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Historia de la población y ocupación del territorio colombiano
 

Introducción

La información demográfica colombiana es amplia y variada. Es cierto que el primer censo ordenado para todo el territorio por las autoridades se realizó solamente en 1778-1779, y que hasta nuestro siglo los recuentos oficiales son notoriamente insuficientes. Sin embargo, son muchas las fuentes demográficas que han sido analizadas por los historiadores y las que aún reposan sin abrir en los archivos. La administración española se preocupó con mucha frecuencia por conocer el número de sus vasallos, y trató de que esta información fuera consolidada para grandes territorios y enviada al Rey de España. Desde los primeros tiempos de la conquista las Reales Audiencias ordenaron que se realizaran inventarios periódicos del número de indígenas que constituían para entonces la casi totalidad de la población.

Cifras históricas de la población

Aunque a partir de la década de 1530 existen listados de encomiendas con el número de sus habitantes, se trata siempre de inventarios locales. Pero entre 1560 y 1562 se realizan recuentos de indios tributarios en la mayoría de las zonas del actual territorio colombiano. Aunque no es sencillo determinar la proporción entre tributarios  y el número total de habitantes, se ha calculado con base en ellos una población total, dentro de márgenes razonables de error, de un millón doscientos sesenta mil indígenas para tal fecha. Recuentos parciales combinados con extrapolaciones no muy precisas permiten suponer una población de unos cuatro millones de indígenas para 1535-40[1]

Después de este recuento de 1560 no se hizo ninguno para el conjunto del Nuevo Reino de Granada hasta 1762, cuando el criollo Francisco Antonio Moreno y Escanden, asesor del Virrey, consolidó una dispersa información en una sola tabla, que sugiere una población ligeramente superior a los seiscientos mil habitantes[2]. No existen cifras globales entre los dos períodos, de manera que el comportamiento de la curva de población entre 1560 y 1760 es bastante hipotético. Sin embargo, se han hecho estudios locales, como los de Colmenares sobre Pamplona y Tunja, y los de Friede sobre Cartago y Tunja, que muestran que la población indígena, que ya había sufrido una verdadera catástrofe en los años anteriores a 1560 (los cálculos sobre la población indígena hacia 1500 oscilan entre tres y seis millones de habitantes), continúa disminuyendo rápidamente. En Tunja y Santafé, perdió por lo menos las dos terceras partes para 1620; la catástrofe del occidente colombiano fue aun más fuerte y para otras zonas del país hay indicaciones de que esta proporción es válida. Si esto es así, la población indígena debería acercarse a unas cuatrocientas mil personas a comienzos del siglo XVII, y la población total no debía superar los cuatrocientos cincuenta mil habitantes. ¿Continuó disminuyendo la población después de mediados del siglo XVII? No existen datos fidedignos al respecto, en parte porque no se han realizado estudios monográficos cuidadosos. Una revisión parcial de recuentos de tributarios durante la segunda mitad del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII en la zona de Santafé de Bogotá revela una gran estabilidad en la población. De nuevo, extrapolando este indicador a toda la situación nacional, me atrevo a sugerir que hacia 1650 la población global se estabilizó, y comenzó a crecer nuevamente un poco antes de 1700, para acelerar su tasa de crecimiento a medida que avanzaba el siglo.

¿Qué procesos sociales y económicos estaban detrás de esta situación? ¿Cómo había llegado la Nueva Granada hacia 1500 a un volumen de población aparentemente tan elevado? ¿Qué factores entraron en juego en la rápida disminución de la población? ¿Cómo se inició la recuperación demográfica? Estas preguntas han sido respondidas en forma tentativa por varios historiadores —los demógrafos de profesión no han hecho en Colombia trabajos históricos sobre esta época— pero siguen en buena parte sin solución satisfactoria. Es evidente que antes de la llegada de los españoles, y desde la aparición de la agricultura, la población indígena pudo crecer sin dificultades mediante la ampliación de la frontera agrícola. La agricultura aborigen, basada en la papa, el maíz, la yuca, era, en términos del volumen de calorías y proteínas producidas por unidad de tierra y en términos de la relación trabajo/producto, extraordinariamente elevada si se la compara con la agricultura europea de la época, fundada en el trigo y que requería insumes de energía animal que exigían destinar buena parte de la tierra a alimentar los bueyes y caballos. Esto explica que los indígenas no tuvieran memoria ni tradición, como los hombres del viejo continente, de hambrunas o pestes. Como es sabido, la peste europea fue en gran medida el resultado de períodos prolongados de hambre que debilitaron las defensas biológicas de la población. La inexistencia del hambre debió garantizar una mayor resistencia de la población indígena a las enfermedades que les eran propias, lo que explicaría por qué no hay ninguna señal de grandes catástrofes de población.

La llegada de los españoles afectó las comunidades indígenas en múltiples formas que no es pertinente analizar ahora. Sin duda alguna, las enfermedades aportadas por los europeos fueron la causa principal de la caída en número de indígenas: la falta de defensas ante las nuevas epidemias causó mortalidades extraordinariamente elevadas, que redujeron en ocasiones la población de una localidad en más de una tercera parte. Estas crisis demográficas, que en el caso europeo anterior a la revolución industrial eran compensadas por cambios en la relación tierra/población, los cuales permitían una pronta recuperación del número de habitantes, tenían una forma muy diferente en el contexto neogranadino: el vacío que dejaban los indígenas era llenado por la expansión de la gran propiedad española, dedicada a una ganadería poco productiva, mientras que razones legales e institucionales confinaban a los indígenas sobrevivientes a reducidas cantidades de tierra. Entre 1595 y 1600, después de dos o tres décadas de epidemias que habían reducido la población a menos del 30% de lo que era antes de 1560, la autoridad española designó como tierras de indígenas ("resguardos") unas zonas que no representaban más del 5% de la tierra que ocupaban antes de la llegada de los españoles[3] . El resto fue distribuido entre la población española que se dedicó esencialmente a la ganadería y requirió, para su escasa agricultura, la cooperación de una población indígena con una dotación de tierras insuficiente, para inducir su disponibilidad como mano de obra. Sólo con la disminución adicional de la población, que corrigió la proporción entre la tierra y los indígenas en las zonas que se les asignaron y probablemente como resultado de un desarrollo de defensas genéticas contra las nuevas enfermedades, logró estabilizarse la población, quizás unas 2 ó 3 generaciones después de la asignación de los resguardos.

Este proceso corre paralelo con la aparición paulatina de un sector de población mestizo. Es como si de algún modo el potencial de crecimiento indígena se canalizara hacia la generación de un grupo de descendientes que no eran plenamente indios. Si en 1650 la población indígena apenas llegaba a los cuatrocientos mil habitantes, y la mestiza no podía superar los veinte mil, 130 años después sólo figuraban ciento cincuenta mil indios al lado de unos trescientos ochenta mil mestizos, sesenta mil esclavos negros y doscientos mil supuestos blancos. La compleja dinámica de este proceso, que fue probablemente el proceso de mestizaje más amplio e integral en la América española, no ha sido estudiada sino en una mínima expresión, a pesar de que existen amplias fuentes documentales para hacerlo. Ni siquiera se ha intentado diseñar un modelo matemático relativamente simple de mestizaje, que permita simular diversos caminos en la evolución de una sociedad indígena a una sociedad mestiza. Los datos existentes permitirán en muchas ocasiones acotar suficientemente las condiciones de este desarrollo, pues es posible realizar estudios sobre localidades en los cuales se siga en detalle el proceso, se determine el número de matrimonios entre castas y se compare la estructura étnica de la población en épocas diferentes. Nadie lo ha intentado, pero creo que es posible realizar reconstrucciones de familia, siguiendo la técnica de Louis Henry, que permitan definir con mejor aproximación algunos parámetros demográficos básicos, como las tasas de natalidad, fertilidad y mortalidad para poblaciones de diferente estructura, indígenas, blancas o mestizas. Y así como se han reconstruido algunas pirámides de población para grupos de indígenas y de esclavos, podría hacerse un intento similar para grupos mestizos y blancos. En todo caso, lo evidente es que a partir del siglo XVIII las únicas poblaciones que crecen realmente son la población mestiza y la población que se denomina blanca, que se incrementa también con la adición de descendientes de mestizos que pueden hacerse pasar por blancos.

No es del caso discutir el impacto de este proceso sobre la conformación cultural del país, pero debe subrayarse su impacto sobre la distribución de la población en el territorio nacional. Para ello será necesario hacer inicialmente una breve indicación de los patrones de ocupación del territorio nacional durante el período colonial. Para seguir la dinámica del proceso de ocupación del territorio nacional hay que partir de una comprobación elemental: la distribución de la población indígena hacia 1560 es prácticamente la misma que revela el censo de 1851: las zonas ocupadas son en esencia las mismas, con algunas excepciones, a pesar de que la población total ya alcanza los dos millones de habitantes. En efecto, para 1810 recuperó el país la población que tenía hacia 1560, y a comienzos del siglo XX Colombia superó el número de indígenas que existía antes de la conquista.

¿Cuál es la distribución de esta población a comienzos del período colonial? Se trata de una sociedad campesina que ocupa ante todo las zonas frías del país, fuera de algunas zonas templadas y valles interiores. Las ciudades españolas nos dibujan un mapa de las zonas de mayor densidad: Santafé, Tunja, Vélez, Pamplona, Pasto, Popayán, y en menor escala Buga, Neiva, Cartagena, Santa Marta y Antioquia. Sí comparamos la situación de 1560 con 1500 advertimos algunos cambios significativos como la disminución muy fuerte de la población de las tierras bajas: el Darién, la Costa Atlántica en su conjunto, el Sinú, el Valle del Cauca y sus afluentes entre Buga y el norte antioqueño quedaron prácticamente despoblados. Serán zonas cuya recuperación demográfica sólo ocurrirá a partir de 1850 cuando comience el desarrollo de la ganadería y la formación de haciendas en las tierras cálidas.

Casi que podría advertirse una especie de simetría en estas dos fases de la curva demográfica: entre 1500 y 1560 cae la población y se despueblan las áreas bajas, configurándose la distribución de la población que, con pocas variantes, perdurará hasta 1850. En las décadas siguientes a esta fecha crece la población justamente por la colonización de nuevos territorios que en buena medida corresponden a los que se abandonaron como consecuencia de la conquista española. La caída de población que tuvo lugar entre 1560 y 1650, por el contrario, afecta fundamentalmente la densidad de las zonas ocupadas, pero no las grandes líneas de la ocupación del territorio. En cambio, el repunte demográfico de 1750 a 1850, aunque se dé en buena parte en las zonas ya ocupadas, donde aumenta la densidad de los pueblos indígenas que se van convirtiendo en pueblos mestizos, si abre algunas áreas pioneras de la colonización: el sur de Antioquia y los diversos valles de Santander y Norte de Santander, principalmente.

Estas anotaciones estaban orientadas a mostrar el impacto del mestizaje sobre el proceso demográfico y colonizador, y particularmente que la recuperación demográfica se dio entre la población definida legalmente como mestiza o blanca, y en esto influyeron razones institucionales. En efecto, tanto la población blanca como la indígena gozaron de la asignación administrativa de tierras por parte de los españoles. Mientras los primeros recibieron grandes globos en las zonas consideradas mejores, en la vecindad de los centros urbanos y en las mejores vegas y llanuras de las tierras altas y templadas, los indígenas recibieron un aporte mezquino e insuficiente. Sin embargo, los lazos comunitarios y las normas legales seguramente contribuyeron a hacer a esta población relativamente sedentaria: el vínculo con la tierra era parte del vínculo cultural de comunidad, y aunque era frecuente el deambular de comerciantes indígenas, su apego a la tierra era probablemente a una tierra específica. A veces fueron desarraigados en forma violenta, o forzados por las circunstancias a trasladarse a tierras de los españoles en forma permanente, pero durante el período colonial, y al menos hasta el despojo de los resguardos en el siglo XIX, el indio vuelve siempre a su solar.

Algo completamente diferente ocurre con los mestizos. Sin tierras asignadas legalmente, se ven obligados a optar entre dos alternativas: copar las tierras de los otros grupos o dirigirse a las zonas más inhóspitas para establecer un pequeño fundo. Ambas formas se dieron en proporciones y áreas que aún esperan estudio. Para el siglo XVIII es evidente, por una parte, que una alta proporción de las tierras de los indígenas ha sido arrendada o cedida a mestizos, probablemente con vínculos de familia con los cedentes, y, por la otra, que las propiedades españolas cuentan con una proporción creciente de agregados y residentes mestizos que consolidan instituciones como la aparcería y las diversas formas de arriendo. Y, al mismo tiempo, se advierte una dinámica colonizadora bastante vigorosa en el oriente colombiano, en particular en Santander y Norte de Santander, Antioquia y Cundinamarca, pero que encuentra seguramente ejemplos en diversos intersticios del territorio nacional. La historia del poblamiento en el siglo XVIII es la historia de la expansión de la frontera, que es también la historia de la expansión del mestizaje. Es fácil advertir los supuestos económicos de esta expansión demográfica, que supera las limitaciones en la dotación de recursos de los indígenas al ampliar el acceso a la tierra. Con ello se desencadena un proceso de refuerzo mutuo entre crecimiento de la población y apertura de nuevas tierras que es en mi opinión el fenómeno más significativo en la historia económica y demográfica del siglo XIX y que, aunque ha perdido algo de vigor y mucho de racionalidad económica, se extiende hasta nuestros días.

El siglo XIX: población y colonización

En efecto, si se miran las cifras globales de población durante el siglo XIX, puede verse que la tasa de crecimiento de población se mantuvo constante alrededor del 1.5%. Por supuesto, fenómenos catastróficos coyunturales afectaban esta tasa, la guerra de independencia, en primer término, y las guerras civiles. Que yo sepa, ningún demógrafo ha intentado analizar detalladamente el impacto de la independencia o de la guerra de los mil días (en la que murió tal vez el 3% de la población nacional, en su mayoría varones jóvenes) y los mecanismos de recuperación posteriores. Pero no hay duda de que la dinámica de crecimiento constante de la población, a la que se entró a comienzos del siglo XVIII (simultáneamente con muchos países europeos), se mantiene por encima de cualquier obstáculo momentáneo. Esto merecería un análisis especial, porque el ingreso a una fase de crecimiento continuo de la población es explicado en Europa por el impacto de la revolución industrial, mientras que en la América Española se da en forma completamente independiente y por causas que no tienen relación con ella. En el caso colombiano, tiene sin duda algo que ver con la muy elevada posibilidad de expansión de la frontera agrícola, con condiciones tropicales de productividad, etc. (lo que inhibe probablemente el desarrollo técnico, que resultó decisivo para superar la situación maltusiana en la Europa del XVIII). Lo que es quizás más extraño es el hecho de que la tasa de crecimiento de la población hubiera sido tan elevada como lo fue. En efecto, en el largo período de 1780 a 1912 la población colombiana crece a una tasa un poco superior a la que tienen las naciones europeas del momento. Si se admite la cifra del 1.5% para todo el período, esto resulta evidente al compararlo con las tasas de crecimiento de Europa.

TASAS DE CRECIMIENTO DE LA POBLACIÓN EN EUROPA DEL SIGLO XIX

 

1800-1850

1850-1900

Rusia

0.71

1.14

Alemania

0.84

0.95

Italia

0.66

0.53

Francia

0.47

0.23

Gran Bretaña

1.90

1.14

Fuente: E. A. Wrigley, Historia y población: Introducción a la Demografía Histórica, (México, 1985), p. 185.

Algunas de estas tasas, sobre todo la de Italia, están afectadas por una elevada emigración, pero en todo caso la tasa de crecimiento natural fue difícilmente superior al 1% anual. En la Nueva Granada, por otra parte, el papel de la inmigración fue en términos generales despreciable.

Probablemente las tasas de natalidad eran muy similares o algo superiores entre nosotros, (la documentación colombiana sugiere tasas de natalidad cercanas al 4%, mientras en la Inglaterra de mediados del siglo eran aproximadamente del 3.5%). Las tasas de mortalidad eran muy similares a las que regían en tiempos normales en Europa, pero sin las bruscas fluctuaciones que provocaban todavía hasta mediados del siglo las dificultades agrícolas europeas. En todo caso, la documentación sobre esto existe pero no ha sido analizada. Algunos datos dispersos a lo largo del siglo me sugieren una tasa de natalidad del 4.0% y una de mortalidad cercana al 2.5%.

Es fácil imaginar la multitud de estudios que podrán hacer los demógrafos a partir de la información disponible para el siglo XIX, que podrán ayudar a responder a las preguntas usuales sobre las determinantes del crecimiento y sus modalidades particulares y regionales. Sabemos, a pesar de que haya quien trate de ponerlo en duda[4], que las tasas de crecimiento natural más altas se dieron en Antioquia, donde se mantuvieron para el período 1843-1912 en el 2.5%. Cifras estadísticas de fines de siglo sugieren un matrimonio más temprano en la región y un número mayor de hijos vivos por madre que en el resto del país. Donde el nacimiento del primer hijo era tan temprano como en Antioquia, lo que ocurría en la Costa Atlántica (y en todo esto entran factores tanto culturales como socioeconómicos), la diferencia para determinar tasas de natalidad (y probablemente tasas brutas de reproducción, pero nadie las ha calculado) más altas, parece radicar en la mayor duración y estabilidad de la unidad familiar en Antioquia. Las condiciones de higiene, salud y alimentación de las zonas de colonización antioqueña (que se deterioraron en alguna medida en los primeros años de conversión de la colonización en empresa cafetera) pueden explicar también algunos diferenciales en la mortalidad en áreas con alta incidencia de malaria o una mortalidad infantil superior[5].

Ahora bien, este crecimiento continuo de la población en el siglo XIX (me parece que las diferencias en las tasas entre los distintos períodos son tan pequeñas que no resultan significativas y pueden atribuirse en buena parte a la calidad de la información)[6] permite la integración espacial del país y la conexión de una sociedad que para finales del siglo XVIII estaba claramente aislada en zonas discontinuas: la colonización antioqueña vuelve a crear un continuo habitado entre Antioquia y Nariño, antes interrumpido por la selva caldense y quindiana, mientras la colonización de las laderas cundinamarquesas vuelve a reocupar el territorio hasta el río Magdalena. Me parece que lo que sabemos sobre las relaciones entre el comportamiento demográfico colombiano y el proceso de colonización, así como sus relaciones en el desarrollo económico, es muy poco. Es evidente que la disponibilidad de tierras fértiles favoreció la conformación temprana de familias y el matrimonio temprano, y que la estructura de la propiedad en las áreas de colonización favoreció la estabilidad de la unión conyugal. El dicho de que cada niño trae su arepa debajo del brazo refleja sin duda alguna cierta percepción de que el trabajo infantil contribuye substancialmente a su mantenimiento, lo que puede haber sido cierto en las zonas cafeteras y de pequeña ganadería. En estas condiciones, el crecimiento de la población no encontraba límites maltusianos muy evidentes, pues iba acompañado por aumentos en el volumen de producción.

Lo que es peor, casi todo lo que sabemos sobre la colonización se refiere a las zonas antioqueñas. La amplia colonización santandereana y del Norte de Santander -una zona particularmente dinámica de la economía durante la segunda mitad del siglo pasado— apenas ha sido estudiada[7], lo mismo que el proceso de reocupación de las llanuras costeñas o la expansión de la población en el valle alto del Cauca. En algunas de estas regiones, la opción económica por la ganadería como forma primordial de ocupación del suelo puede haber estado estrechamente relacionada con una dinámica poblacional menos vigorosa, que a mi ver restringía la oferta de mano de obra. Esto es sugerido por la frecuente demanda de inmigración extranjera que se escuchó en las regiones de la Costa.

La existencia de una densidad de población relativamente alta parece haber estado ligada a la existencia de formas más intensivas de agricultura. Por una parte, las poblaciones antiguas de las áreas indígenas siguieron siendo las principales abastecedoras de alimentos para los centros urbanos, incluso después de que se desencadena el proceso urbanizador a finales del siglo pasado. Por otra, las densidades medias de las zonas de colonización de clima templado permitieron una combinación relativamente eficiente de ganadería, en manos de los hombres más ricos, y de porcicultura y agricultura, capaces de generar excedentes cuando las condiciones de mercado lo hacían conveniente. Esta agricultura era cuestión de pobres, como se dijo explícitamente en muchas ocasiones en el siglo pasado.

Por otra parte, debe señalarse que el "boom" exportador de 1850-1880 parece haber sido bastante independiente de las tendencias demográficas y haberlas afectado en muy escasa medida. En efecto, las principales exportaciones involucraron un volumen muy reducido de trabajadores y cultivadores. El tabaco produjo cierta migración interna entre Boyacá y Cundinamarca hacia Ambalema, pero la quina y el añil eran productos que requerían muy pocos trabajadores. Por otra parte, tampoco la ocupación del suelo estuvo ligada en forma inmediata a las exportaciones pues, con excepción de las de cueros,  éstas se originaban o en explotación primaria de la selva (donde lo que se produjo fue otra oleada de destrucción de las poblaciones aborígenes) o en actividades agrícolas muy intensivas.

La existencia de una amplia frontera es, pues, decisiva durante el siglo XIX. A ella está ligada la creación de un espacio unificado nacional, el desplazamiento de la población de las altiplanicies a las zonas de ladera y a las tierras calientes, la expansión de las ganaderías y de la gran propiedad en las zonas planas, y la creación de un campesinado mediano y pequeño. Es posible que en términos político-sociales, la existencia de la frontera haya servido como "válvula de escape", como lo sostuvo F. Turner para los Estados Unidos, de tensiones sociales. Impidió que el país se orientara hacia una estructura de propiedad con los niveles de concentración de Argentina, Brasil o México, y en las regiones predominó el latifundismo, resultó difícil controlar y explotar en forma demasiado drástica una población muy numerosa. De este modo, y dadas las especializaciones productivas de las diversas formas de producción, la frontera abierta condujo a mantener una economía agrícola diversificada. Esta colonización por su parte, mantuvo las condiciones para un desarrollo de la población relativamente acelerado durante todo el siglo.

Café y vida urbana

El período de 1880 a 1930 está caracterizado en términos demográficos por el aceleramiento de las tasas de crecimiento, que se van elevando paulatinamente hasta acercarse al 2.0% anual[8]. Los historiadores de la población han atribuido esto, muy razonablemente, a la mejora en las condiciones higiénicas que se dio en las localidades urbanas mayores, sobre todo por la aparición de los primeros acueductos y alcantarillados y por una mayor educación higiénica, con el correspondiente impacto sobre las tasas de mortalidad infantil. Además, por primera vez, la medicina puede haber tenido algún impacto positivo sobre el crecimiento de la población, sobre todo por la reducción de la malaria como resultado de amplias campañas apoyadas por la Fundación Rockefeller. Debe subrayarse, pues a veces se olvida lo obvio, que, por primera vez, las condiciones de vida de las ciudades son mejores en términos de esperanza de vida que en el campo, ya que todavía en el siglo anterior eran mucho más reducidas en la ciudad. Pero las ciudades, que empiezan a crecer a un ritmo mayor que el de la población total del país desde fines del siglo XIX, se alimentan no sólo de un crecimiento natural algo mayor que el de las zonas rurales, sino sobre todo de un proceso migratorio que, como todos sabemos, se fue acelerando hasta las décadas recientes.

Las condiciones de aceleración demográfica no han sido estudiadas con mucho detalle por los especialistas. Algunos autores han tratado de calcular las tasas de natalidad y mortalidad, con resultados que me parecen poco convincentes: ¿Cómo hacer compatibles tasas de crecimiento del 2% anual con tasas brutas de mortalidad superiores al 3.5%, como las que calcula Rueda para comienzos del siglo? Sí esto fuera así, habría que pensar en unas tasas de natalidad más elevadas que las que todos los especialistas han querido admitir. Creo también, pero no tengo elementos muy precisos para defender mi percepción, que los estimativos de esperanza de vida al nacer, que la colocan entre 28 y 30 años para la primera década de este siglo, están influidos por el supuesto de unas tasas de mortalidad infantil excesivamente elevadas. Me parece, simultáneamente, que se exagera el ritmo de transformación de los parámetros demográficos en las tres primeras décadas del siglo, cuando la influencia de la medicina y las reformas higiénicas estuvo concentrada en las grandes ciudades, mientras la vida rural seguía casi inmodificada, y abarcaba más del 75% de la población. Lo que sí es indiscutible es que la aceleración en el crecimiento tiene que ver fundamentalmente con la reducción de las tasas de mortalidad, sobre todo la infantil, mientras la fecundidad se mantiene constante hasta mediados de siglo, al menos en la tendencia de largo plazo.

Sin embargo éste no es mi campo de especialidad, y simplemente confío en que los demógrafos dediquen un poco de atención a tratar de establecer con mayor precisión los parámetros fundamentales. Lo que quiero señalar es que el período de 1880 a 1930 ve el comienzo de una gran modificación en la estructura del poblamiento nacional. Por una parte, la pequeña propiedad rural se consolida con la expansión del café, lo que da una gran estabilidad a la población rural: a pesar de la tentación urbana, la población absoluta del campo seguirá aumentando rápidamente hasta la década de 1950, y aunque en forma cada vez menos rápida, crecerá en términos absolutos hasta la década del 70. Por otra, el país inicia su ciclo de urbanización creciente; en menos de 100 años la población urbana pasó del 10% al 70% del total. Este nuevo crecimiento se hará alrededor de los grandes centros urbanos, ligados a las actividades de comercio e industria. La Costa Atlántica, el Valle, Antioquia y Bogotá son las regiones de mayor crecimiento, mientras se estancan los departamentos del oriente, el centro y el sur del país.

Pero, más importante es el hecho de que durante el siglo el crecimiento económico dejó de ser una limitante para el aumento de la población. A pesar del incremento en las tasas de crecimiento, la producción crece a ritmos todavía mayores. Los historiadores debaten acerca de si el período 1850-1880 fue una época de estancamiento en el ingreso per cápita. (Hoy el consenso, que yo comparto, es que fue por el contrario la época de mayor desarrollo en el siglo pasado). Pero es indudable que desde 1905 y hasta la década del 80 el producto per cápita crece permanentemente. Es más bien el rápido crecimiento de población el que puede haberse convertido en un obstáculo para el logro de un desarrollo económico más acelerado, sobre todo porque estuvo acompañado por un rejuvenecimiento muy brusco de la población con la consiguiente modificación de la tasa de dependencia.

Los factores que afectaron el ritmo de crecimiento a partir de 1960 fueron esencialmente culturales, y condujeron a la rápida transición demográfica que ha visto Colombia. La rapidez de esta transición constituye un interesante desafío para los especialistas que casi no tienen tiempo de analizar los cambios cuando ya se han presentado nuevas modificaciones. En todo caso, como historiador, quisiera que el trabajo de los demógrafos fuera dejando análisis periódicos de los sutiles cambios que se dieron en los valores del país, la destrucción del sistema de solidaridades familiares, la transformación en los patrones de conducta de los padres con responsabilidades muy reducidas. Y al mismo tiempo, me gustaría saber mucho más de la forma como está evolucionando la familia, su cambio comparativo en diferentes medios sociales y regionales, el grado de inestabilidad del núcleo familiar en diferentes sitios.

Quizás si tuviéramos información muy fina sobre estructura familiar, madres solteras, familias sin padre, etc., podríamos tratar de establecer algunas correlaciones significativas con fenómenos como la violencia juvenil. No me refiero a los aspectos más obvios, que todos los demógrafos saben que son importantes, pero que quizás por la tranquilidad que ha dejado en el país la desaparición del crecimiento demográfico como un obstáculo o una limitación patente al desarrollo, han dejado de parecer urgentes. Durante años, el Ministerio de Educación dejó de impulsar el crecimiento del sistema escolar, por una convicción prematura de que se había llegado a un punto en el cual la población escolar no iba a crecer más. Mientras tanto, no parece que se hayan tomado en serio las implicaciones del cambio en la pirámide de población y en las expectativas de vida sobre el mercado laboral y los problemas prestacionales que agobiarán inevitablemente muchas instituciones en la próxima década: mientras crece el número de los ancianos, aumentará también el número de colombianos que gozarán de una pensión de jubilación en la cima de su productividad, al mantenerse un patrón legal de jubilaciones que correspondía a una esperanza de vida de hace 30 años. ¿Qué repercusión puede tener esto sobre el desarrollo económico o la distribución del ingreso?

¿El fin de la frontera?

En la escala tan amplia en que esta presentación ha visto el problema de la ocupación del territorio colombiano, una de las preguntas centrales que plantea la dinámica de relaciones entre población y ocupación del espacio tiene que ver con la racionalidad de mantener activos mecanismos que tienden a promover la ampliación de la frontera. Ya no existe en términos globales una población excedente que deba buscar salida en las zonas inhabitadas. La población campesina del país está disminuyendo en números absolutos, y muchas de las actividades agrícolas están orientándose en la dirección de una producción intensiva. La agricultura moderna de exportación (banano, flores, frutas) y la de consumo interno (hortalizas) está en proceso de consolidación, y la expansión de la frontera agrícola parece, a la luz de estas tendencias, una curiosa aberración. Mediante ella, se envían campesinos que todavía comparten la ilusión colonizadora del siglo XIX —las mentalidades cambian muy lentamente, y muchos colombianos creen todavía que encontrarán sustento adecuado en una parcela remota, mientras otros ven todavía en ello la solución de los problemas agrarios del interior del país— a zonas en las que se reemplaza una cubierta selvática rica y variada por una precaria producción campesina que cede rápidamente el paso a la ganadería. Después de 30 años de aplicación de la ley de reforma agraria, la situación de las nuevas zonas de frontera es en muchas regiones del país muy similar, por el grado de concentración de la propiedad y por las tensiones sociales y políticas que resultan de ello, a las zonas de frontera de hace 30 años.

¿No sería razonable pensar ahora que lo que mantuvo en muy buena parte la dinámica de la economía colombiana durante dos siglos, a saber, el proceso colonizador, debe llegar a su fin? ¿No valdría la pena pensar en la conveniencia de adoptar medidas que, en vez de estimular legalmente la destrucción de la selva, la prohíban o reduzcan? El país ha adquirido una conciencia creciente de la importancia de proteger sus recursos naturales, en particular el suelo y la cubierta selvática. Pero, al mismo tiempo, sigue manteniendo una actitud tradicional hacia la colonización. La ley sigue asignando los baldíos como premio a la destrucción de la selva, ofreciendo a quienes tumben bosque tres veces la cantidad desmontada. Amplias áreas del territorio colombiano siguen así sujetas a una ocupación que ya no tiene la racionalidad que justificaba procesos similares hace décadas, cuando hoy quizás hay que ser radical y anunciar a los colombianos que el Estado no titulará más baldíos, a menos que hagan parte de procesos de colonización en zonas previamente definidas para ello. Se haría así coherente otra vez el ordenamiento legal con la nueva realidad, que nos obliga a considerar los costos de destrucción del medio ambiente y el impacto de ella como la amenaza principal a una relación adecuada entre la población y nuestro territorio.

Jorge Orlando Melo

Paipa, Septiembre 23 de 1990.

 

Publicado en Corporación Centro Regional de Población  -CCRP y Centro de Estudios sobre Desarrollo Económico, CEDE, Universidad de los Andes, Población y Desarrollo, Bogotá, s.f.

 

[1] Estos recuentos han sido analizados por Jaime Jaramillo Uribe, Juan Friede, Germán Colmenares y Hermes Tovar. El cálculo mencionado se encuentra en mi libro Historia de Colombia I: el establecimiento de la dominación española. (Bogotá, 1978). Disponible también en “Colombia es un tema: Historia de Colombia

[2] El documento aparece como un anexo a la relación de mando de Messia de la Cerda, pero fue omitido de todas las publicaciones que se han hecho de él. Mi información fue tomada de la copia del British Museum, Colección Egerton.

[3] Este cálculo, basado en los datos de Germán Colmenares, se encuentra en J. O. Melo “¿Cuánta tierra necesita un indio?”, en Sobre historia y política (Bogotá, 1979), disponible también en “Colombia es un tema: Cuanta tierra necesita un indio”

[4] Fabio Zambrano, en una ponencia inédita reciente, sostiene que Boyacá tuvo tasas de crecimiento natural similares a las de Antioquia, pero perdió más población por emigración. Esto es difícilmente sustentable.

[5] Estas cifras las discuto en “Las vicisitudes del modelo liberal”, Historia Económica de Colombia, p. 122, disponible en http://www.lablaa.org/blaavirtual/economia/histecon/histecon5a.htm

[6] José Olinto Rueda sostiene que las tasas de crecimiento de la población en el siglo XIX muestran un “desaliento demográfico” y una “progresiva decadencia demográfica nacional a lo largo del siglo XIX” que contrasta con el elevado ritmo a fines de la colonia. Es probable que durante los periodos de guerra civil aumentara sustancialmente la mortalidad para los grupos de edad militarmente activos, pero no creo que hubiera alterado demasiado la tasa de crecimiento durante períodos largos. Aun así, la tasa más baja que encuentra, la del período 1851-70, es de 1.33% anual, bastante elevada en mi opinión para una sociedad anterior a la revolución industrial y sobre todo a la revolución higiénica. La elevada tasa de crecimiento para 1825-1835 es explicable por la obvia subenumeración del censo de 1825. Ver Rueda “Historia de la población de Colombia: 1880-2000” en Nueva Historia de Colombia, V.,358.

[7] El único trabajo importante es el de David Johnson, Santander Siglo XIX, Cambios socioeconómicos, Bogotá, Valencia Editores, 1984, 309 p.

[8] Las variaciones a corto plazo eran amplias y han permitido encontrar correlaciones divertidas, como las de los gráficos incluidos por Diego Monsalve en Colombia Cafetera (Bogotá, 1929), donde aparece la estrecha relación entre los matrimonios de Antioquia (y el incremento subsiguiente de natalidad) y el precio del café en la bolsa de Nueva York.

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Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización Febrero de 2014
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