo a unos 25000 o 30000 al final, en el casco urbano. El crecimiento, visto a vuelo de pájaro, fue redondeando la ciudad, que había pasado de un pequeño cuadrado irregular en 1675 a un alargamiento a lo largo de la vertiente sur de la quebrada. 

En estos años, los espantos y brujas pueblan algunas calles: hacia 1837 una luz pasaba por Ayacucho con el Palo, seguía por la acequia hasta perderse en el zanjón. “Entró de lleno el miedo y ya pocas personas pasaban por esa calle después de las diez de la noche[13]. En ese mismo año en el camellón de El Llano (Bolívar) deambula un fantasma, y en otras calles aparecen el Sombrerón y La Solitaria, de túnica blanca y calavera. En la segunda mitad del siglo XX la geografía del miedo tendrá otras causas y personajes.  

El plano de 1875 hecho por la Escuela de Minas deja ver una figura más redondeada, pues casi toda la ampliación se ha dado por el crecimiento hacia el norte, al otro lado de la quebrada, en el llano y sus vecindarios[14]. De este modo la plaza pública deja de ser la referencia central, pues dos elementos arrastran la atención; por una parte la quebrada misma se convierte poco a poco en el centro de la ciudad, y esto lleva a que se la trate pronto como un primer esbozo de paseo estéticamente valioso, al abrirse, de Junín al oriente, las dos vías paralelas a la quebrada, las “avenidas” derecha e izquierda, que reemplazan los bajos inundables (“la playa”) en las que se siembran ceibas hacia 1875 y se empiezan a construir quintas con nuevos criterios arquitectónicos. En el siglo XX, y sobre todo con la apertura del Club Unión y del salón de té Astor, de pastelería suiza, sobre Junín, esta calle se convierte en un paseo que une la vieja plaza central con el parque de Bolívar. Sin embargo, hasta 1947 la Plaza de Berrio es, con la Plaza de Cisneros para los más masivos encuentros, el sitio de definición pública y popular de la política, complementado con las calles que hacen esquina junto a la gobernación. 

Pero el crecimiento no llevaba todavía a construir edificios llamativos o monumentales. Saffray, un viajero que escribió en 1869, no veía nada recomendable en los edificios locales: “Seria inútil buscar en Medellín monumentos proporcionados a la importancia de la ciudad... únicamente el colegio actual y su iglesia honraban, como construcción, a los monjes que los edificaron. La catedral [la Candelaria], construcción moderna de ladrillo, sobrepuesta de una pretenciosa cúpula, se distingue por la falta completa de estilo y de gusto, por la más absoluta ignorancia de las reglas de la arquitectura...” 

Por otro lado, al recibir la ciudad en 1868 el carácter de sede episcopal se planea la hechura de una nueva catedral, 500 metros al norte de la quebrada, en la zona que se denomina ambiciosamente la “Villanueva”: es un barrio trazado en el vacío, por Tyrell Moore, un inversionista urbano que había llegado como ingeniero de minas a Antioquia: une tres elementos que serán decisivos en la siguiente etapa: el diseño de ingenieros y la especulación en tierra urbana, con un cierto sentido de planeación urbana y servicio a la comunidad: regala el lote para el parque de Bolívar. Esto esta acompañado por la construcción de varios puentes sobre la quebrada, y por la prolongación de algunas vías en el sentido sur norte. Para 1847 Bolívar se prolonga por el camino al norte, y Carabobo avanza en dirección al puente que se construye sobre el río en Guayaquil, que sigue una línea algo paralela a la primera vía al sur, la de la Asomadera. (pero realmente la vía bien trazada es de 1858) Para 1875 la ciudad ya ha llegado a San Juan, donde se establecerán dos hitos urbanos en el paso del siglo: la plaza de Mercado y la estación de ferrocarril. El crecimiento, pues va llenando los vacíos pero al mismo tiempo lanza nuevas líneas de desarrollo, apoyados en los caminos que salen de la ciudad.  

El plano de 1875 muestra, por otra parte, que en algunos puntos se ha llegado al sitio donde la pendiente empieza a crecer: la catedral mira al llano, pero detrás de ella hay grandes pendientes. Lo mismo ocurre arriba de Córdoba. Esto se manifiesta en nuevas violaciones de la línea recta, sobre todo en la vía tortuosa (Barbacoas en el plano de Alvaro Restrepo Euse que reconstruye la estructura de la ciudad en 1800) que sale de la quebrada y de algún modo traza un semicírculo tras la catedral: una vía diagonal de la que quedan todavía algunos pedazos pero que la ciudad no fue capaz la ciudad de integrar a su diseño. También en el otro lado de la quebrada se llega a la plaza de Sucre, desde donde comienzan las pendientes orientales a La Ladera, Enciso y Villahermosa. Lo curioso es que mirando el mapa de 1889 casi toda la expansión urbana se hace insistiendo en el ascenso a las lomas: Buenos Aires y Miraflores, las laderas de El Salvador y, detrás de la Catedral en construcción, el Barrio de Prado. Los sectores planos - al sur de San Juan, al Occidente en dirección al río- al norte por Carabobo y Cundinamarca, se quedan estancados quizás vistos como menos saludables por la cercanía a los meandros del río, que por lo demás es un río que, como las quebradas, se desborda con frecuencia.   

Los años de 1875 a 1910 son de transición hacia un dominio de los elementos conceptuales propios de la ciudad moderna. Esta transición se advierte en el surgimiento de criterios urbanísticos integrales referidos al espacio público y que se expresan en el nuevo parque, en el diseño de las avenidas de la quebrada, y en el rediseño de la plaza mayor, Parque de Berrio desde 1891, con estatua para exaltar al gran dirigente regional y con una arborización planeada. Las calles anteriores y la plaza mayor eran sin árboles, y si la ciudad tenía árboles era porque mucha casa en el marco urbano era prácticamente una finca o tenía árboles en el solar. Igualmente en la magnitud de las obras urbanas: la más simbólica, la nueva Catedral, que, por su tamaño desborda la escala de los edificios urbanos tradicionales, al menos hasta la década de 1940. No hay que olvidar que hasta hace muy poco todavía podía ser utilizada como tema del orgullo local: en 1966 el libro conmemorativo de la ciudad afirmaba que “en estructura de adobe cocido es la más grande del mundo”. Además, su orientación fue vista con interés por los entendidos, como el pintor Cano, que comentó en 1898 (El Montañés, 8 de abril) que por tener su fachada mirando hacia el sur, “habrá a todas horas del día luz muy apropiada para hacer resaltar los relieves de su arquitectura”. El parque, sin embargo, resulto un poco ocultador, por sus elevados árboles, del frontis. Tampoco se dejaron a su lado espacios libres que la abrían protegido: hoy, rodeada de altos edificios, ha desaparecido casi por completo del espacio real y del espacio imaginario de los medellinenses. El puente de Guayaquil y luego el puente de Colombia (construido por orden de T.C. de Mosquera cuando vino en 1846), las plazas de mercado, que cambian totalmente, de toldos en la plaza pública a plazas cubiertas, en Flores y luego, en 1889, en Guayaquil. Supongo que cambian también los hábitos de consumo y el uso de la plaza publica, que era intensivo los días de mercado, se distribuye ahora en el desplazamiento de todos los días a las ventas cubiertas. Y se advierte el cambio en múltiples obras de infraestructura, pero que en general siguen apegadas a las estructuras arquitectónicas de origen hispánico: el manicomio de Bermejal, colegios, el cementerio de san Pedro, ya más afrancesado. 

La plaza de Berrío funcionó como mercado hasta 1890, y no parece haber tenido una función pública similar a la del altozano en Bogotá, donde la gente salía diariamente a encontrarse. Tampoco existen otros sitios de encuentro ciudadano: no hay biblioteca, no hay museo, no hay lugares para baile y diversión. Las representaciones teatrales y las ocasionales presentaciones de ópera se hacen en El Coliseo, único teatro de la ciudad. [15]A partir de finales del XIX, sobre todo como aporte de las guerras civiles, surgen chicherías y cantinas. Los habitantes y visitantes se quejan de la falta de amenidades: ven riqueza en el pueblo, pero privada, y la gente parece vivir en el espacio cerrado de la casa y en el espacio alterno de la propiedad rural, más que en la ciudad cuyos espacios públicos siguen siendo muy naturales, como lo muestra la imagen de la quebrada, a menos de 100 metros de la plaza, que aparece en el cuadro de  o en los paisajes de F.A. Cano de 1895. 

 Las normas urbanas se reiteraron y surgió con claridad la idea de definir el desarrollo de la ciudad hacia el porvenir: en 1890 el Concejo aprobó la idea de un plano de Medellín futuro, pero no se pudo desarrollar. Se aprobó, eso sí, una definición de 16 metros para las calles y de 20 para las avenidas. El plano de 1906 en parte recoge las intenciones de trazo anticipado esbozadas por el consejo. Muestra ya tres puentes sobre el río Medellín (Volador, Colombia y San Juan o Guayaquil). 

Curiosamente, mientras los dirigentes urbanos se animan con el progreso, la literatura, que aumenta aceleradamente, produce imágenes contradictorias de la ciudad. Surge el tópico de la corrupción urbana frente a la pureza campesina, como puede verse en “Baldosas y Terrones”, cuento firmado por Jorge de la Cruz, 371 ss., en el que el tema es la “ciudad maldita”: “Riscos, breñas, espinas, ¡cuándo le devolverían la rudeza y los bríos que le robaron insensiblemente las baldosas encanalladas de la ciudad” Varios escritores, en estas tempranas novelas urbanas, hablan de “la ciudad”, genérica y abstracta, como escenario de corrupción, droga, suicidio o erotismo corruptor.   

IV. La ciudad moderna 1910-1960 

El hecho es que desde finales de siglo pasado surge en la ciudad el afán de progreso, la preocupación por tener una ciudad moderna, y una ciudad moderna implica cierto manejo del espacio público. Esto se expresa de muchas maneras, como las discusiones sobre el plano regulador, que conducen en 1913 a la adopción del Plano de Medellín Futuro. Esto está dentro de una visión relativamente amplia, que lleva a tener en cuenta el desarrollo de zonas verdes, espacios públicos, vías para un transporte que se percibe será motorizado (tranvía, automóvil, tren), servicios públicos (electricidad, teléfono, pero sobre todo agua y en menor escala alcantarillado) y equipamientos sociales: en las primeras décadas del siglo este pequeño pueblo construyó el Hospital de San Vicente, la Universidad, varios colegios, y tres grandes sitios para espectáculos: el Circo España, Teatro Municipal, que elegantiza el antiguo Coliseo y el Teatro Junín. El arte encuentra su templo en el Palacio de Bellas Artes. Y otros tres palacios para las distintas administraciones: El Palacio Departamental, construido por Agustín Govaerts, el Palacio Nacional y el Palacio Municipal, que será coronado por los ambiciosos murales de Pedro Nel Gómez. 

El plano de 1938 muestra que el crecimiento sigue hacia el norte y que se ha concluido la prolongación de Palacé y Carabobo hasta el río. Nuevos barrios se han desarrollado en los Angeles y San Miguel, Santa Ana y Prado. Se planea una difícil carretera de circunvalación y bosques al oriente y al norte (el único sector que se haría). Muestra, además, el río Medellín rectificado desde el puente de Guayaquil hasta Colombia, y un plano aprobado para la rectificación hasta más allá del puente del Volador. Es posible ver también la línea del ferrocarril, que al anticiparse a la rectificación del río quedó incrustada dentro de un área que luego sería de circulación urbana. Pero el ferrocarril es determinante sobre todo por la actividad que se genera alrededor de la Estación de Cisneros: allí llega toda la carga de importación y a su alrededor se crea Guayaquil, con sus pensiones para los inmigrantes, sus bares y cafés donde se escuchan desde los años veinte el tango y las rancheras y su Plaza de Mercado y sus depósitos de mercancías. 

En general, domina un diseño basado en la racionalidad rectilínea pero con algunos ajustes. Las manzanas pegadas al río tienen contornos rectilíneos pero no rectangulares: hay triángulos y secciones del rectángulo. Algunos parques decorativos se generan cortando las cuatro manzanas y creando un redondel central. Se planea una gran avenida a los dos lados del río, siguiendo seguramente el modelo de Santa Elena.  

A partir de entonces el crecimiento de la ciudad, aunque no se atuvo en forma muy estricta a un plan que se había desarrollado sin una suficiente investigación y que tropezaba con dificultades reales y de oposición de propietarios, se enmarco dentro de unos parámetros nuevos, que fueron modificados en diversos momentos, como en los códigos de 1935 y 1939.  

Las urbanizaciones, por ejemplo, ofrecen amenidades mayores al simple lote, no solo para los habitantes pudientes sino para los sectores medios y los más ambiciosos de los grupos populares, como el mismo Berlín, trazado en 1918. Las normas municipales se inspiran en los modelos de “city planning” que trae y divulga don Ricardo Olano: ahora es preciso tener un permiso par construir y se define perímetro urbano. Algunos barrios se inspiran en las “garden towns”, y en la clase alta los arquitectos son los que diseñan las casas. Se quiere hacer de Medellín una “ciudad de lineamientos modernos”. 

Un ejemplo de esto lo da Tomás Carrasquilla, quien en “Futurismo” de 1922 describe el barrio Aranjuez, que se está trazando, y que pretende, parece, recrear los desordenes de la naturaleza y abandonar la simetría y la línea recta: 

”Paraje harto propicio y ventilado; el aire es tónico, su clima saludable. Ni el bochorno de la hondonada ni el frío de las cumbres se difunde en este pedazo de tierra por donde se difunde como el Soplo del Creador ese oxígeno de la montaña que colora las mejillas, abrillanta las pupilas y lava los pulmones. 

 Y que puntos de vista 

 El panorama que desde estos campos se disfruta abarca la ciudad, varias poblaciones circundantes, la cuenca y el sistema de cordilleras que la guardan; abarca los detalles más interesantes, los paisajes más amenos y esas lejanías medio azules, medio borradas, que ensanchan e idealizan la mente. 

Su plano, ejecutado con mucha atención y no poca maestría por habilísimo ingeniero, es hermoso, peregrino y de inusitada novedad. Para aprovecharse del terreno y consultar el confort y los efectos pintorescos de gracia y de contraste, ha desechado la regularidad y simetría, tan socorridos en trazados de esta índico, Es aquello algo casi como un arabesco de setenta y dos compartimentos, como archipiélagos de otras tantas islas. Allí se combinan, en artística armonía, la línea recta con la cuadrada, la curva con la ondulante, los triángulos con los cuadrados, paralelogramos con polígonos, trapecios con semicírculos, partes regularizadas y metódicas con partes semejantes y diversas. Tiene vías a cordel, unas de diez varas y otras de diez y seis, las tiene de ondas, a guisa de caminos. En un pedazo plano de la parte baja se cuadra una plaza perfectamente equilátera y, en una como meseta, campea, más arriba, una plazuela en hexágono simétrico. A su centro, donde cantará una fuente, apuntan las seis calles como los radios de una rueda. 

 Tiene por ahí un parque, un boscaje, trazado así al acaso, con todo y lago navegable. En su disposición y adorno se imitará, en lo posible, la bizarría de la naturaleza. Reinan por estas calles todas las variantes del piso: las hay en planos y en pendientes, en rampas y en peldaños, las hay desniveladas y disparejas. Como impetuoso río de balasto, rompe la red de trazado la carretera de circunvalación, la arrambla, la domina, la atraviesa, le hace culebreos a sus anchas, le hace garabatos, y sigue su curso falda arriba.  

 Afuera solo habrá verjas y vallados, dunas y murallas, portadas y alambrado. Es consigna... el que los edificios que allí se levanten, sean desemejantes y diversos entre sí, hasta donde fuere posible... 

No es un barrio para el proletariado ni menos, todavía, para gentes de la hampa... Mas, como quiera que hay lotes pequeños... todo pobretón ahorrativo y ordenado podrá hacerse a su vivienda en este barrio retirado e higiénico. Hasta allí ira el tranvía; ahí se tendrán, con las delicias y sugestiones del campo, el alumbrado, los recursos, las comodidades del centro...  

 A pesar de este nuevo espíritu la escala de las ambiciones es limitada.[16] El mayor esfuerzo fue sin duda el parque de la independencia, que pone una zona verde en el límite de la ciudad, pero con la previsión de que estará rodeada por la ciudad. Las especificaciones aprobadas con entusiasmo para vías, por ejemplo, se reducen posteriormente, y en general el municipio no tiene posibilidades de hacer cumplir las normas iniciales. Aunque hay norma de paramentos, no hay normas de alturas, probablemente porque no parecen necesarias. La construcción de 1880-1920 es ante todo de casas de un solo piso, con excepción del marco de la plaza y de las casas de dos pisos que se construyen en el nuevo barrio de ricos, Villanueva y Prado. El desarrollo se hace ante todo en zonas nuevas, sin alterar ni destruir el núcleo colonial, que sobrevive esencialmente intocado hasta la década de 1920.  

 El plano urbano de 1912 nos muestra la dirección en la que crece la ciudad: los sectores ricos se mueven hacia el norte, los sectores populares ocupan los lugares más altos hacia el occidente (Cerro del Salvador, Sucre, zonas vacías de Buenos Aires) y hacia el sur (Niquitao), y en la parte alta de la ladera oriental, detrás de Los Ángeles y arriba de la iglesia de San Miguel, y en las nuevas partes del llano del norte, hacia el río.  

 En 1916 Jean Peyrat - que es poco más que un seudónimo del industrial, urbanizador y urbanista Ricardo Olano- subraya, quizás interesadamente, el cambio: Medellín “no ha muchos años que empezó a desarrollarse dentro de los modernos conceptos de urbanización. No tiene recuerdos históricos. Hay contados lugares de entretenimientos públicos. Comienza apenas un pequeño movimiento social que cambiará por otra más amable la vida afanosa y conventual que llevamos” [17] La visión modernizadora renuncia concientemente al pasado, a la memoria. Lo nuevo, que se busca afanosamente en Estados Unidos y Europa, debe arrasar con la inercia del ayer.  

 Los incendios de 1918, 1920 (toda la manzana occidental) y 1926 en el parque de Berrío ayudan a destruir y alteran la visión urbana: la plaza se lanza a los edificios de tres y cuatro pisos. El entusiasmo por estos edificios como señal de progreso es uniforme y nadie advierte la necesidad de regular alturas y generar uniformidades, ni se considera importante evitar la destrucción del legado arquitectónico del centro urbano: probablemente se le ve como poco valioso. La ciudad quiere verse como moderna, y el viejo casco de casas de dos pisos con techos de tejas en varias aguas es señal de una ciudad atrasada. La opción resulta ya clara: el espacio central será ante todo el espacio del comercio y de las oficinas, al que llegarán los ciudadanos en el tranvía que recorre sus cuatro vías. 

Entre 1920 y 1950 la Playa, que es ya sitio de vivienda elegante, se consolida con el proyecto para su cubrimiento: se había convertido la quebrada que atravesaba la ciudad en una cloaca a la que llegaban los desagües de todas las construcciones. El cruce de la playa con Junín, vía al Parque de Bolívar, con su café La Bastilla, se vuelve sitio de encuentro y en general Junín es sitio de paseo cotidiano hasta los años sesenta, cuando comenzó a ser invadido por un nuevo elemento dominante del paisaje urbano: los mendigos y vendedores ambulantes. 

Además el tranvía, en existencia desde 1921, genera posibilidades en sitios antes remotos. Manrique se construye por obra y gracia del tranvía, que permite vivir a una distancia de 30 o 40 minutos de marcha a pie. Esta es una de las grandes modificaciones en la percepción de la ciudad, que, a medida que crece, se encoge nuevamente, para mantener los tiempos de desplazamiento razonables. El tranvía aceleró la urbanización de las laderas, en especial Buenos Aires, Sucre, Villa Hermosa y Manrique, así como zonas más planas y remotas como Aranjuez y eventualmente Berlín, con lo que la ciudad adquirió el perfil alargado en dirección sur a norte que todavía hoy conserva, pero todavía esencialmente sobre la ribera oriental.  

 Hacia 1940-50 la ciudad se vuelca hacia la otra banda, e incorpora tempranamente dos aldeas: América y Belén, que se habían desarrollado durante el XIX. Posteriormente incorporará a Robledo, Bello, el Poblado, Itagüí y está en proceso de incorporar a Envigado, Sabaneta y San Cristóbal. Estos tenían ya una estructura parecida a la del viejo Medellín y a la de los nuevos barrios: una plaza con iglesia y unas pocas calles alrededor. El tranvía acelera su crecimiento, pero sin que se llenen los núcleos intermedios. El barrio realmente nuevo, por su concepción, de la zona occidental fue la zona de Laureles, planeada en 1943 por Pedro Nel Gómez, con un diseño igualmente geométrico pero que rompía con la línea recta: avenidas concéntricas semicirculares, mucha zona de arborización, y espacio verde entre las casas y la acera.  

 El desarrollo industrial se sitúa en la ciudad con cierto orden, cierta agrupación. Coltejer, la industria mayor, está en la Toma, pero otros núcleos industriales están hacia el sur de la ciudad, La América y la vía a Bello. 

 El ritmo de crecimiento de la ciudad se aceleró substancialmente en la década del 40: entre 1938 y 1951 fue del 6%, casi el más alto del siglo, pues solo sería levemente superado en 1951-64 con el 6.1 %, que luego caería a 4.2% en la década siguiente. Los años de 1938 a 1964 fueron pues los críticos en términos espaciales y de recursos. Hasta 1950 se siguió tratando de controlar los trazados urbanos con base en el código de construcciones, y de empujar el desarrollo con las obras planeadas por el instituto de valorización creado en 1940. Pero a partir de 1950 empezó a regir un plano regulador contratado con Sert y Wiener. Hizo algunas propuestas radicales, que poco se siguieron: crear un cinturón verde en los cerros de la ciudad, que cada plan corre un poco más arriba, ante la evidencia de la ocupación real de zonas que no se preveían como habitables e incluso se consideraban de alto riesgo. Definió un centro valioso, lleno de elementos culturales, expandido hasta la Alpujarra: la realidad ha ido contra esto, a pesar del desarrollo de la Alpujarra, pues el centro se deterioró por el incremento de la densidad comercial - los pasajes -, el caos de la circulación de vehículos, la congestión y el abandono creciente de los usos institucionales: las oficinas se están yendo al Poblado, y pronto comenzará, por lo que entiendo, el éxodo de otras entidades simbólicas, como el Museo de Antioquia.[18] Definió el desarrollo industrial al sur, para evitar la contaminación por efecto del régimen de vientos: sin embargo, pese a esta sabia decisión, después mucha industria se permitió al norte. A comienzos de los años setenta se adoptaron dos decisiones graves: la construcción de la Avenida Oriental, que incrementó el flujo de vehículos hacia un centro ya congestionado, y la apertura de las dos vías paralelas al río, que disminuyeron radicalmente el área verde prevista para la zona.  

 Lo crítico durante los años siguientes a la aprobación del plan tuvo que ver con un fenómeno que no alcanzaron a prever en su justa dimensión: el alud de migrantes que ocuparon nuevas zonas de la ciudad, sobre todo en las laderas, por fuera de las áreas de prioridad de la inversión pública recogidas en el plan. Los nuevos barrios, con algunas excepciones, trataron de acomodarse al trazado en línea recta de las calles, aunque los espacios públicos se irían reduciendo gradualmente con el paso del tiempo. Sin embargo, pendientes y quebradas hacían impracticable la línea recta en muchos sitios, y en todas las zonas de laderas la transacción con la naturaleza se hizo inevitable.  

Algunos barrios excepcionales ensayaron nuevas formas de distribuciones de espacio: Pedregal, hecho por el Instituto de Crédito Territorial en la década del sesenta, alterna vías curvas y rectas, y deja amplios espacios verdes, que todavía, milagrosamente, se conservan: allí es posible recorrer casi dos kilómetros sin salir de zonas verdes, en una ruta que los habitantes conocen y por la que guían a los visitantes. El Poblado, por supuesto, mantiene también cierta necesaria irregularidad, pero es que allí las viejos carreteables de las fincas se convierten en Lomas, unidas luego por transversales, que conducen ahora a unidades cerradas, con multifamiliares elevados de altas especificaciones o unifamiliares con zonas verdes privadas. El Poblado es verde, pero para muchos antioqueños es una sorpresa saber que no tiene un sólo parque publico real, y el mayor de todos, de menos de una hectárea, ya existía hacia 150 años. Tampoco tiene aceras, pues en su imitación del urbanismo californiano supone que todo el mundo anda en carro.  

 La segunda mitad del sesenta parece ser una época nefasta en la historia urbana de Medellín, sobre todo por la codificación constructiva que consolido legalmente la más estricta segregación social, y prohibió los pobres en El Poblado mientras ordenaba su concentración en otros sitios de la ciudad: ¡se determinó que el Poblado sería un barrio de muy baja densidad, con lotes por vivienda de 1200 metros, mientras que en las zonas del norte el lote debía tener un mínimo de 90 metros cuadrados, que luego se fueron rebajando gradualmente hasta 36! Mientras tanto, avanza la transformación desordenada, pero impulsada por la construcción de edificios monumentales sin una atención seria al impacto que producen en el entorno, de la Plaza de Berrio. Para justificar los altos edificios que en la práctica redujeron el parque a una plazoleta, el gerente del Banco de la República, don Carlos Gómez Martínez, se refería en 1966 a la necesidad de que “nuestra bella ciudad adquiera la calidad de urbe moderna y que su plaza principal que enmarca su tradición civil y eclesiástica - centro histórico, religioso, económico y comercial- adquiera la categoría que la capital de Antioquia merece y reclama.” Todavía entonces el costado sur estaba formado por construcciones de dos pisos, mientras el costado suroccidental seguía una línea homogénea de 10 a 12 pisos.  

El libro de 1966 del Concejo Municipal permite identificar lo que las autoridades consideraban entonces digno de mención: el aeropuerto Olaya Herrera, las “formidables instalaciones fabriles de Coltejer” en Itagüí, “el colosal edificio” de la Clínica del Seguro Social, el Hotel Nutibara, la Basílica, que presidió el paisaje urbano desde finales de siglo hasta mediados de los setenta. A partir de estos años el símbolo de la ciudad, construido con la consciente ambición de hacerlo así, fue el edificio Coltejer, con sus 40 pisos. La Alpujarra competiría en alguna medida con esta elección y ayudaba a ir desplazando el centro tradicional como centro imaginario de la ciudad, La gorda de Botero, al ser colocada en la plaza de Berrío, creó un nuevo núcleo de identidad en el centro. En los años noventa, probablemente la reorganización del espacio mental se hará ante todo por la serpiente elevada del metro, y por el edificio de las Empresas Públicas, que refuerza la función de la Alpujarra como centro administrativo.  

Por otra parte, la ciudad se expande y Bello, Envigado e Itagüí se unen a la ciudad. La división administrativa en comunas coincide con el crecimiento de población de una periferia de alta densidad, a pesar de que se edifica sobre la base de edificios de una planta con vocación para una o dos más, que se dejan planteadas en la terraza. Por otra parte El Poblado va cambiando su carácter, al desarrollarse allí un tipo de vivienda en edificaciones elevadas o conjuntos cerrados que rompen las limitaciones a la densidad programadas antes, y que resulta más atractivo para las clases medias altas que en los cincuenta habían colonizado a Laureles, y que ahora están vigorizadas por los dineros que produce la exportación de droga. Allí tienen nuevas amenidades: piscinas comunales y excepcionalmente privadas, y una aparente seguridad.  

El espacio mental[19] 

En todo caso, el espacio urbano de los años recientes se fragmenta y explota en una rezonificación imaginaria, que reproduce lo que los dirigentes de la ciudad pusieron en sus normas urbanas: la doble ciudad, la del norte y la del sur, de los pobres y los ricos, de la gente bien y los delincuentes, en las que los habitantes de las comunas del norte se desplazan diariamente al resto de la ciudad, mientras que los habitantes de clase media y alta no conocen la mitad de su ciudad. Esta imagen delincuente y a veces bohemia de barrios como Castilla o Manrique se refleja en la literatura. Ya en los años cuarentas la empezado a ver Carlos Castro Saavedra, en poemas como “Mi corazón y la ciudad” 

        Voz de bolsistas y de capitalistas
Que se pasan la vida de espaldas al paisaje
Chapoteando entre charcos de billetes sangrientos
Mientras el pueblo rueda, vencido por el hambre
Sobre esa flauta roja de la tuberculosis
Que tiene sus metales hundidos en la muerte 

Ya hacia 1990 Helí Ramírez, poeta y novelista, nos dibuja los barrios locales sin el esquema social de Castro, sino con esas mangas en la que violan a las peladas y esas esquinas en las que los adolescentes esperan a ver cuando roban al tendero, como en la novela La noche de su desvelo (1987) o en sus libros de poemas, como En la parte alta abajo (1991), del cual cito unos trozos:  

 Por ese lado baja una quebrada
 que en invierno se vuelve un río. 

 Fue en una época el último montoncito de casas
 En la parte alta de la ciudad hacia el norte
 Con rastrojo y piedras a los lados 

Encima del barrio hay un puente sobre la quebrada esa
 bajo ese puente a más de uno le han dado en la cabeza
 y nadie ha dicho que ha visto espantos o quejidos
                               (De La Colina I), 1980 

En conjunto, el ambiente de la ciudad se hizo duro, pesado, y los cerros, elogiados en el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, y que delimitaban la tacita de plata, nombre dado a la ciudad, se vuelven ominosos, en el verso de José Manuel Arango:

 

   Esta es una ciudad amurallada
 entre montañas. Uno mira entorno
 alzando la cabeza y ve solo
 la línea azul de los montes, lejos
  sus picos; en el borde de una copa
  quebrada 

  y en el fondo de la copa está la ciudad  encerrada, dura

 Y es una ciudad aterradora, para leer otra vez a Ramírez:

 

Miedo de salir a la calle
No se...
Me parece
que los buses
afuera me esperan
para aplastar mi cuerpo
y dejarlo como una papa frita
de esas que venden en las esquinas

n
o se..
Miedo de las gentes
Me parece que las gentes afuera me espera
Con la boca abierta
Con tremendos dientes para devorar mi vida
  (xxxvi)

Un sentimiento de amor y odio, de rechazo y fascinación, va haciéndose más y más frecuente en la literatura: “¡Oh mi amada Medellín, ciudad que amo, en la que he sufrido, en la que tanto muero! Mi pensamiento se hizo trágico entre tus altas montañas, en la penumbra casta de tus parques, en tu loco afán de dinero. Pero amo tus cielos claros y azules como de gringa”, dice Gonzalo Arango...  

Pero hay sitios de integración, que también la literatura recoge: en La Estrella de Cinco Picos, (1995), Jorge Alberto Naranjo nos dibuja la función de la Universidad Nacional en la década del sesenta, con una novela en la que cinco jóvenes de diferente estrato social luchan por convertirse en ingenieros y superan de algún modo la diversidad de orígenes en un proyecto cultural y profesional. El seguimiento de la visión que ofrece la literatura del espacio de Medellín sería interesante, pero no cabe en el espacio limitado de esta conferencia.  

Las zonas deportivas, construidas en el Estadio a partir de los años cincuenta con menor avaricia de espacios que la habitual representaron también una ganancia en el manejo del espacio público. Y la Biblioteca Pública Piloto, a pesar de su edificación modesta, es un sitio de encuentro para 40 o 50000 personas semanales: probablemente no hay ninguna otra institución que represente tanto en la utilización del tiempo no laboral de sus habitantes.  

En los últimos siete u ocho años, se ha intentado conservar y recuperar cierta trama urbana: la siembra de frutales al lado de las vías, el mejoramiento de las pocas zonas verdes, la apertura de dos o tres grandes parques de diseño recreativo (aún no se mira con simpatía el parque pasivo, la pura naturaleza: esta debe estar fuera de la ciudad), el mejoramiento en el diseño de arborizaciones y jardines, el cuidado de las quebradas y la recuperación del río, indican una nueva actitud, orientada a conservar, no un edificio u otro – lo que en Medellín sigue siendo, además, algo excepcional- sino la ciudad o una zona de la ciudad: conservar el Prado, conservar la trama de quebradas. Pero hay otras partes de la ciudad que siguen amenazadas: el centro, cuya muerte se decretó inconsciente y alegremente hace varias décadas, al promover la intensificación de su flujo vial mientras se le retiraban las actividades no comerciales, tiende a convertirse en un inmenso mercado, en espacios abiertos y subterráneos, con centros comerciales de pequeños locales que van subiendo en el aire. Parece que la idea inconsciente es seguir exportando hacia otras zonas más amables, ojalá cercanas a los barrios de los ricos, las actividades prestigiosas y tranquilas, para no dejar en el centro sino los mendigos y los vendedores ambulantes. 

Igualmente, se ha intentado recuperar de algún modo, y sostener, lo que ha sido el resultado de la construcción y urbanización popular. Un cambio substancial de enfoque ha sido la sustitución de los planes de erradicación y traslado de vivienda en áreas subnormales, sobre todo de las laderas, a colmenares o panales con celdas de 30 metros, como se hizo durante los años setenta y ochenta, por un plan de consolidación y mejoramiento de los barrios ocupados espontáneamente por la población migrante, el PRIMED, promovido por la Consejería Presidencial para Medellín y que comenzó a actuar en 1993. Según esta perspectiva la población debe mejorar sus viviendas donde las tiene, mientras las entidades públicas toman medidas de protección contra deslizamientos, manejo de aguas, senderos y vías, equipamiento y legalización, para conservar un sentido de propiedad que se pierde con la reubicación. Para mí, pocos proyectos han sido más exitosos.  

En menor escala, los Centros de Vida Ciudadana, como el del barrio La Esperanza, se apoyan en la idea, quizás nostálgica pero quizás con funciones reales y simbólicas, de que en los barrios en los que la congestión y la ocupación competitiva y desordenada no dejó espacios públicos substanciales, es posible convertir los pocos lotes aún no parcelados en reconstrucciones de la vieja plaza de barrio, que se mantuvo hasta los años sesenta, ahora a veces sin iglesia, pero con biblioteca, escuela, guardería, centro comunal y espacio deportivo.  

 Pero probablemente uno no exagera si afirma que el nuevo centro de los barrios, o a veces de áreas un poco mayores, sobre todo en las áreas donde habitan las clases altas y medias, es el Centro Comercial, que expresa los nuevos valores y orientaciones culturales de la ciudad, pero en una forma que quizás vuelve a retomar el dominio de mercaderes y comerciantes burlonamente descritos por León de Greiff o Fernando González: “Hasta hoy ha vivido el medellinense bajo motivación netamente individualista: conseguir dinero para él; guardarlo para él; todo para él. El medellinense tiene sus linderos en los calzones, sus mojones en su almacén de la calle Colombia, en su mangada de El Poblado, en su cónyuge encerrada en casa, como vaca lechera...” Pero por supuesto, ya no es posible encerrar a las cónyuges: hay que sacarlas al centro comercial.  

 Hoy Medellín es una ciudad en la que se entrecruzan en forma bastante intrincada formas de muy diverso origen. La cuadrícula colonial y republicana se ha conservado en muchos sitios, mientras en otros nuevos diseños de manzanas alargadas o curvilíneas trataron de ofrecer una distribución más amable del espacio. Un gran contraste separa El Poblado, que desde el aire se ve como un inmenso lugar de recreo lleno de piscinas y zonas verdes, con las ocres zonas de vivienda popular de la comuna nororiental, para no hablar de los enclaves casi rurales pero de inverosímil densidad, con caminos de piedra y cemento, de muchos barrios nuevos, en los que el concreto permite ocupar sitios imposibles y superponer casas sobre casas o sobre el “aire” de otras casas, que se vende como se vende un lote. Los medellinenses viven en espacios que parecen estar a centenares de años unos de otros, pero se mueven en forma similar, en el metro o los lentos buses, y se congregan en los mismos sitios de trabajo, ya predominantemente comerciales y de servicio. Sus espacios de formación y diversión, sin embargo, son muy diferentes: colegios con zonas verdes, que tienden a alejarse de la ciudad, y colegios públicos con arquitectura de cárceles, cajas de sardinas de varios pisos, en ladrillo sin recubrir, donde se amontonan miles de adolescentes, lugares de encuentro común, como los escenarios deportivos, el palacio de exposiciones y los sitios de recreación masiva, y áreas de acceso exclusivo, como el club o la cantina de barrio, el cada vez más excepcional paseo de olla y las elegantes fincas del oriente,  

En ese espacio viven los habitantes de Medellín, y ese espacio lo crean y definen con sus deseos, sus proyectos pero sobre todo sus acciones.

Jorge Orlando Melo
Medellín, 1997


 

[1] Existe una bibliografía básica de muy buen nivel sobre la historia urbana de Medellín. Desde el punto de vista arquitectónico, el trabajo más completo es el de Verónica Perfetti, Las Transformaciones de la estructura urbana de Medellín (Bogotá, 1994, Fundación para la Promoción de la Investigación y la Tecnología del Banco de la República, inédito) y “Tres proyectos para un deseo: la ilusión de una ciudad “, en Jorge Orlando Melo, ed., Historia de Medellín, (Medellín, 1996) Complementan y contrastan su visión ante todo Fabio Botero Gómez, Cien años en la vida de Medellín (Medellín, 1994) y Fernando Botero Herrera, Medellín 1890-1940: Historia urbana y juego de intereses (Medellín, 1996), ”Regulación urbana e intereses privados, 1890-1950” y “Barrios populares en Medellín, 1890-1950, en Historia de Medellín. En esta obra se publican diversos artículos pertinentes para el tema, sobre todo los de Beatriz Patiño, “Medellín en el siglo XVIII” y Claudia Avendaño “Desarrollo Urbano en Medellín, 1900-1940”. Ver también el artículo de Hernán Gil Pantoja, “Lo que va de la urbanización al urbanismo”, en Revista de la Cámara de Comercio. (Medellín)

[2] ACM, 69, 11, 1v y 57 ss.

[3]Emiro Kastos.

[4]El plano elaborado en 1889 por los alumnos de la escuela de Minas muestra un desnivel de unos 15 metros entre el Palo y el límite occidental de la ciudad. El desnivel en el corte norte sur es menor. Existe una edición excelente de los planos de Medellín preparada por Roberto Luis Jaramillo y Verónica Perfetti.  

[5]Víctor Alvarez, “Poblamiento y población en el Valle de Aburra”, en Historia de Medellín, T. I, 59, acoge la delimitación propuesta por el padre Javier Piedrahita, que me parece surge de la confusión del Poblado de San Lorenzo o Poblado de Otrabanda y el Poblado en el que se convirtió el partido de la Aguacatala a finales del siglo pasado. Literalmente los linderos del resguardo de San Lorenzo, fijados en 1616, son “desde la quebrada de Aguasal [es decir Ana] que está de la otra banda del dicho río de Aburra hasta donde entre y se junta en el, y el dicho río de Aburra arriba hasta el mogote y cerrillo redondo que está en el dicho Valle [el cerro Nutibara], y del dicho cerrillo a dar al sitio de la casa de Antón y de allí al sitio que llaman de los asientos viejos de los indios de Aburrá que llaman “el Guayabal” y de allí cortando el Bermejal y de allí todo el camino adelante que va al Ancón de los Yamesíes hasta llegar a la quebrada que llaman de la sal que baja de dicho Ancón y de toda la dicha quebrada desde dicho camino hasta donde se junta con el dicho río de Aburrá y de allí el dicho río arriba hasta llegar a la cumbre y nacimiento de él de allí en volviendo por las cabezas del dicho valle y lomas y cumbres altas hasta caer otra vez al primer lindero de la dicha quebrada de Aguasal hasta donde se junta con el dicho río de Aburra”, en Crónica Municipal, (Medellín, 1967, edición extraordinaria), 104. La mención de que la quebrada está en la otra banda sugiere el lado occidental, pues así se la conoció, así como otros toponímicos como Guayabal, Ancón (del sur), etc.; por otro lado Roberto Luis Jaramillo menciona una petición de 1639 de Fernando de Toro Zapata de tierras del resguardo por encima del poblado de San Lorenzo, “entre las quebradas de Aguacatal y Yurá” en Historia de Medellín, I, 111. El padre Piedrahita tiene trabajo sobre el tema. Documentos y estudios, 1984, p 185.

[6]A.H.A., Reales Provisiones, 14, doc. 487, citado por Roberto Luis Jaramillo, “De pueblo de Aburráes a Villa de Medellín”, en Historia de Medellin, I, 118. Allí, antes de 1653, Juan Bueso de la Rica hizo iglesia, “y se va haciendo una gran población donde hay plaza, y solares y casas, y le ha costado mucha cantidad de pesos, y le han quitado los vecinos que allí asisten las tres partes de tierra”. ACM, t 34, leg 14, fol 26, citado por Roberto Luis Jaramillo en Benítez, Carnero y misceláneas de varias noticias, antiguas y modernas, de esta villa de Medellín, (Medellín, 1988)..., xxiv. Al fundarse, Aná tenía unas cien casas.

[7]Por lo demás, desde temprano la ciudad es paso obligado del comercio de toda Antioquia: “lo que toca a la carne y todos lo demás, entra de acarreto, siendo el primer puerto y paradero el dicho valle de Aburra, en donde sus habitantes compran lo mejor y solo pasa a este pueblo [Antioquia] lo que ellos han desechado.” AHA, Reales provisiones, vol 14, doc 386, f 15, citado por Roberto Luis Jaramillo en Benítez, op. cit. p. xxvii.

[8] Memorial de Marcos López de Restrepo, procurador, en Crónica Municipal, 168. ”Este Valle no tiene indios naturales sino muy pocos y ser muy necesarios para la conservación de la Villa, por ser ellos los que abastecen la tierra de maises que es el sustento principal para las minas que están inmediatas a esta Villa y demás común”. Por ello se ordenó otra vez recogerlos al resguardo de San Lorenzo, el 3 de enero de 1675. Ibid., 170.

[9] Verónica Perfetti, “Tres proyectos...”, Historia de Medellín, I, 90, donde reconstruye en un interesante mapa la primera asignación de solares.

[10] El plano de 1791 está en el Archivo General de la Nación.

[11]Una petición del cabildo de 1677 se refiere a la necesidad de llevar agua a este barrio, que se describe como con “mucha gente” con sus casas.

[12] Acuerdo 253 del Consejo de Medellín, transcrito en Jorge Restrepo Uribe, Medellín, su origen, progreso y desarrollo, 202.

[13]Eladio Gónima, 157

[14]En 1836 había 513 casas de teja al sur, y 53 al norte, y 764 de paja al sur y 249 al norte: casi el 80 % de los habitantes están al sur de la quebrada.

[15] Como decía un personaje de un cuento de Gregorio Gutiérrez González publicado a mediados de siglo, “¡ni teatro, ni baile, ni paseos, ni nada que indique que estamos entre gente civilizada!” “Felipe”, en Antología del temprano relato antioqueño, 1995.

[16] Mi artículo “Los tres caminos de la modernización en Medellín, 1980-1930” en Extensión Cultural, (1977) discute las líneas principales de la modernización urbana, cultural e industrial de la ciudad y la relativa coherencia del proyecto modernizador de la elite local.

[17] Citado por Jorge Restrepo Uribe, p. 73 

[18] La propuesta que parece tener más posibilidades es pasar el Museo a los locales de la Fábrica de Licores. Más lógico es usar el Palacio Nacional, aprovechando que ya en 1994 la Junta de las Empresas Públicas de Medellín definió su eventual vocación cultural, después de que se desocupe al trasladar todas las oficinas al nuevo edificio de EPM.

[19] Ver J. O. Melo, “Imágenes de Medellín” en Una mirada a Medellín y el valle de Aburrá : Memorias (Medellín, Universidad Nacional de Colombia, Biblioteca Pública Piloto de Medellín, Consejería Presidencial para Medellín, Alcaldía de Medellín, 1993), donde se esboza un análisis de la generación de lugares significativos en la ciudad.

 
 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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