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La izquierda colombiana: una política contradictoria

 

 

Las elecciones recientes, pese a los complejos malabarismos con los que los dirigentes de izquierda tratan de convertirlas en un éxito, dejan perfectamente claro que la oposición no ha logrado ofrecer una alternativa política con la cual se identifiquen los grupos sociales a los que en teoría representan los partidos izquierdistas. Y esto ocurrió a pesar del extraordinario despliegue de energía de los diversos sectores que luchan por el socialismo en Colombia. Por otra parte, el evidente desencanto del pueblo colombiano con los partidos tradicionales y con los grupos de izquierda se extiende igualmente a los grupos más radicales, que aunque predican una abstención siempre predecible no logran tampoco apoyo alguno entre las inmensas masas abstencionistas.

Algunos comentaristas han tratado de identificar las causas de esta situación, todavía más notable en un momento en el que, si hemos de creer a la misma izquierda, el país se encuentra en medio de una profunda crisis estructural, el descontento de las masas con el sistema es amplio, y los, sectores populares se han visto golpeados por el régimen con políticas económicas que reducen los salarios, disminuyen los servicios sociales y benefician sólo a una estrecha oligarquía. Una de las más aducidas causas ha sido el aspecto negativo de la división de las fuerzas socialistas en tres campos.

Sin embargo, es poco probable que un candidato único de una izquierda esencialmente igual a la actual obtenga una acogida popular mucho mayor a la lograda en las elecciones pasadas. Esta esperanza parece basada en suponer que existe un gran número de socialistas que no votan para no agudizar la división o para no favorecer a un grupo contra los demás; este tipo de razonamiento no puede atribuirse más que a determinados sectores intelectuales y de activistas bastante politizados.

Para quien quiere fundamentalmente expresar su oposición al régimen o contribuir a desarrollar las fuerzas de oposición la existencia de varias tendencias le permite incluso escoger entre diversos matices aquel que mejor exprese su propia posición. Más significativo puede ser el hecho de que los grupos de izquierda dan una importancia desproporcionada a la lealtad a centros de poder extra nacionales y aparecen ante cualquier observador desprevenido como dependientes de la URSS, de China o de la cuarta internacional.

Esta vinculación hace que los partidos colombianos gasten buena parte de sus energías políticas en adoptar posiciones acerca de problemas internacionales de escasa relevancia y que las líneas y programas políticos respondan más a la necesidad de mostrar coherencia con la línea política o con la ortodoxia vigente en Moscú, Pekín o París que con los problemas o coyunturas propiamente nacionales. Por otra parte, el hecho de pertenecer a uno de los bloques internacionales del socialismo tiene también efectos negativos en la estructura interna de los partidos, que se ven afectados por las relaciones de fuerza generadas en el exterior. Sólo esto hace explicable que las jerarquías de los partidos de izquierda sean tan estables e inmodificables, pese a los cambios de línea, a los fracasos y errores que a veces se admiten pero que nunca parecen tener responsables. Y la necesidad de mantener la unidad con el país que actúa como centro afecta en forma desproporcionada —como lo muestra la prensa de estos grupos— la posibilidad de debate interno, y ayuda a consolidar esa tendencia a una ortodoxia rígida y más o menos vacía que caracteriza el lenguaje político de la izquierda colombiana.

La ventaja que quizás se tenía en otras épocas, al prestar parte del prestigio de un país socialista a un partido colombiano, es hoy una evidente desventaja, con la pérdida creciente de atractivo de los modelos de sociedad implantados a nombre del socialismo en China o la URSS. Cuando los partidos comunistas más grandes de occidente denuncian el carácter autoritario o represivo de tales regímenes, resulta absurdo que en Colombia los partidos de izquierda, que atacan al sistema político actual del país por su carácter represivo y luchan por el respeto a los derechos individuales violados por el estado colombiano, presenten a los actuales gobiernos socialistas como modelos de respeto a las libertades y a la democracia. Esto, fuera de acentuar la imagen de dominación a fuerzas supranacionales, sólo sirve para plantear serias dudas acerca de la buena fe con que la izquierda defiende la libertad de expresión o la democracia.

Ortodoxia Canónica

La dependencia internacional de los grupos políticos de izquierda aparece confirmada ante el país por el escaso desarrollo de programas que respondan a la situación nacional. Esos programas y líneas están dominados por la fidelidad a una ortodoxia canónica, prácticamente religiosa, que se encuentra en los textos de los grandes autores del socialismo, y por la necesidad de mantener la solidaridad con los centros internacionales del socialismo y con sus respectivas teorías acerca del imperialismo, el papel del tercer mundo, las formas de transición al socialismo en los países atrasados, etc.

Estos programas en su estructura deductiva parten con frecuencia de una "caracterización” de la estructura de la sociedad colombiana que permite determinar el "carácter" de la revolución de acuerdo con modelos teóricos preestablecidos: revolución permanente, de nueva democracia, democrático-burguesa, socialista, etc. Del carácter de la sociedad colombiana se deduce igualmente la estructura de clases del país, y a cada clase se le asigna un papel determinado en el proceso revolucionario y se le atribuye una conducta que se establece "necesariamente" según patrones sociológicos más o menos universales. Con base en este análisis cuyo carácter ahistórico resulta siempre evidente, y que se apoya más bien en una especie de "sociología" marxista que en análisis políticos concretos, se pasa a elaborar el conjunto de reivindicaciones que constituyen el programa político en sentido estricto, y que incluye habitualmente la exigencia de una serie de nacionalizaciones,  la expulsión del imperialismo y un paquete más o menos incoherente de reivindicaciones sindicales,  defensa de las libertades políticas, y medidas que responden a las necesidades de servicios de los sectores populares.

En resumen, estos programas combinan dos niveles de propuestas en una forma que no se hace explícita: por un lado se plantean algunas reivindicaciones inmediatas y por otro se señalan medidas que sólo podrían tomarse después de la toma del poder por parte de las fuerzas socialistas. Estas últimas propuestas corresponden a una perspectiva tan lejana que en el contexto de este análisis, —el de su relación con la actividad electoral— pueden dejarse de lado: nadie puede hacerse ilusiones sobre la capacidad movilizadora de proyectos que se pondrán en ejecución sólo cuando triunfe el socialismo.

El nivel en el cual parece encontrarse una de las mayores debilidades de la izquierda es aquel que corresponde al programa político a corto o mediano plazo, mientras se continúe viviendo dentro de un sistema económico capitalista. Esta debilidad proviene fundamentalmente de la incomodidad con la cual se incorporan reivindicaciones que pueden ser calificadas como "reformistas". Parece temerse que si se logran algunas reformas sustanciales en el sistema político o en las estructuras económicas, el efecto sería debilitar la conciencia política de las masas, embellecer el sistema y aplazar la revolución. Esto parece partir de suponer que las masas ya están decididas a hacer la revolución e implantar el socialismo, no obstante lo cual están sujetas a caer con la mayor facilidad en ilusiones reformistas.

El Miedo al Reformismo

Este temor a proponer reformas hace que la mayoría de las reivindicaciones inmediatas tengan un carácter puramente defensivo. Así, mientras los partidos políticos tradicionales ofrecen algunas soluciones, así sean parciales y defectuosas, a problemas populares o locales, la izquierda tiende a acentuar peticiones ligadas al mantenimiento de las instituciones democrático-liberales, el levantamiento del estado de sitio o la libertad para los presos políticos. Pero los partidos de izquierda, por fuerte que sea su vocación a la pureza, no pueden dejar de lado algunas reivindicaciones que, de cumplirse, mejorarían la situación de los sectores trabajadores del país. Estas peticiones, incluyen por ejemplo la defensa de cambios en la legislación laboral, la legalización del aborto, el reclamo de mejores servicios públicos, la elevación de los salarios, etc.

Pero lo evidente es que por un lado estas reivindicaciones son bastante abstractas y generales, y por otro parecen estar incluidas con mala conciencia, o porque se consideran con toda razón "reformistas" o porque se cree que el sistema ya no puede hacer reformas y por lo tanto se incluyen sólo como consignas electorales, como una concesión al "atraso político de las masas".

Incluso las reivindicaciones democrático-liberales no parecen estar acompañadas de un apoyo real a las libertades que se dice defender sino de una justificación instrumental y oportunista: defendemos la libertad de expresión o de reunión porque nos sirve en este momento para exponer nuestros programas, etc.

Así pues, aunque ciertas posiciones reformistas se incluyen en los programas de izquierda, estos en general siguen descalificando todo conjunto homogéneo relativamente complejo de reformas con el mote de "reformismo" y con el argumento general de que el sistema ya no puede dar más reformas sustanciales (y aquí se aplica otra vez el modelo sociológico de las revoluciones) o de que las reformas adormecerán a las masas (lo que supone, por el contrario, que el sistema puede resolver los problemas básicos de miseria, explotación, ausencia de servicios sociales, deterioro en la calidad de la vida, inseguridad, etc.)

Estos planteamientos limitan extraordinariamente el campo de acción política de la izquierda y dejan la defensa de las reivindicaciones populares en manos de los partidos tradicionales. El MRL, la ANAPO y hasta el reciente movimiento cívico de Cali muestran hasta donde puede ser eficaz un discurso de corte reformista y hasta donde existe un alto grado de "disponibilidad" popular que permite abandonar alineamientos tradicionales en busca de alternativas nuevas. Varios factores explican el éxito relativo de tales movimientos, pero uno de ellos ha sido la capacidad para incorporar en su lenguaje una serie importante de reivindicaciones populares, su disposición a representar parte del contenido de la acción política popular.

La izquierda, cuando acepta incluir en sus programas algunos de estos elementos de origen popular, lo hace tras puntualizar que se trata de desviaciones reformistas y que pedir escuelas, hospitales o alzas reales de salarios antes del socialismo revela una mentalidad pequeño burguesa y un abandono del pensamiento proletario, o que la petición es absurda porque ya todos sabemos que el sistema no puede concederles tales cosas.

La misma mentalidad y casi que podría decirse que la misma predilección implícita por el fracaso se reveló en la actitud hacia las elecciones, en las que la izquierda invitó a su supuesto electorado a votar después de mostrarle de diversas maneras que votar no servía para nada y que si participaba en las elecciones era simplemente porque estas daban la oportunidad de "denunciar" el sistema y de hacer propaganda política, como si esta denuncia no pudiera hacerse sin inscribir listas y hacer tan ingentes esfuerzos para ganar una curul de concejal.

Visión Elitista

A la dependencia internacional y a la debilidad de los programas de corto plazo, que son los que tienen relevancia dentro de un proceso electoral, se añaden los efectos de un tipo de organización que responde muy poco a la situación nacional y al tipo de movilización de masas 'del que las elecciones son apenas un caso.

Partidos con una estructura rígida, cuyos matices y debates internos se ocultan cuidadosamente al país, cuyos mecanismos de selección de dirigentes apenas sospechan quienes no militan en ellos, pueden resultar adecuados en coyunturas en las que, como en la Rusia de comienzos del siglo, tienen gran peso exigencias cuasimilitares, pero resultan poco aptos para impulsar y conducir un proceso de participación política creciente de amplias masas populares, para articular en un solo proyecto nacional propuestas de grupos sociales diferentes e incluso de diversos grupos regionales. Aunque no sea el momento de desarrollar este tema, la estructura actual de los partidos de izquierda refuerza su sectarismo, su desvinculación con el país, su falta de imaginación y capacidad para el debate. En particular, refuérza la peculiar visión elitista que se hacen los izquierdistas del proceso político, que lleva a que grupos pequeños de activistas o militares encarnen una verdad superior a la que se expresa en la práctica política efectiva de los sectores populares. El partido, compuesto en gran parte por gentes de origen pequeño burgués, acaba siempre teniendo razón contra las masas, y cuando estas muestran con su tendencia al compromiso, al realismo, a los logros inmediatos, caracteres de esos que se consideran "pequeños burgueses", el partido de izquierda puede seguir solo, marchando con decisión hacia la revolución socialista, sin necesidad de mirar un instante siquiera a las masas atrasadas.

 La participación en las elecciones, así como en otras formas de movilización popular abierta, tiene consecuencias que es preciso admitir. Y la posibilidad de que esa participación tenga alguna eficacia política se encuentra muy reducida por los aspectos incongruentes y contradictorios de la práctica de la izquierda que este artículo ha tratado de señalar. Una amplia discusión sobre el problema del carácter nacional de las organizaciones de izquierda, sobre la necesidad de elaborar un proyecto global de reformas al sistema y sobre las formas de organización de los partidos de izquierda podría contribuir a que quienes proponen una alternativa socialista encuentren un contacto real con el país, en particular con los sectores sin poder —campesinos, obreros, clases medias— sin cuyo apoyo consciente los grupos de izquierda, tan dados a la teoría, están condenados a tener una existencia puramente teórica.

Jorge Orlando Melo

Marzo, 1978

Publicado en Alternativa, No 157 (Bogotá, abril de 1978) con el título “La crisis de una política”.

 
 

 

 

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