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La educación de los colombianos debe ser fanática tarea de todo el que pueda contribuir a ejecutarla

 

Discurso de Alberto Lleras al recibir el doctorado honoris causa en la Universidad de los Andes.

Señor rector:

Este acto de la Universidad de los Andes tiene para mí una significación tan intensa como grata. La decisión de su eminente consejo establece otro vínculo entre la universidad y su antiguo rector, y me permite seguir reclamando que a ella pertenezco. Es también otra manera de no desligarme de lo que fue y sigue siendo mi más íntima vocación, contrariada por sucesivas urgencias políticas, a cuyo servicio me he dedicado últimamente y sólo por la duración de esta crisis. De esas actividades habré de desprenderme en cuanto se haya comenzado a lograr el único objetivo que perseguían: la recuperación de la regla republicana y democrática para el gobierno de los colombianos, la consecuente paz para nuestros compatriotas y su ordenada convivencia en una sociedad organizada y segura. Un puesto como el que ya me otorgó generosamente la universidad, en su consejo, tiempo para servir bien sus intereses, y tal vez alguna modesta y elemental cátedra de ciencia política para tener una razón valedera y un título a subir hasta este paisaje asombroso que ayudé a construir y civilizar, sería un buen final para una vida que comienza a mostrar más de un signo del tránsito inevitable de la madurez a la dureza arterial, a la fatiga inopinada y a la decadencia, no precoz, sino justa. Sería así, de modo más directo y familiar, testigo de que todas estas empresas y trabajos en que me he visto envuelto y que están enteramente consagradas a generaciones sucesoras de la mía, no fueron cosa vana.

Con un antiguo y fragoroso combatiente de la política, el ex presidente Gómez, llegamos hace poco a un pleno entendimiento para proponer a la nación la tregua de doce años en la lucha de nuestras tradicionales fuerzas de opinión por su predominio en el poder público. Los partidos aceptaron tal recomendación y han pedido al gobierno que someta semejante idea a la decisión del pueblo, en plebiscito. Permítanme ustedes que en este ambiente académico, que no quise, ni quiero ahora perturbar con el alegato político, me extienda un poco sobre lo que puede ser para la juventud, muy principalmente, esa docena de años de cura, de reflexión y de preparación de una democracia sin restricciones. Ante todo no quiere ella decir que los partidos que hemos conocido y a los cuales, casi sin excepción, todos los colombianos pertenecen, vayan a extinguirse o a paralizarse. Va a ser, ciertamente, más difícil la faena de dirigirlos y orientar su acción que carecerá del que entre nosotros resultó ser un tremendo estímulo, la conquista del poder absoluto para la realización de sus programas. El feroz dogmatismo en las jerarquías políticas, operando sobre una nación inculta, se transformó a medida que bajaba hasta las expresiones más rudimentales de la masa popular, en simple, desnuda y crudelísima violencia. Este dogmatismo sectario va a entrar en receso forzoso, y tiene que ser sustituido por formas más elevadas de la lucha política: el raciocinio, la persuasión de un grupo sobre el otro. La fecunda transacción, las síntesis entre tesis antagónicas.

Ya no servirá al interés de un partido la sorda y ciega mayoría de fanáticos, atropellando en cámaras, asambleas y cabildos el derecho de las minorías y procurando la imposición de verdades o errores a un grito de comando. El país oirá con sorpresa que los vastísimos y complejos problemas de su existencia y desarrollo no tienen soluciones únicas y despóticas, y que en la contradicción de ideas y temperamentos filosóficos surgen medidas cuya eficacia inicial depende de que la nación entera las apoye y conduzca hacia una ejecución sin forcejeo ni airado rechazo.

SENTIDO DE LA TREGUA

Por doce años se abre una extraordinaria oportunidad para que los estudiosos de la circunstancia colombiana puedan oír su voz, hasta ahora apagada por el confuso clamor de la intransigencia sectaria. En doce años no se repartirán dividendos a los partidos políticos en la empresa común de recuperar la república, pero estarán acumulados para el momento en que el país tenga que decidir quién sirvió mejor, tuvo iniciativas más importantes y una conducta de gobierno más útil para la totalidad de los colombianos, en el tiempo de tregua. En doce años se irá creando, al amparo de un clima de acuerdos constantes, una opinión nacional más libre de ejercitar por intermedio de los partidos, la función que le corresponde en la república representativa, de ser el fino instrumento que juzga a sus agentes, los recompensa con la renovación de su confianza o se la retira en actos severos de censura, inmunes al insensato consejo que ha presidido nuestras luchas: "Con los míos, con razón o sin ella". En doce años se agotará natural y biológicamente el caudillismo que a falta de otra cosa mejor aglutina formidables masas alrededor de voluntariosos varones, más por sus pasiones y defectos en que el pueblo se reconoce con facilidad, que por sus virtudes y clarividencias, que mira con recelo. No seremos, ciertamente perfectos, al término de esa jornada en que voluntariamente encadenaremos nuestros instintos agresivos, pero ¿por qué no hemos de ser menos elementales y bárbaros? Después del experimento de la unión republicana que siguió como un valeroso acto de arrepentimiento a la terrible frustración de la guerra civil, los colombianos alcanzaron una cultura política notable entre las naciones contemporáneas de la América Latina. Iban adquiriendo un severo respeto por las leyes que a sí mismos se daban, por las instituciones que maduraban sobriamente y envejecían como buenos caldos de uva, sin agitaciones que los alteraran ni trasiegos que echaran a perder la cólera. Comenzábamos a adquirir una tradición, una personalidad nacional y se hundían ya raíces fuertes para fijar nuestra superficialidad a la tierra criolla. El Armagedon de estos últimos años nos volvió a la condición de pueblo nómada, viajando sobre un territorio arrasado en busca de la aventura fundamental de sobrevivir. Queremos acampar de nuevo, anclar nuestra movilidad estéril, darnos tiempo para mediar nuestro destino y comenzar a ejecutarlo mirando un poco más lejos que la comida del día siguiente y la seguridad de la noche siguiente.

Así, ante todo, se presenta para la generación de la tregua, que será en parte ésta de las aulas de la universidad y sus inmediatos antecesores recién egresados del campus, todo el conjunto estimulante de problemas de un país que emerge, sin orden ni concierto algunos, hacia dimensiones más grandes pero que no son, en todos los casos, unidades de medida de su grandeza como nación. Lo único que no deja de crecer ni da pausa es la población y a cada salto anual de esa estadística vital todas las demás van reflejando la mayor y más dramática insuficiencia de los otros índices. La sórdida desigualdad de los colombianos se agranda y, de cruenta, pasa a convertirse en amenazante. Una mínima parte de nuestras gentes que parece más pequeña por su desproporción con el resto, puede abrirse paso, por fortuna sin talanqueras de clase o raza, hacia las escasísimas oportunidades de cultura que abren el camino de la prosperidad, la seguridad y el acomodo en niveles menos precarios y duros. Al mismo tiempo, más fáciles comunicaciones y medios mejores de información prenden, por el contacto indirecto con otros modos de vivir aspiraciones, ambiciones, apetitos que en las almas violentas se quieren satisfacer por la fuerza, en las astutas por la picardía, en las tímidas y resentidas por la revuelta colectiva.

La tregua política permitirá establecer hasta dónde son sinceros los partidos en su propósito de elevar la condición de los colombianos por el sistemático mejoramiento de su nivel de vida, sin demagógicos empujones ni asustados retrocesos. Pero los partidos no pueden hacer mucho más que legislar, proponer, conducir. La seguridad que debe extenderse por la nación como consecuencia de la tregua y que permitirá al Estado ocuparse de otra cosa que de su estabilidad y supervivencia, tiene que ser aprovechada por nuestros compatriotas más favorecidos con los bienes de la cultura para hacer un gigantesco esfuerzo encaminado a sacar de la barbarie social y económica en que vive, a la inmensa mayoría de nuestro pueblo.

Lo primero será, sin duda, la instrucción y la educación. Como esa fórmula carece de novedad porque ante su valor absoluto se han venido estrellando sin alternativa todos los colombianos eminentes que han querido dar un impulso a su país, desde los albores de la independencia, otros, más ingeniosos, han resuelto que se puede cortar por un atajo y es posible elevar el nivel de vida del pueblo por sistemas más rápidos, que ofrezcan cosechas políticas precoces. No hay ningún sustituto para esta tarea que nos asusta por su magnitud y porque no podemos ejecutarla atropelladamente, sino sujeta a plazos que exceden nuestra paciencia y nuestra posibilidad de previsión.

La capacidad de producción y de consumo de millones de colombianos que hoy no cuentan en la economía ni en la estadística oficial, no puede crecer sin que la educación cree el apetito de poseer y el poder de adquirir.

ECONOMÍA Y EDUCACIÓN

De seguro podemos perfeccionar todavía un poco más esta economía sui géneris, que está dando ahora sus mejores frutos y que consiste esencialmente en proveer un mercado colonial interno de aguardiente, cervezas, tabaco y telas como podría hacerlo Inglaterra con los nativos del África Central. Pero una economía de expansión constante de mercados elásticos de producción intensísima, diversificada y de costos bajos, no puede prosperar sin una revolución radical en la educación pública. La industrialización del país va a verse frenada, como ya comienza a estarlo, por la limitación de mercados, por la deficiencia del obrero, por la ausencia del técnico y aún por la rareza del administrador de empresas, insuficiencias todas que radican en que los colombianos no tienen preparación alguna para vivir la revolución industrial que han importado sin haber tenido participación alguna en su creación y desarrollo. Ni para qué hablar de la abrumadora catástrofe que ha venido siendo la intervención estatal en la dirección económica de la nación. Y no por otra razón que la ineptitud sin atenuantes de los funcionarios y empleados públicos para ejercitarla. Por todas partes, pues, incapacidad, deficiencia técnica, falta de conocimientos, impreparación, o, más simplemente pura barbarie, y sin embargo a todas las demás soluciones se precipita el país con alegría y optimismo, menos a aquellas que tocan directamente a su único, su vital, su insustituible primer problema.

Hace dos años cuando ocupaba la rectoría de esta universidad dije algunas cosas sobre el tema de la educación en Colombia que tal vez puedan y deban repetirse ahora cuando la notoriedad de ciertas acciones políticas hace más receptivos los oídos de mis compatriotas a lo que entonces, como hoy, sigo considerando la raíz de nuestras dolencias, contradicciones y periódicos escándalos colectivos.

No es raro que el colombiano sea como es, pensaba yo por aquellos días, si ha estado a libre crecimiento desde la cuna y si casi la única cosa que ha encontrado entre sus apetitos y la posibilidad de satisfacerlos es la ley penal y el gendarme. La escuela es el primer sitio donde se desbrava a la pequeña fiera egoísta e hirsuta, antes de que su gracia impetuosa convierta el juego en batalla. Millones de colombianos no pasan jamás por esa disciplina. Lo más importante de la escuela en nuestros recuerdos no fue el momento en que se nos abrieron las estrechas rutas del conocimiento de los signos de comunicación entre los hombres y de medida de las cosas, sino aquel en que entramos en azaroso tropiezo con otro pequeño ser semisalvaje que quería comparar con las suyas nuestras reducidas pero decisivas experiencias. Las primeras leyes de convivencia las aprendimos en las sutiles normas de los juegos, respetando turnos, en la prohibición de las ventajas ilícitas, en las consecuencias funestas de un ingenio excesivo o en el sometimiento a la decisión mayoritaria. Un país poblado en su vastísima extensión por gentes de infancia solitaria ha de tener, como aseguran los psicólogos de las personas, un explosivo complejo.

Pero, además, esos millones de compatriotas quedaron sordos y ciegos para el contacto indirecto con el resto de la humanidad, y el suyo hubo de limitarse al estrechísimo radio que alcanzan a cubrir en una vida un par de piernas, o, con buena fortuna, cuatro patas de acémila. Y en ese círculo reducidísimo, a hablar con gentes de no mayor experiencia ni de intereses más complejos. Qué mucho que cualquier demagogo los pervierta, que cualquier vendedor de drogas los envenene, que cualquier mago los fascine.

Esa humildísima y precaria condición debería ser, y no ha sido, nuestro constante remordimiento, nuestra preocupación sin término, nuestro excluyente interés, hasta que tenga remedio. Buscamos todas las fórmulas criollas e importadas para solucionar la miseria de ese otro país que es como una sombra silenciosa del país minoritario cuyos habitantes consumen, producen, se entienden entre sí, trafican, se mueven de una ciudad a otra y producen las cifras estadísticas. Pero la elemental, la de educar a esos compatriotas, la de ponerlos en condición de ser como nosotros, la de darles la auténtica oportunidad de ser colombianos de tiempo completo, esa la aceptamos todos como buena, justa e irrealizable. Está escrita en nuestra Constitución y ordenada allí para siempre a todos los gobiernos. Educación primaria, gratuita y obligatoria. Para cumplir con ese mandato no se necesita ingenio, ni técnica extranjera. Por otra cosa que limitar cualquiera otra aspiración hasta tanto que no haya una escuela en dondequiera que sea posible reunir quince niños y un maestro. Eso sería la revolución social, la revolución económica, la auténtica revolución de independencia de la nación colombiana. Significaría en cifras de población y territorialmente tanto como una empresa imperial de conquista y daría más honra a quien la ejecutara que a quien engrandeciera a su patriaen una fulgurante campaña victoriosa sobre un enemigo extranjero. En una generación más la repercusión probable sería la de aumentar varias veces la capacidad de trabajo, la productividad, la renta per cápita, el consumo, y sobre todo, la ambición colectiva. Pero como la fórmula es elemental y tan antigua casi como el mundo, andamos a tropezones buscando otras y tratando de saltarnos esa etapa sin cuyo pasaje forzoso ninguna revolución ni acción de justicia social ha pasado de ser un tumulto.

UNA TAREA SOCIAL

La educación de los colombianos, toda la educación, ella sí desde la cuna al sepulcro, como se proponen otorgar la seguridad social pueblos ya educados y viejos, no debería ser solamente el encargo de los gobiernos sino la fanática tarea de todo el que pueda contribuir a ejecutarla. No es así, en gran parte, porque las gentes que pagan sus impuestos de una mala gana y no están siempre de acuerdo con la manera como se invierten, no quieren descargar parte de la responsabilidad del Estado en esta materia ayudando a crear escuelas, a fundar colegios, a apoyar universidades si temen que con ello dejan al gobernante más libre para ejercitar su fantasía. Claro que esta reacción no se produce allí donde, como en los países escandinavos, o en Suiza, o en Inglaterra, o en los Estados Unidos, y tal vez en otras, pero no muchísimas otras partes, el Estado no es sino el ejecutor de la voluntad del ciudadano y la contribución pública va a su destino con un mínimo de gastos de administración. ¿Qué pasa en esos sitios sui géneris? Que los contribuyentes han dicho siempre, sin excepción alguna, que una inmensa proporción de sus impuestos ha de dedicarse a educación. Que cada comunidad sostiene todas las escuelas que necesita. Que existen colegios y universidades públicas rivalizando con las grandes instituciones privadas de enseñanza media y superior. Es decir, que lo que quieren los ciudadanos cuando tienen procedimientos para expresar e imponer su voluntad es que sus hijos, y sus nietos y los hijos y nietos de todo el mundo, encuentren una absoluta igualdad de oportunidades para desarrollar una existencia próspera y digna. Y por consiguiente no hay demagogia, ni de clases, ni de grupo, ni de mayorías, ni de minorías que pueda ofrecer un programa mejor que seduzca por igualdad a todas las clases, a todos los grupos, a todos los intereses. Y si ello es así en donde ya hay todas las escuelas, colegios y universidades que requirió la generación en capacidad de ir a las aulas, y donde sólo se trata de un programa para mantener esa ventaja en el mismo nivel del crecimiento vegetativo de la población, ¿qué sería aquí donde más de medio país no conoció ya las primeras letras y tiembla ante el pensamiento de que ese desnivel de capacidad para vivir será un estigma hereditario? Las gentes pueden resignarse a vivir en pobreza y aun miserablemente. Pero no cuando barruntan que ese es el implacable destino de estirpe en estirpe, de hijos, nietos y bisnietos sin redención aparente. Los gobiernos y los políticos que buscan con tanta minucia y sutileza los caminos para llegar al corazón afectuoso de las masas no ven, no sé por qué, que la educación es la más poderosa ambición nacional, el más formidable apetito, la exigencia primera de todo colombiano, y que empezar a satisfacerla es garantizar en cada caso en el territorio patrio una adhesión sólida, perdurable y segura. Nadie intriga, presiona, se agita y se desespera por conseguir pan para la mesa del día, ni empleo, ni techo, como lo hace para abrir a sus hijos una oportunidad, así sea incierta, de liberación de la ignorancia. Y en el año anterior, en todas las universidades hubo que cerrar las puertas abruptamente a centenares de estudiantes con calificaciones suficientes para merecer el ingreso, lo mismo pasó en los colegios y liceos públicos y privados. El otro drama, la recurrente tragedia colombiana de las escuelas, ¿para qué mencionarlo? Pasa en la sordidez de las aldeas y no tiene coros trágicos, ni voz, ni se articula en forma alguna, y aun diría yo que no se presenta porque el campesino ni siquiera aspira ya a la escuela para sus hijos. ¿Tiene esto razón? ¿Hay algún sentido en esta insensibilidad colombiana para la más grande y la más irreparable injusticia? ¿No estamos todos convencidos de que todas las demás tragedias, la violencia y la inseguridad, la ineptitud y la miseria, el mismo desprecio por la vida que nos aproxima en pocos años a las etapas más oscuras de la humanidad, tienen su origen en que somos un conjunto de seres amontonados sobre un territorio, sin que la escuela esté tejiendo entre nosotros la urdimbre de una nación consciente? ¿Y por qué, si ello es así, nos contentamos con pagar un tributo de palabras a esa obligación imprescriptible, y en cada año lectivo sacrificamos otra y otra generación, fríamente, a su infeliz destino?

En mi opinión no existe un catálogo de prioridades en las necesidades de la república, con ser tan variadas e intensas. Por sobre todas las exigencias se encuentra ésta de la educación, antes que los caminos, que las armas, que los hospitales, que la técnica, que la comida, que la higiene y la casa, porque todas las formas de desarrollo de un país han de subordinarse al hecho absoluto de que no puede hoy haber, como sí las hubo en la Antigüedad, naciones grandes sumidas en la ignorancia. Lo que se levante sobre una infraestructura popular de miseria espiritual no durará o se derrumbará con estrépito. Cuando el país era poco menos que un desierto, las clases superiores y cultas ejercían sobre la masa analfabeta una influencia casi siempre directa, un patronato riguroso o amable, pero mantenían contacto y comunicación con ellas, en las haciendas, en las parroquias, en las ciudades, en los talleres. Pero dentro de la problemática de nuestro tiempo la más grave situación surge del crecimiento tremendo de las masas y de la consecuente desaparición del contacto con las clases cultas. Si se cortan todas las vías, si el puente entre la miseria y la abundancia sólo es el que tienden precariamente la escuela, el colegio y la universidad, y se hace cada vez más estrecho para las ambiciones crecientes, habremos minado el territorio de la paz colombiana con los más inestables explosivos. En la civilización contemporánea, para mal o para bien, se podría poner un letrero en la puerta de cada escuela, parafraseando la dantesca leyenda: "Oh, vosotros que no entráis aquí, perded toda la esperanza". Eso lo sabe el pueblo colombiano, lo intuye, o lo sospecha. Ya llegará el día en que los demagogos le hagan creer que todo este descuido, este abandono, esta indiferencia por la educación no es sino el abominable e ingenioso truco para erigir una aduana infranqueable entre las clases sociales y perpetuar el poder de hacerlo y aprovecharlo todo en una reducida minoría que puede transitar libremente los caminos del conocimiento.

MISIÓN DE LAS ESCUELAS

La prosperidad a que ha llegado Colombia no ha tenido correspondencia equitativa con el grado de educación de su pueblo. Yo no digo que sea imposible levantar más edificios, hacer más autopistas, vender más café, comprar más automóviles, sin que aumente el número de colombianos alfabetos. Al contrario puede que por este sistema se obtenga, por un tiempo, mayor brillo y actividad en el vértice de esa pirámide que descansa sobre millones de seres para quienes, como en el verso del poeta argentino, "la eternidad es su primer domingo". Pero qué grave error edificar la felicidad de una nación sobre esos cimientos vivos que con uno solo de sus movimientos de cansancio nos mostraron en un día su abismal violencia retenida por siglos. No. Hay que abrir a todo colombiano una esperanza cierta, una oportunidad operable, una expectativa legítima. Eso hacen las escuelas. En su reducida órbita temporal y terrena, tienen el poder de los templos que hicieron menos cruel el tránsito de la especie con la anticipación de la eternidad. Después de todo la única inmortalidad a que el hombre se aproxima en la tierra es la prolongación de la estirpe. Y la quiere purificada de los dolores, limitaciones y estorbos que hacen difícil su condición presente. Esa aspiración tiene un símbolo, la escuela, y un procedimiento, la educación. Cuidémonos mucho de aplastar irreflexivamente esa yerba humildísima que crece como único lujo en los hogares de los pobres. Si desaparece no habrá sino sordidez, ira y rencor, la siniestra flora de los desesperados.

Pero ahora se va a abrir un paréntesis en la lucha política y temas como éste de la educación del pueblo colombiano, que por desgracia no han sido motivo de controversia, sino de una estólida aceptación indiferente, son los que los partidos y las gentes todas de la república pueden convertir en motivo de honda, apasionante preocupación colectiva.

Al recibir de vuestras manos, señor rector, este título que, como homenaje del consejo directivo a un antiguo servidor de la universidad sólo se supera por otro acto del consejo, el de haberos elegido a vos como sucesor mío para continuar, consolidar y acrecentar el prestigio y la grandeza de la universidad, como lo habéis hecho, os quiero decir que un centro de cultura como los Andes tiene una misión que todos los que a él pertenecemos estamos dispuestos a cumplir. A vuestro lado y siguiendo vuestra dirección quisiéramos ver que el noble instituto se constituye en el agente de esa preocupación nacional por la educación pública, hasta que se convierta en una obligación de la generación que está llegando y va a llegar al gobierno, obligación inescapable, imperiosa y contagiosa.
Colombia no tiene abiertas muchas posibilidades de grandeza en la multiplicación de sus recursos naturales, bastante más moderados de lo que sabemos decir, ni sobre las bases actuales es posible prever un progreso fabuloso, ni siquiera mediocre, sino para una mínima parte de su población. Pero si por la educación pudiera decuplicarse, aumentar el número de sus ciudadanos conscientes, de sus productores y consumidores, de su pueblo, y hacer de la república entera una comunidad que piensa, se gobierna, sabe hacia dónde va y no se derrumba al primer soplo de la advertencia, los doce años de tregua política estarían seguidos de una paz inteligente y de una convivencia civilizada y permanente. Todo lo demás es seguir caminando en la sombra, por el filo de una cuchilla, hacia la violencia recurrente, y aumentar el desequilibrio entre la miseria sin esperanza y la riqueza sin sensibilidad, que generó, dondequiera, el desorden.


12 de febrero de 1957


 

 

 

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