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Hernando Valencia Goelkel (1928-2004)

 

 Hernando Valencia Goelkel fue miembro del Consejo de Redacción del Boletín Cultural y Bibliográfico desde 1984, y compartió los trabajos por hacer una revista que tratara los diversos aspectos de la cultura colombiana sin complicidad con las buenas intenciones ni los lugares comunes. En especial, ejerció siempre una vigilancia casi impertinente del idioma del Boletín, buscando que fuera claro y preciso y que no cayera en la retórica, la desmesura o la vaguedad que en estas décadas se ofrecen como señal de profundidad y agudeza.

La misma capacidad para juzgar con exactitud los valores culturales y las complejidades del lenguaje literario que lo convirtieron en el más brillante de los críticos literarios del país en el siglo XX (en un país en el que, aunque escasos, ha habido críticos tan notables por su erudición e inteligencia como Baldomero Sanín Cano, Darío Achury Valenzuela o Hernando Téllez), la usó en la tarea más prosaica o rutinaria de escoger que reseñas de libros o que textos publicar. Traía, sin duda, la experiencia de su largo trabajo como editor de dos de las revistas más importantes de la cultura colombiana: Mito y Eco.

No escribió mucho para el Boletín. En 1964 publicó una de las reseñas más sólidas y perceptivas de La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, y ocasionales notas bibliográficas, modelos del género. Sin embargo, acompañó con dedicación e insistencia todo el trabajo del Boletín y ayudó a definir los rasgos que lo han caracterizado, su resistencia a las modas literarias, su rechazo a la oscuridad, su apertura ante todo lo que ayude a entender al país

La obra de Valencia Goelkel produce cierta inquietud, cierta frustración, como si a ella pudiera aplicarle el mismo comentario que él hizo en relación con la de otro de los grandes críticos colombianos del siglo XX, Baldomero Sanín Cano, muchísimo más extensa que la suya: que abandonó el empeño de una obra ambiciosa por trabajos más ocasionales, dictados por las urgencias del día. Pero probablemente sería un error: es difícil pensar a Valencia Goelkel, aún en otro contexto cultural, tratando de crear una obra sistemática de interpretación de la literatura o el cine. Al leer la agudeza sorprendente de sus comentarios bibliográficos, que elevan el género al rango de creación literaria por derecho propio, uno piensa que no podemos quejarnos de que el talento de Valencia se haya ejercido en estos campos, ni debemos seguir atribuyendo a un supuesto "medio cultural" opresivo elecciones que como siempre tienen algo de limitaciones.

Para muchos, la mejor prosa ensayística del país fue la de Hernando Valencia Goelkel. Esa capacidad para dar a la expresión la novedad de un adjetivo inesperado (que también parece un rasgo destacado de García Márquez) tenía sentido por su inquietud ante el destino usual de las palabras: corromperse y devaluarse, convertirse en lugares comunes. Y contra este destino, la búsqueda de nuevos lenguajes a través de la inflación retórica o de la creación de un vocabulario exótico y prepotente (de lo que se burló en su texto "Cuál es su lexia") o impreciso y burocrático (palabras ironizadas como "unesquismos", de los que juzgaba ejemplo supremo la referencia a la "identidad") era lo que menos le atraía: el esfuerzo debía dedicarse a lograr la precisión. Por eso, la brillantez de su estilo es sorprendente, por la aparente carencia de esfuerzo retórico, por la sobriedad de los recursos literarios, por la ausencia del lenguaje pretencioso que se tiende a identificar con una prosa creativa. Por eso, la metáfora ocasional, la inesperada comparación resulta siempre de gran fuerza, en medio de una escritura que se caracteriza ante todo por un ritmo inquieto que podríamos comparar al del mejor cine: el de un relato natural y exacto en el que nada dura más de lo necesario

Por otra parte, en sus centenares de breves notas y en su puñado de textos largos, Valencia mostró no sólo una sorprendente capacidad de lector de literatura, sino un casi doloroso conocimiento, una atormentada comprensión de la cultura colombiana, de sus limitaciones y de sus servidumbres con la política o la pobreza. Algunos de sus más penetrantes comentarios surgen con frecuencia cuando un texto literario da pie para, inesperadamente, revelar con precisión alguno de los hábitos intelectuales que han caracterizado nuestra vida política o cultural. Por eso es oportuno evocar, como ejemplo notable, su comentario a El general en su laberinto, en el que destaca las calidades literarias de ese texto entrañable, pero desmonta la estructura ideológica, las tesis ingenuas que García Márquez quiso defender. En este brillante análisis, Valencia lamenta que la novela pretenda todavía alimentar la trivial e inútil querella entre las memorias de Bolívar y Santander y deja a la vista la ingenuidad de seguir elogiando a Bolívar, como un Colón que nunca hubiera descubierto a América, por el sueño bolivariano, por esa utopía fracasada reivindicada por García Márquez, que se ha convertido en "un Sueño tan dañino y tan perverso como un mal amor: su no cumplimiento es causa de todas nuestras desdichas, su eventual realización es pretexto para todas las retóricas y asidero para sucesivas utopías de pacotilla". Que esto se hubiera escrito hace quince años muestra hasta dónde era capaz Valencia Goelkel de ver a Colombia con profundidad, con una agudeza que ve más lejos que esfuerzos más eruditos y disciplinados, y a veces hasta con esa aparente capacidad premonitoria que tal vez proviene simplemente de no haberse dejado entusiasmar con palabras e ideas vacías.

Jorge Orlando Melo

Publicado en el Boletín Cultural y  Bibliográfico, No 65 (2004)

 
 
 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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