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Julio Cesar y la futilidad de la violencia
 

En Julio César, uno de los dramas políticos más vigorosos de Shakespeare, Bruto, el más prestigioso de los romanos, generoso, idealista, sin ambiciones personales, acepta encabezar el atentado contra Julio César, su amigo muy amigo, para defender la república e impedir que triunfen los que quieren convertir a Roma, de la que es aún más amigo, en un imperio. Es una muerte que, como toda violencia revolucionaria, pretende establecer un nuevo orden a partir de un sacrificio fundamental, de un acto simbólico: “Let us be sacrificiers, but not butchers...” La muerte y la violencia son creadoras: la sangre de las víctimas, como dice Decio, “revitalizará” la república.

La ola de los acontecimientos, la corriente confusa de la historia contradirá al revolucionario: la muerte de César desencadena la guerra civil y al final, con el triunfo de Octavio, lleva al imperio. La rueda de la fortuna vuelve al punto de partida, y lo que debía prevenirse se realiza, pero a costa del sacrificio de muchos. Contra ello quizás, como lo advierte Casio, cínico pero agudo, la defensa habría sido llevar la violencia a sus extremos, y destruir a Marco Antonio y a todos sus adversarios. El mal cierto, aceptado para lograr un bien incierto, termina desencadenando un torbellino de nuevos males. La política es incalculable, aunque se apele a arúspices y adivinadores: cada uno lee las advertencias como quiere y es imposible escoger con certeza entre todos los que pronostican el futuro. Los mismos revolucionarios morirán víctima de los acontecimientos desencadenados por su acción: la espada que mató a César será la misma que rompa las entrañas de sus victimarios.

Desde este punto de vista, la obra de Shakespeare puede leerse como una obra de actualidad para Colombia: es un alegato sobre la futilidad de la violencia, sobre el carácter contraproducente de su acción: produce justamente los resultados que desea evitar. Así, en Colombia, la generosa lucha de Camilo Torres buscaba una sociedad más justa y pacífica, y reforzó un proceso de violencia y de retaliaciones que fortaleció los sectores más reaccionarios, estimuló la represión y el exterminio de quienes querían defender a los sectores populares, e impidió la aparición de movimientos políticos exitosos capaces de representar a quienes no se sienten acogidos por los viejos partidos. La opción por la violencia como medio para lograr la justicia, la democracia y la paz, nos ha condenado a perpetuar la injusticia, el autoritarismo y la guerra.

La más grave falla de los intelectuales colombianos es no haber podido mostrar al país lo que Shakespeare revela: que en una república, así sea imperfecta, no es posible buscar metas de paz y democracia usando una herramienta que es por definición contraria a tales objetivos. Al justificar, tolerar o incluso promover la violencia, como respuesta a la injusticia, la pobreza, la desigualdad o la exclusión, han desvalorizado los mecanismos sociales de participación y lucha de los ciudadanos y estimulado una cadena enloquecida de destrucción. Todavía hay quienes creen que hay que mirar con simpatía a los que buscan metas nobles a través del uso de las armas. Pero si tomamos en serio lo que esta historia enseña, no sería absurdo pensar que al transar con quienes se apoyan en el fusil nuevamente se podrían estar sembrando semillas de violencia, aceptando que la fuerza se convierta en base legítima para negociar a nombre de la sociedad, y absolviendo con anticipación a quienes vuelvan a recurrir a ella para buscar correctivo a sus dolencias.

Frente a cualquier pacifismo limitado y pragmático, Shakespeare puede servir para invocar un pacifismo radical y en apariencia ingenuo, que rechace toda forma de violencia, que invite a abandonarla en forma definitiva, unilateral e irreversible como herramienta política, y valorice el diálogo y el respeto a las reglas de juego democrático como única forma de solución de los conflictos inevitables de toda república.

Jorge Orlando Melo
Bogotá, idus de marzo, 2001.

 
 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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