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El  ojo  de   los  franceses
 

Recuerdos de la Nueva Granada Pierre d'Espagnant
Ediciones Incunables, Bogotá, 1983, 317 págs.

Viaje y estancia en la Nueva Granada Augusto Le Moyne
Ediciones Incunables, Bogotá, 1985, 243 págs.

Viaje a la Nueva Granada
Ediciones Incunables. Bogotá, 1984, 352 págs.

En el siglo XIX, los libros de viajes llenaban una función vital, que ha ido desapareciendo poco a poco, hasta extinguirse casi completamente en nuestra época de cine y televisión. Por ese entonces, centenares de extranjeros describieron a Colombia: habían venido como mineros, funcionarios diplomáticos, profesores contratados por el gobierno, algunos simplemente como viajeros, que regresaban y escribían su relatos e impresiones para las revistas especializadas, los National Geographic de la época: La Tour du Monde, sobre todo, de donde era traducidos y publicados en revistas españolas.

Augusto Le Moyne vino al país a finales de 1828 y aquí permaneció hasta 1839. Era el secretario de la delegación de Francia y fue encargado de negocios. Continuó su carrera diplomática en otros países americanos y, ya retirado y anciano, escribió y publicó, en 1880, un libro de viajes por varios países, del cual se extrajo la parte sobre Colombia, que la Biblioteca Popular de Cultura Colombiana edita, en 1945.

La larga estadía le permite dominar el tema; sus comentarios muestran un conocimiento maduro y reposado del país. Le Moyne narra cómo se hizo un ritual, la llegada a Santa Marta y el largo y desesperante viaje por el Magdalena: casi dos meses de ascenso, en un champán impulsado por doce bogas negros, la convivencia con los cuales hostiga al francés .

Las obscenidades de los negros, el paisaje tropical, la humedad de la comida, los pueblos bucólicos y adormecidos, los caimanes, las tormentas, las borracheras de los bogas, las amenazas de un cura cuando no arrodillan en una procesión a un negro que toca un violín en una playa perdida del Magdalena, el ajiaco, golpean la sensibilidad del joven diplomático. Después de relatar el remonte del río, Bogotá retiene su atención. La descripción de la ciudad es prolija, detallada, perceptiva: habla de las construcciones, los vestidos, las comidas (empezaba a conocerse el pan francés, los espectáculos, las fiestas religiosas, los bailes, los carnavales, esa "saturnal" de tres días que precedía a la cuaresma, las costumbres de la población. Lo sorprenden las bogotanas: las encuentra alegres, ingeniosas, inteligentes pero incultas, tienen, según él "una excesiva libertad de expresión" en las conversaciones que acaba encontrando preferible a la gazmoñería europea. También le llama la atención la frecuencia de relaciones extramatrimoniales en la clase media, el elevado número de hijos ilegítimos criados en la familia legal, así como que las señoras fumen tabaco. En todos estos aspectos sin duda, triunfó luego una actitud más restrictiva. Le aterra la ineficiencia y la parcialidad de la justicia, lo mismo que el reclutamiento

Completa el libro el inevitable viaje al Salto de Tequendama y unas breves páginas sobre Cartagena, de las que vale la pena recordar su impresión sobre la actividad de la gente bien: "las personas de la alta clase social, en Cartagena lo mismo que en Santa Marta, permanecen en su casa durante la mayor parte del día meciéndose en la hamaca.

Le Moyne escribió probablemente apoyado por un diario de viaje: sus recuerdos son confiables y sus prejuicios modestos. Un curioso error ha hecho carrera al subir por primera vez a Bogotá, el juez político de Guaduas lo atiende muy bien, y otra vez lo visita en 1839: "es el mismo viejo verde de siempre". Dice que era el coronel Joaquín Acosta. Pero esto es imposible, pues Acosta andaba entonces por París. Se trataba probablemente de un hermano medio, don José María, cuyo retrato hizo luego Edward Mark.

Poco sabemos de Charles Saffray. Llegó a Santa Marta en 1861 e hizo, después de una breve visita a Cartagena, el consabido ascenso del Magdalena, pero solo hasta Nare: iba a Antioquia, donde permaneció la mayor parte del año largo que estuvo en Colombia. Médico, muestra gran interés por las virtudes curativas de las plantas nativas. Utiliza el "cedrón" para curar las picaduras de serpientes venenosas todas las personas a quienes administró la medicina se salvaron, y la convalecencia fue relativamente corta. Pasa un buen tiempo en Río Verde cerca de Frontino, entre los indios, y logra obtener la confianza del curandero o hechicero, quien le enseñó todo lo relativo a las plantas y productos usados, sin temor a que pudiera emplear el saber, pues no quiso trasmitirle los signos cabalísticos y las palabras inspiradas sin las cuales, en su concepto, no podían curar las plantas. Trató de encontrar las causas del carate, pero pese a varias autopsias no logra avanzar; descubrió, sin embargo que podía curarlo con mercurio. Muestra su sentido clínico y su espíritu investigativo en varias ocasiones. En Santa Marta el amplio comercio de hojas de coca atrae su atención, procesa un extracto de ellas y aísla un alcaloide "en forma de cristales de agujas". En Caldas advierte que la sal de Burila tiene efectos sobre el coto, y termina convencido de que se debe a su alto contenido de yodo.

Las descripciones de costumbres son ágiles y agudas. Los antioqueños en su opinión, solo atienden al dinero, y en Medellín no hay vida social de ninguna clase: "ni bailes, ni conciertos ni teatros, ni crónica". Las mujeres, incultas, son, sin embargo, insuperables como esposas y madres. La descripción de los antioqueños bordea lo que sería luego el lugar común: son laboriosos, inteligentes y sobrios. El amor a la propiedad está muy desarrollado en ellos cada cual quiere tener un rincón de tierra suyo, y casi todos lo consiguen". Orgullosos de su región y exagerados. un modesto puente sobre el río Medellín les parece una de las maravillas del mundo.

De, Antioquia sigue al Cauca, en medio de la revolución de Mosquera.

En Manizales aunque está prohibido transitar sin pasaporte, usa en varias ocasiones el mejor de todos sobornar a los guardias. En el valle del Cauca encuentra una población más alegre y sociable que los antioqueños

Y en la guerra, se horroriza con los "voluntarios" conducidos en fila y con las manos atadas; y describe las "rabonas": las mujeres que acompañan a los soldados y les prepararan su comida. Encuentra una heroína feminista que todavía espera su reivindicación (aún no ha sido "recuperada", como se dice ahora). Dolores alistada en la guerra, que "había ganado ya por su bravura el grado de sargento, y figuraba en la lista con nombre femenino".

La guerra lo envuelve. Sirve de médico en las tropas de Julio Arboleda lo que nos indica que estuvo por allí en la primera mitad de 1862

No logra seguir hacia el sur y decide volverse a Bogotá ciudad que describe muy superficialmente. En esa "nueva Atenas" (es la primera utilización de la conocida comparición) la inmensa mayoría no sabe nada o apenas sabe alguna cosa [...] y todo está por hacer en cuanto a la educación elemental y clásica y a la enseñanza de las artes liberales". Vuelve a Cali y el gobernador le roba sus colecciones científicas y tiene que pagar un rescate de seis mil pesos para que lo suelten, por haber ayudado a los conservadores. Por último va a Nóvita y a Quibdó, y para finales del año está en Panamá.

Publicado en Francia en 1869-1970, pronto se editó en español. En 1948 la Biblioteca Popular de Cultura Colombiana realizó la primera edición en nuestro país, sin las ilustraciones que acompañaban las anteriores. Sorprende en Saffrey la sobriedad casi periodística a pesar de que solo permaneció aquí poco mas de un año, no suele caer en estereotipos muy ingenuos, y cuando lo hace, probablemente refleja mas que sus prejuicios los de los informantes locales.

El tercer viajero es Pierre d'Espagnat quien parece haber venido en 1898-99 con el encargo especial de escribir un libro de viajes.

Es el mas literario de todos y el más lleno de prejuicios. De su estilo es un buen ejemplo el texto siguiente:

"El vigor, la hermosa libertad tupida de los cafetales se expande tras las tapias sucias que bordean el camino en el que las ramas amarillentas de los cocoteros, deshilachadas como las plumas de un pavo real, languidecen entre las señales dejadas por la lluvia en el dintel de yeso negro en el que las hojas de los bananos, que se han aventurado a través del enrejado, simulan brazos trágicos extendidos como una amenaza o una suplica a la caridad del transeúnte. Y de sus prejuicios: "eso es precisamente lo que necesita este país tan maravillosamente dotado por la naturaleza: un buen tirano...", o "difícilmente perfectible, la raza de Caín se arrastra, sin progresar, por los continentes."

Sin embargo, se advierte un entusiasmo sincero por el paisaje y por la gente, y esto da algo de verdad a la retórica desmesurada. A veces los cuadros son vigorosos y claros y las observaciones reveladoras. Visita a Bogotá, a la que también llama, como Saffray, la Atenas del sur, pero ya sin ironía. Y como aquel, describe los reclutas, ahora en el clima que antecedía a la guerra civil de 1899: "Sus mujeres, sin las que se morirían de hambre, porque el gobierno no les mantiene, esperaban, acurrucadas por los alrededores, la hora de comer. No era la primera vez que veía a esas desgraciadas siguiendo de lejos, retaguardia de miseria, al batallón en marcha de sus maridos o de sus amantes. me considero incapaz de expresar el estremecimiento que a su paso me sacudía. Pobres bestias de carga, admirables, que llevan sobre sus sufridas espaldas las míseras ropas, el incompleto menaje, sin contar, además, cabeza abajo, coronando la carga, rorro que vino al mundo en la cuneta del camino; y así siguen con constancia, ayudando, abasteciendo, animando con su alegría y su sacrificio la fatiga y el desamparo de la jornada, dando, con lo que les queda de juventud, un poco de amor a su compañero, un poco de leche a su hijo".

Recorre también a Antioquia. Su peón motiva casi un canto épico. Mientras que a Saffray la mazamorra le parecía un plato digno de disfrutar en la mesa "de mas lujo", d'Espagnat no resiste la dieta: "Resulta divertido ver como sus frugales habitantes se contentan con grandes raciones de plátano, de maíz, de arroz al natural, como se hartan de arepas y de pandequeso, y luego exclaman en tono convencido: ¡A esto si que se llama comer! Es evidente que para ellos una perdiz trufada no tendría aliciente de ningún genero. "Me atrevería a confesar que experimento la necesidad de volver a Francia para poder almorzar y comer?". La gente de Medellín contrasta con la de Bogotá: "Los ciudadanos de la capital tienen una parte mayor de herencia latina, son alegres, amables y disertos, mientras que los burgueses de Medellín tienen un espíritu mas áspero, mas yanqui, tienen algo de positivo, de cruelmente práctico". La descripción de las mujeres antioqueñas no podía haber sido mas estereotipada, mientras que resalta la alusión a la puñalada trapera; "cuando se ve de lejos una mano baja, en guardia, envuelta en pañuelo, hay que decirse: cuidado con la barbera".

De la edición francesa de este libro se publicó una traducción en España, la cual fue reproducida en Bogotá, en la Colección de Cultura Popular en 1942.

Como se advierte, los tres textos se tradujeron en España, y esto crea algunas confusiones. La pita, fique o cabuya, en su paso al francés y su regreso al español, se vuelve el áloe, penca completamente diferente; los aguacates tras ser avocats, se convierten en abolados. La nueva edición es una reimpresión fotográfica de las ediciones bogotanas de los cuarenta, menos el de Le Moyne, que copia la de l969. Se pierden así -como las perdieron ellas- las ilustraciones, en particular las que acompañan el libro de Saffray. El libro de d'Espagnat suprime el prólogo de la edición colombiana (¿de Carlos Rodríguez Maldonado?), aunque lo deja figurando en el índice.

Estas nuevas ediciones son bastante imperfectas, estética y técnicamente. Sin embargo, llenan su función en forma adecuada; poner al alcance del publico lector, que es sobre todo el de los estudiantes universitarios unos textos que ya era imposible conseguir.

  • Jorge Orlando Melo

 
 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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