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El hombre de La Cabrera

 

En 1953 Alfonso López Michelsen publicó “Los elegidos”, una novela con un retrato despiadado de la élite bogotana: gentes de La Cabrera que mezclaban ventajosamente  gobierno y  negocios, sin amor al país y aficionadas a las bebidas inglesas, los viajes a Europa, la infidelidad conyugal y el chisme.  En otros escritos, sin embargo, describió con afecto y elogios a la misma oligarquía: la que mandaba sus hijos al Gimnasio Moderno, la que embelleció la Sabana y la volvió un jardín de plantas exóticas, la de la generación del Centenario (Ospina,  Gómez, Santos), que manejó por medio siglo a Colombia. López, que vivió en La Cabrera y no temía las contradicciones, amaba y odiaba esa aristocracia de la que se sentía  un miembro incómodo, con derecho a atacarla pero no a abandonarla.

La misma ambigüedad marcó su vida política.  En el Movimiento Revolucionario Liberal, que fundó en 1959 y llevó al congreso al comunista Juan de la Cruz Varela, su lenguaje fue a la vez radical y cauteloso.  Siempre negó que Colombia necesitara reforma agraria, pero al oponerse a los esfuerzos de Carlos Lleras para hacerla no alegó, como lo hizo después, que no hubiera concentración de la propiedad rural, sino que atacó la timidez de las propuestas: la reforma agraria de verdad era la de Fidel Castro. Así ofrecía  al pueblo liberal una imagen revolucionaria, mientras se enfrentaba, junto con Alvaro Gómez y los terratenientes, al reformismo llerista. 

Como Presidente de la República, restableció relaciones con Cuba, otorgó la personería a la CSTC y anunció una política para “cerrar la brecha” entre ricos y pobres. El gobierno bajo los subsidios a los industriales, subió impuestos, redujo la protección a la industria y abrió la economía, tratando de convertir a Colombia en el Japón de Suramérica. En medio de una bonanza cafetera inesperada, en un país lleno de dólares, y con industriales y exportadores descontentos, el presidente frenó en seco y las políticas de igualdad se redujeron a dos programas imaginativos pero modestos: el de Desarrollo Rural Integrado y el Plan Nacional de Alimentos.  Al fin de su gobierno poco se había avanzado hacia la igualdad que predicaba. La miseria campesina y de las zonas de colonización, que nunca creyó ligada a la desigualdad de la propiedad rural, siguió juntado la leña para los incendios de los últimos 30 años.  El gasto en educación, la forma de promover igualdad que mejor ha funcionado en Colombia, bajó en su gobierno del 3.35 al 3% del PIB.

Desde cuando empezó a escribir sobre asuntos políticos, históricos, literarios y jurídicos,  López mostró  un estilo inteligente, erudito y coloquial, lleno de sorpresas, de afecto por la cultura popular y de malicia con sus adversarios. Al analizar los problemas del país, como tanto se ha repetido, encontraba siempre una perspectiva inesperada. Orgulloso de sus ideas de izquierda, hizo las más fervorosas defensas de la conquista española y del orden colonial, y contrastó ese período de paz  y vigencia del derecho con el siglo XIX, cuando Colombia se independizó  antes de tiempo,  adoptó un liberalismo calvinista ajeno a la tradicional católica del pueblo, y reemplazó la visión social de la monarquía por un individualismo capitalista. Brillante estudioso del derecho, sentía como uno de sus grandes éxitos que la constitución pusiera en 1968, entre las metas del gobierno,  la búsqueda del pleno empleo, un gesto apenas retórico. Logró la presidencia y se mantuvo después en el centro de la vida pública sobre todo por su agudeza y capacidad como escritor, orador y periodista.

Por eso, cuando pase el tiempo de los elogios rituales y llegue el del análisis, los colombianos probablemente verán más sus palabras que sus obras, y recordarán más al intelectual que al estadista, al generador de polémicas que al ejecutor de políticas, al polemista jurídico que al autor de textos legales, al hábil ministro de relaciones exteriores que al gran presidente.

Jorge Orlando Melo

16 de julio de 2007

 
 
 

 

 

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