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Política y mercado: en recuerdo de Gerardo Molina
 

Evocamos hoy, a los cuatro años de su muerte, a uno de los colombianos que mas ha hecho por hacer de Colombia una sociedad basada en valores de convivencia y justicia. Lo hacemos en un momento en el que el clima ideológico general, promovido por los medios de comunicación y por las organizaciones políticas, parece haber dejado atrás muchas de las ideas y conceptos que constituyeron la base del pensamiento de Gerardo Molina. Hoy la misma palabra "socialismo", en la cual se resumía el ideario político del maestro, parece haber quedado relegada al cuarto de los trastes viejos. El mismo sentido del liberalismo, en cuyas corrientes mas sociales militó, parece estar cambiando, para definir no tanto la lucha por la defensa de las libertades individuales contra todo poder que las restrinja como a un modelo puramente económico de asignación de recursos, privados y públicos, a través del mercado. La izquierda, a la cual perteneció siempre, con orgullo y decisión, parece no existir más, y los pocos que todavía quieren dar importancia política o social a la acción contra la desigualdad, a la búsqueda de una sociedad mas justa, prefieren otras etiquetas a la que parece estar condenada al olvido.

Pero a pesar de todo, a pesar tantas señales preocupantes, déjenme decir, quizás con un poco de timidez, sin lograr eludir del todo la sensación de pertenecer a una secta condenada a la extinción, que las ideas políticas del doctor Molina siguen teniendo vigencia, que el hecho de que hoy sean impopulares no implica que estén derrotadas, y que frente a cierto terrorismo moral, que pretende colocar en el ridículo a quien defiende la función social del Estado, a quien considera importante la existencia de un sindicalismo fuerte, a quien cree que hoy las sociedades deben ser capaces de dar educación y salud de calidad a toda la población, independientemente de su capacidad de pago, a quienes juzgan que una política económica exitosa tiene que medirse por el bienestar que produce en la población y no solamente por el comportamiento de algunos indicadores cuantitativos e instrumentales, como la tasa de crecimiento de la producción, frente a ese terrorismo moral, es bueno y conveniente volver a reivindicar algunos de los argumentos de la izquierda, algunos de los puntos de vista de ese socialismo democrático a cuya formulación entre nosotros contribuyó tanto el profesor Molina.

En medio de los necesarios ajustes a una nueva realidad económica y política, internacional y nacional, se ha ido creando un nuevo consenso en el que medidas que pueden ser validas para ciertas situaciones y dentro de contextos específicos se convierten en recetas generales aplicables a todo lo ancho y a todo lo hondo del sistema. Ese consenso de extremismo ideológico neoliberal, usualmente mas propio de los comentaristas de los medios de comunicación que de los funcionarios públicos, nos quiere hacer creer que por definición, por principio, debe sustraerse al estado la gestión de todo lo que pueda ser manejado por entidades privadas sometidas al mercado; que debe eliminarse por completo la actividad del estado como productor de bienes y de casi todos los servicios, que toda regulación que pueda generar una alteración del mercado es inconveniente.

Es cierto que detrás de muchas decisiones en esta dirección hay argumentos convincentes y fundamentadas; que en muchos casos el Estado ha mantenido una gestión ineficiente de empresas y actividades que funcionan mejor en manos privadas; que con frecuencia las regulaciones bien intencionadas que no tienen en cuenta las condiciones reales de la economía terminan teniendo resultados contraproducentes, perversos y opuestos al bienestar social que se busca. Pero si es cierto que nada hay mas eficaz que el mercado para determinar la asignación de recursos para la producción, no hay que olvidar que el mercado es apenas un instrumento para lograr una producción eficiente, y que su aplicación a áreas en las cuales las razones u condiciones que lo hacen eficiente no existen solo puede producir daños sociales.

Quiero mencionar tres ejemplos, entre muchos que podrían traerse a colación. El proceso de apertura reciente ha producido una expansión masiva del mercado automovilístico. Como resultado de un nivel menor de impuestos, los colombianos pueden comprar sus carros particulares a un costo mas bajo, y las empresas ensambladoras no se apropian de un ingreso injustificado, de una renta derivada de la protección aduanera y que pagan los consumidores para enriquecer a unos cuantos inversionistas. El efecto de esta apertura a las leyes del mercado es elevar el nivel de bienestar de quienes pueden adquirir esos vehículos; quizás producirá, en estricta aplicación de los viejos conceptos de Adam Smith y David Ricardo, una mejor asignación de los recursos productivos del país, que vera eventualmente disminuir una industria que puede ser ineficiente y dedicará su capacidad y su energía a empresas más productivas. ¿Pero como maneja el mercado los costos indirectos derivados de la invasión de vehículos en las ciudades? Las ciudades deberán invertir sumas ingentes, pagados con los impuestos de todos, en la ampliación de su red vial, (para no mencionar los costos derivados de la contaminación ambiental) que serian mucho menores si se toma la decisión política de subsidiar el transporte masivo o de penalizar el automóvil privado. Y la decisión de que invertir es sin duda política, pero se tomara después de que las consecuencias de respetar el mercado se vuelvan irreversibles. Bogota acaba de dedicar 200 millones de dólares en estos días para hacer unos cuantos puentes e intercambios viales. Es una decisión política, insisto, que nos dice que juzgamos mas valioso reducir el tiempo de transporte (si es que se reduce, porque las mejores vías inducirán nuevas compras de vehículos que congestionarán a su vez esas vías tan costosas) que, por ejemplo, construir las instalaciones escolares que permitirían acabar con el déficit de cupos de secundaria en la ciudad y que costarían (unos 300 colegios nuevos) aproximadamente esa misma suma. ¿Pero como decide el mercado entre la importancia relativa de evitar las demoras en el transporte y evitar que 200000 jóvenes no se retiren prematuramente del estudio y se queden sin al menos su educación secundaria? No lo puede hacer. Pero lo significativo es que esta decisión política, que hacemos a través de nuestros funcionarios elegidos, de nuestros alcaldes y concejales, se toma cuando ya se ha permitido que el mercado elija el vehículo privado, y no un sistema masivo de transporte, y cuando las consecuencias de esta decisión se han vuelto en buena parte intolerables y muchos argumentarán que no es justo ahorrarnos los costos indirectos de ello si para hacerlo deformamos el mercado y permitimos a unas pocas empresas actuar con ineficiencia y ganarse unas rentas injustas. Por supuesto, las soluciones pueden ser distintas (por ejemplo inverstir en un buen sistema masivo de transporte, poner impuestos de rodaje mucho más altos al automóvil privado, impedir el parqueo en las calles y espacios públicos), e involucrar en distintos grados mecanismos de mercado, pero el hecho es que el fetichismo de la teoría económica hace difícil que pensemos en restringir el crecimiento del parque automotor privado, no importa lo que debamos pagar luego por cuenta de esto.

El mismo fetichismo del mercado parece aplicarse a otras áreas, que no hago sino esbozar. La del medio ambiente, cuando se sigue permitiendo la transferencia libre de las propiedades derivadas de la tumba y quema del monte y se obliga a pagar las llamadas mejoras a quien ha hecho una mejora privada pero ha hecho un daño al deforestar un baldío. El mercado tampoco sabe nada, o sabe muy poco, del impacto de largo plazo de la deforestación, aunque podría usarse, mediante sutiles deformaciones de sus señales, con incentivos y exenciones diversas, ayudarle a las personas, a los inversionistas privados, a tomar decisiones rentables sobre temas como este.

El mismo fetichismo se adivina detrás de lo que entiendo es parte de una política ya en buena parte adoptada: tratar de eliminar los subsidios cruzados que hoy existen en las tarifas de servicios públicos. Según una declaración reciente del ministro del ramo, como es difícil subir ahora mucho las tarifas de los sectores más pobres de la población, comenzaremos por reducir los gravámenes en los estratos más altos. Aquí debo confesar mi perplejidad, pues no puedo ver interés económico en la operación (interés social ni siquiera se plantea): que ventaja hay en que los grupos mas ricos, que consumen mas energía de las que ecológicamente es conveniente y que pagan muy pocos impuestos (ni siquiera un adecuado impuesto predial, porque usualmente son capaces de convencer a las gentes, al menos en Bogota, de que pagar más es inconveniente, y probablemente mantendrán las bajas tarifas actuales), tengan una reducción de unas tarifas que pagan sin objeciones y a las que están acostumbrados, y puedan incrementar su consumo? Y cuando se eleve, si se puede, la tarifa de los sectores hoy subsidiados, lo que es el objetivo explicito de la política, será para que usen menos energía de la que hoy gasta una familia en los barrios del cocinol, para que gasten menos de los 20 metros cúbicos de agua que se supone que necesita la higiene de los pobres, mientras tratamos de que los ricos gasten mucho más?

Por último, el fetichismo del mercado aplicado a los medios de comunicación. La calidad de la información que recibe la sociedad es, supongo, el objetivo social a lograr. Evidentemente, el derecho privado a tener periódicos, revistas, emisoras de radio, cadenas de televisión (o programadoras, que pueden lograr lo mismo en forma quizás un poco mas equitativa) es esencial para lograr esa calidad, amenazada por la posibilidad de que el estado imponga monopolisticamente su punto de vista y controle la información. ¿Pero la competencia entre dos o tres grandes consorcios garantiza la pluralidad de opiniones y la calidad de la información? Lo dudo mucho: el mercado ayuda, pero también desfigura, pues puede conducir a la concentración de los medios y a la quiebra de los que no se pliegan a un mercado que tiene mucho de autocreado por los mismos medios, y que promueve muchas veces el reemplazo de la información por el espectáculo, y sobre todo genera distorsiones muy fuertes en la orientación de la información si quienes manejan los medios de comunicación tienen intereses muy poderosos en otras ramas del mercado, como lo ha mostrado la historia reciente del país.

Pero estos son solo algunos ejemplos, y dejo de lado el del desarrollo de la capacidad creativa de la población mediante el impulso a la cultura, la educación y la ciencia, al que podrían aplicarse razonamientos similares, en los que creo que hay que insistir en que los criterios del mercado, válidos en general para obtener la producción más eficiente de bienes, y que pueden ayudar a crear instituciones más eficientes para proveer esos servicios, no hacen superflua la deliberación política y la acción del Estado. Y defender hoy la acción pública, orientada a construir una sociedad más igualitaria y justa, es lo que nos queda, en mi opinión, del imperativo socialista que defendió Molina. No se trata de defender un estado muy grande: el problema no es de tamaño, sino de poder y de eficacia. De lo que se trata es de insistir en que la construcción de una sociedad en la que valga la pena vivir debe ser un propósito político, y que esa sociedad justa no va a ser el resultado de la acción del mercado ni de los empresarios privados, sino de la acción de todos. Tampoco se trata de volver a tratar de reemplazar el mercado por decisiones burocráticas y arbitrarias en lo que hace bien el mercado. De lo que se trata es de no convertirlo en un fetiche al que rendimos culto a todas horas, para convertirlo en la piedra de toque universal.

Por ello es importante evitar también un proceso de privatización porque si. Las privatizaciones que se han hecho en nuestro país son en su gran mayoría convenientes. Pero no hay que creer, como se trasluce en un articulo de Semana en estos días, que la privatización es una meta por si misma, y que Colombia esta más atrasada que el Perú porque ha privatizado empresas por un valor inferior: este es un instrumento, para transferir empresas de un manejo ineficiente a un sector en el que la competencia y otros factores las harán mas productivas. No tenemos que llenar ninguna meta en esta dirección: debemos utilizar pragmáticamente la alternativa, pero conservando en el Estado las empresas que actúen eficientemente, abriéndolas a la competencia, y utilizándolas para lograr objetivos de equidad social que no siempre es fácil obtener mediante recursos alternativos, como los subsidios directos a la demanda, que toman tiempo para establecer. Vender empresas productivas para gastarnos el dinero en cubrir déficits en el gasto público, aunque sea el social, no es una buena estrategia de largo plazo: ¿de donde obtendremos recursos cuando nos hayamos gastado el patrimonio acumulado por los intervencionistas y estatistas del pasado? Y en todo caso, no es sino mirar al mundo Europeo, preguntarse que es lo que han privatizado los alemanes o los ingleses, para ver como allí no han convertido en meta lo que es simplemente un buen instrumento y han dejado en pié un estado que gasta casi el doble del PIB de lo que gasta el estado colombiano.

Les pido excusas por hablar poco del profesor Molina, y mucho de lo que creo tenemos que seguir defendiendo de su legado, en el aquí y ahora de la economía y la sociedad, y por el tono algo polémico de esta intervención. No puedo olvidar la pasión con la que participó siempre el Maestro en movimientos políticos que no iban a ganar, pero que hacían parte de una componente de fuerzas sociopolíticas en la que a la larga acababan, de alguna forma, influyendo. Desde la minoría, a veces desde la abrumadora minoría, hizo Molina propuestas sociales que fueron luego gradualmente acogidas por el sistema. Sin estos radicalismos de quienes no tienen un poder para cuidar, defender y cultivar, sino el poder del análisis y de la pasión por la democracia y la justicia, las propuestas políticas se anquilosan y el statu quo se hace más poderoso. No puedo olvidar los días en que Molina, hace 15 años, en las campañas de Firmes en Medellín, señalaba, evocando con emoción el ejército del hambre de los poemas de Nizam Hikmet, la urgencia de emprender una verdadera cruzada contra la pobreza y la miseria. Ni puedo olvidar sus múltiples propuestas para modernizar las instituciones políticas colombianas, para reformar la carta constitucional, para establecer mejores mecanismos de protección de los derechos humanos. Hemos avanzado mucho, sobre todo en el plano de los instrumentos institucionales para una política más democrática, y la Constitución de 1991 es en muchos campos un homenaje a Molina. Y algo hemos avanzado en el terreno de la política social, pero sin que le hayamos dado la prioridad necesaria ni tengamos hoy mucha claridad sobre los criterios que deben orientarla. Pero ese esfuerzo consistente para eliminar la pobreza y ofrecer oportunidades razonablemente similares a todos los colombianos está todavía en sus comienzos, y es probable que muchos de los componentes del pensamiento político y económico dominante obren en contravía de este propósito. Me parece que es urgente mantener un esfuerzo intelectual de justificación y formulación de políticas sociales audaces, que siga manteniendo en el eje de la discusión problemas como el de la situación campesina, el problema del empleo y las políticas de subsidio y entrenamiento de los desempleados, la urgencia de ofrecer un cubrimiento educativo total a todos los jóvenes que quieren mantenerse dentro del sistema educativo, etc. Son metas modestas, pensadas a la luz de los objetivos más radicales planteados por el profesor Molina.

Hace dos años escribí, como introducción a una selección de escritos de Gerardo Molina, unas frases que no puedo mejorar y por ello me permito citarlas: "¿Debemos aceptar que sean el crecimiento económico y la ampliación de consumos cada vez mas diversificados el principio único que oriente el desarrollo social, al costo que sea? ¿O vale la pena empezar a retomar las ideas, que suenan hoy ingenuas y hasta ridículas, de que la calidad de vida de una sociedad depende ante todo de su desarrollo cultural, la existencia de relaciones personales basadas en la confianza, la tolerancia y la cooperación entre iguales, la ausencia de violencia, la certeza de empleo y la satisfacción de un mínimo de necesidades fundamentales para toda la población, sin excepción alguna?”

Sigo creyendo que hay que responder a estas preguntas en el mismo sentido en que lo hizo el maestro. Se que muchos colombianos, afiliados o no a los partidos tradicionales, se reconocen en esta prioridad acordada a los objetivos de una buena sociedad sobre los crudos resultados económicos. No se si ellos se sientan aún a gusto con la palabra "socialista". Yo si quiero reafirmar hoy mi solidaridad y mi deuda intelectual al profesor Molina reafirmando mi militancia en el socialismo democrático que nos enseñó a profesar.

Muchas gracias,

Jorge Orlando Melo
En el homenaje a Gerardo Molina realizado en la Fundación Santillana, agosto de 1995

Puede encontrar más información en:

www.gerardomolina.org

 

 
 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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