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El papel de la palabra en el periodismo: verdad y manipulación

 

Presentación del coloquio “El papel de la palabra en el periodismo”, 74 Congreso del Pen Club Internacional, Bogotá, septiembre 18 de 2008

El tema de discusión de este congreso es el papel de la palabra en el periodismo. En nuestra tradición cultural, la palabra está en el origen de todo: en el principio era el verbo. Y sobre todo, la palabra es equivalente a la razón: el logos de los griegos es al mismo tiempo palabra y razón.  La sociedad griega, que está en el comienzo de nuestras tradiciones, permitió que la palabra se usara públicamente, en el ágora, para buscar las razones de la ciudad, el logos de la política. Por eso pudo esbozar la primera sociedad democrática de la historia.

La discusión de hoy se refiere, en principio, a la palabra escrita. Desde la aparición de la imprenta la palabra adquiere una fuerza nueva, pues ya no se limita a decirse a quien está cerca. El libro permite hablar a muchos a la vez, lejos del que habla, incluso en otros tiempos. Pero aún más dramático fue el cambio que trajo el periodismo. A partir del siglo XVIII las sociedades pueden intentar hacerse democráticas, porque el periodismo se convierte en el medio central por el cual los ciudadanos pueden tener la información necesaria para participar en el gobierno de sus propias sociedades. No hay democracia sin opinión pública, porque la democracia supone que el público en general esté enterado, opina y participe en la toma decisiones.

Sin embargo, para que la democracia funcione se requieren ciertas condiciones, que todos conocemos. La prensa debe ser libre y tener conciencia del papel que desempeña, de manera que se esfuerce por ofrecer la información relevante en forma imparcial. En la realidad, los medios de comunicación están sometidos a restricciones y a presiones de toda clase. Los que tienen el poder político o económico tienen formas de influir, aunque sólo hasta cierto punto, sobre la forma como se presenta la información y sobre cuál información se presenta.

En los comienzos de la democracia, los periódicos se dirigían a unos grupos reducidos de lectores, usualmente poderosos y educados. Por eso los periódicos eran severos y austeros, pesados y llenos de argumentos. Desde finales del siglo XIX, cuando todos saben leer y todos son ciudadanos, los periódicos comienzan a transformarse, a unir la función de informar y debatir con la de entretener. Con el surgimiento del radio, en la década de los veintes, y la generalización de la televisión, a mediados del siglo XX, debe luchar para mantener su fuerza buscando más y más lectores, y para hacerlo trata de satisfacer todos los públicos y de responder a todos sus deseos. El periódico es la fuente de la información política y económica, pero también satisface el gusto por el chisme, que ahora no se refiere a los incidentes del barrio sino que busca su objeto en cualquier lugar del mundo, y de los temas que la televisión sugiere. Y la mayoría de los periódicos dejan de creer que su tarea es ayudar a formar una opinión libre e informada, para buscar cómo seguir más o menos los caprichos de la opinión: ya no publican lo que creen importante sino lo que las encuestas dicen que el público quiere leer. Y según sople el viento de las encuestas, se orienta la veleta periodística.

Estos periódicos son menos independientes, y pueden caer más fácilmente en la tentación de servir a los poderes políticos y económicos. En momentos de gran polarización, como los que vive Colombia, algunos medios se ponen incondicionalmente al lado de los gobiernos. En esas coyunturas dramáticas, los gobiernos buscan mantener en vilo la opinión. La estrategia del temor, el uso de un lenguaje agresivo, en el que los disidentes son definidos como criminales o eventuales aliados de los terroristas, hacen parte frecuente de las estrategias oficiales. Algunos medios se suman a esto, pues la cercanía del poder puede dar ventajas, pero también porque saben que el temor y la crispación atraen masivamente a los lectores. En los Estados Unidos o en Colombia, la estrategia del temor ha sido parte importante del mensaje de los gobiernos y de algunos medios en la última década.

En estas condiciones, el uso de la palabra se transforma. Uno podría mostrar cómo el sentido de los términos se transforma para servir los intereses de la propaganda: ya no se usan con sus sentidos propios, como palabras que sirven para analizar y discutir, sino con significados más o menos arbitrarios que sirven para condenar y rechazar, y las palabras empiezan a querer decir lo que los gobiernos quieren. El que manda quiere definir el sentido de las palabras, como En Alicia en el País de las Maravillas, donde un huevo huero y presuntuoso, Humpty Dumpty, le contesta a Alicia, que protesta porque él usa los términos con un significado que no tienen: "Cuando yo uso una palabra - insistió Humpty Dumpty, con un tono de voz más bien desdeñoso - quiere decir lo que yo quiero que diga..., ni más ni menos.”

Al mismo tiempo, toda clase de recursos retóricos sirven para convertir a los medios en canales de persuasión, en elementos de un mecanismo de manipulación. Los hechos negativos se recubren de eufemismos: las ejecuciones fuera de combate son daños colaterales, los ministerios de guerra se convierten en ministerios de defensa, la economía no cae sino que “se desacelera”, el empleo no disminuye sino que “crece negativamente” y la ley de perdón a los paramilitares sus crímenes se llama de “alternatividad penal” o de “justicia y paz”. El lenguaje de los medios se llena de las formas del lenguaje oficial, en la que predominan las frases impersonales y en voz pasiva (“fueron asesinados” evita hablar de que alguien asesinó), las perífrasis burocráticas que sugieren que ciertos hechos son el resultado de procesos impersonales, casi inevitables (en vez de desplazados o pobres hay “personas en situación de desplazamiento” o “en situación de vulnerabilidad económica”). Cuando los gobiernos hacen algo con el dinero que han cobrado al público, los medios hablan de “los grandes esfuerzos” de un ministro o un presidente, y repiten las metáforas atractivas ad nauseam, el “presidente de teflón”, la “hecatombe”, definiendo el ámbito y los elementos de la discusión.

El lenguaje llamado culto, en vez de alimentarse, como antes, en la creatividad infinita del lenguaje popular, se impone gradualmente como un molde rígido sobre este, a través de la televisión sobre todo, para quitarle transparencia, gracia y variedad a las palabras que todos usamos.

A veces las cosas van más lejos: un incidente que acaba de ocurrir muestra incluso formas de manipulación más directas. Estos días los medios, encabezados por un noticiero de televisión, han mostrado imágenes en las que se muestran jóvenes encapuchados arengando a los estudiantes en una de nuestras universidades. Según los titulares, estos videos “prueban la presencia de las FARC en la Universidad” y además muestran al rector de una universidad local, la Universidad Distrital, al que se quiere condenar porque hace parte de un grupo político de oposición, oyendo sin protestar las arengas de los guerrilleros.

Lo que no dicen los medios es que se trata de un montaje: al comienzo del semestre, frente al rector, unos estudiantes encapuchados invitaron a los estudiantes a sumarse a un movimiento político radical y a convertirse en buenos estudiantes, para poder enfrentarse y luchar con armas intelectuales contra el sistema. En este evento no se habla de armas ni de guerrillas, y el rector lo escucha, no sabemos si indiferente o irritado, pero lo permite. Y unos meses después, pocos días después de la muerte de un guerrillero de las FARC, Raúl Reyes, en un ataque militar, un grupo de estudiantes encapuchados se dirige a los estudiantes, lamenta la muerte de Reyes y los invita a solidarizarse con sus luchas. El segundo grupo, que parece formado por personas diferentes al primero, tiene obvias simpatías con las FARC, aunque nada permite deducir que no sean estudiantes de la Universidad sino guerrilleros, como insiste en noticiero. Y el rector no aparece en ninguna parte en el segundo video. Pero el noticiero de televisión enlaza las dos filmaciones en una sola y deja al público convencido de que el rector estuvo presente en un sólo evento, en el que se invitó a llorar por los caídos de la guerrilla y a luchar contra el gobierno. Nadie, ningún medio, ha aclarado esta manipulación, este engaño, y así se va formando la opinión a favor de una política que trata no solo de poner a la población contra las FARC, sino contra un rector que permite ciertos niveles de libertad de expresión en una universidad.

Señalo este incidente como un simple ejemplo de una situación que se repite muchas veces. En este caso la tergiversación es hecha por los medios, pero el origen está en parte en el gobierno, que ha hecho un gran esfuerzo por transformar y redefinir los términos que se aplican a los conflictos del país, por negar la existencia de un conflicto armado pero al mismo tiempo poner al país en una guerra sin límites contra la guerrilla y contra aquellos que se perciben como cómplices de ésta.

En español, “dar la palabra” indica que uno está diciendo la verdad. Si yo le “doy mi palabra” de que algo ocurrió es porque estoy seguro de que es así. Es también una expresión que indica un compromiso que se cumplirá por encima de cualquier obstáculo. La expresión apunta a una relación con la realidad, a la idea de que la palabra es un instrumento para comprender el mundo,  para decidir entre diferentes interpretaciones de la realidad, para discutir entre lo que ocurrió y lo que es un engaño o una mentira. Algunos afirman que todo discurso es subjetivo y que no podemos pretender que los medios sean objetivos, porque la objetividad no existe. Pero el hecho de que ningún discurso sea una reproducción exacta de la realidad no lleva lógicamente a la conclusión de que todos están igualmente alejados de ella.

Esta discusión es difícil, pero estoy seguro de que es muy productiva, y podemos comenzarla, “dando la palabra” a los conferencistas invitados.

Jorge Orlando Melo

 

 
 
 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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