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Periodismo y política en Colombia: doscientos años de cercanía

 

Periodismo y política han estado estrechamente unidos durante los doscientos años de vida republicana de Colombia. En el siglo XIX y el siglo XX, el poder político surgió ante todo de la prensa. El primer director de un periódico en 1810, Jorge Tadeo Lozano, fue elegido presidente tan pronto se aprobó en 1811 la primera constitución, y fue derribado por el pueblo a los pocos meses, después de una breve campaña en su contra promovida por Antonio Nariño, director La Bagatela, el primer periódico de oposición: el director del periódico asumió la presidencia.

Desde esos años, la mayoría de los presidentes de Colombia surgieron de los periódicos, más que de los grupos económicos o de las grandes familias. En la segunda mitad del siglo XIX los estadistas más influyentes –Manuel Murillo Toro, Santiago Pérez,   Miguel Antonio Caro, Rafael Núñez- fueron periodistas. Los dos últimos dominaron el país entre 1886 y 1898. En 1910 fue presidente Carlos E. Restrepo, quien había sido editor, librero y periodista, y después de abandonar la presidencia se dedicó durante años a dirigir el periódico Colombia. Entre 1930 y 1946 todos los presidentes (Olaya Herrera, fundador del Diario Nacional, Eduardo Santos,  director de El Tiempo, López, Lleras) habían sido directores de periódicos. En 1955 regreso de una especie de exilio voluntario el más importante político  del siglo XX, Alberto Lleras, antiguo director de La Tarde y El Liberal y fundador y primer director de Semana, para asumir a los pocos días la dirección de El Espectador, desde la cual manejó la campaña que terminó tumbando la dictadura del  general Gustavo Rojas Pinilla. En 1958 asumió la presidencia y gobernó nuevamente el país de 1958 a 1962.  Cuatro años después asumía la presidencia otro antiguo director de El Tiempo, Carlos Lleras Restrepo, quien, después de abandonar la presidencia, siguió ejerciendo su influencia como director del semanario Política y algo más.   En 1974 fue presidente otro ex director de El Liberal y fundador, en 1958, del influyente semanario político La Calle: Alfonso López Michelsen.  Cuatro años después asumió el poder el periodista Belisario Betancur, quien había comenzado su carrera como redactor de La Defensa, había pasado por El Siglo y dirigido La Unidad.

Con un poder tan grande, no es sorprendente que la prensa haya vivido en un ambiente de libertad de expresión. Desde las primeras constituciones el principio legal dominante ha sido el de que la prensa es libre, sin censura previa, pero sujeta a responsabilidades cuando afecte el orden público o los derechos individuales. Esto llevó a una amplia libertad hasta 1886: los extranjeros se sorprendían por lo que consideraban excesos de la prensa nacional. A partir de ese año y hasta 1909 los gobiernos de Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro, que habían hecho su carrera como periodistas, trataron de someter la prensa a restricciones diversas, enviaron al exilio a algunos periodistas y procesaron otros. Pero de 1910 a 1949 volvió a dominar la regla de la libertad de expresión. Probablemente lo que más contribuyó a la caída de Rojas Pinilla, el dictador militar que gobernó  entre 1953 y 1957, fue el cierre de los dos principales periódicos del país, El Tiempo y El Espectador, y la oposición casi unánime de la prensa, sometida a censura y a varias formas de control. La constitución de 1991 no se contentó con afirmar que la prensa es libre pero responsable, sino que hizo explícita la norma de que no habría censura de los medios de comunicación, sobre todo para prevenir los intentos oficiales de controlar la radio y la televisión, apelando al principio de la propiedad eminente del espectro electromagnético.

Durante el último medio siglo, sin embargo, la prensa ha estado sometida, más que a la regulación administrativa y judicial, al ataque de grupos de grupos ilegales y corruptos. Las guerrillas, los grupos armados que se formaron para combatirlas y los funcionarios locales vinculados a ellos o que han aprovechado el débil control legal para formar carteles de corrupción, han combatido a los periodistas que denunciaban sus actividades o se oponían a ellas. Los periódicos sufrieron decenas de atentados y muchos periodistas fueron asesinados, secuestrados o amenazados. La lucha contra el narcotráfico costó la vida al director de El Espectador, Guillermo Cano y al director de El País, Gerardo Bedoya, pero la lista de los periodistas colombianos que pagaron con la vida su lucha contra los negociantes de la droga es muy grande.  A partir de 2002, sin embargo, la amenaza directa de muerte ha disminuido, como resultado de la mayor capacidad de acción del Estado frente a la guerrilla y de sus negociaciones con los grupos paramilitares, que han conducido a la reducción casi total de la violencia abierta ejercida por ellos.

Hoy, cuando América Latina se encuentra en un proceso de transformación de sus estructuras políticas, sobre todo impulsadas por la ampliación de la participación política autónoma a grupos sociales cada vez más amplios, y por la creciente fe en el poder popular, expresado mediante plebiscitos y que expresa casi sin intermediarios su voluntad soberana, el papel del debate público es esencial para mantener una democracia real, respetuosa del derecho y también de las minorías.

La prensa colombiana no enfrenta en la actualidad, para cumplir un papel central en este momento, las restricciones de la censura o la violencia abierta. Pero tiene los desafíos comunes al periodismo en todo el mundo, y que están en muchos casos debilitando el compromiso de los medios con la calidad de la información y del debate público: los cambios tecnológicos y la competencia de Internet, que han afectado las posibilidades de funcionamiento de los medios; los cambios empresariales, que reemplazaron en Colombia los periódicos de propiedad individual y familiar por prensa vinculada a grandes grupos empresariales, con intereses en los negocios del entretenimiento y en otros sectores de la economía y dependientes de la buena voluntad del gobierno; los cambios del público, que han llevado la prensa a buscar nuevos sus lectores compitiendo con la televisión en el campo del entretenimiento, el espectáculo y la vida cotidiana, y la debilidad de sus plantas, frente a gobiernos cada vez más capaces de imponer los temas del debate público y de orientar a la opinión, con equipos de comunicadores mucho más numerosos que los de los mismos periódicos.

Nadie puede prever cómo se resolverán estos problemas. Pero después de dos siglos de contribuir a formar una cultura democrática, hay que confiar en que la prensa y la sociedad encontraran caminos apropiados para hacerlo.

Jorge Orlando Melo

Intervención en la mesa redonda “El papel del periodismo en la consolidación de la democracia y el pluralismo en Colombia” realizada en la Casa de las Américas, Madrid, 15 de julio de 2009

 
 
 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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