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La mirada de los franceses: Colombia en los libros de viaje durante el siglo XIX
 

Este texto es una presentación preliminar y descriptiva de la forma como los viajeros franceses que visitaron a Colombia[1] en el siglo XIX, presentaron el país en sus escritos. Para esta presentación, hemos destacado los más conocidos y significativos. Otros autores cuyas obras han sido menos divulgadas deberán tenerse en cuenta para formar una imagen más completa.  No todos los textos analizados son, estrictamente, libros de viajeros: algunos son memorias personales, y otros se acercan más al informe científico.  

Sin embargo, en todos ellos parece operarse ese mecanismo que según Levy-Strauss (Tristes Tropiques, 1955, p. 27) constituye el atractivo de los libros de viajes del pasado: el descubrimiento de la diferencia cultural, del sentido de lo otro: "Je comprends alors la passion, la folie, la duperie des récits de voyage. Ils apportent l'illusion de ce qui n'existe plus et qui devrait etre encore, pour que nous echappions a l'accablant évidence que 20.000 ans h'histoire son joués"

1. Del relato de descubrimientos al libro de Viajeros 

Durante el siglo XIX el relato de viaje adquiere algunos rasgos que lo diferencian, al menos en parte, de las narraciones habituales durante la era de los descubrimientos. Los viajeros del siglo XVI y XVII se dedican, para empezar con una generalización algo arbitraria, ante todo a crónicas de aventura, historias narradas por los protagonistas o sus acompañantes. Muchas son expediciones marinas, mientras otras narran el encuentro entre los conquistadores y los pueblos conquistados. Básicamente son viajes de  descubrimiento, como los que se reúnen en las colecciones de Richard Hakluyt y de otros editores desde el siglo XVI. Conforman una primera forma literaria del contacto entre Europa y las colonias, a la que se añade gradualmente, pero sobre todo en el siglo XVII, la narrativa científica, la expedición que quiere llenar los vacíos de nuestro conocimiento geográfico o natural.  

Estas narraciones sufren un cambio de perspectiva finales del siglo XVIII, aunque sin duda hay muchas continuidades con los antiguos esquemas de los primeros exploradores. Pero estas no pueden ocultar que la narración de viajes adquiere una serie de rasgos diferentes. En cierto modo, la aventura misma ha perdido algo de su audacia: el viajero no acompaña a descubridores o conquistadores, no se trata de travesías de piratas o hazañas en busca del Dorado. El nuevo viajero emprende una empresa individual y con menos sobresaltos. Normalmente recorre un territorio en buena parte conocido, con extravíos ocasionales a zonas desconocidas y misteriosas. A veces, es cierto, intenta recorrer zonas inhóspitas,  descubrir las fuentes de un gran río,  completar el conocimiento de un área geográfica tropical. Pero aún en estos casos, el viajero pasa rápidamente, toma notas y hace sus croquis; usualmente acompañado de un nativo que lo guía y cuida. Es, o al menos se pretende, un simple testigo.  

Como no está ya, en la mayoría de los casos, enrolado en una misión militar o de descubrimiento, y ni siquiera en alguna ambiciosa expedición científica oficial, los motivos del viaje están fundados en un interés individual. El viaje de Humboldt y Bonpland es, en ciertos modos, un viaje transicional y fundador. Transicional, porque mantiene, e incluso acentúa y define mejor, las líneas del viaje científico y de descubrimiento, sujeto cada día a un mayor control en la documentación y la recopilación del saber, pero fundador en su presentación de una naturaleza que se desdobla como paisaje maravilloso y como espectáculo sublime, en su representación del viajero como una figura al mismo tiempo minúscula y orgullosa frente a la inmensidad de la selva o los cielos. Es al mismo tiempo un viajero que intenta ofrecer una visión integral de la sociedad, respetuoso de la cultura y los hombres que encontraba a su paso. 

Después de Humboldt, el viajero es ante todo un narrador, que presenta al público el testimonio de una experiencia de viaje de variadas motivaciones. Algunos vinieron a Colombia por razones fundamentalmente científicas, como Jean Baptiste Boussingault, contratado por el Estado junto con Pierre Desirée Roulin, Alcides d'Orbigny, comisionado por el Museo de Historia Natural de París,  Edouard André, botánico que quería estudiar los trópicos y recolector de especímenes vegetales, y, a fines de siglo, Henri Candelier, quien realizó descripciones antropológicas de la Guajira. A otros los contrata el gobierno para asuntos de vías de comunicación o minas, como a Joseph de Brettes  y Jorge Brisson. Otros vienen ante  todo por curiosidad y deseo de aventura, como Gaspard Mollien. Eliseo Reclus llegó a establecer un proceso de colonización proyecto colonizador, aprovechando la legislación que concedía tierras y buscaba estimular la inmigración.. Otros vinieron en desarrollo de un proyecto comercial, como la apertura del canal de Panamá, que dejó las narrativas de Armand  Reclus, el hermano de Eliseo, y de Napoleon Bonaparte Wise. La Madre Marie Saint Gauthier vino a abrir un colegio de monjas. August Le Moyne, aunque aficionado entusiasta de la entomología, llegó como un joven representante diplomático, cuando Colombia buscaba el reconocimiento de las principales naciones europeas. Otros vinieron, parecería, estimulados por el afán periodístico de responder a una creciente demanda de información sobre mundos exóticos, que daba público a revistas como Le Magasine Pittoresque o La Tour du Monde, en el que se publicaron narraciones científicas, como la de Edouard André, y otras que combinan preocupaciones científicas con un relato más literario y periodístico, como las de Jules Creveaux, Jean Chaffanjon, Charles Saffray o Pierre d'Espagnat.  

2. La naturaleza salvaje, progreso y avance colonial 

 En todo caso, hay que recordar que estos viajeros escriben ante todo para el público europeo, y que la excepcional publicación de algunos de sus textos en los periódicos colombianos no estaba en sus planes. Son, pues, ante todo intermediarios entre un mundo todavía nuevo y en buena parte exótico y unos lectores que se saben diferentes y civilizados. Una diferencia fundamental se refiere a la naturaleza, cuya fuerza primitiva caracteriza buena parte del nuevo mundo, y que ha sido domesticada por la ciencia y el trabajo en Europa. En el siglo XIX, en especial, la civilización europea asumió en forma creciente una visión de si misma como encarnación del destino humano, que habría de extenderse desde los países industriales y capitalistas hasta la periferia salvaje. El viajero acompañaba entonces el proceso de conocimiento científico, de búsqueda de nuevas realidades naturales, inextricablemente unido a la perspectiva de explotación de nuevos recursos naturales, de civilización y evangelización de pueblos atrasados. Al mismo tiempo, el desarrollo urbano europeo y la progresiva humanización del paisaje rural generaron, en intelectuales y descontentos, la visión de una naturaleza primitiva más cercana a la naturaleza original del hombre, menos alterada por una civilización que muchos de sus miembros veían como destructiva. El mito del buen salvaje, constituido en buena parte a partir de las descripciones del hombres americano y elaborado inicialmente por pensadores como Montaigne, se reactualiza débilmente en el momento mismo en el que el progreso amenaza con destruir todos los restos del atraso. El romanticismo expresa su nostalgia en la construcción de paisajes salvajes en Europa, de jardines ingleses desordenados y naturales, frente al paisaje racionalista de los jardines versallescos, pero sobre todo en el elogio de una naturaleza en la que el hombres se encuentra frente a la obra original de Dios y reconoce en ella la mano divina.  

 A la mirada del viajero, que ve la naturaleza americana como sublime y como destinada a ser transformada, se suma sin duda la mirada que de ella asumen los pueblos en camino de civilización, en especial en aquellos sitios en los que coincidió este proceso con los esfuerzos de constitución de una sociedad nacional. En América, la naturaleza descrita por el viajero es retomada muchas veces por los escritores locales, que al mismo tiempo que incorporan la mirada europea del progreso -la idea de una naturaleza que debe ser dominada y explotada- tratan de valorar su propia tierra para conformar la comunidad imaginada de la nación.. El viajero europeo se mueve entonces en una ambigüedad de juicio: caracteriza al nativo a la vez por la pereza de una sociedad que no aprecia los valores del progreso, el trabajo o el esfuerzo y por la bondad natural que quizá el desarrollo destruirá y corromperá. La naturaleza es a veces la selva primigenia que debe destruirse para dar campo a la agricultura o la minería, o la majestuosa representación de algo más poderoso que los hombres y cuya destrucción será una pérdida.  

 La literatura reciente sobre viajeros del siglo XIX, además de la sugerencia de que refleja un cambio en el proceso de constitución de un yo romántico, que asume el papel de autoridad del narrador, ha puesto su énfasis en el papel del viaje dentro del proceso de definición de lo colonial, o incluso, como en los conocidos trabajos de Mary Louise Pratt, en el papel del viajero como agente y portavoz del proceso imperial, de agente de un proceso expansionista, de "vanguardia capitalista". [2]El viajero escribe en buena parte para instaurar la diferencia entre el mundo civilizado y el mundo salvaje, y esbozar y anticipar el programa de anexión del mundo salvaje por una cultura europea central. El colonialismo está estrechamente vinculado a una visión racista, en la cual se afirma la superioridad natural de los blancos sobre negros o indios, o sobre las nuevas razas surgidas de su mezcla. Y usualmente se acompaña del machismo, revelado en las descripciones sugerentes de las mujeres tropicales.  

Una mirada global a los textos de los viajeros franceses del siglo XIX confirma, al menos al nivel puramente descriptivo, la tendencia a mirar a la Nueva Granada a la luz de la contraposición entre civilización europea y barbarie y salvajismo local, a ver su naturaleza como una selva destinada a convertirse en plantación, así como la existencia de una serie de representaciones más o menos estereotipadas de los diferentes grupos locales. También es fácil ver allí una peculiar representación de las mujeres de Colombia, que define aquellas que pertenecen a ciertos grupos en términos de sensualidad y a otros como paradigmas de un tradicionalismo que representa una forma de ignorancia más que de barbarie. Estos estereotipos se reconocen también fácilmente en las ilustraciones que acompañan los relatos de viaje, con sus selvas plagadas de animales y fieras exóticas de gran tamaño, sus imágenes de indios, negros y mestizos, sus viajeros elegantemente vestidos, indiferentes al peligro del que los defiende su asistente, con mujeres que a medida que se popularizan los relatos de viajes están cada vez más desnudas.  

Estas simplificaciones son sin duda inadecuadas. No es difícil advertir, desde las primeras lecturas,  que los viajeros franceses, que perciben el papel muy secundario- al menos en términos económicos y políticos- de su patria en las nuevas colonias,  y que ven con desconfianza el predominio inglés, tienden a subrayar las posibilidades de avance de las nuevas naciones, a insistir en aquello que eventualmente las acercará a Europa.[3] Al mismo tiempo, la variedad de grupos étnicos locales da oportunidad para asignar virtudes y defectos con cierta pretensión de imparcialidad,  para contraponer los rasgos positivos de unos con los negativos de otros, y para construir un continuo de niveles de progreso y cercanía a Europa en sus caracterizaciones del mundo colombiano.  

Por otro lado, a lo largo del siglo varían los temas de atracción e interés. El entusiasmo, no por cauteloso menos real, de los primeros viajeros, cercanos a la época de la independencia,  con una sociedad que se presenta como republicana e igualitaria, cede rápidamente, y en la segunda mitad del siglo predominan los proyectos prácticos y las descripciones en las que domina lo científico y la presentación cada vez más anecdótica y pintoresca del presente, sin anticipos de futuro ni muchos juicios generales sobre el mundo político: apenas la queja por una guerra o la extorsión de un funcionario.  

Vale también la pena recordar que las formas retóricas y las convenciones y estereotipos  de la descripción de viaje tienden a repetirse, incluso cuando se trata de la visita a sitios que están dentro de la misma Europa o en la misma nación del viajero. La descripción de una naturaleza sublime que abruma al espectador con su belleza y su magnificencia usa el mismo vocabulario cuando se trata de Italia o Sicilia que cuando se habla de América. El contraste entre esta naturaleza y la pobreza, entre la riqueza natural y la miseria de los hombres, las descripciones de suciedad y enfermedad, de indolencia e ignorancia, aparecen también cuando el viajero mira su periferia nacional o europea, la Irlanda de los ingleses o los barrios pobres de las mismas capitales europeas.  

 3. Observando una nueva sociedad: Boussingault y Mollien

 El primer viajero francés es Jean Baptiste Boussingault, un graduado  de l'Ecole de Mines de 20 años, que viene como contratista del gobierno para realizar estudios geológicos y colaborar en la fundación de una escuela de ingeniería, y al final de su vida, con base en sus cartas y apuntes, escribe sus Memorias, publicadas entre 1892 y 1903; había muerto en 1887. Llega a territorio de Colombia en 1822 y permanece allí hasta 1830. Antes de viajar se entrevistó con Humboldt, quien se interesó por el viaje: "debíamos recorrer los sitios que el había visitado hacia 20 años y residir allí para completar y aumentar algunas de las observaciones que había hecho" (I, 106)

 La narración de Boussingault mantiene cierta espontaneidad inacabada, cierto desorden. Al no publicarse en vida de su autor, probablemente no recibieron una estructura final. La obra está formada por una yuxtaposición de capítulos de descripción científica y de narraciones anecdóticas en las que se presentan las costumbres y los personajes neogranadinos. No sigue una estricta secuencia cronológica, como la mayoría de los viajeros, que simplemente siguen en su narración la ruta del viaje: los textos científicos imponen a veces una estructura temática, en la que se presenta de una vez todo lo que se va a decir de una región, una mina.

 La contraposición entre páginas de descripción geológica y química y escenas muy vivaces y espontáneas invita a una lectura a saltos: no era un libro de viajes orientado claramente a satisfacer las demandas usuales del género. Del mismo modo, su destino eventual a un circulo de lectores reducido, de amigos, puede explicar la espontaneidad tan fuerte de las anécdotas. Parecen narraciones orales, en las que el autor trata de divertir al oyente, de encontrar lo humorístico o lo picaresco. Boussingault no sigue en general las convenciones del género: no hay descripciones generales del carácter nacional neogranadino, de las características de los negros o los indios, de la pereza de los criollos: apenas unos breves comentarios de paso.  Los personajes que debió conocer aparecen fugazmente: apenas unas líneas sobre Bolívar o Santander. El juicio sobre las instituciones políticas, su estabilidad o conveniencia está también ausente. La emoción ante el paisaje, la descripción embelesada de selvas o montañas está también ausente. Las maravillas del Nuevo Mundo le sirven más bien para una breve parodia, que hace recordar el texto de Evelyn Waugh sobre el Etna: "Nunca podré olvidar... No creo que nunca llegue a olvidar esa vista del Etna en el crepúsculo. Nada que haya visto en Arte o Naturaleza ha sido nunca tan repulsivo...". En forma similar Boussingault, con sus amigos, se entretiene creando irónicas y maravillas imaginarias: "El río Cauca ofrece el fenómeno de tener una de sus riberas plantada con caña de azúcar y la opuesta con limoneros y naranjos; al venir la maduración de las frutas botábamos al agua los limones, las naranjas y la caña de azúcar y el Cauca se convertía en un río de limonada.. Se confeccionan pasteles de hormigas, echando harina en los hormigueros que son grandes como casas....El árbol de la leche....este árbol milagroso permite suprimir las nodrizas: libra de los penosos deberes de la maternidad; de ahora en adelante el papel de la mujer se limitara a hacer hijos; el árbol se encargara de nutrirlos con su leche...".(III, 58-59)[4] 

 La estada de Boussingault, por otra parte, es larga: llega a Venezuela en 1822 y a Colombia en 1823, y allí permanece hasta 1832: son 10 años, en los que investigo y explotó minas, fue comandante de una compañía militar, enseñó química y mineralogía. Llega a conocer en detalle el país, y probablemente esto lo lleva a renunciar al estereotipo y la generalización y a privilegiar la anécdota ligera e irreverente.  Por supuesto, dice que en Bogotá, "la vida, aun en las clases altas de la sociedad, era de una simplicidad primitiva....En lo referente a la educación, costumbre y vestido, todo era igual a la Edad Media: una religión automática, obedecimiento absoluto a la clerecía dominante, la pasión del juego llevada al extremo, como sucede en toda sociedad ociosa o ignorante" (50-52). O que "las damas importantes de Bogotá son generalmente bellas, frágiles, delicadas y anémicas... Su débil constitución contrasta con la robustez de las mujeres del pueblo, con su tez rozagante... (56) Pero el joven Boussingault no se deja leer como el típico viajero europeo, con su carga de prejuicios imperiales, con su afán de establecer una distancia con el nativo. El lector, acaba interesado por los pasajes ocasionales que revelan su erotismo, por el divertido e irónico disfrute de una sexualidad fácil, poco complicada y quizás machista. Boussingault narra, como no lo hará luego ningún viajero, las rápidas conquistas que hace, la sexualidad más o menos abierta que parece regir en una sociedad que acaba de pasar por una guerra y en la que los militares que han reemplazado en la cúspide social a los españoles imponen ciertas costumbres menos puritanas. Sus referencias a las mujeres están casi siempre en este contexto. En el primer banquete al que asiste, en Venezuela, debe permitir que se siente en sus rodillas una abundante mulata. A donde va, alguna extranjera se le mete por las ventanas durante la noche, alguna negra se le desnuda para mostrarle sus encantes. Incluso enfermo, el tratamiento que le recomiendan es leche de mujer, que la nodriza prefiere darle directamente, en una historieta que Boussingault narra con evidente regocijo: "viendo que tenía dificultad para comer porque mis labios estaban ulcerados, se le ocurrió darme de mamar: era delicioso! Yo aprovechaba el privilegio que tienen los bebes de apretar y palpar el seno que los alimenta: que tetas!". Las mujeres de posición social alta se describen siempre para sugerir su ligereza, sus aventuras: apenas conoce a Francisco Antonio Zea en París, quien lo contrata a nombre del gobierno colombiano, lo describe como encorvado y envejecido, pero casado con una joven de "rara belleza", una "mujer excelente",  "llena de salud, pero la atendía asiduamente un joven médico mexicano".  (I, 103) En Bogotá, nos menciona a una dama que hacia de alcahuete a la esposa del primer ministro. Las páginas sobre Manuelita Sáenz, la amante de Bolívar, son conocidas. Le sirven para recordar que alguna vez pagó, con otros oficiales locales, para ver un espectáculo de amor o sexo entre dos mujeres, y sobre todo para mostrarnos a una Manuelita muy poco pudibunda: la narración culmina en la descripción de cómo Manuelita, para mostrarle unos bordados, se alzó sus faltas y le dejó ver sus bien torneadas piernas... 

 Este desparpajo se extiende a sus juicios sobre políticos o compatriotas: uno de sus colegas de contratación, sugiere, era un médico que robaba a los moribundos, y termino su vida respetable y rico. Evoca en alguna medida la literatura desinhibida del XVIII francés, y al hacerlo describe, pero a través de incidentes concretos más que de juicios generales, una sociedad menos puritana de la que había existido a fines del XVIII o de la que se establecería después de unos años. En estos años de reciente independencia, las jóvenes parecen disfrutar la vida con naturalidad, y hasta el clero es libertino e inmoral: "los sacerdotes y monjas tenían concubinas descaradamente.." (III, 57)

La ironía de Boussingault, que subyace estas narraciones, se encuentra también en sus descripciones de la iglesia y de las creencias. En Riosucio, conspira con el cura local, del que se hace buen amigo (y que le presenta sus hijas) para hacer un milagro, en el que sus conocimientos de meteorología le sirven para avisar al padre cuando puede sacar la imagen de Santiago y rogar que llueva con probabilidades de que el santo no se desacredite...Y la misma ironía sirve para contraponer al lugar común (que ya aparece en los viajeros ingleses de estos años, y en otros franceses como Mollien) de la pereza y la incultura local frente a la cultura europea su descripción de la vida en las minas de Marmato: "Los trabajadores bajo mis ordenes eran negros esclavos, negros libres, mulatos y mestizos, lo cual, en mi aislamiento, me daba un gran sentido de seguridad;: gentes sobrias, sumisas y leales que mantenían en respetuosa distancia a los 150 obreros europeos, hombres turbulentos, aficionados al licor en su mayoría".

 Mientras que en los llanos orientales Boussingault puede dejarse llevar por unos segundos por la voluptuosidad del paisaje -y probablemente mucho más por la voluptuosidad de las mujeres- sus largas descripciones de Antioquia no subrayan nada diferente a lo que constituye el objeto de su misión: el conocimiento geológico. Por supuesto, puede, desde su mirada de francés que mira con algo de desdén burlón a los locales, quejarse de su ignorancia, como cuando relata el banquete de Quiebralomo o Ríosucio, donde el orgulloso cura local sirve la sopa en una bacinilla de loza. Pero la naturaleza para él es ante todo objeto de conocimiento y de dominio, de análisis científico y explotación eventual económica, y quiere saber si los nativos son capaces de progreso o revelan cualidades redentoras. Esa naturaleza descrita en forma técnica, en breve contraste con los relatos en primera persona, en los que el joven francés, atractivo e inteligente, se mueve con aplomo y superioridad entre los provincianos, y prefiere a veces los primitivos salvajes e inocentes a los corruptos europeos. La narración personal, es heroica en pequeña escala, con algo de modestia autoproclamada, pero, lo reitero, ante todo sexual: al lado de la conquista de la naturaleza, expresada en su exitoso montaje de las minas de Marmato, en el que narra como puso a producir de todo, en forma planeada y eficiente, a una zona inhóspita, la conquista que narra con mayor placer es la de la sensualidad de las negras exuberantes. Su encuentro con una mulata es ejemplar: “Luego, colocando en tierra la luz que traía, me hizo una exhibición de si misma: era una bella estatua. ¡que músculos! !Qué senos! y todo proporcionado a su estatura, 1.58 metros.” Y en el viaje al Chocó, entre los chamíes, narra con toda la picardía la escena de indias desnudas que se arrodillaban a besar el suelo en la iglesia, mientras el estaba cerca a la puerta, en el mejor sitio para ver el espectáculo. El entusiasmo con el que describe las nativas contrasta con la austeridad científica que quiere darle a la descripción de la naturaleza. “La ciudad se halla a la extremidad de una meseta formada por un granito bastante raro de pequeños granos, convertido probablemente en sienita...Tuve que dejar las delicias de Rionegro...”

Como vemos, es una naturaleza geológica. Además, solo en muy raras ocasiones es peligrosa: más bien es incómoda: “Lo que mas nos hacía sufrir eran los ardores del sol y teníamos que mojar frecuentemente nuestros sombreros para aminorar el efecto de la insolación...” Uno o dos adjetivos (espléndido, impresionante) le sirven para comentar, muy de cuando en cuanto, una tempestad tropical o un precipicio, pero la única vez que encuentra algo bello es una naturaleza cultivada, como la de Santa Fe de Antioquia, “en donde pudimos admirar la belleza de las palmeras, de los cocoteros y de los platanales. Uno queda maravillado al contemplar la vegetación espléndida que hay en las orillas de un río majestuoso, cuando se sale de una región selvática...”[5] 

Sus intereses son sin duda claros, y no incluyen la política (aunque sus juicios sobre Bolívar, más o menos críticos,  coinciden casi a la letra con los que publicó en los años veinte Mollien)  ni la religión: le atraen las minas, la ciencia y las mujeres. El orden no es fácil de deducirlo, pues cuando está en Cartago deja advertir cierta aburrición: “Si se exceptúa la compañía agradable de las mujeres la ciudad no ofrecía ningún recurso. Yo me ocupé en las observaciones meteorológicas...” 

 Me he detenido un poco en estas descripciones para subrayar la dificultad de reducir estas narraciones a unas categorías relativamente simples, a convertir a los viajeros en portavoces del imperio o el romanticismo. 

Casi en forma simultánea a Boussingault, llega a la Nueva Granada Gaspard Theodore Mollien. Es también un hombre joven, de familia noble, de 26 años. Todavía más joven había viajado al África y en 1820, de 24 años, publicó un libro que narraba sus recorridos africanos. Su viaje a la Nueva Granada está impulsado por esa difusa curiosidad del aventurero,  despertada probablemente por el impacto que las narraciones de la independencia habían tenido en Europa. Mollien quiere responderse ciertas inquietudes, saber como podrán organizarse estas nuevas sociedades, como podrán pasar desde una estructura rígidamente jerárquica y monárquica a una vida republicana, como un  "pueblo que en gran parte habita en medio de soledades tan espantosas como las de África había proclamado y hecho suyos unos principios políticos que parecían serle del todo extraños" (45) Quiere además, y esto lo reitera una y otra vez, evaluar el papel de Francia en las nuevas naciones, su presencia comercial, sus perspectivas, frente al naciente pero ya firme predominio inglés.  Viene, además, a escribir para el público europeo, y en 1824 al poco tiempo de su regreso a Europa (sale de Colombia en noviembre de 1823, casi al año exacto de su llegada) el libro está ya en circulación, en ediciones casi simultáneas en inglés y francés (1825), a las que siguen, en poco tiempo, ediciones suecas (1826), alemana e italiana (1830). La traducción española sólo se hará en el siglo XX, pero apartes de su texto se publican en la Gaceta de Colombia en 1826, con notas críticas que, aunque sin firma, son de Francisco de Paula  Santander, y que muestran la temprana preocupación de los dirigentes criollos por la forma como los europeos miran al país. [6] 

La perspectiva analítica de Mollien es relativamente simple, pero en algunos aspectos inesperada. Su descripción de las sociedades locales subraya el atraso y la pereza, que atribuye en parte a razones naturales -la influencia del clima, tema muy de la época, la misma abundancia del trópico, pues  "la misma naturaleza parece convidar al reposo y a la molicie"- y en parte a las dificultades raciales, que para el constituyen el mayor obstáculo para establecer unas repúblicas viables. En menor grado,  teme que el catolicismo resulte hostil a la nueva organización política, por su tradicional alianza con las monarquías.  

 El contraste entre la abundancia tropical y la pobreza hará parte del arsenal retórico de todo el siglo XIX. Pero la descripción del problema racial ofrece algunas perspectivas inesperadas. En efecto, Mollien muestra mayor simpatía ideológica y emocional por los indígenas y los negros que por sus amos criollos, aunque describe sus rasgos de barbarie. Desde las primeras páginas advierte  el "envilecimiento  en que todavía yacen los indígenas y los negros; los primeros, únicos dueños legítimos del país; los segundos, víctimas inocentes deportadas para desmontar regiones en las que no disfrutan ni siquiera de la libertad"... Mollien hace una valoración muy positiva de la colonia española, sus sorprendentes tres siglos de paz, y de las medidas de protección a los indios -opiniones que reflejan probablemente la visión de informantes no muy afectos al liberalismo- y teme que la independencia está llevando a la desposesión del indio. Al valorar a Bolívar, sin embargo, señala su tendencia a concentrar y centralizar el poder, su militarismo, y considera que solo una organización federal haría posible la democracia en esta nueva sociedad. Mientras tanto, sus temores por los conflictos entre indígenas, gentes de color, y unos blancos que desprecian a los demás, le hacen temer por la estabilidad de estos gobiernos: a la muerte de Bolívar,  cree, todo puede deshacerse.  

 Las descripciones sociales de Mollien insisten en los temas raciales. En Cartagena, advierte "el orgullo, que a veces resulta molesto" de las gentes de color. "Su vehemencia y su petulancia contrastan con la indolencia y con el buen carácter de los hombres que se llaman blancos, de modo que, a pesar de su pereza, parecen activos y laboriosos" (60) En el Magdalena, los negros le parecen "degenerados", temerosos de una naturaleza que, en comparación con la del África, le parece poco terrible. (68) Las viñetas costumbristas nos muestran unas ciudades con una  sociedad ansiosa de aprender, con mujeres relativamente libres, muy amigas del tabaco y del juego...y aldeas llenas de "salvajes", de "población enclenque y enfermiza" (258) 

 La naturaleza que encuentra es a veces "magnifica", "lujuriante", "desordenada", "asombrosa" "salvaje",  y ofrece "maravillosos" y " hermosos" espectáculos, como el Tequendama que visita siguiendo las huellas de las narraciones de Humboldt.  (102) Pero a la naturaleza original prefiere sin duda el sueño del progreso: " este remanso de paz, en el que sin duda algún día una colonia trabajadora  reemplazará a las familias de aves que hoy lo habitan..." (70) Por ahora, es una naturaleza que oprime y dificulta la vida humana: "si la vida humana no corre peligro, en cambio no tiene un instante de reposo: a lo largo del río  una multitud de insectos le tienen declarada una guerra implacable; en el borde del mar son los mosquitos; mas allá los jejenes...Nada hay más espantoso que un viaje por el Magdalena; ni siquiera la vista se recrea, pues sus márgenes fértiles que debían estar cubiertos de cacaotales, de caña de azúcar, de cafetos, de algodoneros, de añil, de tabaco, esas orillas que deberían ofrendar al viajero sediento todas las frutas deliciosas del trópico... están, por el contrario, llenas de malezas, de bejucos, de espinas...."(92) En otra región, al ver la hacienda de un propietario  blanco, comenta que " se siente un poco de amargura al considerar que estos campos fueron antaño cultivados por un pueblo desgraciado que llora tal vez lejos de estas tierras, de las que fue el único legítimo dueño. Pero... al pensar en la barbarie en que debía vivir, agrada poder pasearse sin temor alguno por estos bosques que animan los mugidos de los ganados...se encuentran ahora en ellos la civilización y las apacibles costumbres a las que un europeo no es indiferente." (127) 

 En contraste con estas poblaciones de color y con este atraso, la sabana de Bogotá le hace sentir en su tierra: "volvía a encontrarme en Europa" (96).  Una visita a Somondoco le muestra una población trabajadora en medio de una naturaleza pródiga, pero empobrecida: "el hombre es pobre, la naturaleza lo enriquece y la sociedad lo arruina con el sistema defectuoso de los impuestos con que lo abruma".  (114) En esta región los indios lo saludan aún con el "mi amo" que le hace ver lo limitado de los avances recientes. Sin embargo, si le desagrada el servilismo, se inquieta también por cierta rebeldía permanente de la población: "La soberanía no reside ya en una sola persona: pertenece a todos. A los títulos han sucedido los derechos, a las clases sociales, las diferencias de color y de castas que solo el transcurso de los siglos podrá borrar; ... la independencia ha realizado las aspiraciones de los individuos, pero no ha satisfecho las esperanzas de las razas: todas aspiran al poder. ¿Por qué razón una sola de ellas habría de continuar ejerciendo este privilegio? Esa pregunta , repetida a cada paso en un país donde cada individuo tiene su opinión,  sus prejuicios, sus títulos impresos en los rasgos de su fisonomía, me  invita a entrar en consideración sobre el origen del el carácter físico y moral de los pueblos de aquellos partes del Nuevo mundo que he recorrido" 353. 

  En resumen, ve progresos pero lentos. Y "el extranjero sigue siendo considerado como  si fuera un triptolemo, un Baco o un Vulcano, por fuerza ...tiene que ser, en estas regiones donde todo se ignora, un gran bienhechor. Considerado el grado de adelanto que los europeos hemos alcanzado, la América meridional está en relación con nosotros en el mismo estado en que se hallaba en relación con España, cuando esta la descubrió; entonces no se conocía nada, y ahora solo se conocen de oídas o por algunos libros que las personas que tienen alguna cultura empiezan a leer".  

 Mollien, lector como Boussingault de Humboldt, será a su vez leído por muchos de los europeos que vistan a Colombia  en el siglo XIX.  Su visión de un trópico hermoso pero atrasado se reitera con cierta monotonía a lo largo del siglo, así como el contraste entre la prodigalidad de la naturaleza y la miseria de los hombres: "en medio de tantas riquezas el hombre es pobre y desgraciado!"  

 La estructura cronológica de su narración, llena de paisajes y de viñetas descriptivas, a las que añade al final una serie de breves monografías con la descripción física, moral, industrial y agrícola del país, contrasta con la de Boussingault, tanto con sus descripciones científicas como con sus anécdotas. Mollien omite en general jablar de las personas, sean del pueblo o notables. De su año por Colombia recuerda apenas los hábiles pilotos de las canoas y alguno que otro funcionario que le ayudó a conseguir alojamiento: más bien ofrece, en un capítulo sobre el carácter colombiano, una descripción de los diferentes grupos étnicos en la que combina sus presuntos rasgos físicos, sus cualidades morales y hasta sus formas de autopercepción.  

4. Augusto Le Moyne: el mérito del color local 

Augusto Le Moyne vino al país a finales de 1828[7] y aquí permaneció hasta diciembre de 1839. Era el secretario de la delegación de Francia y fue luego encargado de negocios. Continuó su carrera diplomática en otros países americanos y, ya retirado y anciano, escribió y publicó, en 1880, cuando ya las narraciones ilustradas de Charles Saffray y Édouard André han sido publicadas, un libro de viajes sobre la Nueva Granada. 

Le Moyne narra,  como se hizo ritual, la llegada a Santa Marta -el desnudo cuarto de hotel le permite afirmar que estuvo complacido con él, "pues tenía para mí el mérito del color local, que he buscado siempre en mis viajes"  (42)- . El paisaje de la Sierra Nevada y el largo y desesperante viaje por el Magdalena- casi dos meses de ascenso, en un champán impulsado por doce bogas negros, la convivencia con los cuales hostiga al francés- le dan la oportunidad para el usual despliegue de literatura de lo sublime:  la vegetación "luxuriante", "insolite", la "majesté" de las montañas. Pero es una naturaleza que aparece casi siempre, después de los adjetivos del asombro, en su rostro conquistable y comercial:  "Estos bosques y sabanas, donde se despliegan tantas posibilidades y magnificencias productivas, apenas son hoy en buena parte, es verdad,  un dominio que se disputa a las bestias salvajes  e inmundas por parte de algunos restos de poblaciones salvajes y errantes; pero ¡qué no prometen para más tarde, cuando el cultivo se apropie de ellos!."(4) O "inmensas llanuras cubiertas de bosques...abundan en maderas de construcción, de ebanistería, de tintura" (91). Le Moyne confirma que ha hecho las lecturas adecuadas: cita a Humboldt desde las primeras páginas ( "el encanto de las noches hermosas de las regiones tropicales, donde, según Alejandro de Humboldt, las estrellas brillas con una claridad cuatro veces mayor que en las zonas templadas"(13), así como a los demás viajeros franceses, como Saffray,[8]  Reclus y Gabriac (1868)

Las obscenidades de los negros, el paisaje tropical, los grandes daños del comejen, la novedad de la alimentación, los pueblos bucólicos y adormecidos, los caimanes y tigres, con la esperada pelea entre ellos, las tormentas, las borracheras de los bogas, las órdenes intolerantes -¡arrodillaos, judíos!- de un cura cuando se mantienen de pie al paso de una procesión, un negro que toca un violín en una playa perdida del Magdalena y al que le Moyne sorprende con sus propias habilidades y su repertorio brillante, se narran con toda la intensidad de quien quiere trasmitir todo el color local. Después de relatar el ascenso del río, y de una descripción desganada de la sabana, que apenas le produjo un "mediocre entusiasmo" (164), Bogotá retiene su atención. La descripción de la ciudad es prolija, detallada, perceptiva: habla de las construcciones, los vestidos, las comidas (empezaba a conocerse el pan francés: la comida es en casi todos los viajeros una piedra de toque de la diferencia entre Europa y América), los espectáculos, las fiestas religiosas, los bailes, los carnavales, esa "saturnal" de tres días que precedía a la cuaresma, las costumbres de la población. Lo sorprenden las bogotanas: las encuentra alegres, ingeniosas, inteligentes pero incultas, tienen, según él "una excesiva libertad de expresión" en las conversaciones que acaba encontrando preferible a la gazmoñería europea. También le llama la atención la frecuencia de relaciones extramatrimoniales en la clase media, el elevado número de hijos ilegítimos criados en la familia legal, así como que las señoras fumen tabaco. En todos estos aspectos sin duda, triunfó luego una actitud más restrictiva. Le aterra la ineficiencia y la parcialidad de la justicia, lo mismo que el reclutamiento, la inestabilidad de los gobiernos, los pronunciamientos militares.  

Completa el libro el inevitable viaje al Salto de Tequendama, siguiendo la ruta de Humboldt (y como no cruza el Quindío, reproduce los textos del sabio alemán sobre esta experiencia) y unas breves páginas sobre Turbaco (a visitar los volcanes descritos por Humboldt) y Cartagena, de las que vale la pena recordar su impresión sobre la actividad de la gente bien: "las personas de la alta clase social, en Cartagena lo mismo que en Santa Marta, permanecen en su casa durante la mayor parte del día meciéndose en la hamaca. " 

Le Moyne escribió probablemente apoyado por un diario de viaje: sus recuerdos son confiables y sus prejuicios modestos. Al escribir casi 40 años después de su salida de Colombia, puede apoyarse en viajeros y escritores posteriores, y se beneficia al conocer los procesos posteriores a su partida. Aunque, como lo he señalado, reitera algunas convenciones sobre la naturaleza, su relato se centra en los incidentes personales, en la narración de los paseos y sus dificultades, y en la descripción de costumbres y hábitos sociales, con una frecuente búsqueda de los incidentes más pintorescos -una de las más extensas narraciones se refiere, al final del libro, al comerciante de Cartagena que pidió 2 o 3 micos a Honda, y recibió 203, que se escaparon y casi desbaratan la ciudad -, descritos sin demasiado entusiasmo y en los que a veces surgen los rasgos que debían verse como defectos de criollos o indígenas. Son pocas, casi inexistentes, las generalizaciones sobre los rasgos de los indígenas o los criollos,  aunque las críticas al ocio o a las pretensiones de pureza de los más blancos no le impiden señalar sus preferencias estéticas por estos grupos: "El europeo que acaba de abandonar los bordes del Magdalena, donde se había habituado a no ver casi sino mulatos y negros indolentes que viven en miserables chozas, se sorprende agradablemente al reencontrar en Guaduas habitaciones de apariencia limpia y una población relativamente activa en la que domina la raza blanca y que, en virtud de la ley de los contrastes, las mujeres le parecen con sus formas delicadas y flexibles distinguirse particularmente por cierta gracia en su aire y sus arreglos..." También reitera la opinión de Mollien, que puede tener algo de respuesta anticipada a las críticas, en todo caso menos probables por lo tardío de la publicación: no omite reiterar la opinión de Mollien, de que los colombianos se ofenden fácilmente con las opiniones de los extranjeros: "un gran orgullo nacional herido con frecuencia por la superioridad que sobre ellos asumen los hombres del viejo mundo, y que en realidad tienen en muchos aspectos...II, 174 

El libro incluye un muy extenso capítulo con la historia de la Nueva Granada desde los tiempos indígenas, que muestra la simpatía de Le Moyne con los políticos más moderados de la Nueva Granada, y una discusión de las causas de la inestabilidad política, puramente descriptivo:  la intolerancia política, el fanatismo de los curas, la pobreza de la educación.  

5. Escribiendo para las revistas de viaje: Charles Saffray y Édouard André 

Desde antes del medio siglo comienza a popularizarse un tipo de periódico que se centra en la descripción del mundo exótico, usualmente acompañado de grabados realizados con base en algunos dibujantes y grabadores hábiles: Le Magasine Pittoresque, aparece entre 1833 y 1909 y fue dirigido durante muchos años por Édouard Charton. Allí se publica en 1848 un breve texto sobre Colombia, de un recolector de aves, Delattre, quien estuvo por la Guajira, acompañado de seis grabados, cinco de ellos sobre indios del Putumayo 

En la Revue des Deux Mondes, fundada en 1829, aparece en 1859-60 la narración de Elisée Reclus, quien también es colaborador frecuente de La Tour du Monde¸  relativa a su viaje de 1855 a la Sierra Nevada [9]  

Pero es La Tour du Monde: nouveau journal de voyages,  fundado en 1860 por el mismo Charton,  la más exitosa de estas revistas. Allí se publican  los relatos del viaje de Charles Saffray en 1861[10] (en  1872 y 1873, vols 24, 25 y 26) , de Edouard André de 1875-76 (en 1877, vol 34 y  de Jules Crevaux en 1881 (vols  41, Iza y Yapura) y 1882 (vol 44: Magdalena y Orinoco). En 1888 publicó el viaje de Jean Chaffanjon, que serviría de inspiración para el libro de Julio Verne. Allí también en 1876, 77, 78 y 80 se publico el relato de Armand Reclus sobre el istmo de Panamá. Esta publicación, con sus excelentes ilustradores, y la gran cantidad de autores que logró publicar, constituye probablemente el más notable esfuerzo editorial de su género en el siglo XIX: otras subrayaron el valor científico de los estudios, mientras que la Tour du Monde parece haber buscado un público ilustrado amplio. Sobrevivió hacia 1914, cuando quedaba poco mundo por explorar. Aunque los viajeros venía impulsados por distintas razones y con el apoyo de diversas instituciones, el escribir sus aventuras se dirigen a un publico que estas revistas cultivan 

Los relatos de Saffray y André, a los que me referiré exclusivamente,  reflejan en diferente medida las exigencias de una publicación de este género. Saffray, en cierto modo, y para usar las palabras que el mismo empleo al entrar al Nare, ha reemplazado lo grandioso por lo pintoresco. Mantiene, por supuesto, ciertas convenciones científicas. Cada planta que se menciona, en lo posible, va acompañada de su nombre latino. Las descripciones del paisaje,  el comentario sobre las posibilidades económicas de una actividad existen aún. Pero los incidentes peligrosos, los personajes exóticos, los curanderos indígenas adquieren una presencia mucho mayor, y la descripción intenta hacerse más novelesca.  

Saffray, quien publicó sus relatos con el nombre de Doctor Saffray, llegó a Santa Marta en 1860  e hizo, después de una breve visita a Cartagena, el consabido ascenso del Magdalena, pero solo hasta Nare: iba a Antioquia, donde permaneció la mayor parte del tiempo que  estuvo en Colombia. 

Médico, muestra gran interés por las virtudes curativas de las plantas nativas, utiliza el "cedrón" para curar las picaduras de serpientes venenosas y afirma que todas las personas a quienes administró la medicina se salvaron, y la convalecencia fue relativamente corta. Pasa un buen tiempo en Río Verde cerca de Frontino, entre los indios, y logra obtener la confianza del curandero o hechicero, quien le enseñó todo lo relativo a las plantas y productos usados, sin temor a que pudiera emplear el saber, pues no quiso trasmitirle los signos cabalísticos y las palabras inspiradas sin las cuales, en su concepto, no podían curar las plantas. Trató de encontrar las causas del carate, pero pese a varias autopsias no logra avanzar; descubrió, sin embargo que podía curarlo con mercurio. En Santa Marta el amplio comercio de hojas de coca atrae su atención, procesa un extracto de ellas y aísla un alcaloide "en forma de cristales de agujas". En Caldas advierte que la sal de Burila tiene efectos sobre el coto, y termina convencido de que se debe a su alto contenido de yodo. Todo esto muestra una curiosidad científica amplia, que se refleja en un texto  en el que intercala continuamente pequeños trozos sobre minerales, plantas y  animales, con su nombre científico cuando es posible. Es uno de los primeros viajeros en interesarse por la cerámica y la orfebrería precolombinas, que encuentra estética y técnicamente valiosas. Señala en el texto como dibujó alguna especie o una obra de arquitectura: sus esbozos conforman el primer gran conjunto de grabados sobre la Nueva Granada, más de 60, y representan un cambio fuerte en la calidad del grabado: de los esbozos de líneas simples del libro de D'Orbigny, hechos por Samson y Boilla con base en los excelentes dibujos de Roulin,  se pasa a unos dibujos que buscan la representación adecuada de los matices del gris a través de tramados muy detallados: se trata de grabados de Alphonse de Neuville y Edouard Riou. 

Las descripciones de costumbres son ágiles, a veces agudas y  a veces convencionales. Los antioqueños en su opinión, solo atienden al dinero, y en Medellín no hay vida social de ninguna clase: "ni bailes, ni conciertos ni teatros, ni crónica". Las mujeres, incultas, son, sin embargo, insuperables como esposas y madres. La descripción de los antioqueños bordea lo que sería luego el lugar común: son laboriosos, inteligentes y sobrios. El amor a la propiedad está muy desarrollado en ellos cada cual quiere tener un rincón de tierra suyo, y casi todos lo consiguen". Orgullosos de su región y exagerados, un modesto puente sobre el río Medellín les parece una de las maravillas del mundo. Nada vale en esa provincia sino el dinero:  "El dinero es lo único que da a cada cual su valor. El muletero enriquecido llega a ser don Fulano de tal; y si pierde su fortuna no ha de imponerse privaciones para conservar su rango adquirido por casualidad;… vuelve a vestir su antiguo traje.... El único término de comparación es el dinero: un hombre se enriquece por la usura, los fraudes comerciales, la fabricación de moneda falsa u otros medios por el estilo, y se dice de él ¡es muy ingenioso!."(94)  Considera muy atrasada, muy poco europea la sociedad local, pues la conversación no es posible: "donde no hay bailes, ni conciertos, ni teatros, ni crónica...". "Pero seamos justos: hay algunos salones escasos, amoblados a la europea, donde se encuentran varias buenas tradiciones, y se forma lentamente el núcleo de la verdadera sociedad " (95). Sin embargo, el juicio negativo de lo local por su falta de europeización no se mantiene consistentemente, y la aceptación romántica de la vida primitiva surge a veces:  "los ribereños del Cauca son tan felices como puede serlo el hombre; en medio de aquella hermosa naturaleza pueden satisfacer fácilmente necesidades que nada tienen de ficticio. Viven todas las afecciones dulces y no aspiran a las luchas de nuestras grandes ciudades. El género de vida allí parece el más conforme con la naturaleza  (229) 

De Antioquia sigue al Cauca, en medio de la revolución de Mosquera. En Manizales aunque está prohibido transitar sin pasaporte, usa en varias ocasiones el mejor de todos sobornar a los guardias. En el valle del Cauca encuentra una población más alegre y sociable que los antioqueños. Y en la guerra, se horroriza con los "voluntarios" conducidos en fila y con las manos atadas; y describe las "rabonas": las mujeres que acompañan a los soldados y les prepararan su comida. Encuentra una heroína feminista que todavía espera su reivindicación: es Dolores, alistada en la guerra, que "había ganado ya por su bravura el grado de sargento, y figuraba en la lista con nombre femenino". 

La guerra lo envuelve. Sirve de médico en las tropas de Julio Arboleda, lo que nos indica que estuvo por allí en la primera mitad de 1862. No logra seguir hacia el sur y decide volverse a Bogotá, ciudad que describe muy superficialmente, hasta el punto de hacer pensar que puede estar hablando de oídas. En esa "nueva Atenas" (es la primera utilización de la conocida comparición) la inmensa mayoría no sabe nada o apenas sabe alguna cosa [...] y todo está por hacer en cuanto a la educación elemental y clásica y a la enseñanza de las artes liberales". Vuelve a Cali y el gobernador le roba sus colecciones científicas y tiene que pagar un rescate de seis mil pesos para que lo suelten, por haber ayudado a los conservadores. Por último va a Nóvita y a Quibdó, y para finales de 1862 está en Panamá. 

Los incidentes que animan una narración estrictamente cronológica, con muy breves informes históricos, forman el repertorio usual de los viajes que buscan general una sensación de novedad y subrayar lo pintoresco: hormigas, ranas y arañas venenosas; bailes de indígenas y negros, prisiones y sobornos, pelea entre caimán y tigre, incidentes semicómicos, como el paso obligado de una mula sobre otra por la estrechez del camino, cargueros, mujeres reiteradamente descritas como atractivas y que dejan ver los brazos y el cuello desnudos o coqueteando en las iglesias,  plantas medicinales y curas sorprendentes, la geofagia, serpientes venenosas y nativos con cotos inmensos. El paisaje provoca ocasionales entusiasmos, pero son más bien escasos y nunca demasiado ardientes. Los juicios sobre los colombianos son escasos, pero a veces reiteran esa mirada del europeo, seguro de si mismo, como se representa Saffray y casi todos los demás viajeros, siempre dueños del saber y el juicio certeros: "Los indios de Boyacá son pesados de cuerpo y de espíritu e indolentes; no tienen pasiones ni virtudes; son enemigos del trabajo y muéstranse rebeldes a la civilización" Al final, manifiesta sus esperanzas en el progreso de una nación llena de riquezas, y a cuya población ha descrito con más frecuencia como activa que como indolente.  

Edouard André viajó "movido del vehemente deseo de contemplar la naturaleza de los trópicos y el Ecuador, deseo hijo de mis antiguos estudios de botánico y de redactor de un periódico científico". Logró un nombramiento, casi con seguridad ad honorem, del Ministerio de la Instrucción de Francia, y un pasaporte diplomático que esgrimió en un intentó frustrado de eximirse de los impuestos de aduana en Barranquilla. Llegó en 1875 y su año en Colombia coincide, como el de Saffray, con una guerra civil.  

Fue ante todo un botánico y vino también, como casi todos, bastante joven (había nacido en 1840). Después de sus viajes de coleccionista y de publicaciones sobre botánica dedico sus años maduros al paisajismo y la jardinería. Son muchos los jardines de Francia que tienen su marca, por su diseño o por la incorporación de muchas de las plantas, como anturios y bromelias, que llevó de Colombia. Su ciudad natal, Bourges,  ha abierto un Jardín con su nombre.  

André es un viajero prepotente y seguro de su mismo. Varios retratos, de Bayard y Riou, nos muestran a un viajero elegante, que no pierde la compostura mientras se aferra a un risco sobre el abismo. Encuentra un país con una riqueza natural que lo abruma y atrae, y zonas de una pobreza que encuentra casi despreciable. Sus juicios sobre la pereza de ciertas poblaciones del país son quizás los más duros del siglo. Al salir de Guataquí dice: "Me aleje lleno de tristeza de aquella soledad salvaje, o por mejor decir rebosando desprecio hacia una población tan poco cuidadosa de si misma, dominada por la inmoralidad y la pobreza, y apática a tentar el menor esfuerzo para salir de una condición peor cien veces que la de los indios errantes que precedieron a los tristes descendientes de los conquistadores..." (653) 

 Por otra parte, trata de establecer continuamente su credibilidad como científico, subraya su objetividad ("un templo a la verdad, tal debe ser y no otro, en mi concepto, el objeto de las publicaciones útiles referentes a los viajes de exploración  modernos". 479) y la importancia de una precisa narración de los viajeros para promover el conocimiento de estas regiones y la inmigración que la salvará:  "Tengo para mi que si alguna vez la emigración europea se deja tentar por las seducciones de esta nueva tierra de Canaan, esto será debido a las descripciones exactas de los viajeros imparciales, no menos que a la indicación precisa de los medios de producción que mejores resultados han dado a los colonos que la habitan..." (563) 

Reitera continuamente que los dibujos son suyos, que hizo los croquis completos y precisos que luego Bayard o Riou convertían en elegantes grabados. Muchos, son, en efecto, bastante verosímiles, aunque no faltan las convenciones que pueden atraer a los lectores: las mujeres de Barranquilla o de Arbeláez, inesperadamente, llevan los senos al aire.  

La naturaleza se describe con entusiasmo, que en alguna ocasión se vuelve religioso: "¡Cuan anonadado no debe sentirse el hombre, ese pretendido rey de la creación, en presencia de esta manifestación sublime del poderío divino!¡ Y cuan digno de compasión no sería el ser humano que sordo a la emoción ante ese prodigioso génesis de la vida en su expresión mas alta, no sintiese brotar de lo mas hondo de su pecho agradecido, un himno de alabanzas al Autor de tantas y tantas magnificencias! (567

Pero ve en general  la naturaleza que servirá a los europeos, la productora de plantas útiles y hermosas. Y que podría servir a los colombianos, si sus instituciones marcharan, si se cerrara "definitivamente la era de las perturbaciones que labran la ruina de su hermoso país" (565) y que "oponen un perenne obstáculo a la inmigración europea, la única capaz de desenvolver las riquezas en ellas acumuladas" (648). Es una naturaleza que espera el cultivo y la civilización.  

Por lo demás, el viaje reitera los tópicos usuales: los animales peligrosos, la suciedad y pobreza de ciertas regiones, la cortesía engañosa de las clases altas, la incompetencia de la administración o de los ingenieros, que se empeñaron en hacer caminos siempre rectos en medio de las montañas, las experiencias de amistades valiosas, de empresarios audaces o científicos abnegados, los horrores de la comida - "el solo aspecto de los guisos ya es infame. No hay uno que no nade en esa detestable salsa de color de azafrán, aderezada con achiote y pimiento"(496). No faltan las aventuras, los sustos, los rápidos y los derrumbes, aunque es una naturaleza más difícil que verdaderamente peligrosa.

 Es probablemente, el más acabado ejemplo de trabajo de científico y narrador, acompañado de unas ilustraciones eficaces, que debían hacer evocar a sus lectores el mundo que paralelamente construían los mismos dibujantes alrededor de los textos de viaje (dos de ellos con temas que tocan con Colombia) de Julio Verne.  

6. Pierre d'Espagnat: el triunfo de la retórica 

El último viajero al que me referiré es Pierre d'Espagnat quien parece haber pasado ocho meses en 1897-98 con el encargo especial de escribir un libro de viajes. Es el más literario de todos y el más lleno de prejuicios. De su estilo es un buen ejemplo el texto siguiente: 

"El vigor, la hermosa libertad tupida de los cafetales se expande tras las tapias sucias que bordean el camino en el que las ramas amarillentas de los cocoteros, deshilachadas como las plumas de un pavo real, languidecen entre las señales dejadas por la lluvia en el dintel de yeso negro en el que las hojas de los bananos, que se han aventurado a través del enrejado, simulan brazos trágicos extendidos como una amenaza o una suplica a la caridad del transeúnte. Y de sus prejuicios: "eso es precisamente lo que necesita este país tan maravillosamente dotado por la naturaleza: un buen tirano...", o "difícilmente perfectible, la raza de Caín se arrastra, sin progresar, por los continentes." 

Sin embargo, se advierte un entusiasmo sincero por el paisaje y por la gente, y esto da algo de verdad a la retórica desmesurada. A veces los cuadros son vigorosos y claros y las observaciones reveladoras. Visita a Bogotá, a la que también llama, como Saffray, la Atenas del sur, pero ya sin ironía. Y como aquel, describe los reclutas, ahora en el clima que antecedía a la guerra civil de 1899: "Sus mujeres, sin las que se morirían de hambre, porque el gobierno no les mantiene, esperaban, acurrucadas por los alrededores, la hora de comer. No era la primera vez que veía a esas desgraciadas siguiendo de lejos, retaguardia de miseria, al batallón en marcha de sus maridos o de sus amantes. me considero incapaz de expresar el estremecimiento que a su paso me sacudía. Pobres bestias de carga, admirables, que llevan sobre sus sufridas espaldas las míseras ropas, el incompleto menaje, sin contar, además, cabeza abajo, coronando la carga, rorro que vino al mundo en la cuneta del camino; y así siguen con constancia, ayudando, abasteciendo, animando con su alegría y su sacrificio la fatiga y el desamparo de la jornada, dando, con lo que les queda de juventud, un poco de amor a su compañero, un poco de leche a su hijo". 

Recorre también a Antioquia. Su peón motiva casi un canto épico. Mientras que a Saffray la mazamorra le parecía un plato digno de disfrutar en la mesa "de mas lujo", d'Espagnat, rechaza la dieta más que André, no la resiste: "Resulta divertido ver como sus frugales habitantes se contentan con grandes raciones de plátano, de maíz, de arroz al natural, como se hartan de arepas y de pandequeso, y luego exclaman en tono convencido: ¡A esto si que se llama comer! Es evidente que para ellos una perdiz trufada no tendría aliciente de ningún genero". "Me atrevería a confesar que experimento la necesidad de volver a Francia para poder almorzar y comer?". La gente de Medellín contrasta con la de Bogotá: "Los ciudadanos de la capital tienen una parte mayor de herencia latina, son alegres, amables y disertos, mientras que los burgueses de Medellín tienen un espíritu mas áspero, mas yanqui, tienen algo de positivo, de cruelmente práctico". La descripción de las mujeres antioqueñas no podía haber sido mas estereotipada, mientras que resalta la alusión a la puñalada trapera; "cuando se ve de lejos una mano baja, en guardia, envuelta en pañuelo, hay que decirse: cuidado con la barbera".[11] 

Cuando trata uno de dar una mirada de conjunto a todas estas narraciones, debe reconocer ante todo su papel en el proceso de introducción de la visión del otro en la sociedad moderna. Muchos autores recientes han mostrado el papel manipulador, el sentido de sojuzgamiento y de negación del valor de otras culturas de los viajeros, los etnógrafos, los fundadores de la antropología. Creo que, aunque algo de esto existe, lo que predomina es lo contrario: en el esfuerzo por interés a los lectores por lo exótico, incluso por los salvaje, se va consolidando un conocimiento creciente de la diferencia de las culturas y de sus lógicas propias, incluso cuando están acompañados, como lo hemos visto a lo largo de estas páginas, por arrogancia y prepotencia, por prejuicios y por la confianza en que el único camino del progreso viene de la civilización y la inmigración europeas.  

Tenemos hoy más que nunca una conciencia aguda, casi dolorosa, del horror del prejuicio, del peligro de creer que la propia religión, la propia cultura, el propio proyecto político es el único verdadero. Poco puede hacerse frente a quienes creen que la verdad genera un derecho contra el infiel, el atrasado, el salvaje. Lo poco que puede hacerse es promover el conocimiento más completo del otro. Estos viajeros, víctimas en parte del prejuicio, acabaron sin embargo trabajando ante todo para dar a conocer unos piases nuevos en Europa, para mostrar, en esa mezcla difícil de simpatía y fastidio, como vivían otros pueblos. Como lo dijo Isaiah Berlin, "la conquista, el esclavizamiento de los pueblos, el imperialismo, no se alimentan solo de afán de riquezas o el deseo de gloria, sino que tienen justificarse por una idea central: que Francia es la única cultura, la carga del hombre blanco, el comunismo, y los estereotipos del otro como inferior o malvado. Solo el conocimiento, cuidadosamente adquirido y sin atajos o simplificaciones, puede disolver esto: pero incluso eso no podrá por si mismo disipar la agresividad humana o el disgusto con el que tiene la piel, la cultura o la religión diferente. Pero el conocimiento, la educación en historia, en antropología, en leyes (especialmente si son comparativas) algo ayuda.” [12] 

Jorge Orlando Melo.
Simposio, viajeros colombianos en Francia y franceses en Colombia
Paris, Embajada de Colombia, noviembre de 2001


[1] Para simplificar, uso la expresión Colombia, correcta para los períodos de 1819 a 1831 y para el  período posterior a 1861, para todo el siglo. Por supuesto, entre 1831 y 1861 el país se conoció ante todo como Nueva Granada, aunque entre 1857 y 1861 el nombre legal era diferente. Los viajeros siguen hablando de la Nueva Granada más allá de esta fecha..

[2] Mary Louise Pratt, Imperial Eyes: Travel Writing and Transculturation. London and New York: Routledge, 1992, p. 154. Aunque este texto es bastante agudo, la selección de ejemplos es muy selectiva y sus argumentos son bastante reductivos. La visión de los latinoamericanos como prontos imitadores de la civilización europea es quizás más frecuente en los viajeros ingleses, que están en el centro de su análisis, que la idea de que son un pueblo atrasado  que debe sojuzgarse. Los franceses, por su parte, muestran lógicamente una mentalidad menos imperial.

[3]  Durante el siglo XIX el mayor número de relatos de viajes lo escriben los ingleses, seguidos de los franceses y los norteamericanos.

[4] Saffray, hacia 1870 se quejó de la "fantástica imaginación" de los viajeros de gabinete, que habían divulgado noticias fantásticas acerca del árbol de vaca o  de la leche. Difícilmente podía pensar en Boussingault, que no había publicado sus notas. Pero podría ser que Boussingault hubiera hecho su broma pensando en algún texto anterior. Humboldt, en su Diario, que estuvo inédito hasta el siglo XX,  habla del árbol de la vaca: "hemos descrito un árbol, el palo de vaca, cuya leche aromática y espesa se recoge en totumas, haciendo incisiones en el tronco. Los negros de esa zona beben una leche vegetal no cáustica, agradable y ¡muy nutritiva! Esa leche, tratada con ácido nítrico, da caucho, y poniéndola al sol deja caer una especie de queso carmelita muy espeso, que fermenta como queso animal. En esa forma hemos enviado dos recipientes, mezclada con álcali, el señor Fourcroy. En el río Iscuandé, en el mar del sur, existe un árbol Sande, cuya leche beben los nativos de esa zona. Así, también el palo de vaca."

[5]p. 70.

[6] El mismo Mollien anticipó probablemente la inquietud que produciría su texto: "El orgullo, ... constituye la base del carácter nacional,. Es la fuente de donde dimana la prevención que muchas personas tienen contra los extranjeros... No les gusta , por otra parte, que se establezcan paralelismos entre ellos y los europeos...380. Y Bolívar comenta el texto, en una carta del 25 de mayo de 1825 a Santander que podría tener algo ya de censura irónica hacia este: "He visto con infinito gusto lo que dice de Usted Mr. Mollien... la alabanza de un godo servil, embustero, con respecto a un patriota que manda una república no deja de ser muy lisonjera...Esto es de un europeo que presume de sabio, que le pagan para que desacredite a los nuevos estados." Bolívar, además, muestra su inconformidad con que Mollien crea que tuvo una educación descuidada...

[7] Había nacido en 1800.

[8] Saffray hace el mismo comentario sobre la intensidad del brillo de las estrellas.

[9] La primera edición separada, como libro, es Voyage à la Sierra Nevada de Sainte-Marthe : Paysages de la nature tropicale, Paris : Librairie Hachette et Cie. 1861. Un excelente comentario en Frédéric Martínez, Apogeo y decadencia del ideal de la inmigración europea en Colombia, siglo XIX, BCB, No 44 (1997). Un breve texto sobre el viaje había sido publicado en el mismo año de 1855 en La Tour du Monde. Reclus publica en otras revistas de corte más científico. En 1861 publicó una extensa reseña del libro de José María Samper, Ensayo sobre las Revoluciones... en el  Bulletin de la Societe de geographie de Paris, y allí mismo comento en 1876 el "Atlas de la Colombie, publie par ordre du gouvernment colombien" Su conocimiento de Colombia le permitió, además, escribir, en el  volumen 18, la parte sobre este país de la Nouvelle Geographie Universelle (1893)

[10]  Existe alguna confusión sobre la fecha del viaje. En el texto no aparece ninguna indicación precisa de ésta, y en algunos índices de La Tour de Monde el viaje se fecha en 1869. Sin embargo, sus descripciones de la guerra civil encabezada por  Tomás Cipriano de Mosquera y sus relaciones con Julio Arboleda permiten estar seguro de que estuvo en Colombia en 1861 y 1862.

[11] Pierre d’Espagnat, Recuerdos de la Nueva Granada[1901], Bogotá, A.B.C:, 1942 235-236

[12] I. Berlin, "Notes on Prejude", The New York Review, XLVIII, 16 (octubre 2001).

 
 

 

 

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