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Gaviria el impopular

 

Las recientes encuestas sobre candidatos presidenciales muestran que César Gaviria tiene una imagen muy negativa. Esto es sorprendente, si se piensa en los resultados de su presidencia. Orientó con firmeza y claridad una compleja política de paz, que condujo, entre otras cosas, a la constitución de 1991. Adoptó una política de “seguridad ciudadana” exitosa: entre 1991 y 1995 la tasa de violencia se redujo substancialmente, y si se hubiera mantenido la tendencia, habría llegado a niveles cercanos a los actuales. La economía creció, en los cuatro años de su gobierno, casi lo mismo que en el primer gobierno de Álvaro Uribe: un 18, en vez del 20%. Varias de sus políticas se siguieron aplicando, como el aumento del apoyo al ejército, acompañado de un control civil más estricto, o la apertura económica, que transformó la estructura de la producción del país y los niveles de vida y hábitos de consumo de la población, o la reforma de la seguridad social, que amplió la cobertura de los servicios de salud y mejoró su calidad, al menos para la población de los estratos más bajos.

¿Por qué, entonces, uno de los mejores presidentes de los últimos años tiene una imagen tan poco favorable? Por lo que adivino y por lo que me contestan mis conocidos, lo que los colombianos no perdonan a Gaviria fue lo que más les cambio la vida y a lo que menos quisieran renunciar: la reforma de la seguridad social y sobre todo la apertura económica. La ampliación de la seguridad social, que apenas se alcanzó a aprobar en su gobierno, se aplicó en un ambiente de crisis del Estado, de mal manejo del Seguro Social y de indecisión, y tuvo fallas evidentes. Es obvio que queda bastante por hacer, pero pocos colombianos aceptarían hoy volver al sistema anterior, congestionado y elitista, y destruir un sistema que ha demostrado su eficacia.

Lo mismo ocurre con la apertura. Los que se quejan de ella escriben sus cartas de protesta en computadores y ven las noticias en televisores cuyo precio ha caído dramáticamente, se toman sus vinos argentinos y se mueven en carros y motos tan baratos que el problema actual es la saturación de las vías por los carros privados. Ninguno de ellos aceptaría volver a pagar los altos impuestos que los consumidores pagaban antes de 1990 a los productores locales. Pero tienen la curiosa idea de que esa apertura, que elevó el nivel de vida de los colombianos y los lanzó a una desenfrenada mentalidad de consumo, disminuyó la capacidad de Colombia de producir y exportar, olvidando que hoy Colombia exporta casi 4 veces más que en 1990 y produce dos veces más. Y suponen que nos iría mejor si los consumidores se gastaran su dinero subsidiando a algunos sectores ineficientes, como lo hacen todavía en el sector agrario, en vez de usar lo que se ahorran con bajos precios en comprar otros productos y servicios nacionales.

Por supuesto, también en este tema se cometieron errores: los dos mayores, en mi opinión, fueron no haber extendido la apertura a los bienes agrícolas, y no haberla acompañado de una política educativa más ambiciosa y coherente. El hecho de que los colombianos, al mercar, paguen un sobreprecio a los productores rurales, acostumbró a estos a depender de la protección y no estimuló la renovación tecnológica necesaria. En vez de gastarse en investigación y desarrollo productivo, los impuestos de los consumidores fueron a parar a los propietarios agrícolas. Y la tibia e indecisa política educativa de los noventa no mejoró la pobre calidad de la formación científica y técnica de los estudiantes colombianos.

No tengo simpatías por el partido de Gaviria y no es mi candidato. Pero las razones por las que tanta gente lo rechaza me parecen que serían más bien argumentos para respaldarlo.

Jorge Orlando Melo

www.jorgeorlandomelo.com

 
 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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