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Medellín: historia y representaciones imaginadas

 

Agradezco a los organizadores de este evento su irresponsable generosidad al insistir en que hablara en el comienzo del ciclo, a pesar de mi renuencia a hacerlo. En efecto, sin posibilidades de actualizar las lecturas sobre la historia de Medellín, y ni siquiera para volver a los trabajos antiguos más clásicos, me veré obligado a hacer una exposición improvisada, que no puede partir de un análisis erudito de la documentación o la literatura secundaria. No he podido revisar muchos de los trabajos sobre historia de Medellín publicados en los últimos cinco años, y por ello debo pedir excusas a sus autores, pues no podré utilizar sus aportes y es posible que algunas de mis anotaciones y sugerencias no hagan otra cosa que llover sobre mojado.

Trataré entonces de hacer más bien una reflexión, aventurera sin remedio, sobre algunos aspectos más o menos generales de la evolución de Medellín y de la imagen que nos hacemos de su devenir, a partir de la memoria personal de la ciudad y de unas lecturas ya en buena parte olvidadas.

1. Historia y nostalgia

 Lo primero que debe mencionarse es la forma como las gentes de Medellín viven y perciben su relación con la historia de la ciudad. Desde el siglo pasado, sus grupos dirigentes, probablemente acompañados por el grueso de la población, han compartido una inequívoca fascinación por el progreso. Entre otras expresiones, esto se ha manifestado por una relativa indiferencia por las marcas de su pasado y los elementos físicos, arquitectónicos y del paisaje que en algún momento hicieron parte de la identidad de la ciudad. Esto ha llevado por lo común a una fácil destrucción de los hitos históricos de la ciudad, o a ignorar los daños causados por algunas obras de desarrollo en edificios y paisajes tradicionales. En una ciudad en la cual el 90% del espacio actual, o aún más, no estaba construido en 1900, se consideró necesario alterar ese pequeño resto de ciudad republicana, tal vez ni siquiera un centenar de hectáreas, para no hablar de los débiles y pobres signos de la experiencia colonial, para encontrar sitio para nuevas construcciones. Incluso muchas obras recientes, de comienzos de siglo, que habían llegado a hacer parte integral del espacio urbano, como el teatro Junín y el Teatro Municipal, fueron destruidas sin demasiada preocupación, por alcaldes progresistas e identificados, como don Jorge Restrepo Uribe, con una actitud cívica y de amor a la ciudad. Y esto, para no hablar de la forma como se decidió cubrir las principales quebradas, sobre todo la Santa Elena, y la canalización del río y su tratamiento como una inmensa alcantarilla, que alteraron drásticamente la relación de los habitantes de Medellín con sus corrientes acuáticas. Aun más recientemente, la forma como el diseño del Metro reordenó espacio que rodea y hace parte integral de la gobernación o La Candelaria es otra indicación de esta actitud, común a buena parte de las ciudades del Colombia y del tercer mundo.

Esta actitud tiene sin duda que ver con la velocidad de los cambios urbanos en nuestro medio. Medellín cambia y crece a un ritmo que no da tiempo para crear tradiciones, para convertir gradualmente partes substanciales de su estructura urbana en elementos de definición de la ciudad. No olvidemos que casi todo lo que hoy está cubierto por casas y cemento era hace 90 años tierra de fincas y mangas, y que casi cualquier barrio nuevo ha pasado por un proceso de transformación que cambia del todo su apariencia en dos o tres décadas. Otro ha sido el proceso de la gran mayoría de las ciudades del mundo desarrollado, que aunque sufrieron entre 1700 y 1900 procesos de urbanización rápidos, lo hicieron a un ritmo muy inferior al de Medellín y sobre una estructura cultural consolidada. En todo el siglo XIX una ciudad como Paris cuadruplicó su publicación, mientras Medellín multiplicó su población en los últimos cien años por 50, y en el breve lapso de 23 años, entre 1938 y 1951, prácticamente la quintuplicó.

Este crecimiento ha sido, sobre todo en este siglo, el resultado de una rápida migración. Por ello, en cualquier momento, buena parte de los habitantes de la ciudad habían pasado sus años de infancia y a veces la temprana vida adulta no en Medellín, sino en un remoto pueblo antioqueño, en el cual se habían constituido sus valores y formado sus costumbres. Hasta los años treintas esta migración provino ante todo de sectores medios de los pueblos antioqueños, con valores, costumbres y recursos muy afines a los de similares capas urbanas de Medellín, que venían atraídos por las oportunidades educativas y de otra índole de la capital. Pero la migración posterior a 1940 es diferente. Es de un origen mucho más rural, y aunque sigue siendo fuerte la presencia de gentes de los pueblos más tradicionales de la zona antioqueña, incluye ahora contingentes notables de migrantes de las tierras bajas. Además, está compuesta por gentes de los grupos sociales más débiles, por campesinos expulsados por la miseria o la violencia, que vienen a buscar en la ciudad un respiro a las dificultades de la vida rural. Para 1951, mas de la mitad de la población de Medellín debía ser de migrantes, la mayoría de ellos con una cultura campesina y sin mucha experiencia en el manejo de las formas de existencia urbanas. Sin embargo, no parece que el choque entre recién llegados y el medio que los recibía haya sido especialmente brusco: la literatura apenas da un testimonio diluido de las tristezas y nostalgias de la bohemia de Guayaquil, y de las formas tempranas de marginalidad y desorden social asociados con los más pobres de los montañeros. El rápido crecimiento de la industria absorbe hasta mediados de esa década buena parte de los recién llegados, mientras los barrios especulativos de los urbanizadores, como Manrique, Aranjuez y Berlín, mantienen un cierto grado de orden, y la ciudad de las capas medias encuentra en Otrabanda un nuevo horizonte. Aún más, parecería que la homogeneidad cultural de migrantes y habitantes antiguos de Medellín, los parentescos reiterados entre familiares lejanos, favorecían aún, hacia 1950 o 1960, una integración rápida al nuevo ambiente, una menor fragmentación social, una identificación más fuerte con la ciudad, al menos si se compara con la de otros centros urbanos del tercer mundo.

Con esto quiero señalar que la construcción de ese complejo de representaciones propias de los habitantes de Medellín va dándose sobre la base de una población siempre nueva, lo que hace que muchos de los elementos de identificación del habitante de Medellín sean más bien los del antioqueño, comunes a campesinos y pobladores urbanos. Cada grupo generacional se apoya en memorias y contactos rurales, y poco a poco va haciendo suyos los elementos propiamente urbanos, los recuerdos, las imágenes de lugares, la memoria de símbolos, emblemas, representaciones, acontecimientos, que van definiendo la siempre cambiante trama de lo que cada uno vive como su ciudad. Esas imágenes, esas memorias, esos símbolos, son en Medellín todavía muy cambiantes, pues la misma materia de la ciudad se transforma, y su gente es siempre en buena parte nueva. Por esta misma razón, muchos identifican mas la ciudad con lo que puede ser, con el futuro, con el desarrollo, con lo que se construirá, que con su pasado, su historia o la nostalgia de lo vivido en ella. Por ello también la relativa indiferencia ante la destrucción de los elementos de vida urbana que durante algunos años se habían convertido en sitios de referencia general.

La misma velocidad del cambio provoca sin duda reacciones contrarias, afanes por fijar y amarrar esa corriente incesante de cambios desordenados. Pero más que esto, parece haber algunos factores que en Medellín contribuyen a que surjan contracorrientes, que tratan de valorar y conservar las formas de cultura, de intercambio social, que se constituyeron en un momento determinado y que hicieron parte de la imagen amable y positiva de la ciudad, o que tratan de reforzar los esfuerzos de constitución de una identidad urbana compartida por buena parte de sus habitantes.

Uno de esos factores favorables a la afirmación del pasado, al que no me referiré en extenso, tiene que ver con rasgos específicos de lo que vemos como la cultura antioqueña. No es difícil, en el abigarrado y a veces contradictorio inventario de lo que se considera como antioqueño, encontrar algunos elementos que refuerzan la solidaridad regional. Incluso además de esos rasgos propios, la percepción del valor de lo regional frente a lo no antioqueño ha sido un factor de cohesión y de identidad. Recordemos que los antioqueños, desde el siglo pasado, han sido definidos como particularmente trabajadores, sometidos a una ética de consumo austero, igualitarios, llenos de inventiva -" el antioqueño no se vara, probablemente muy antiguo, "los antioqueños podemos hacer más", propuesto en los sesentas-, abiertos y francos, auténticos, como lo sostuvo Cayetano Betancur en un extenso estudio que contraponía a los antioqueños con los simuladores de otras regiones.

Todo esto, como ocurre con estos estereotipos sociales, se apoya en conductas reales y las idealiza, pero en el caso antioqueño adopta una forma de reivindicación de lo propio que tiene sus virtudes, así caigan fácilmente en la caricaturización populista. Subraya lo antioqueño cierta democracia primigenia de origen rural, que hace que hasta el oligarca se precie a veces de su acento montañero, haga alarde de su consumo de fritangas o siga prefiriendo el aguardiente a otros tragos, y que ha llevado a muchos escritores, nacionales o extranjeros, a idealizar los niveles de democracia de la región. Esta situación hace posible una reivindicación compartida de elementos culturales que son comunes a todos los sectores sociales, incluyendo a los de migración más reciente, y que en buena parte se generaron o consolidaron en el ámbito de las pequeñas localidades urbanas. Algunos se mantienen con energía en las conductas de los antioqueños y otros quizás son ya sólo curiosidades nostálgicas: unos y otros, esto es lo importante, son promovidos y vividos como elementos de la autodefinición del medellinense y del paisa.

El otro factor tiene que ver con la magnitud de la tragedia que ha vivido Medellín en las últimas décadas, que ofrece un dramático contraste con el optimismo progresista que dominó sin contradicciones nuestra retórica hasta 1950 y que tampoco ha desaparecido del todo. Medellín era la ciudad de la eterna primavera, la tacita de plata, la ciudad industrial de Colombia, una ciudad afable que miraba con orgullo su desarrollo y que pensaba que podía convertirse en un emporio industrial, moderno y progresista, Era una ciudad cuyos conflictos no eran demasiado visibles: las condiciones de vida, de los primeros contingentes obreros, por deficientes que fueran, parecían rápidamente mejorables, con el avance económico y el apoyo paternalista de los empresarios. Era una ciudad en la que dominaba una ética exigente, que exigía la honradez, el cumplimiento de la palabra, el respeto al honor, y en la que la religión regulaba con provinciana rigidez la vida privada y pública de todos.

Los habitantes de Medellín, me parece, no están dispuestos a admitir que el proyecto de ciudad que promovieron sus dirigentes ha fracasado del todo. Buena parte de los factores de la crisis son externos a la ciudad y comunes a otras zonas del país y del mundo. Y tampoco importa ahora -aunque las formas de violencia y las formas de lucha contra ella sin duda entrarán a hacer cada vez mas parte de la memoria urbana, a configurar su simbolismo, a definir sus lugares- en que medida esta violencia, aun si ha sido desencadenada por factores casuales, se apoya en condiciones reales de nuestra sociedad. Lo que quiero es simplemente destacar que la sordidez de la experiencia diaria de zozobra y temor, el impacto de las noticias de horror que la prensa o la conversación traen todos los días, producen como respuesta, como una de las respuestas por supuesto, la evocación de las cosas buenas de la Villa de la Candelaria, de las cosas buenas que compartíamos antes.

Por estas razones, Medellín (y yo creo que esto se extenderá a otras ciudades de Colombia) es, en los medios en los que se genera un discurso cultural o histórico sobre ella, una ciudad poseída y habitada por la nostalgia, por el recuerdo de una ciudad idealizada, por el esfuerzo por construir o reconstruir retrospectivamente hitos urbanos identificadores, símbolos de esa cultura positiva que a grandes rasgos se identifica con lo antioqueño. No quiero parecer negativo o simplificador: lo antioqueño no es algo definido, pues fácilmente va adquiriendo nuevos elementos. Tampoco puede ignorarse que su percepción es contradictoria, y que su exaltación, que tan fácilmente bordea ramplonerías, gestos paternalistas, vanidades ingenuas, simplificaciones racistas, produce en muchos justificada irritación.

Pero independientemente de exageraciones asumidas, existen en la conciencia actual de la ciudad señales de identidad, huellas y palimpsestos siempre cambiantes, lo que tiene consecuencias que vale la pena explorar para el análisis del pasado de la ciudad. Por supuesto, la investigación histórica pretende construir una imagen presuntamente objetiva de esa evolución, y puede por lo tanto sostener que su marcha debe ser ajena a la forma como el pasado sigue o se mantiene vive en la cultura de la ciudad, pues estas imágenes, esas supervivencias, esas reconstrucciones permanentes, son ilusiones o deformaciones. Algunas áreas de investigación, como la historia económica, pensaría uno a primera vista, tienen más posibilidades, por la sofisticación de su aparato cuantitativo y de sus modelos teóricos, de evitar contaminarse con ese problema de la historia como pasado existente en las mentes de los ciudadanos, con ese problema del pasado como presente. Pero ni la historia económica puede, es cierto, ignorar que algo tiene que ver con ello, así sea para destruir los mitos y percepciones que siguen teniendo vida en nuestra imagen de la formación industrial o de las relaciones entre obreros y patronos, para mencionar solo uno de los temas que más se prestan a esta contaminación.

Esta neutralidad no es totalmente defendible en términos teóricos, ni tampoco es una asepsia fácil de practicar, como lo ha mostrado la obra de los historiadores extranjeros y locales durante los últimos años. De un modo u otro, los debates se van amarrando a aspectos valorativos de la tradición que están íntimamente vinculados a las formas de percepción de nuestra sociedad. Basta pensar en Parsons o en Mayor, ajenos a la región, pero que están metidos hasta el cuello en los tópicos de nuestra propia retórica: la sociedad democrática, el origen popular de nuestros empresarios, su voluntad de compartir el trabajo con esclavos o trabajadores. La ambigüedad de esto es tal que un libro que trató explícitamente de separarse de la identificación de la cultura con una supuesta raza antioqueña, la Historia de Antioquia que coordiné hace 7 años, es percibido por un historiador, Fabio Zambrano, como un libro escrito para mantener el mito de la raza. Aún en el terreno de la historia económica, los argumentos sobre el papel del café en el surgimiento de la industria, sobre la distribución de los capitales de nuestros primeros industriales, resultan difíciles de separar de percepciones cualitativas y valorativas sobre estos empresarios. Algo similar sin duda se produce en el terreno de la historia obrera, de la historia de la consolidación de un proletariado enfrentado a un empresariado cuya imagen es paternalista y benevolente: incluso en los historiadores que han tratado de tener una perspectiva obrera, resulta evidente que sus argumentos están tejidos alrededor de esa imagen recibida socialmente.

Centrándonos en Medellín, no tengo duda de que los estudios sobre sus procesos del siglo XX van a seguir especulando alrededor de tales tópicos. En el campo más dramático, que es el análisis de los factores que han conducido a los fenómenos de violencia recientes, esos rasgos estereotipados desde el siglo XIX por los viajeros y otros observadores, y compartidos como autodefinición por nuestros coterráneos-el afán de lucro, la capacidad de iniciativa, el individualismo-, y esos rasgos que supuestamente nos definían y han cambiado -la familia tradicional, la religiosidad que controlaba la conducta- van a estar entreverados inevitablemente con el discurso histórico sobre nuestro pasado reciente, o con la argumentación sociológica y política. Como manejar esto, como establecer distancia entre el discurso del historiador y los tópicos de la retórica local, es algo que no voy a discutir ahora, ni tampoco el tema de la inevitable conversión del discurso del historiador, si es exitoso, en parte e esa retórica de identidad.

II. Los lugares urbanos

Teniendo en cuenta lo anterior, quizás vale la pena hacer un primer intento de aproximación, perfectamente intuitivo y descriptivo, a algunos de los lugares mentales que hacen parte de la geografía imaginaria de Medellín y que reconstruyen también imaginariamente los hitos centrales de su pasado. Por supuesto, una lectura atenta de literatos, y viajeros, un seguimiento de los esfuerzos de las autoridades para dar sentido al desarrollo de la ciudad, una revisión de los gestos y rituales urbanos y sus transformaciones, es el único camino para determinar con algún grado de seriedad y amplitud lo que presuntamente constituye la impronta del pasado en nuestra ciudad y en nuestra conciencia.

Lo que sigue es una simple enumeración, que probablemente ha sido hecha ya en muchas mesas de café, y que puede conducir a que convirtamos el juego de la identidad en elemento de la misma identidad. Sin duda, representa ante todo la percepción de un sector urbano con afinidades culturales, pues es ese el medio que al menos deja un registro de estas representaciones.

1. Sitios, edificios y lugares

 Medellín es supuestamente un valle, pero fuera de la expresión "Valle de Aburra" me parece que es la loma y en particular el cerro el que define el paisaje natural. El Pan de Azúcar tiene quizás mayor tradición. Era un presunto volcán, en las historias de nuestras abuelas, y siempre existía el temor de una explosión: poco visitado en los paseos de la vieja ciudad, comienza a diluirse entre las invasiones recientes. El aviso de Coltejer fue una adición significativa, me imagino que a mediados de los cincuenta. El cerro del centro de la ciudad, el Volador, tuvo (¿tiene todavía?) un aviso de Everfit: la publicidad entró sin mucho rechazo en el paisaje urbano. El Nutibara fue, en mis tiempos, obstáculo imaginario a la aviación; ya don Gonzalo Mejía había tenido, hacia 1930, que mostrar que no había riesgos de que un avión chocara contra él. El cerro del Salvador cambió de sentido a comienzos de siglo, cuando se hizo la estatua que consagraba la dedicación de Medellín al Salvador. También el Picacho incluye, como el Salvador, un referente religioso.

Es probable que todavía queden personas que incluyan en su imagen de la ciudad la visión del río bucólico que sugieren algunas fotografías de comienzos de siglo. Para una generación intermedia domina probablemente su asociación con los esfuerzos de progreso representados por su canalización, y en los más jóvenes la reiteración de su contaminación, acompañada posiblemente de una indiferencia por una naturaleza que desaparece y se esfuma entre edificios y parques en los que los árboles surgen de los pisos de concreto.

Muy importante es el parque de Berrío, pues todos los antioqueños nacimos allí. Ha cambiado mucho, y en la memoria se confunde el parque de pueblo, con su estatua del gobernador, con la invasión de vendedores de libros y loterías y con el espacio en el que hoy habita la gorda que, si nadie la mueve, probablemente se convertirá, con su tranquila solidez, en una de las imágenes inevitables de la ciudad.

Son muchos los edificios que han hecho parte de la referencia mental de nuestros conciudadanos. Unos han perdurado mas que otros, hacen parte del contenido mental de unas generaciones y no de otras, han sido desplazados. Me limito en seguida a una desordenada enumeración: la catedral de ladrillo más grande del mundo, la Veracruz, la gobernación, el palacio municipal y el palacio nacional, con sus suicidios que llegan hasta Rodrigo D., la estación del ferrocarril, la vieja, con su función real de transporte y los discursos políticos desde sus ventanas, y la nueva, restaurada y burocratizada, todo dentro de ese universo de Guayaquil, sitio de bohemia romántica de periodistas y estudiantes, y de descubrimiento de la ciudad para los campesinos. Los sitios de pernicia: del pasado, queda la memoria de Lovaina, y la Curva del bosque, idealizados en esas novelas llenas de putas comprensivas y que recitan de memoria a Barba Jacob y a Francisco Rodríguez Moya. Los lugares de encuentro, los cafés, entre los cuales La Bastilla fue central, y en mi generación el Miami, el Metropol, Versalles, los estaderos. Los lugares deportivos: el ya borroso Libertadores, el San Fernando, y en los últimos cuarenta años el espacio deportivo del Estadio. A pesar de su temprano recubrimiento y de su reciente invasión por moles urbanas y vendedores, imágenes, fotografías y comentarios mantienen viva la imagen idílica de la Playa con su quebrada abierta. Los fotógrafos de comienzos de siglo (Melitón y Benjamín de la Calle, sobre todo) se desdoblan y refuerzan en esas acuarelas cuyas reproducciones adornan ahora cafés de carreteras, con el Medellín de los años treintas, y a los que se añaden, en casas de campo y sitios públicos, las imágenes antioqueñas de Horacio Longas o los dibujos estilizados y comerciales de Ramón Vásquez.

No es Medellín ciudad de grandes monumentos, aunque he sido testigo al menos de dos esfuerzos, que poco me dicen, por llenarla de moles de piedra: los mitos paisas esculpidos por José Horacio Betancur, en los cincuentas y sesentas, y la profusión de épicas figuras proyectadas al aire y recubiertas de alusiones a la raza de Rodrigo Arenas Betancur. No sé si los habitantes de nuestra ciudad actual identifican algunas de las obras financiadas con las normas que obligan a los constructores a contratar una obra de arte, pero por lo menos en algunos sitios su presencia empieza a hacerse reconocible.

Estas imágenes son compartidas, mal que bien, por toda la ciudad, pero hay que preguntarse en que medida el barrio es central, probablemente los barrios configurados en la primera mitad del siglo tienen, para sus gentes, una geografía mental bien delimitada. Aranjuez, Manrique, Gerona, Santa Ana, La América, el Barrio Antioquia (que, avergonzado, perdió no hace mucho su nombre) Villahermosa. Antes de este siglo no había propiamente barrios; los últimos, los de las invasiones de los treinta años recientes, no tienen mucho espacio público y sus referentes son escasos. Un parque, un colegio, una iglesia, una quebrada todavía sin canalizar, configuran los hitos del mapa mental de sus habitantes. No he leído sino un puñado de las historias de los barrios escritas en esos concursos que sólo en Medellín pueden suscitar semejantes aludes de textos y que reflejan también la estrecha relación que hay entre la constitución de la identidad del barrio y el intento de construirle, inventarle y reconstruirle una historia, pero sin duda en ellos podrían adivinarse muchos de los tópicos de la identidad y de la creación de lugares emblemáticos.

Tampoco es Medellín ciudad de grandes espacios abiertos, de parques, alamedas y avenidas. Por un tiempo se caminaba, ociosa y placenteramente, en la Playa y sobre todo en Junín, como ahora se recorren los centros comerciales. Y el parque por excelencia fue el Bosque de la Independencia, con su mezcla de segregación e integración social.

Iglesias, colegios, universidades, talleres y fábricas, lugares comerciales -cada calle con sus propios rasgos, sus almacenes, la tienda que sirve para definir una dirección- entran también en esa construcción imaginaria de la ciudad, así como algunos elementos vegetales: todavía no hemos olvidado las palmas de Bolivia, o las esquinas donde florecían los guayacanes.

Y sin duda, hacen parte de todo esto instituciones, frases hechas, lugares comunes del habla y la escritura, personajes (hace cincuenta años "los Echavarrías" eran emblema de riqueza y de energía empresarial; Ramón Hoyos fue el primer ídolo deportivo, reconocido a un punto al que no habían llegado antes futbolistas como Turrón Álvarez y Chonto Gaviria, el primero; obispos, monjas, curas, delincuentes han ocupado espacio notable en las páginas de los periódicos y en las improntas mentales de los paisas.

El silletero es un esfuerzo nuevo, relativamente artificial, de construir una tradición folclórica. Una encuesta reciente lo presentó como el símbolo de la ciudad. Con ello entramos a una nueva fase en la constitución de las identidades urbanas: su creación más o menos promovida, por los medios de comunicación o las campañas de publicidad. En forma paralela, los rituales y conmemoraciones que antes provenían ante todo del ritmo del calendario eclesiástico (uno de cuyos momentos públicos centrales fue, de los veintes a los sesentas, la procesión del Corazón de Jesús), quedan apenas en la memoria y surgen las conmemoraciones y festividades promovidas por las autoridades y las fábricas de Licores, como La Feria de las Flores. No tiene la ciudad conmemoraciones de origen político, y esto no es gratuito (tampoco tiene nada parecido a Gaitán): dejo la sugerencia como una invitación a meditaciones posteriores, en las que podrán introducirse ideas de moda, como el acceso a la ciudadanía, los elementos de la modernidad y muchas cosas más. La Navidad, con menos pesebres que antes, se confunde un poco con la visita al despliegue de las iluminaciones instaladas por las Empresas Públicas, cuya mención permite, en asociación libre, destacar que hacen también parte central del mapa mental de la ciudad, con sus asociaciones ya consolidadas de eficiencia, mentalidad empresarial y privada.

Podrían mencionarse muchas cosas más: los periódicos: El Colombiano es palabra aplicable a todos los periódicos (“Vaya cómpreme un colombiano, pero que sea El Tiempo”); Envigado y otros sitios de beber, comer morcilla y parrandear; tiendas y graneros que todavía no se olvidan, panaderías y boticas; mangas y quebradas, colores, sabores y olores de la ciudad. Y muchas personas: los personajes típicos, los hombres de la bohemia, serenateros y borrachines, homosexuales y poetas, cómicos –Cosiaca y Montecristo ante todo - mostrados por los padres a sus hijos en las calles más caminadas de la ciudad. Y eventos, algunos pocos políticos, que escancian el paso del tiempo: el derrumbe de Santa Elena, la Gran Misión, el festival nadaísta de Ancón, el 10 de mayo, el Congreso Eucarístico y sus motines en 1936, uno que otro incendio, la muerte de Escobar.

Expresiones, formas de comportamiento, exclusiones y rechazos harían parte también de este inventario de lo que existe, no necesariamente en el mundo real, sino en la construcción afectiva del Medellín mental.

3. Algunas consideraciones finales

Muchas disciplinas -antropológicas y semióticas, sobre todo, pero también la geografía y la historia-, pueden aproximarse con sus métodos propios a estos procesos de constitución de imágenes mentales de identidad urbana. Usualmente los historiadores no se han preocupado mucho por lo que no parece ser más que una representación mental, pero en la última década diversas corrientes han estimulado, directa o indirectamente, estas cuestiones. A veces, para interrogarse por las formas de un proceso "civilizatorio", que permitió interiorizar ciertas conductas al convertirlas en elementos esenciales de la identidad de determinados grupos. Otras, como consecuencia de la preocupación por iconos e imágenes y su función social, y para responder a la pregunta por los mecanismos simbólicos que refuerzan y validan el ejercicio del poder. Así, en Europa los historiadores han estudiado las imágenes de los reyes, las formas teatrales del castigo, los rituales y celebraciones urbanas.

A diferencia de algunas de esas disciplinas, no busca el historiador ofrecer un desciframiento sincrónico de los elementos que constituyen hoy, por ejemplo, una representación mental de Medellín, con sus componentes geográfico-espaciales, sus percepciones estéticas y valorativas. No le basta señalar la coexistencia de diversas imágenes y mapas mentales, y su posible correspondencia con determinadas posiciones en el tejido social. El eje de la pregunta del historiador sigue estando en la dimensión temporal, y en la difícil relación entre las percepciones de realidad y la función retórica, simbólica o política de una imagen, un signo, una representación, una celebración o una conducta, que cambian en el tiempo y son reinventadas continuamente. Le interesa ante todo la dimensión temporal: el rastreo de las formas más antiguas de un estereotipo y su progresiva modificación, los olvidos y recuperaciones de lugares imaginarios, símbolos y emblemas, los nuevos sentidos y funciones de algo que en apariencia permanece fijo, en fin, la forma como la sociedad se apropia, utiliza, recrea, modifica y rechaza las imágenes de su propio pasado.

El papel de los intelectuales, en cuanto cristalizan y coagulan, en cuanto producen el reconocimiento de lo que por habitual se ignora y por el simple hecho de describirlo y analizarlo cambian su sentido, es por ello central y se mueve en la oscilación insuperable entre imágenes que sólo existen en espejos que multiplican una y otra vez otros espejos.

Jorge Orlando Melo

(Publicado en Medellín: ”Seminario: ‘Una mirada a Medellín y al Valle de Aburra’ 1993, Memorias”. Realizado entre julio 17 y diciembre 3 de 1993. U. N. de Colombia- Sede Medellín, Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina, Consejería Presidencial para Medellín y su área metropolitana, Alcaldía de Medellín, pp.13-20. )


 

 

 

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