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El movimiento contra el subdesarrollo como fuerza revolucionaria

 

Discurso del presidente de Colombia doctor Alberto Lleras en la Universidad de John Hopkins.

Señor presidente:

Considero uno de los más gratos y honrosos episodios de mi vida el recibir el altísimo honor que esta universidad muy notable, antigua y sabia ha querido conferirme; y recibirlo de manos de su presidente, con quien he tenido el privilegio de mantener una larga y para mí provechosa amistad, nacida probablemente de su interés y afecto por los asuntos de la América Latina, en los cuales viene ocupándose aún antes de que el presidente le confiara tareas concretas de estudio y ejecución en el campo de las relaciones de este país con el resto del hemisferio.

El doctor Eisenhower tiene, sin duda, ganada la gratitud de la América Latina por la manera como ha tratado sus asuntos y por el esfuerzo singular que se ha impuesto para hacer conocer y apreciar en la opinión pública de su país a las veinte naciones del hemisferio. Esta no es una tarea sencilla, como no es ninguna otra en el campo de la educación, en el cual ha descollado tanto. La opinión pública en una nación como ésta, de tan dilatadas proporciones y tan grandes y graves preocupaciones, tiende, naturalmente, a fijar su atención en los centros de actividad internacional de mayores tensiones y peligros y como hay tantos en nuestro tiempo y nuestro mundo, se inclina a dejar para pasado mañana los problemas que no le parecen urgentes. Por eso no es de sorprender que aunque en la mayor parte de las universidades de los Estados Unidos se encuentren grupos de auténticos expertos en nuestra historia, nuestra arqueología, nuestra lingüística, nuestra economía, nuestra sociología, que muchas veces conocen ciertos aspectos de nuestros países y mejor que nuestros propios estudiosos, la gran masa humana prefiera las generalizaciones y vaya sacando sus deducciones no pocas veces equivocadas, de las noticias que lee en la prensa. Tal vez por eso quienes bien nos estiman y conocen, como el doctor Eisenhower, y en general, los latinoamericanos que tratamos de penetrar en la conciencia del pueblo norteamericano, hallamos dificultades invencibles no en lo que se ignora, sino en lo que superficialmente se cree saber y se repite hasta formar lugares comunes de invencible resistencia a cualquier intento de rectificación, calificación o aclaración.

Si en el pasado hubiéramos hecho un esfuerzo más intenso y sistemático por vencer la gran barrera de la ignorancia recíproca entre nuestros pueblos tendríamos, ahora, sin duda, menos problemas de relación. No me atrevo a sostener que en los países del Sur haya un serio y hondo conocimiento de los Estados Unidos. Y que no tropecemos con los mismos prejuicios enquistados en la conciencia pública. Pero es claro que una nación como ésta, que está siempre en el primer plano de la acción internacional, y extrovertida por excelencia, despide informaciones que recorren el mundo en pocos minutos y la gente acaba de formarse un concepto sobre lo que en ella pasa, lo que en ella se dice, la manera como en ella se vive. Bastaría, el hecho de que por lo menos dos de las agencias de noticias más poderosas de nuestro tiempo sean americanas, para que todo lo que aquí ocurre se publique en la prensa mundial, no digo que bajo una luz favorable, sino por lo menos sin prevención alguna. Aunque es notorio que hay un grande esfuerzo de objetividad para las informaciones que vienen de la América Latina, no pocas veces se observa que se acomodan involuntariamente al gusto, aficiones y limitados conocimientos del público americano sobre la región. Como la prensa no tiene primordialmente una misión educativa, tampoco ha de pedírsele que sustituya a las universidades en esta tarea.

Los viajeros, otra fuente de información, cuyo volumen crece cada día más, son eminentemente subjetivos y, como dice un viejo proverbio español, hablan de la feria como les fue en ella. Sus tropiezos y equivocaciones en el primer contacto con un mundo tan diferente no son menos causa de confusión que el entusiasmo excesivo que les producen paisajes exóticos, personas amables, una sociedad hospitalaria y el encuentro con ciertas formas de la civilización material avanzada que no esperaban hallar, y que se concentra en los estratos más altos de la organización económica.

La verdad es que aunque nuestras instituciones políticas vienen de las americanas por la vía de la Revolución francesa, que les dio el impulso romántico y la literatura indispensables para que prendieran en el nuevo suelo republicano, somos naciones más viejas que los Estados Unidos, y nuestras grandes diferencias residen, principalmente, en el tiempo. Esto ocurre inclusive dentro de cada uno de nuestros países, en donde a una distancia de pocas millas por carretera coexisten el siglo XVI y el XX, y una vasta gama de etapas sociales y económicas en diversos grados de evolución. Las instituciones jurídicas y políticas de los Estados Unidos se desenvolvieron en las propias colonias y había un altísimo grado de gobierno propio, al paso que en el Sur, al declarar la independencia, se impusieron por una diminuta clase de letrados sobre una vida estrictamente colonial, que se había organizado para que en el vastísimo imperio no se moviera la hoja de un árbol sin el consentimiento del monarca europeo. Por eso hoy, cuando la mayor parte de nuestras naciones va a cumplir ciento cincuenta años de independencia, todavía no ha culminado en muchísimos sitios, principalmente en el ámbito rural, una transformación que corresponda a la concepción democrática, republicana y liberal de las Constituciones escritas.

Entre otros factores, éste es uno de los que marcan la distancia entre un país como éste y una nación subdesarrollada. Hasta hace pocos años el hecho de que un pueblo no estuviera desarrollado ni hubiera alcanzado el mismo grado de civilización material de otros parecía no ser tan grave, y se llevaba con cierta paciencia y con mucha esperanza. En Colombia, por ejemplo, durante todo el siglo anterior y el primer cuarto de éste se había aceptado como un canon del comercio internacional que los colombianos debían vestirse de telas de Manchester y cambiarlas por quina, oro, café, sin pretender instalar plantas textiles. Iba contra la ortodoxia de la época el proteccionismo de los países subdesarrollados para crear artificialmente industrias que parecían brotar espontáneas y sanas en Inglaterra, en Alemania o en los Estados Unidos. Se decía que esas empresas serían antieconómicas y le harían pagar más caros sus productos al pobre consumidor latinoamericano, que si las importaba. Sin embargo, alrededor de 1925 comenzaron nuestros países a montar esas industrias artificiales, a defenderlas con el arancel, a hacer sus telas, y fue apareciendo un subproducto de las nuevas fábricas que no había sido analizado: los mismos grandes y saludables cambios que se habían provocado por la revolución industrial en Europa y América del Norte, ocurrían en la América Latina. Había más trabajo, subían los salarios, se desarrollaban las ciudades, surgían otras industrias y el ritmo de desarrollo económico, casi idéntico desde la Colonia, tomaba una aceleración satisfactoria. Claro que se creaban más necesidades, más ansiedades, más ganas de vivir mejor que antes. Pero nuestros hombres de gobierno y una clase dirigente económica más activa y menos conservadora que la de los grandes terratenientes veían esos cambios sin alarma, y como síntomas de vitalidad.

En treinta años la América Latina comenzó a cambiar con rapidez asombrosa. Sin plan, sin organización, sin técnica, iba produciendo las alteraciones que la separaban cada vez más de la Colonia y de la primera época republicana. Y al mismo tiempo la intensificación y extensión de las comunicaciones de todo género pusieron a las masas humanas en contacto con formas de vida ambicionables y gratas que, sobre todo, rompían el rigor de los antiguos testamentos que marcaban el destino de un hombre y su familia por generaciones enteras, sin esperanza alguna de mejorar su condición. No poco contribuyeron a esta transformación las grandes empresas norteamericanas, como las de petróleos, que aun aprovechándose de un bajo nivel de salarios, lo aumentaron considerablemente a su alrededor y por su influencia crearon condiciones de trabajo mucho más humanas y razonables.

Pero, además, aún en medio de la guerra y sobre todo, después de ella, los Estados Unidos tomaron como suya la política de hacer avanzar a los pueblos subdesarrollados del planeta, como una forma lógica de hacerlos más libres, capaces y fuertes, y más susceptibles a la adhesión a las tesis económicas y políticas que esta nación sustentaba contra el totalitarismo. El movimiento contra el subdesarrollo se convirtió en la fuerza revolucionaria más aceptada por una inmensa parte de la humanidad, y todos los países atrasados iniciaron planes de desenvolvimiento económico y social de que nunca se había hablado en el tiempo anterior. No sé qué efectos concretos pueden señalarse en otros países de Asia y África, cuyas ambiciones de independencia política han servido de seguro de distracción a la ansiedad por el desarrollo. Pero en la América Latina ha habido pocas veces un sentimiento tan unánime, tan fuerte, una ambición tan universalmente compartida. En cierta forma se está produciendo un fenómeno geológico de desplazamiento de seculares estructuras que buscan un nivel nuevo, con el consiguiente terremoto.

Pero el desarrollo no se logra sólo con ambiciones y trabajo, y hay una serie de contradicciones entre la voluntad y la meta final. La mayor parte de los países americanos no tienen con qué pagar al contado los equipos, las maquinarias, la técnica, las materias primas que deben importar para activar su desenvolvimiento y hoy ya no ocurren casos de emigración de capitales como aquélla que hizo la prosperidad inicial de esta nación. Esos Estados tienen que medir cautelosamente la capacidad máxima de cualquiera de sus industrias, que corre riesgo de ahogarse en mercados limitados. Tienen que estimular su agricultura y desenvolver su industria para dar comida y trabajo a una población cuya rata de crecimiento, con el control de tres o cuatro enfermedades que la diezmaban implacablemente, ha subido hasta los más altos límites que se registran en la historia de la humanidad. Tienen que darle no sólo a la nueva población, sino a la anterior, escuelas, hospitales, vestido, calzado, vivienda, asistencia social y, sobre todo, trabajo remunerador. Y el Estado en todas esas naciones está afectado por una deficiencia de servicios que produce atrasos en la atención de necesidades urgentes y que se enfrenta ahora a muchas más y más agudas. El programa de desarrollo económico que los Estados Unidos han contribuido, con sus expertos y sus teorías, a lanzar sobre un mundo aletargado, hoy todavía es el de los gobiernos, mañana de no ejecutarse, será el de la revolución. ¿Cuál? Hay muchas formas, pero estoy seguro de que en actos sucesivos de desesperación cada una de ellas irá pareciéndose más a la comunista.

Eso es lo que tenemos que evitar. Es misión nuestra, en primer término. Pero vamos a requerir de ustedes una contribución muy grande, de técnica, y fundamentalmente de crédito, que no puede parecerse a las operaciones corrientes que se realizan en el régimen de la empresa privada, porque no estamos ante una oportunidad que se toma o se deja, sino ante un problema político con capacidad decisoria en la historia de nuestro tiempo. Las máquinas, los equipos, la técnica, que nos permitirán en pocos años superar el punto muerto del desarrollo económico y bastarnos a nosotros mismos, se tendrán que conseguir, para ser pagados, claro está, con facilidades especiales. Yo recuerdo que en los días del Plan Marshall, cuya capacidad rehabilitadora de la civilización occidental destruida ya no puede ponerse en duda, se hablaba de poner de pie a las naciones derrumbadas. En el caso de la América Latina el proceso es mucho más sencillo, es retributivo, es más rápido, y consistiría en darles a tiempo un empujón para que salgan de un impasse transitorio, que, de prolongarse, puede alterar sustancialmente su destino, hacia la anarquía y el caos.

Me parece innecesario, ante una audiencia, presidida además por el doctor Eisenhower, encarecer la gravedad que tendría para el mundo libre, y para esta nación, que hubiera caos y anarquía en la América Latina.

Ruego a ustedes que disculpen a este nuevo alumno honorario de la Universidad de Johns Hopkins que se limite a presentar el caso de la América Latina y de su patria, Colombia, de manera tan brusca y elemental, y que no destine más tiempo a expresar otras ideas y preocupaciones menos graves y duras. No tengo, sin embargo, ningún temor de perturbar la atmósfera académica con estas palabras. Hace tiempo que sé muy bien, como lo decía al principio, que difícilmente hay un ambiente mejor para tratar cualquier problema serio de la humanidad, ni más atención, ni más gente que lo conozca a fondo, que en una universidad americana como ésta.

A nombre de Colombia, de su pueblo, agradezco a esta tradicional y famosa casa de la cultura americana el haberme recibido, honrado y escuchado.

8 de abril de 1960.


 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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