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Libros, Televisores y computadores: viejas y nuevas tecnologías de la lectura
 

1. La experiencia de la lectura tradicional

Desde hace algunas décadas los observadores del mundo del libro sospechan que algo peligroso puede estar ocurriendo. La invasión de las imágenes en los impresos, la televisión y recientemente en la pantalla del computador parece amenazar el dominio de la palabra como núcleo de la comunicación humana. Nuestros niños pasan horas y horas frente a la televisión o el juego de computador o navegando en Internet, y pueden perder todo interés por el libro y la lectura. Nuestros adultos se enteran de lo que pasa en el mundo en la radio y la televisión y pronto buscarán la información que requieren a través de las redes de Internet. La lectura de placer está desapareciendo porque cada vez menos personas adquieren el placer de la lectura, y la lectura pragmática, la que busca información, noticias, como arreglar un aparato o a donde pasar las vacaciones, es cada vez menos necesaria. Mientras un iletrado de hace100 años tenía un mundo necesariamente limitado a su comarca inmediata, hoy es posible concebir una persona que prácticamente nunca lee y que a través del radio y la televisión conoce todo lo que pasa en el mundo, tanto en el terreno de la información de actualidad como en el mismo campo de la cultura. Colombia intentó la paradoja máxima cuando promovió el aprendizaje campesino de la lectura por radio y correspondencia: el experimento no generó probablemente muchos nuevos lectores, pero creo un campesinado bastante informado.

Una breve mirada al pasado puede ser útil para colocar este tema en un contexto adecuado. Lo primero que debe señalarse es que el tiempo de la lectura, en la larga historia del hombre, es un breve intervalo, un segundo apenas en el reloj de la evolución. De los dos o tres millones de años que hace que el homo sapiens vive sobre la tierra, apenas ha existido la tecnología de la lectura durante 5 o 6000 años. Y de estos 6000 años, apenas durante 150, en unos pocos países, la mayoría de la gente ha sabido leer. Durante casi toda de su historia, el texto escrito ha sido un objeto sagrado o esotérico, al alcance de una pequeña minoría de sacerdotes, funcionarios y especialistas. Así ocurrió durante toda la antigüedad, hasta que los griegos crearon la idea -simbolizada en la historia de Diógenes Laercio de que Anaximandro, en vez de entregar su libro a los sacerdotes de Delfos, lo depósito en el ágora- de que el libro (es decir, el rollo o volumen de pergamino) podía ser leído por todos los ciudadanos y que a través de él la ciudad, la polis, podía avanzar hacia el conocimiento de la naturaleza, de la sociedad y de los principios últimos del cosmos.

Si en algo la cultura moderna es heredera de la cultura griega es en esta asociación del libro con el conocimiento y con la cultura. Y la aparición de un medio alternativo de transmisión de la tradición a la voz, a la oralidad, tuvo implicaciones de un radicalismo casi imposible de captar. Un texto podía transmitirse con exactitud, sin deformaciones, a través de las distancias y los tiempos. Ya no era necesario aprender de memoria mitos, fábulas religiosas y poemas, para garantizar su permanencia y su intangibilidad. [La necesidad de aprender de memoria, por lo demás, reapareció dramáticamente en nuestro siglo con las dictaduras para las que el texto escrito era un instrumento posible de subversión.[1]

Cambiar y discutir el texto del pasado era una nueva posibilidad: el cambio y la acumulación de saber se hizo más fácil justamente porque era posible fijar el texto antiguo, añadirle ideas y comentarios sin modificarlo. El ritmo de cambio técnico y cultural podía acelerarse radicalmente con el surgimiento del libro, con la posibilidad de transmitir un saber en forma de texto -la geometría, la filosofía, la poesía- de manera rápida y amplia, con la posibilidad de que el maestro tuviera discípulos en todos los sitios y todos los lugares: en vez de los pocos oyentes directos de Socrates, la filosofía estaba al alcance de todos los lectores posibles de Platón o Aristóteles. La Biblioteca- de la cual fue ejemplo supremo la de la Alejandría- aparece como el lugar de reunión del saber humano, como el sitio en el cual las voces sabias del pasado están al alcance de los oyentes del presente.

En Roma el libro y la lectura sufrieron una transformación tecnológica importante: el rollo o volumen de pergamino o papiro fue dando paso al conjunto de hojas de papel, al cuadernillo o códice, a pesar de que otros medios de lectura se mantuvieron o imaginaron, como el mencionado por Ovidio, que ofrece un inesperado soporte para la escritura:

            “Está de acuerdo con la ley y la moral que una mujer decente tema a su esposo y la rodee una guardia estricta...Pero aunque haya tantos guardianes como ojos tiene Argos, uno siempre puede engañarlos si se empeña en ello. Por ejemplo, puede alguien impedir que la sirviente y cómplice lleve sus mensajes en su corpiño o entre su pie y la sandalia? Supongamos que el guardián adivina todos estos trucos. Que entonces la confidente ofrezca su espalda en vez de las tabletas y que su cuerpo se convierta en carta viviente”. Ars Amatoria II 613. Uno puede imaginarse el placer de recibir ciertas cartas…

 Pero la importancia del paso del libro al rollo tiene que ver con la posibilidad de que un cambio puramente técnico haya modificado las formas de leer y la relación del lector con el texto: el rollo obliga a una lectura lineal, como para leer una proclama o entregar un mensaje. El libro, con sus páginas, permite volver atrás, comparar un párrafo con otro, encontrar relaciones. Y sus márgenes permiten hacer anotaciones: las notas marginales, en las que el autor o el lector inician un diálogo -¿interactivo? -con otros lectores. Y el texto se fragmenta en unidades menores, en capítulos o parágrafos.

Al margen, vale la pena señalar que los primeros procesadores de palabras adoptaron, hace 15 o 20 años, la metáfora antigua de una ventana en la que se ve una especie de rollo que se desplaza en sentido vertical, y no la de la página del libro moderno que voltea: esta metáfora sigue vigente, en parte por una inercia desafortunada -al menos para quienes aprendimos a leer en libros y no en computadores- y en parte porque su alternativa requiere pantallas mejores que las que todavía son usuales.

La edad media vió otra vez el confinamiento del libro al lugar sagrado y su tratamiento como un objeto casi religioso. En los monasterios medioevales, los monjes copiaban a mano ejemplares únicos de libros de la antigüedad o de comentarios de sus maestros contemporáneos. El libro recibía una gran valoración, pero pocos tenías acceso a él. En las salas de lectura los pocos eruditos leían de pies libros de gran tamaño, de los que sólo existían unas pocas copias en todo occidente, muchas veces encadenados a los muebles o paredes de la biblioteca. El surgimiento de la universidad y el desarrollo del comercio comienzan a romper el confinamiento del libro al convento: de los libros se hacen copian múltiples y aparecen con mayor frecuencia en las casas de los nobles o los comerciantes. Y la lectura sale del monasterio o la sala escolar, a la casa e incluso a sitios inesperados: Petrarca se preciaba de que leía o ponía a alguien a leerle “cuando me están afeitando, cuando me cortan el pelo o cuando monto a caballo o cuando me alimento”.

La lectura era todavía asunto de pocos. Era la lectura del estudioso, del clérigo, que estudiaba algunos textos con autoridad. En este ambiente se generalizó, para complementar la lectura en voz alta, lo que hoy nos parece casi espontáneo: la lectura silenciosa, apenas moviendo los labios o finalmente realizada sólo con los ojos y el espíritu. Pero coexistía con ella la lectura en voz alta del mensaje a un grupo de nobles iletrados, de un libro de horas, de un texto literario en los idiomas nacionales en formación.

La gran revolución, y al insistir en esto me separo de la visión de muchos de los historiadores actuales, residió en el surgimiento de la imprenta. Yo creo todavía en el saber convencional: la imprenta transformó la cultura al permitir la multiplicación del libro, pasar de unos pocos ejemplares a centenares o, excepcionalmente, a miles de ellos, ampliar el público a una república de las letras que incluía, para fines del siglo XVI, centenares de miles de participantes en Europa e incluso en América. Hasta las elegidas de Dios se dedican a la lectura, como puede comprobarlo quien de una mirada a esa serie de pinturas de Zurbarán en San Fernando de Sevilla que uno esta tentado a llamar las “santas lectoras”: todas tienen su libro en la mano, Abrió también el camino al escritor profesional, dependiente del público y del editor más bien que de la institución y del patronazgo, que sobrevive hoy ante todo en las universidades.

 Esta invención de la imprenta permitió el desarrollo de la critica de textos, al aumentar la disponibilidad de los escritos. “Las múltiples copias de un texto lo preservan al dispersarlo. Al no tener que preocuparse ante todo por la preservación de un frágil manuscrito que se deteriora con su frecuente uso, los estudiosos que trabajaban con libros reformularon su papel cultural, que dejo de ser el de guardianes pasivos del texto para requerir una actitud más crítica hacia este.”[2]) Estuvo también acompañado este proceso por el desarrollo de formas más complejas de comentario al texto: ediciones en varias columnas, para permitir la comparación entre diferentes versiones o lenguas, llamadas y referencias internas, mejores mecanismos de numeración y determinación de un trozo de texto. (Y en esto, la forma adoptada por los editores de la Biblia de numerar por capítulo y versículo, u otros procedimientos descriptivos similares, por ser independiente del soporte, es sin duda más eficiente que la simple paginación, que se modifica al cambiar los formatos: tema para diseñadores de procesadores de palabra.

Sin embargo, tercera advertencia, era también un público reducido. La mayoría no sabía leer ni escribir, y esto no era algo necesario para la vida, así cada día fuera más útil. Robert Darnton nos da una idea indirecta del tamaño real del público lector cuando refiere como la Sociedad Tipográfica de Neuchatel hizo una “inmensa” edición de el Discurso sobre la Enciclopedia de Voltaire: 3000 ejemplares. La cultura escrita se va separando de la cultura oral, pero todavía la republica de las letras es muy cercana a la republica de la palabra hablada, y sobre todo es muy pequeña: [Todo esto tiene consecuencias importantes para la historia de la llamada cultura popular, que es esencialmente una cultura oral, hasta que el texto, que llega de otras capas sociales, comienza a modificarla, con las bibliotecas azules, etc]. En muchos sitios, la lectura es la recitación de un texto casi único ya conocido. La Imitación de Cristo, el texto biblico en los países protestantes, dan pie para una lectura en la que el lector probablemente memoriza el texto, y la letra es en buena parte una ayuda de memoria. No se lee para buscar cosas nuevas en esta lectura popular.

Pero pronto se advierte la importancia del nuevo medio para la sociedad. En los países protestantes surge la idea de que todas las personas deben saber leer y escribir. La idea, claramente moderna, es a la vez tradicional: hay que saber leer para acercarse al único texto, la Biblia. En Suecia, desde el siglo XVII surge el ideal del alfabetismo universal, que se extiende en el siglo XVIII a Estados Unidos, Inglaterra, Francia y que para comienzos del siglo XIX es admitido en los piases del centro. Raymond Williams ha señalado el carácter revolucionario -tan importante como la revolución industrial o la revolución política del siglo XVIII- del proceso social que llevó a la generalización del alfabetismo. (The Long Revolution)

 Para algunos historiadores, la transición del XVIII al XIX es muy significativa en la historia de las formas de la lectura. Rolf Engelsing propuso la teoría de una revolución de la lectura al fin del siglo XVIII: antes los lectores leían pocos textos -la biblia, la imitación de cristo, una novela favorita intensivamente, muchas veces. A partir de entonces los lectores leen extensivamente, muchísimos textos distintos, releyendo menos. El texto dejo de ser sagrado, el mundo se lleno de texto, y mucho texto descartable, como los periódicos.

No me convence el argumento: ya antes hubo lectores omnívoros y dispersos, y luego persistieron y fueron incluso más las lectores intensivos y cuidadosos, como lo prueba la lectura de cualquier conjunto de biografías literarias del siglo XIX o XX. Lo que cambio fue la cantidad de textos y el número de usuarios -y es posible que haya crecido en mayor proporción el volumen de usuarios livianos- , y con ello el peso de la letra en la sociedad: a partir de esa época se va consolidando una sociedad que es en Europa, un mundo del texto, de lo escrito, y en el que el sistema escolar está organizado para preparar a todos para que puedan leer. Ediciones baratas (por los nuevos papeles y las nuevas máquinas tipográficas), formatos más transportables -para leer a caballo, o en el tren, o en bicicleta, según sugiere Gabriel Zaid, o en el baño, único siento donde según Henry Miller podía extraer “el pleno aroma del contenido de Ulises” - clubes de lectura, bibliotecas públicas, con préstamo o alquiler, son algunas de las instituciones que apoyaron la parte extensiva de esta transformación, mientras que las grandes bibliotecas nacionales, las universidades y una serie de enloquecidos coleccionistas privados refuerzan el prestigio del libro y su papel como depósito del saber del mundo.

 La lectura se vuelve importante incluso para quienes no saben leer: la lectura en voz alta permite a los analfabetas escuchar una novela o una lectura edificante, y mantiene una forma de sociabilidad de grupo a la que es ajena en general la lectura, acto cada vez más individual y privado. Los ejemplos europeos son numerosos, pero en Colombia basta recordar los testimonios recogidos por Malcolm Deas sobre la lectura de periódicos políticos en los sitios más remotos del país, o el hábito de leer los clásicos de la literatura en las noches, a la luz de una vela, que parecen haber tenido las madres, que probablemente enceguecieron pronto, de casi todos nuestros escritores, o las lecturas de buenas novelas en los comedores de los internados de hombres y mujeres. En Medellín, durante mi infancia, la radio trasmitía cuotidianamente las novelas españolas que leía, con voz impostada, Luis Pareja Ruiz. La lectura para el analfabeta probablemente ayuda a explicar aún hoy la fascinación que se dice tan colombiana por la radio y por los festivales de poesía y sin duda está detrás de las convenciones retóricas de buena parte de nuestra literatura: los cuentos de Carrasquilla, por ejemplo, me parecen casi siempre escritos más que para ser leídos, para que alguien los lea. Pero me estoy saliendo del tema.

El Libro Amenazado? La Imagen y el Computador

 

  Ahora bien, después de 150 años de dominio del texto escrito, y cuando el libro y la lectura, fuera de una élite reducida, apenas alcanzaba a llegar a nuestras sociedades periféricas -recordemos que todavía a fines del siglo pasado probablemente menos del 20 % de los adultos podían leer, que Colombia en 1964 todavía la mayoría de la población era analfabeta y que todavía hoy el consumo de libros es marginal, -libro y lectura parecen estar amenazados. El mundo de las imágenes, el universo de las telecomunicaciones, sobre todo la televisión, los sistemas de multimedia y el computador conforman los virus que presuntamente debilitan o incluso amenazan de muerte al libro y la lectura.

 Las discusiones sobre este tema, tanto entre quienes se apegan a los gustos del pasado y lamentan la proliferación de la imagen y la pantalla como entre los que se alegran de ella, parten usualmente de visiones poco precisas y delimitadas del problema, quizás excusables en los defensores de cierto postmodernismo que hace de presuntas formas de confusión valiosos medios de aprehensión más rica de la realidad.

Y en el caso colombiano, parten del equivoco de creer que alguna vez aquí el libro tuvo un papel central en la cultura, que alguna vez salimos del dominio de la cultura oral.

1. La imagen: El desarrollo del libro estuvo acompañado por una transformación en el mundo de la imagen plástica de la realidad. Antes del libro existía, para casi todos los hombres de fines de la edad media, la imagen. Y la imprenta no hizo sino incrementar la disponibilidad de xilografías y otras formas de reproducción de la representación plástica de la realidad. No era una competencia al libro: era su complemento, y muchos libros, siguiendo la tradición del manuscrito iluminado, la incorporaban en su composición. Para los niños, el libro con imágenes era ya importante en el siglo pasado: ¿no se queda Alicia dormida justamente porque no puede ver el atractivo de un libro sin imágenes?

2.   Los medios de comunicación audiovisuales.

La Televisión y las Telecomunicaciones

El debate sobre el impacto de la televisión y en general de la invasión de la imagen en los medios de comunicación es amplio, pero sólo en forma muy indirecta o tenue se refiere al problema de la lectura. Basicamente son las tres líneas de argumentación sobre las cuales se mueve la discusión: a) el predominio de la imagen sobre el texto introduce nuevas formas de visión de la realidad, nuevas formas de pensamiento, una lógica mental diferente, una sintaxis que fragmenta el mensaje: el espectador es diferente al lector, más pasivo, más interesado por el espectáculo que por la realidad, más indiferente a la verdad del mensaje, más interesado en la capacidad de que una imagen lo sacuda que en el seguimiento de su contexto, en resumen, menos crítico. b) la televisión es un medio que arrastra la atención del espectador y consume su tiempo. El niño deja de leer -e incluso deja de aprender a leer- por pasar las horas hipnóticamente pegado a la pantalla, mientras que el adulto reemplaza la lectura por la pantalla y el parlante como fuente de información y entretenimiento y c) la televisión, al fragmentar el discurso, se presta para la manipulación de la opinión pública y su subordinación relativamente pasiva a los intereses de grandes corporaciones o de otras instancias de poder político.

 Las tres afirmaciones son, creo, verdaderas, y sin embargo me parece que están lejos de aclarar el problema del destino y el futuro del libro. En efecto, se refieren en general a fenómenos externos al libro, al cual afectan ante todo como competencia por la distribución del tiempo. Esta competencia tendría gravedad sobre todo si pudiera comprobarse que se está dando una disminución en la habilidad simplemente lectora de los individuos: el niño que según el estereotipo crítico no ve sino televisión deja de aprender a leer, tranquila y dulcemente. Pero el mayor tiempo dedicado a la televisión no ha conducido en los países lectores a una disminución significativa y consistente en el consumo de libros o en la visita a bibliotecas. Es difícil establecer las relaciones que se dan entre algunos fenómenos del mundo del libro y el auge de la televisión, aunque lo más lógico es atribuir los coincidencia de hechos en los dos campos -por ejemplo la tendencia a crear un género de libros en los que la imagen es predominante, a buscar formas de composición cercanas a las de las gráficas publicitarias- a un tercer conjunto de fenómenos, que es el de las tendencias centrales de la cultura a promover la subordinación del tiempo libre al consumo de productos masivos de la industria cultural y a la exaltación de una cultura en la que el espectáculo es la forma social dominante de entretenimiento.

            Es posible que en el futuro nuevos desarrollos tecnológicos refuercen la capacidad de atracción y seducción de la televisión, en la medida en que es previsible un mejoramiento muy fuerte de su calidad, al recodificar la información visual en forma digital y mejorar la capacidad de las pantallas. Sin embargo, es muy probable que ya se haya alcanzado un punto de saturación en la mayoría de los usuarios, y que este punto de saturación genere el hastío ante un medio que trata de mantener pegadas a las personas a la pantalla mediante la habituación a narraciones perfectamente previsibles y convencionales, que quizás llegarán a ser aburridoramente descodificables por espectadores que han nacido con el televisor prendido. El zapping, con su agitación casi nerviosa, no hace otra cosa que revelar el renacimiento del hastío en quienes han substituido la lectura -u otras formas de contacto humano, como la conversación o el deporte- por el uso del control remoto convertido en expresión artística.

 No puede olvidarse, en todo caso, que la televisión y los medios de comunicación afines no pueden prescindir usualmente del texto: un noticiero de televisión puede escucharse, eliminando la imagen, en forma casi igual a un noticiero radial, sin perder realmente información significativa: apenas se omiten la cara sobremaquillada de una presentadora, o unas imágenes que añaden emoción pero no información, Por el contrario, si se apaga el sonido no es comprensible el relato del noticiero.

 En cuanto distribuidor de información, el televisor afecta la lectura del periódico, pero no la del libro o la revista, que se dirigen a intereses muy diferentes del que busca simplemente los titulares del día.

 Por supuesto, la televisión tiene ventajas. Hace unas pocas semanas salió en El Tiempo un artículo patéticamente cómico sobre ellas. Un presidente de una asociación psicoanalítica decía que no había que preocuparse por la violencia o el contenido idiota: según el, si uno tiene unos padres perfectos, comprensivos, que se amen y lo amen a uno, todo está bien y la televisión no puedo dañarlo a uno ni hacerlo más violento. Uno se pregunta si se le ha pasado por la cabeza que pocas personas tienen esos padres, o que si uno los tiene, no estaría mejor si en vez de desperdiciar la vida con basura la utiliza en otra cosa. Estudios muy serios, de esos anónimos que llenan la prosa de los reporteros, indicaban en el mismo periódico la gran utilidad de la televisión para que los niños aprendan a conectar aparatos eléctricos. Por supuesto, es cierto que la TV estimula: los niños que la ven, frente a los que no la tienen, adquieren un vocabulario más amplio (“manos arriba”, “hay un fiambre en ese lote”, etc.: todo el que oiga jugar a unos niños tiene que aceptar el positivo impacto sobre el lenguaje que tiene la televisión).

3.   El computador y sus derivados.

 

 El Computador

La amenaza del computador es en cierto sentido la más paradójica: es posible que el computador amenace al libro, pero simultáneamente revaloriza el texto y la lectura. Como lo señaló Eco, “no se puede aprender a usar una computadora si no se sabe utilizar un libro...La computadora es el reino del escrito, el reino de la civilización del alfabeto”.

 Tratemos de pensar rápidamente que pasa con la lectura al generalizarse el computador. Me concentraré en la lectura literaria o discursiva, que es la que usualmente preocupa a los que se sienten amenazados por el computador.

1. El computador funciona simplemente como un nuevo soporte material para el texto tradicional, en las mismas formas convencionales que conocemos. El libro se convierte en una lamina plástica llena de chips en la que yo puedo llevarme miles de libros y leerlos como he leído siempre. Tengo mas acceso a textos, mucho más baratos, puedo cargar toda mi biblioteca en el bolsillo, (ya no comprará uno libros de bolsillo sino bibliotecas de bolsillo), incluso podré tener únicamente la biblioteca especifica mía, la que me gusta leer. Yo creo que esto ocurrirá pronto, y que el lector de hoy trasplantado 50 anos adelante no tendrá grandes dificultades ni cambios para esto. Pueden introducirse algunas cualificaciones a la afirmación del carácter convencional del texto, pero no son importantes. Los libros podrían estar mejor ilustrados, (incluso con videos o, para los libros científicos, con simulaciones y experimentos) sus índices serán mejores, y hasta puedo escuchar la voz del escritor: puede que a veces quiera oir a León de Greiff o a Dylan Thomas, en su propia voz o en la de un actor como Richard Burton, pero las gráficas y el sonido no representan una ruptura en ningún sentido, con el modelo de libro de en papel, y no es de esperar que la forma de leer al poeta o al novelista cambie mucho por la tecnología. No creo, pese a los esfuerzos de muchos historiadores de la lectura por encontrar diferencias fuertes, en que la respuesta del oyente griego a la Iliada sea muy diferente, en razón de la tecnología, a la del lector del siglo XIX con su edición ilustrada o la del que hoy lee el texto en una edición en CD-ROM: las diferencias, que son muchas, provienen del contexto cultural, de las experiencias previas con las cuales leemos el texto, y no de la forma técnica. En este caso, el computador será un poderoso estímulo para la lectura, al mejorar la disponibilidad y el acceso al texto literario, histórico o científico.

2. El segundo uso del computador es su función como fuente de información. Conectada (a través de un medio electromagnético o de un cable óptico) con otros computadores, el equipo personal nos dará la información que necesitemos, en forma abrumadoramente completa. Los artículos sobre un tema, las tasas de cambio, la lista de películas de una artista, todos los compuestos del carbono, todos los hoteles de Botswana, el mapa de la carretera, las escuelas con televisor del departamento del Caqueta, lo que a uno se le ocurra. En esta función, no solo el computador tenderá a desplazar el libro, sino que el producto se organizará en forma muy diferente: en vez de listas, que es lo que se publica en libros, estaremos frente a bases de datos con posibilidades de búsqueda ágiles y variadas. Ea información, por lo demás, estará personalizada y disponible en la forma que deseemos: mi computador puede recoger, sin que yo esté atento a ello, las diversas actualizaciones que me interesan y guardarlas para cuando yo decida consultarlas.

3. El  tercera uso del computador es la configuracion de un nuevo genero de conmunicacion múltiple, orientado esencialmente al placer o al entretenimiento. Conectado a diversos depósitos de información, producirá espectáculos que combinen texto, sonido, imagen, olor, gusto y tacto. Este proceso es similar al de la televisión, y afecta al libro y la lectura sólo en la medida en que compite por el tiempo de la gente: probablemente substituirá más bien tiempo de otros tipos de entretención con los que compite en forma más obvia, como los juegos de computador o la televisión misma.

Los dos primeros usos simplemente, lo repito, refuerzan la lectura y el uso del texto. Pero vale la pena detenerse un poco más en las perspectivas derivadas de la aplicación del computador al texto, literario, filosófico o en general discursivo.

 

1. Los computadores amplían la disponibilidad de los libros. En un computador de los que se venden hoy caben, en su disco duro, 1500 o 2000 libros. En un CD caben 600 o 700 libros. El cambio de la tecnología es muy rápido: en un libro publicado en 1993 se señalaban las desventajas del computador: "los libros electrónicos necesitan un computador para ser leídos, el sistema cuesta mas que un libro individual, es vulnerable al daño y el sabotaje, tiene una movilidad limitada y puede permitir a quienes controlar las redes monitorear o censurar su uso” [el libro físico puede ser destruido o quemado, también se daña, humedece o pierde o se lo roban los amigos, y por supuesto su censura ha existido]. Pero hoy una pequeña biblioteca de 1000 libros puede costar 15000 millones de pesos: un computador y 1000 libros en dos CD-ROM valen 2 millones de pesos. El computador para leerlos puede pesar menos que un directorio telefónico. En cuatro o cinco años, el computador de bolsillo podrá tener esos miles de libros. Las bibliotecas son muy caras: La nueva biblioteca de Francia costo 1 billón 500.000 millones de pesos para ser construida y guardará 20.000.000 de libros: el costo del edificio para guardar es mas o menos de 100.000 pesos por libro. El costo anual de manejar el asunto es de 300.000 millones o sea 15000 pesos por libro. La tecnología del libro es costosa. Pero mucho más barata que la del manuscrito medioeval: condujo a libros en las casas, y bibliotecas para las grandes colecciones y los libros que iban saliendo de impresión: la memoria del pasado.[3]

2. El computador permite el acceso a todas las bibliotecas del mundo, incluyendo decenas de miles de libros completos, que aumentan aceleradamente: la Biblioteca nacional de francia espera tener pronto digitalizados 300000 títulos.[4] Muchos libros que solo podian encontrarse en bibliotecas nacionales de difícil acceso: casi todos los grandes libros fuera de edición, empiezan a colocarse en las bibliotecas electrónicas. Una razón es que no están sujetos a las restricciones del copyright.

3.   El lector académico tiene grandes ventajas. Puede construir y guardar en su disco todos los libros de lo que considera su biblioteca básica. Puede leerlos aprovechando nuevas posibilidades de lectura, búsqueda, ordenación y relación. Toda lectura tradicional implicaba anotar y marcar el texto para recordar: una señal de aprobación, un subrayado de formas típicas del autor o de frases notables, una glosa, una corrección de una errata tipográfica o de un error de hecho, un comentario. O una anotación en un cuaderno de notas o una ficha para anotar un comentario, sugerir una relación con otro texto, definir e indizar el tema, resumir una estructura del texto, dejar prevista una reflectora. La lectura en el computador permite hacer esto en forma mucho mas eficiente. ¿Me sugiere una frase de otro texto? Puedo llamarlo inmediatamente y verificarlo con una búsqueda. Puedo hacer las notas sobre el texto del libro y luego recuperar esas notas mediante toda clase de búsquedas. Puedo agrupar todas las notas que aluden a una idea. Y si entre lo que uno ha definido como su biblioteca básica, sus dos o tres libros, no logra verificar la relación, puede encontrar las relaciones con otros textos fuera, en las grandes bases de datos. El remplazo del acceso puramente lineal por el acceso a un sitio preciso (random), que también se da en otras tecnologías: el CD frente a la casette. En el fondo es una lectura mas activa. Un texto puede estar acompañado de traducciones, de su original.[5]

4. El texto puede estar ligado a otros elementos no tradicionales. Si soy un experto en Silva, puedo tener los textos con las lecturas grabadas, todas las fotos sobre Silva, las diferentes ediciones. Mucha de la rutina la puede hacer el aparato: verificar si hay diferencias entre una y otra edición, si hay erratas. El texto puede estar marcado, o porque ya alguien ha establecido relaciones, o porque uno mismo va estableciendo las marcas. El usuario de Internet puede visualizar como es esto. El texto puede tener relaciones fijadas: toda mención de un autor puede permitir verificar los datos de ese autor, su bibliografía; un artículo citado puede llevar al texto del artículo, por si deseo verificarlo. Pero sobre todo, yo puedo establecerlas. Quizas más interesantes que las relaciones externas son las internas: un véase frecuente en el que establezco la relación entre un elemento del texto y otro, por razones que dependen de mis intereses de lectura: puedo estar tratando de definir los tipos de personajes de una novela, y relacionar entre si y verlas juntas, todas las instancias en las que un personaje revela una actitud machista, por ejemplo. Nada de esto es distinto a lo que existía en la lectura académica tradicional: es simplemente mas fácil, más rápido y menos sujeto a errores por omisión. Antes se hacían índices para los libros que estaban destinados a ser leídos en forma más académica. Los lectores ingleses de Shakespeare saben que pueden averiguar, en grandes concordancias hechas hace décadas, todos los usos de una expresión particular. Esto hoy lo construye facilmente el computador, y lo construye para cada persona y para cada uno de los miles de libros que conformen su biblioteca. También acá el efecto es reducir la actividad mecánica, impedir que la pura recopilación de fichas siga siendo considerada una actividad creadora, devaluar -pero porque se hace más- la indización, los sistemas de referencia. las bibliografías, así como la escritura desvalorizó al memorioso y lo convirtió casi en personaje burlesco.

5 Otra ventaja del lector académico tiene que ver con la composición del propio texto, con todas las posibilidades de presentación y sobre todo con el manejo simple de índices, tablas de materias, gráficas, etc. Son simples facilidades, no cambios substanciales: nadie puede saber, al leer un poema o una novela, si su autor sigue usando el lápiz, o tiene una vieja máquina Remington, o trabaja con un moderno computador como el de García Márquez, capaz de verificar si puso bien las bes y las ves y si no se le olvidaron las haches.[6]

6. Sin embargo, todo el esfuerzo académico sobre el texto, al menos sobre el texto literario, se apoya sobre la función y el disfrute original de ese texto literario. Los cambios no son, en este tema, grandes. Cada tipo de texto tiene una forma de lectura, que no esta determinada tecnológicamente. La lectura del Nocturno de Silva puede se hecha en voz baja, en voz alta, con los ojos cerrados mientras escucho un actor que lo lee en un disco: la atención al texto literario debe ser muy similar: es un reconocimiento más o menos linear del sentido de palabras y de las relaciones entre estas palabras y diversos universos contextuales. La lectura de la novela depende de las convenciones narrativas lineales argumentales. Si la leo en el papel o en una pantalla (que hoy no es cómoda, pero esta deficiencia desaparecerá) como lector de novelas, no como profesor del curso de narrativa de la Universidad x, sigo una estrategia que no tiene porque cambiar por la tecnología, o solo cambia marginalmente -si me pierdo sobre que hizo un personaje, encuentro mas rápido el texto exacto que busco, etc-. Lo que quiero subrayar es que la lectura del especialista, del académico en la literatura y las humanidades depende de la existencia del otro lector, del lector que vive con emoción las vicisitudes de los personajes de la novela. En este sentido, la lectura del computador (es decir la que hace uso de los recursos de búsqueda, relación, hipertenso), es ante todo un sistema complementario de la lectura del libro, entendido como el texto literario o discursivo, no importa si su soporte es un papel o una pantalla.

7. Esto no puede ignorar que hay textos que usan de diversas maneras las ventajas del computador para definir su estructura literaria. Se esta desarrollando y se desarrollara más una literatura para computador. Lo elemental es la facilidad de incluir más y mas gráficas y mas y mas recursos tipográficos. En el papel los despliegues tipográficos son caros: no lo son en la pantalla. El color, los textos curvos, las imágenes, pero también los textos y gráficos que se mueven. Uno puede construir una Rayuela en la que cada vez que el lector toma el libro en la mano, el orden de los capítulos se ha alterado. O en la que al leer la prosa agitada y enguayabada de Lowry, el texto se hace menos definido o sufre de cierta tremulacion. Los fantasmas pueden surgir, en medio de la lectura de un texto de horro, en el trasfondo del papel, como marcas de agua que se convierten en hectoplasma. Por supuesto, todos estos serán trucos elementales, vistos desde la altura de la literatura, pero a ellos no fueron ajenos los grandes escritores. Y sin duda habrá más y más posibilidades para esto. Los intentos que se han hecho hasta ahora de hacer novelas interactivas no me parece que abran muchas posibilidades. Son reducciones, depreciaciones del texto como las que se dan cuando la gran novela es filmada: toda la riqueza virtual imaginable se reduce al concretarse: toda determinación es una negación. Si el libro puede cambiar de finales y argumentos, si el asesino puede ser otro sin decaer, el autor no ha hecho una gran creación. Yo siempre he podido cambiar una frase del gran poema, copiarlo con alguna alteración que me permita usarlo para enviárselo a una novia: pero no creo que esto represente una forma de lectura que pueda convertirse en un genero o una forma paradigmática, ni que represente una ruptura con la pasividad postulada a veces del lector convencional.

 Si uno quiere subrayar las posibilidades para el libro de estos desarrollos, puede subrayar que esta dentro de las posibilidades inmediadas digitalizar en dos o tres años las principales 3 o 4000 obras de la cultura colombiana, y colocarlas en computadores conectados en red: un investigador podría definir su biblioteca, en forma virtual, y organizarla mediante índices que reporten todos sus temas, gráficas, índices, sumarios. A las obras colombianas puede añadir obras de referencia, diccionarios, enciclopedias, listados bibliográficos, programas de análisis de texto, programas para hacer índices a la medida del usuario, programas de corrección de gramática y ortografía, programas con capacidad de analizar similitudes, sinonimias y otras situaciones semánticas o lexicográficas, contadores de frecuencias de uso.[7] Sus aportes se añadirían a estas biblioteca virtual individual: fotografías, ilustraciones, grabaciones sonoras, notas de lectura. Unos computadores de usuarios en la biblioteca deberían permitirle encontrar o cargar, cada que llega, y es un decir, su archivo, que es un sistema de referencias para definir, del universo más amplio, lo que hace parte de su biblioteca. Sus notas de lectura, fichas, apuntes, con todo el proceso de establecer asociaciones, ecos, memorias, divisiones, paralelos, que van relacionando los textos leídos con toda su cultura, se van incorporando a la base de datos: su biblioteca se ordena gradualmente según sus intereses y sus planes de investigación, docencia, escritura o formación. Esto puede estar enlazado con la difusión de materiales inmensos en CD-ROM, que a nadie se le ocurriría editar en papel: la BLAA planea iniciar la publicación masiva de sus colecciones de folletos del siglo pasado, y la reedición de revistas culturales completas: un CD ROM puede incluir, en modo gráfico, el equivalente de unas 1000 revistas o folletos y el costo de publicar todo este material es similar al de editar aproximadamente una centésima parte en papel.

 

4. La voz y el signo

 La presentación anterior encuentra su lógica si se advierte que toda esta discusión parece partir de una valoración del texto escrito, al que se atribuyen especiales virtudes intelectuales que se contraponen a la inmediatez acrítica de la imagen, usualmente vista desde el paradigma de la televisión. El computador, por su dependencia de la pantalla y su facilidad creciente para representar imágenes diferentes a los textos, parece estar más cerca del televisor que del libro.

 Sin embargo, no es así: la diferencia fundamental está entre la palabra y la imagen. Y la palabra es el mundo del libro, del computador, del radio y por supuesto, de la conversación diaria. La imagen, supuestamente omnipresente, apenas existe como un elemento complementario en el libro (en especial en los de tiras cómicas) y sus variantes y en el computador: es en el arte, la fotografía, el cine (sobre todo el cine mudo) y la televisión, y en la vida diaria, en la contemplación del paisaje, la mirada embelesada de un rostro, la identificación de todas las estructuras de una ciudad, con sus edificios y sus señales, donde domina la representación no verbal de la realidad. La escritura es apenas un pequeño truco pragmático, que en los idiomas occidentales sirve para recordar lo que es fundamental: las palabras que constituyen, en el cerebro del hablante, el lexico del lenguaje. El lector evoca el sonido de las palabras: lo escrito es simplemente una forma de oír de memoria. Incluso en las escrituras ideográficas, donde la misma imagen representa un concepto igual pero diferentes palabras de idiomas distintos -por ejemplo chino y japonés- el lector evoca el sonido de la palabra, sacándolo de un diccionario grabado en su cerebro, en su idioma propio.

 

 Y el libro, en lo que tiene de perdurable, se distingue justamente porque es un mecanismo para recordar un discurso verbal. El papel de la imagen es casi siempre secundario o reemplazable. La vida del hombre siempre ha esta llena de impresiones visuales, de imágenes, y a veces la palabra trata de describir la visión o la visión se inspira en la palabra, El poeta romántico salía, con su libro de notas o sus textos poéticos, a ver el paisaje que la literatura revelaba o valoraba. La conversación, el lenguaje oral, está lleno siempre de referencias a formas visuales. Así ha sido siempre, y lo novedoso de nuestros días no es que haya más imágenes en la vida de cada uno, sino que hay más imágenes producidas mecánicamente, como hay más palabras inscritas en un papel o en un sistema de diferencias de voltaje en un disco duro: hay más duplicados de la imagen mental o de la voz.

 Y el libro, primero de papel y ahora de electrones presentes o ausentes, nunca ha dejado de incluir la imagen, desde los manuscritos iluminados hasta los discos de multimedia. Pero solo muy excepcionalmente es la imagen la materia esencial del libro, sobre todo si descartamos aquellos casos puramente referenciales, como los libros sobre arte, paisaje u objetos.

¿Si el lenguaje es el contenido del libro, cuales son las implicaciones de esto? Las que se derivan de las características propias del lenguaje: la posibilidad de uso de conceptos, de un sistema de argumentación y de una retórica discursiva, así como todas las que tienen que ver con el uso metafórico y sonoro del propio idioma y que constituyen la base del juego o el engaño literario. La imagen va por otro lado: con ella no puede argumentarse, construirse una secuencia conceptual, aunque sí una secuencia de sensibilidad.

Si esto es así, lo que importa no es la base material del libro, pues sobre papel o sobre electrones registra o inscribe un discurso lingüístico. La amenaza al libro no proviene entonces del computador, sino de lo que pueda conducir a abandonar el texto: el predominio de una sociedad entregada al entretenimiento puramente musical o visual, el deterioro de la capacidad de leer textos complejos, la perdida de interés en el texto que escucha su propia realidad material y se convierte en poesía.

Retomando, en relación al computador, los posibles riesgos del desarrollo tecnológico para la lectura, estos pueden agruparse en tres variantes:

1. Los presuntos efectos del exceso de riqueza. Demasiados libros, demasiados textos, y no solo textos sino otras formas: imágenes ( o graficas=la palabra es significativa pues etimológicamente quiere decir escribir: grafía). Ya lo dije: cada persona puede llevar en su bolsillo, en su morral, varios miles de libros, tener unas bibliotecas que antes estaban en manos de personas ricas, cultas y de buena familia, que las habían construido gradualmente. Esto puede saturar, conducir a una lectura enciclopédica, como la del autodidacta de Sartre, que leía los autores en orden alfabético. Frente a la pantalla del computador, el nuevo lector puede gastar todo su tiempo en recorrer el mundo para encontrar el artículo que le falta, la lista que complete sus listas, sin tener nunca tiempo de leerlos: lo mismo que muchos de los grandes coleccionistas de libros de antaño. Y en medio de tantos textos, hay que aprender a encontrar lo que se necesita. En una pequeña biblioteca de profesor, siempre hay libros que se desaparecen, se desordenan, o trozos que uno recuerda pero probablemente ha atribuido a un libro erróneo y resulta incapaz de localizar. Este problema puede ser menor en las bibliotecas de bolsillo, pero el nuevo problema es como decidir cuales de las decenas de miles de artículos sobre un tema vale la pena siquiera comenzar a ojear.

2. El impacto de la imagen sobre el texto; la subordinación del texto a lo gráfico, en espacial a la imagen en movimiento y eventualmente, a otras formas de experiencia (sonido, etc). Produciría o el abandono del texto o la conversión del texto en algo que se mira sin atención, con menor calidad de la lectura. Esto no parece un verdadero problema.

3. El cambio en los procesos psicológicos por la nueva tecnología: el desinterés por los argumentos complejos, la preferencia por los estímulos inconexos, la lectura parcial y descontextualizada. Es un tema que vale la pena explorar.

4. La competencia. La gente no va a leer porque está dedica a hacer otras cosas: a hacer gimnasia, a ver películas, a jugar con Nintendo. Esta competencia se desarrolla desde la mas temprana edad, y los niños no quieren leer porque les gusta más la pantalla con imágenes en movimiento, que narran una historia o permiten un juego.

Tiendo a creer que el problema no es la tecnología sino la necesidad social que la alimenta. Es la vida moderna la que da prioridad a la diversión simple sobre el disfrute de textos complejos, la facilidad. La literatura ha estado siempre rodeada de subliteratura, de libros de vaqueros, policiales del montón, comics. Por supuesto, podemos tratar de incluirlos en algún argumento critico para mostrar que la valoración superior de Balzac o Cervantes es un prejuicio elitista, una visión etnocentrista o machista, un rechazo a la cultura viva de las masas por parte de los letrados. Pero sobre esta base no hay manera de evaluar. Y siempre ha habido imágenes, y siempre ha existido el deporte, o los paseos al río, o la música. Y no hay muchas evidencias de que existan realmente cambios de fondo en las formas básicas de actividad intelectual ligadas a la lectura: cambian los gustos, los intereses, las intensidades, pero los cambios de las herramientas que argumentan algunos estudiosos me parecen derivarse de una proyección al instrumento de lo que su uso revela.

Por otra parte, el problema no es lineal: siempre han coincidido en forma simultánea y paralela diferentes actividades, distintos tipos de acción. Esto es lo que ocurrirá probablemente, si alguien puede pronosticar: el computador se usará para la frivolidad y para la lectura critica y compleja.

Creo que ese disfrute seguirá. Una minoría de usuarios? siempre lo han sido. Puede que incluso mas: todavía el numero de lectores crece, sobre todo en países donde el sistema escolar existe. Hay los milagros de descubrir el disfrute del texto, que se ven leyendo las memorias de los grandes escritores (o incluso en la vida local, las memorias de escritores medianos recogidas en Autobiografias)

 Pero perdemos algo si el texto es desplazado por formas no conceptuales de placer electrónico? Yo creo que si: la lectura es una parte del mundo del texto, y lo que esta en cuestión no es el formato material, el soporte del texto: es la supervivencia de la palabra, es la vida de la palabra, es la poesía.

 Que hacer para mantener esta posibilidad? Ante todo mantener vivas las alternativas en el lado de los receptores: los gustos por lecturas mas detalladas, la visión critica frente a la invasión de mensajes producidos para la cultura de masas, la calidad de la educación, la multiplicidad real de opciones. En segundo lugar, tratar de tener un sistema escolar que enseñe realmente a leer. Y en tercer lugar desarrollar una critica continua de los medios, para que la voz del intelectual, en la medida en que representa la palabra de alguien cuya competencia profesional es justamente el manejo de la palabra y el símbolo, sirva de guía crítica y de estímulo a lo que desarrolle al lector. Para ello, muchos de las amenazas aparentes abren en realidad nuevas posibilidades, la apertura a nuevas formas de diálogo y comunicación. Como decía Eco en 1967, algunos de estos medios abren la posibilidad de una lucha de guerrillas para mantener la creación de gente libre. [8]

Bogotá, abril 1997. Conferencia leída en el 3 Congreso Nacional de Lectura, Lectura y Nuevas Tecnologías.  Memorias, Bogotá, Fundalectura, 1997

 

[1] En Unión Soviética en la que poseer unas páginas de su poesía implicaba el riesgo del campo de concentración, Anna Ajmatova memorizo sus poemas, y así lo hicieron sus siete amigos, con los que se reunía ocasionalmente para volver a recitar los textos y evitar su deformación. Así se conservó, durante varias décadas, una de las poesías más grandes de este siglo.

 

[2] Ludlow, Managing the digital word: the text in an age of electronic reproduction, 8

[3]  En las ediciones de la red se presenta un problema y es el carácter a veces muy efímero del texto: ¿cuantas cosas interesantes se han publicado en páginas de Internet que ya no es posible localizar en ninguna parte? Muchas páginas vienen autoprogramadas, como los mensajes de Misión Imposible, para destruirse en una fecha precisa.

[4]  En este momento, ya la Biblioteca Luis Ángel Arango avanza en esta dirección: tenemos una “biblioteca virutal” que puede visitarse ya, con 4 o 5 libros completos, decenas de artículos, exposiciones virtuales, listas de libros recomendados, descripciones de archivos, índices.

 

[5] En la biblitoeca vritual de la BLAA puede verse el nocturno de Silva en varios idiomas y acompañado del fascímil del manuscrito.

[6] Otra gran ventaja, que no discuto aquí, tiene que ver con la posibilidad de divulgar el texto por fuera de circuitos editoriales que a veces no tejan alternativa entre la edición universitaria, que puede publicar lo que no es comercial pero usualmente no lo distribuye e impide sistemáticamente que pueda ser leído, y la edición comercial, que responde a una lógica de grandes ventas inadecuada para mucho producto académico. La autoedición y distribución por Internet puede, además, eludir las formas de censura, por lo que algunos gobiernos, empezando por el de los Estados Unidos, están buscando mecanismos para mantener algún control sobre lo que circula en la red y sobre las posibilidades de enviar y publicar textos crípticos.

[7] La Luis Ángel Arango propuso a los dos ministros de educación anteriores la construcción conjunta de una gran biblioteca digital orientada a cubrir las necesidades del sistema escolar. Hasta la fecha estamos trabajando solos, pero esperamos que algún día el ministerio se interese en esta idea.

[8] TI

 
 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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