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Espíritu y misión de la universidad
 

Discurso de Alberto Lleras al tomar posesión del cargo de rector de la Universidad de los Andes
(19 de noviembre de 1954)


DISCRETA RESERVA ACADÉMICA

Este acto ha debido celebrarse normalmente con discreta reserva académica, dentro de los altos muros de la antigua cárcel que nos sirve de asilo provisional. Así se hubieran ocultado, o se hubieran hecho menos notorias algunas de sus fallas esenciales. Una de ellas está, de seguro, latente ahora mismo en los sentimientos más afectuosos de ustedes hacia el nuevo rector. Llega a la universidad tardíamente y a dirigirla quien les hurtó el cuerpo a sus bancos a la edad en que se presume que sentarse en ellos es una disciplina útil para el espíritu. Se convierte en educador un hombre mal educado. Y, peor aún, se exalta ante los estudiantes un ejemplo pernicioso: el del inmoderado ascenso y aún la precoz jubilación de quien no recibió en las aulas el tratamiento que universalmente se acepta como indispensable para adquirir justo título al servicio público y a la honra personal.

Pero como nada de eso es secreto y en más de una ocasión ha sido recordado oportuna y aun impertinentemente, nada hubiéramos ganado con el sigilo. En cambio hubiéramos perdido -yo, al menos-, una ocasión para destacar otros aspectos menos desfavorables, y aún algunos excelentes.

Por ejemplo, la feliz circunstancia de que un político se retire a la universidad, acto que en cualquier momento de la historia humana merece elogios y suscita tranquilidad, no por la esperanza de que aprenda algo nuevo sino por la certidumbre de que ha cambiado de intenciones y, en todo caso, de público.

DIÁLOGO SOBRE LA UNIVERSIDAD

Pero la verdadera razón de este despliegue de ceremonia es otra. Ustedes han sido invitados aquí no a dialogar, como suelen decir equívocamente los oradores ante una audiencia inerme, sino a asistir a un diálogo sobre la Universidad de los Andes. Mario Laserna ha dicho ya, y muy bien dicho, lo que ella es, lo que ha sido en su brevísima infancia. Ha omitido, por modestia y por táctica, su papel en esa aventura de la inteligencia. Sin embargo en esta sala nadie lo desconoce y algunos de ustedes han adquirido una noción costosa de lo que significa la imaginación, la tozudez y la eficacia de un joven antioqueño dedicado a una empresa filantrópica.

He oído por ahí que mi encargo sería el de decir lo que la universidad va a ser de ahora en adelante. Esta distribución sería muy ventajosa porque se me reservaría la mejor parte, la de los planes y propósitos, sin confrontación posible con la realidad en el vasto territorio inasible del porvenir. No cometeré sin embargo, esta tarde, ningún acto de fantasía.

La Universidad de los Andes —su concepto, su espíritu, su significado y lo que hasta hoy se ha hecho en ella-, son cosas muy serias para sacrificarlas a la retórica. Es un experimento, y, consecuencialmente, una obra delicada y peligrosa. El material con que trabajamos es un pedazo de la juventud colombiana, animoso grupo de voluntarios que no le temen a este ensayo que afectará, necesariamente, sus vidas. Pero nuestra universidad es nueva y no tiene más garantía de permanencia que la buena voluntad colectiva. No quiere vivir de cosa distinta que del apoyo solicitado abiertamente a quienes pueden y, en nuestro concepto, debieran ofrecérselo, sin que ejerzamos sobre ellos otra coacción que la que espontáneamente resulta de la convicción de que debe existir este tipo de institución de alta cultura.

Así, pues, quisiera más bien contestar ahora algunas de las preguntas que aún seis años después de fundada provoca la Universidad de los Andes, relacionadas directamente con su conveniencia, y más aún con su necesidad. Me resulta relativamente fácil hacerlo porque si ya no les hubiere encontrado respuesta satisfactoria no estaría hoy con ustedes. La decisión que he tomado de dedicar el resto de mi vida útil a la consolidación y fortalecimiento de una universidad privada, no tiene, ciertamente, para ustedes el carácter de un episodio histórico, como quiere Mario Laserna presentarla. Para mí, en cambio, sí tiene mucha importancia.

He sido por largos años un servidor del Estado y en los últimos, no sólo de uno sino de un grupo de Estados. Las funciones se ejercen, particularmente en la juventud, con un criterio casi místico de la misión estatal. Es muy fácil entre los 25 y los 40 años que un empleado público se identifique casi involuntariamente, con la abstracción del Estado, y que acabe por sentirse como él, infalible, omnipotente, representante exclusivo del interés público y adversario paternal de todo interés privado. Más fácil aún si, como ocurre en Colombia, el más modesto de los ciudadanos elegido o nombrado en una oscura labor administrativa, en diez días descubre que su poder no es una delegación del pueblo, sino la sucesión, por línea directa y no interrumpida, de los monarcas españoles. A esta sensación ayuda la estructura del Estado que sigue siendo sensiblemente la misma, pero aún las propias formas y ritualidades contribuyen poderosamente a crear en el burócrata una mentalidad imperial No acaba de recorrer los nueve metros cuadrados de su oficina cuando ya le parece el territorio todo de la nación estrecho para sus experimentos y se otorga inmediatamente una jurisdicción sobre el mayor número de ciudadanos para darles consejos, determinar sus movimientos e imponerles restricciones. Así, desde la Corte cuatro siglos antes, modestos escribanos de negra ropilla y largas hambres, redactaban volúmenes enteros de obligaciones, reglamentaciones y prohibiciones para los lejanísimos americanos. De cumplirse -y por fortuna sólo se obedecían-, hubieran dispuesto de ellos en tal forma que por comparación los modernos Estados totalitarios aparecerían como relajadas y anárquicas democracias. Ellos mismos ponían con mano firme el "Yo, el Rey", y al trazar el garabato majestuoso sentían la misma fruición que los burócratas contemporáneos hemos experimentado alguna vez al recrear el mundo con nuestros decretos.

Con esas experiencias en mi pasado he llegado sin embargo a la conclusión de que hay demasiado gobierno en el mundo, y entre nosotros no siempre por la sola culpa de los gobernantes, sino porque el ciudadano emplea sistemáticamente sus restos de libertad para pedir que lo gobiernen un poco más. En esto tampoco nos diferenciamos mucho de la Colonia. Somos todavía como en el siglo xvi, un pueblo de memorialistas. Los grandes movimientos cívico; de nuestro tiempo, cuando las llamadas fuerzas vivas se conmueven, agrupan y deciden dejarse de ruidos, culminan en un telegrama pidiéndole al gobierno que haga o prohíba algo. También los atribulados criollos de 1500 escribían memoriales por generaciones enteras pidiendo la construcción de un puerto y anotando lustro tras lustro, el número de víctimas de la corriente fluvial y la progresiva acumulación de perjuicios, sin que nadie intentara quitar el privilegio al rey de poner el primer ladrillo. Cuando ya podía haber florecido en tierras de nuestra América una civilización menos centralizada, más audaz e imaginativa, como la que comenzaba a dar zancadas en el norte del hemisferio, vinieron las revoluciones y el estado de guerra, totalitario naturalmente. Y más tarde el re-descubrimiento del estatismo en la filosofía política de las extremas izquierdas y derechas que encajó a la perfección dentro de nuestras tradiciones y el gusto providencial de los gobernantes.

La visión de ese proceso y la inevitable comparación con otras culturas que no lo vivieron, me han hecho pensar que sería una experiencia grata y en cierta manera reparadora intentar hacer cosas, no por decreto, sino por persuasión, por el esfuerzo de un grupo de individuos calurosamente unidos en el propósito de crear algo cuya supervivencia dependa de actos continuos de abnegación, fe y voluntad de unos pocos y no solamente de la disposición oficial de los dineros del contribuyente anónimo, irresponsable e involuntario.

Pero, ¿por qué una universidad? ¿No hay ya varias? ¿No es un despilfarro de energía humana y de dinero? ¿No hay también demasiados doctores? ¿Es conveniente una universidad más, y aun siéndolo, es necesaria?

Yo creo que la fundación de la Universidad de los Andes obedece a una necesidad, rectamente interpretada por quienes tomaron la iniciativa de organizaría. Pero también creo que si no fuera estrictamente necesaria sino sólo conveniente, aún más, si se tratara de un lujo que quisiera darse a sí misma una sociedad ya bastante próspera, si no fuera sino una superestructura ornamental para enriquecer la vida intelectual de la nación, valdría la pena de dedicar a ella nuestros esfuerzos. Ocurre, además, que es necesaria.

LA EMIGRACIÓN COLOMBIANA

La manera más fácil de comprobarlo es tomar nota de la corriente emigratoria colombiana hacia los institutos de educación de los Estados Unidos. Varios millares de niños y jóvenes colombianos están saliendo del país a buscar en las escuelas, colegios, universidades y facultades profesionales norteamericanas, alguna cosa que no encuentran en su país. Aceptemos que ese fenómeno sea el producto de una gran confusión, de un error extendido, de una colectiva obnubilación. Pero el hecho subsiste. Claro que el gobierno -¡otra vez el gobierno!-, podría, con la misma mano inflexible y seca de Felipe II impedir que los niños y los jóvenes emigraran. Pero es que esa emigración obedece a razones, tiene causas en la psicología de las gentes y argumentos poderosos en las deficiencias de la educación colombiana. ¿Cómo, por ejemplo, cerrar la posibilidad de que las nuevas generaciones, a su costa y por su gusto, tengan la ocasión de aprender ciertos oficios, profesiones y técnicas que no se pueden enseñar entre nosotros, porque aquí se carece de instructores, equipos, textos y de un ambiente favorable para el desarrollo tecnológico? Pero si la emigración no sólo es inevitable, sino útil y aún el propio gobierno la estimula, tal como está realizándose más parece una desordenada fuga, una tumultuosa derrota, una costosísima aventura de exilados. Los fracasos y tropiezos que sufrieron, con notables y escasas excepciones muchos bachilleres colombianos que intentaron o realizaron estudios universitarios en los Estados Unidos, en vez de descorazonar el ausentismo hicieron pensar a sus familias que también la educación secundaria debería hacerse en el exterior, y ya muchas encuentran que es más razonable iniciar estudios en la escuela elemental. Esa fuga dentro de tales circunstancias hay que procurar evitarla. Pero no por decreto, sino ofreciendo un puente racional a quienes legítimamente aspiran a una educación técnica superior, en Colombia todavía inaccesible, para que puedan ingresar a la universidad norteamericana cuando sea indispensable y no antes, cuando resulte menos costoso y cuando tengan una preparación que les permita obtener de la experiencia extranjera el más alto beneficio. La distribución ordenada de los estudios de tal modo que los puramente técnicos se lleven a cabo en el exterior, mientras los preparatorios y humanísticos que toda buena universidad americana exige, se ejecuten en Colombia, tratando de que los programas coincidan, no es solamente una hipótesis, sino que ya ha tenido realización en la Universidad de los Andes, en diversas ramas de ingeniería y economía. No es demasiado ambicioso, por consiguiente, pretender que nuestro instituto en el curso de pocos años más haya efectuado una obra de canalización y rectificación de ese alarmante movimiento emigratorio y reduzca al indispensable contacto entre dos civilizaciones en diverso grado de desarrollo. Esa tarea requiere que se le ofrezca al estudiante en su patria todo lo que razonablemente busque de una educación foránea, y se frustra cuando se pretende encerrarlo dentro de un tímido nacionalismo arraigado en una aguda conciencia de inferioridad.

Así me parece que cuando la Universidad de los Andes se aproxima, en concepto de sus críticos, peligrosamente a las modalidades de la universidad americana, está prestando un servicio, por el momento solitariamente, de un nacionalismo inequívoco. Si la universidad no hiciera cosa distinta ya tendría, pues, justificada su existencia.

Pero hay, además, otros aspectos que son todavía motivo de exploración, rutas por las cuales deseamos avanzar con relativa audacia. La universidad colombiana no las ha transitado aún, pese a que no son ya nuevas en el resto del mundo, aunque después de la última guerra inquietan más seriamente la atmósfera académica. La Universidad de los Andes quiere establecer y está creando las escuelas necesarias para ofrecer, ante todo, lo que se llama, particularmente en los países de habla inglesa, una educación liberal. No tengo para qué explicar, pero acaso no sobre, que cualquiera semejanza de términos con la política colombiana es una pura coincidencia. Cada día será más nuestra universidad rigurosa en exigir esa educación como preámbulo al estudio de las profesiones.

Sin ella los profesionales ciertamente podrán ganarse la vida pero, en nuestro concepto, no darán al país la contribución que como ciudadanos más afortunados tienen obligación de otorgarle con simple carácter retributivo. Dentro de ese criterio el universitario no deberá estudiar menos, sino más, mucho más de lo que tiene ocasión ahora dentro de los programas profesionales que el gobierno reglamenta. Es comprensible que un país, acosado como el nuestro por un crecimiento vertiginoso de población y de necesidades elementales, no pueda oficialmente emprender tarea distinta que la de fabricar profesionales, a destajo, urgida como está la enseñanza superior por la doble presión de quienes quieren cuanto antes una patente de trabajo y por la abundante demanda de médicos, ingenieros, arquitectos, dentistas, agrónomos, farmaceutas y aún de abogados. En cambio, una universidad privada no tiene esa obligación, y la nuestra, hasta donde sea posible, evitará convertirse en una fábrica de habilidades para ganarse la vida. Tampoco nos corresponde a nosotros la equívoca función de hacer democracia universitaria, en el sentido cuantitativo que se exige por los demagogos a las instituciones oficiales. Según ese concepto la aulas han de estar libremente abiertas a todo aquel que llegue hasta ellos, así no tenga capacidad o vocación de estudio, casi como si el título universitario fuera uno de los derechos humanos elementales y no la trabajosa conquista de los más aptos.

EN LA INTELIGENCIA, NO HAY IGUALITARISMO

En el reino de la inteligencia no puede haber, no ha habido jamás igualitarismo. La democracia, en él, consiste en crear ante sus estrechísimas puertas la más absoluta igualdad de oportunidades, pero una vez que ellas se cruzan necesariamente se va formando una aristocracia de capacidades e ingenios en donde están trazadas con invisible inflexibilidad las jerarquías del talento. Toda revuelta oclocrática, toda rebelión de los seres inferiores, todo intento comunista, todo despotismo de la fuerza o toda aventura del dinero, se estrellan hoy como ayer vanamente contra esas jerarquías. Aún subvertidas violentamente, sin ellas la humanidad no puede seguir su camino. La universidad es por eso, en Moscú o en Oxford, en Roma o en Harvard, en Princeton y en Upsala, una institución jerárquica, una ascensión por grados, una conquista por méritos y no un derecho que se distribuya con la mano larga de los príncipes o la improvidente de los demagogos. Dentro de ese círculo y de esa casta puede haber universidades más restrictivas y duras, más severas o más laxas. Pero como el camino del conocimiento no tiene fin previsible, una universidad que abra más oportunidades de aprender a quienes las quieran, es mejor, forzosamente, que aquella que debía limitarse por razones puramente políticas a lanzar periódicamente a la calle un producto de especificaciones mínimas. La evolución de la Universidad de los Andes quiere ser hacia el primer tipo. Por lo pronto se propondría reparar y salvar las fallas de un bachillerato que está acumulando sobre la universidad un ejército de muchachos desorientados y confusos, que aún antes de concluir la etapa de las precisiones sobre los hechos fundamentales, sin entrar a la de las interpretaciones y generalizaciones, ya están otra vez ante los nuevos hechos que les ofrece la carrera profesional, con el mismo disgusto, el mismo temor e idéntica perplejidad que en el día de su primer contacto con el conocimiento.

La educación adicional que quisiéramos ofrecer e intensificar hasta su límite máximo en el futuro, consistiría esencialmente en abrir un proceso de interpretación y generalización de los estudios secundarios básicos en ciencias naturales, ciencias sociales y humanidades, es decir, un contacto generoso con el mundo de la naturaleza, el de la sociedad humana y el de las grandes ideas que ha producido la especie. Esa educación se impone a nuestros estudiantes, -exilados en las universidades americanas -a un costo muy grande para el colombiano-, por cuatro años, antes de entrar a los estudios propiamente profesionales. No he oído decir que los padres que aquí apoyan con entusiasmo las huelgas contra cualquier año adicional, hayan vacilado ante esa jornada cuádruple, que les parece razonable cuando se exige por una cultura extranjera. Pero si queremos que Colombia no se hunda en la barbarie, tenemos que intentar un grande, vigoroso y ejemplar esfuerzo, en este sentido, aunque con menor intensidad.

PROBLEMAS DEL BACHILLERATO

Nuestro bachiller no es un ser apto para el período profesional universitario con su presente bagaje, y también es cierto que las técnicas profesionales no pueden aprenderse en menos tiempo del que se está empleando. Sin embargo, la universidad tiene necesariamente la misión de formar un hombre más universal, una persona capaz de aproximarse a la vida con inteligencia, destreza y capacidad de pensar, antes de que entre atolondradamente a manejar los instrumentos de precisión de su carrera.

Por lo pronto yo me contentaría con que la universidad lo enseñara a articular, en la modestísima acepción dé unir y enlazar las palabras habladas o escritas para entrar en fácil comunicación con su prójimo. Los ingleses sugieren que la condición esencial de quien ha recibido una educación liberal es esa de la articulación, es decir, la de ser articulado. Nuestros bachilleres, nuestra juventud en general, nuestros universitarios y fatalmente nuestros profesionales, lo son cada día menos. Hablar, escribir, comunicar ideas, moverse con facilidad y con lógica en el mundo de los conceptos y las abstracciones, conocer otra lengua fuera de la propia, y ésta honda y vivamente, mantener contacto con la humanidad desaparecida, son todas herramientas insustituibles para entender la que vive con nosotros, para apreciarla y servirla. Es eso lo que adquiere el francés y en general el europeo en el bachillerato, es una portentosa y ardua familiaridad con los clásicos de la Antigüedad y con los de su propio idioma. Pero con los conocimientos matemáticos, físicos, químicos, económicos, sociales, de arte y letras de un bachiller colombiano y, sobre todo, con los métodos de estudio adquiridos en la escuela secundaria, el ingreso sin etapas a la carrera profesional se va convirtiendo cada día más en una aventura temeraria. Porque la profesión también cada día se especializa más, desde sus primeros pasos, y es muy difícil especializarse para quien no domina el panorama general, para quien carece de medios normales y fáciles de comunicación con los libros y con los hombres y para quien no conoce los métodos ni ha practicado las disciplinas de aproximación a la entraña científica. Recargar el bachillerato para producir esta etapa indispensable no parece la mejor solución. El tránsito a la universidad que promueve en el estudiante un estado de ansiedad y de alerta es probablemente el momento más adecuado para producir en él nuevas reacciones ante el mundo del conocimiento.

PRISA EN LA VIDA MODERNA

Pero se dirá que hay mucha prisa, sí, en la vida moderna. Hay mucha impaciencia, sí, en esos estudiantes que miran la universidad como un mal necesario, como un gran papeleo de años enteros para obtener una licencia de cacería o de pesca libre en aguas revueltas. ¿Pero, es que nuestra vida es mucho más rápida, exigente y febril que la de los Estados Unidos, por ejemplo? Entonces, se dirá que también hay pobreza y que los padres no pueden sobrellevar una educación prolongada. En este argumento hay un doloroso fondo de verdad, aunque es evidente que si pensamos en las generaciones futuras, no podremos disminuir las distancias abisales entre las civilizaciones más ricas y las más pobres del planeta, si en las primeras se intensifica la educación y en las segundas se destruye. Y también que en los casos puramente individuales el profesional que tiene herramientas más universales de trabajo recupera el tiempo gastado en la universidad con eficacia sorprendente.

Pero además este ensayo no se está proponiendo para las universidades oficiales, sino que se hará en una universidad privada en pequeña escala numérica, ofreciendo este tipo de educación a quienes puedan pagarlo y sean capaces de continuarla y, también a quienes la merezcan, aunque no puedan pagarla. Es posible, que del experimento no salgan al final sino varias docenas de hombres con una educación liberal amplia, profesionales o no. Esa docena la necesita el país, como estímulo, como ejemplo, y también muy principalmente como reactivo para una mesocracia intelectual que se está precipitando frenéticamente a buscar el éxito fácil, el dinero fácil, la política fácil, el amor fácil y que se ha vuelto desdeñosamente de espaldas a todo lo que la humanidad respetó, amó y sirvió por milenios, con paciencia, con dolor y con sacrificio.

Aparte de ser nuestra universidad el puente para el profesional que deba especializarse en el extranjero y un colegio de estudios superiores que haga de ese profesional, además de un técnico, un hombre hábil para la existencia inteligente, tiene que desempeñar otra función: la de investigar. La universidad en donde los profesores no investigan, sino que enseñan solamente, es una máquina de transmisión de conocimientos muertos, es un museo parlante, es un archivo, y sus alumnos serán forzosamente una generación tan vieja como aquellas que les precedieron en las aulas. Es esencial que haya un trabajo de investigación a la vista de los estudiantes, en el cual puedan participar como aprendices o cuyas alternativas puedan seguir con ojos interesados. Es también esencial que la universidad tenga una coordinación de su claustro, que una al sociólogo con el arquitecto y el médico, al físico y al matemático con el filósofo, al historiador y al estadístico con los audaces experimentadores de la nueva técnica. Y eso sólo se crea y mantiene al través de investigaciones conjuntas, de proyectos realizados con la contribución de todas las ciencias, aplicados a casos específicos, sobre una área de interés común. ¿Qué mejor sitio para ese tipo de trabajos que la universidad, ni qué país más necesitado de ellos que el nuestro? Para mí la universidad es el único vehículo capaz de trasladar lo universal a lo particular, la experiencia del mundo y de todos los tiempos a nuestro tiempo y nuestro territorio. Las investigaciones y estudios que se han hecho del país por técnicos extranjeros, contratados oficialmente, tienen fallas radicales de aproximación al sujeto, de procedimiento y de substancia. Las que han realizado los colombianos solos adolecen, casi uniformemente, de desinterés y de certeza científica. Ambos tipos de investigación coinciden en ser parciales, ad hoc, para un minuto y un problema fugaces, y no son el fruto maduro de una técnica investigativa alerta a todos los hechos que se producen y modifican ante un neutral aparato de registro. Hemos creído hasta ahora saber qué es Colombia, por contrato, con término fijo, como quería saber la historia de los hombres el ansioso y moribundo monarca del relato árabe de France.

ORGANIZAR INVESTIGADORES NACIONALES

Si nosotros pudiéramos en la Universidad de los Andes organizar un grupo de investigadores nacionales y extranjeros para emprender un sistemático estudio de nuestros problemas y no aisladamente, sino en relación con los semejantes del resto de la humanidad, allí se podrían hallar respuestas razonables y objetivas para una industria naciente, para una agricultura experimental, para una sociología que apenas balbucea y, por sobre todo, ofreceríamos un ambiente propicio para aquellos espíritus que hoy viven en tremenda soledad y cuya única vocación sobre la tierra es arrancar la verdad a las piedras, a las estrellas, a los átomos, a los hombres, a los tiempos desaparecidos, gentes para quienes un título profesional les resulta un sustituto inadmisible e indeseable. Los estudiantes recibirían el acicate que no les ofrece, ciertamente, el profesor conferencista, con sus síntesis dogmáticas, que ocultan rigurosamente el torpe divagar entre la oscuridad y la develación de los misterios. Se sentirían más cerca del que investiga, porque parte de un terreno común de vacilación y de ensayo. Así un freshman de Princeton, cuando ve la ventana de Einstein iluminada en la noche gélida, siente la solidaridad del viejo hebreo para su humilde problema de cálculo, porque sabe que el sabio tropieza en la teoría del campo unificado, y está lo mismo de perplejo ante su incógnita que él ante la suya. Pero ese otro profesor que no se equivoca, que no vacila, que no ignora nada, que barbotea palabras de piedra, que esconde sus fuentes como un militar sus municiones del enemigo, ese suscita la rebelión, provoca el odio, y contra él se organiza la comuna de la ignorancia, como contra el rico inexplicable el pillaje y el motín.

En la universidad en donde se investiga, es decir, en donde se discute, en donde se averigua, allí donde no todo se sabe, en donde los profesores se equivocan porque tienen ante sí muchos indicios de la verdad, hay una atmósfera de recíproco respeto que no turba la insolencia ni quiebra la patanería. Ningún otro espectáculo ha hecho recoger y sobrecoger más al alma del hombre que el dramático forcejeo para producir una chispa de verdad. La verdad vieja y la nueva, la que transportaron los hombres desde el milenio hasta nosotros, la que nació ayer no más de la insondable fisura de lo infinitesimal, vueltas a crear ante la mente voraz del estudiante, con participación activa suya en ese gran drama de la humanidad, eso es lo que haría una grande universidad aquí, entre nosotros, como fue el fundamento de las primeras, en París, o en Bolonia, en Salamanca o en Oxford.

Para esa tarea, que aún descrita a la ligera va resultando ya abrumadora no sólo para quien la dirija, sino aún para el espléndido grupo humano que vive para nuestra universidad y a ella le consagra su trabajo y hasta sus últimos minutos de justísimo ocio, necesitamos el apoyo público. Necesitamos, ante todo, que se entienda lo que queremos hacer, lo que estamos haciendo. Esta noche sería muy corta para resumir los propósitos innumerables que en más de dos meses hemos estado barajando, descartando y prefiriendo, algunos de los cuales murieron sobre nuestra mesa redonda, en piadoso silencio, sólo por su desmedida ambición. Esta universidad es una empresa costosa, totalmente a pérdida, que no pagará jamás sus gastos y que gastará todas las rentas y donaciones que reciba, sin un segundo de vacilación. Es, sin embargo, una espléndida y segurísima inversión en el porvenir de la república. En esa república viven ustedes y sus hijos y será más amable o más bárbara, más grata o más cruel para los colombianos aún no nacidos, en la medida en que logremos prever su circunstancia y levantar algunas defensas contra clarísimos peligros presentes.

EDUCACIÓN INSUFICIENTE PARA LA NACIÓN

El más grave de todos es que nuestra educación es insuficiente para la nación que nos ha tocado en suerte, y que ya no tenemos ni profesionales, ni hombres de Estado, ni mecánicos, ni aviadores, ni soldados, ni físicos, ni químicos, ni filósofos, ni cosa alguna en proporción a nuestras necesidades, mucho menos a las que van a surgir en el futuro. Estamos, entonces, condenados al colonialismo, porque es también colonialismo el que las clases presumiblemente dirigentes de Colombia reciban una educación extranjera, una educación concebida racionalmente para otro pueblo, para otros intereses nacionales, para otra lengua y hasta para inspirar veneración por otros próceres. El Estado declara, y es cierto, que es muy poco más lo que puede hacer sobre lo que ya está haciendo en la enseñanza superior, pero aún si pudiera, debemos hacer algo por fuera del Estado. Debemos hacerlo, aunque no sea sino para arrancar del espíritu y de las costumbres de los colombianos ese último rasgo de la otra en la patria, que nunca fue estéril para semilla alguna de buen grano enterrada con mano honesta.

Nadie que haya hecho algo por la educación de un colombiano ha probado las aguas amargas de la ingratitud. Nosotros tampoco las conoceremos. Pero con mucha menos causa, desde luego, quienes comenzaron esta aventura y pueden con justicia recibir todo el homenaje que ella merezca. Quisiera ahora rendirles un adecuado tributo, pero necesariamente para una obra de tanta significación en nuestro tiempo, sólo se encontrarían expresiones de la antigua lírica brotadas para festejar o recordar sangrientos y gloriosos hechos. Con muy distinto espíritu del que temblaba en los gritos bárbaros del rey Enrique en la víspera de la batalla desigual y ominosa, yo diría a los amigos que no están hoy con nosotros: Mañana tendremos que envidiar las cicatrices del día de san Crispín en los brazos de ese puñado de gentes, porque fueron bien adquiridas. Ellos son los "felices pocos" de Shakespeare, "the happy few". Cuando nuestra universidad, como tiene que ser, merezca el respeto, la admiración y la gratitud de Colombia, miraremos a esa pequeña banda de hermanos con emoción, y nos tendremos lástima por no haber estado con ellos a tiempo.


El Tiempo, 20 de noviembre de 1954.


 

 

 

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