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Alberto Lleras: triunfos y fracasos de un demócrata
 

Alberto Lleras, en las “últimas palabras”  con las que cerraba en 1975 sus Memorias, hizo un balance ambiguo de su vida. “Creo haber conseguido que la batalla feral que se inició en la república desde los tiempos del presidente Márquez … entre los dos partidos colombianos, el liberal y el conservador, llegara a ser, por último, civilizada, respetable y sin ingredientes de odio y venganza. Pero se han perdido en estos últimos 16 años el aliento y la dirección de los principios originales que conformaron a Colombia”.

Es cierto: su mayor triunfo lo tuvo de 1955 a 1962, cuando enfrentó, con la fuerza única de su voz y sus escritos, la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla, y logró el apoyo casi unánime de los colombianos –empresarios y obreros, estudiantes e intelectuales, pueblo y oligarquías, mujeres y hombres- para establecer el Frente Nacional, el curioso sistema mediante el cual los partidos tradicionales trataban de devolver la paz al país: un pacto para compartir el poder, después de enfrentarse en un conflicto que le costó al país más de 150000 muertos en 10 años. Como primer presidente del Frente Nacional, pacificó buena parte del país y esbozó el modesto reformismo que caracterizaría los años siguientes: avances grandes en temas que no provocaban controversia, como la expansión del sistema educativo y parálisis casi total en los asuntos en los que había grandes divergencias, como la reforma agraria. Confiado en el valor de la democracia por sobre todas las cosas de la vida política, puso su energía en tratar de educar al país en su ejercicio, y miró con menos urgencia las reformas sociales, aunque creía que la mayor necesidad del país era sacar al campesinado de la pobreza, el atraso y la ignorancia,

Sin duda, la paz entre liberales y conservadores se logró. Colombia volvió a funcionar como una democracia, dentro de las restricciones establecidas por el pacto; los niveles de violencia cayeron bruscamente, y durante los treinta años siguientes tuvo un crecimiento económico más alto que el promedio de América Latina. Algunos índices sociales mejoraron: la esperanza de vida, el cubrimiento educativo, las tasas de mortalidad infantil. Las mujeres, cuya emancipación siempre apoyó Lleras, temprano promotor del control de la natalidad, dejaron de tener 7 hijos en promedio: hoy pocas pasan de dos hijos.

Pero el país entró después en otro remolino infernal. Mientras en otras regiones de América Latina la tentación fue breve, en Colombia la guerrilla creció y se consolidó. El narcotráfico, a partir de 1980, se convirtió en otra maldición del país. Guerrilla y droga crearon las condiciones para nuevas olas de violencia. Los partidos, protegidos por los privilegios y garantías que les daba la paridad, olvidaron sus proyectos ideológicos y se refugiaron en el clientelismo local. Si en 1975 Alberto Lleras miraba con angustia el debilitamiento de los partidos y el olvido de lo que todavía llamaba los “principios originales que conformaron a Colombia”, sus inquietudes parecen haber aumentado después. Al final de la década advirtió el riesgo que representaban las políticas contra la droga de los Estados Unidos: la torpe política de prohibición iba a crear un negocio tan próspero que sería difícil evitar que Colombia se volviera el gran corruptor. Previno contra las acciones de un ejército cuyos “mandos inferiores” parecían dispuestos a lograr resultados violando los derechos de los ciudadanos. E invito a reformar nuevamente el sistema político, para hacerlo más democrático mediante la elección de alcaldes y gobernadores, el establecimiento de elecciones primarias o la reducción del poder “monárquico” del presidente. Muchas de sus propuestas se acogieron en la reforma de 1991.

La cadena de desencantos empezó antes. En 1946, convencido de que el país necesitaba sobre todo el ejercicio real de la democracia, con un sistema electoral confiable, creyó que daba un ejemplo al entregar el poder a los conservadores, lo que serviría de modelo en el futuro. Pero el ejemplo no se siguió. En 1949 el conflicto entre liberales y conservadores estalló en una espiral de violencia que terminó con casi medio siglo de paz. Lleras, que estaba en Washington como secretario general de la OEA, escribió un angustioso llamado al acuerdo entre los partidos y una advertencia sobre la táctica oficial de identificar al liberalismo con el comunismo y la destrucción de los valores del país. El gobierno rechazó las advertencias y protestó por lo que juzgó abusiva intervención de un funcionario internacional en la política del país. La violencia se extendió y en 1953 el ejército estableció una dictadura militar que no logró crear bases para una convivencia duradera.

No puede responsabilizarse a Lleras porque su sueño de una democracia respetuosa de la oposición se hubiera roto en 1949: fueron sus contrarios los que estimularon la violencia. Y también sería injusto atribuir a Lleras y al esquema inicial del Frente Nacional los problemas que ha enfrentado Colombia en los últimos cincuenta años. Sin duda, la restricción a la acción política de nuevos grupos políticos, que no parecía importante cuando  el 98% de los electores votaba por liberales o conservadores, resultó inesperadamente costosa: los jóvenes que entraron a una universidad en un contexto ideológico e internacional inclinado al marxismo y la rebeldía sintieron que esta era una exclusión injusta y muchos prefirieron, como Camilo Torres, convertir la violencia en el camino al poder. El esquema paritario tuvo el efecto, tan deseado por los rivales del bipartidismo, de debilitar gradualmente a los partidos, aunque su agonía ha sido más lenta de lo que los opositores querían. Y el poder de veto que daba la paridad sirvió para frustrar las propuestas de reforma agraria, apoyadas por Alberto y Carlos Lleras, la más urgente de las reformas de hace cincuenta años, de modo que el arcaico modelo de propiedad rural se consolidó en el país, incluso en las nuevas zonas de colonización abiertas en el último medio siglo, y creo condiciones renovadas para la violencia.

Pero en los lúcidos textos de Lleras de hace años están las  advertencias contra los riesgos que tenía el país: el populismo que ofrecía ríos de leche y miel; las promesas revolucionarias, que invitaban a buscar con las armas el socialismo, a renunciar a las libertades ciudadanos y al ejercicio del voto, engaños burgueses, para seguir el ejemplo ruso o cubano; y el bloqueo de un sistema político que reemplazaba la controversia ideológica por las luchas por el botín burocrático. No siempre sus advertencias se siguieron: los políticos prefirieron consolidar sus pequeños privilegios, y muchos colombianos se dejaron convencer más bien por quienes insistían en que la violencia era el camino para lograr la justicia social y el progreso o corromper por quienes ofrecían alguna dádiva menor a cambio del voto.

 Pero a pesar de los efectos en parte negativos que haya podido tener el Frente Nacional, a pesar de que haya dedicado más atención a los asuntos de la política –los asuntos de las polis- que a los problemas económicos y sociales, el pensamiento político de Alberto Lleras sigue ofreciendo una invitación inteligente y compleja a consolidar una democracia real, sobria, austera y que busque, en ella misma, el remedio a los males que la misma democracia pueda padecer.

Jorge Orlando Melo

Bogotá, 6 de junio de 2006

 
 
 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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