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Las perspectivas de cambio futuro en Colombia: mucho más de lo mismo, algunas cosas nuevas
 

Al terminar la lectura de los artículos históricos que componen esta enciclopedia, puede uno preguntarse si el lector, o incluso sus autores, logran comprender mejor la Colombia que vivimos y  anticipar, así sea en forma muy difusa, el mundo al que estamos entrando y que estamos construyendo. Pocas cosas inquietan más a los historiadores que el esfuerzo de predecir o anticipar el futuro. Su tarea se ha reducido normalmente a tratar de predecir el pasado, con variable éxito, y si este esfuerzo menos exigente tiene dudosos resultados, la idea de hablar de aquello que ocurrirá parece de una soberbia ilimitada. En efecto, los teóricos de la historia han reaccionado con creciente energía contra la pretensión positivista de que el desarrollo histórico está regido por leyes que permitan deducir los comportamientos futuros o la evolución futura de la historia.

La mayoría de las cosas que se pueden decir del futuro escasamente superan las puras suposiciones del sentido común, basadas usualmente en nada más que la inercia de la realidad social: casi toda predicción con alguna probabilidad de cumplirse se reduce a afirmar, para un período más bien reducido, que lo mismo que ha estado ocurriendo continuará haciéndolo, y esto además no es aplicable usualmente sino a los sectores de la vida social en los cuales la información disponible acerca de los principales elementos es suficientemente amplia y repetitiva para construir modelos medianamente precisos del comportamiento, como ocurre en la economía o en algunas variables estadísticamente mensurables, basadas en comportamientos repetitivos y que son el resultado de infinitud de acciones individuales poco orientadas, como puede ocurrir con las tasas de natalidad o la expectativa de vida. Si se miran con algún detalle las predicciones que se presentan en buena parte de los modelos llamados prospectivos, se limitan a estos aspectos o concluyen, como en un ejemplo de Mark Twain sobre el pronóstico del tiempo, afirmando que hay probabilidad de vientos del sur, del norte, del occidente o del oeste, lluvias o sol, tempestades, sequías o terremotos.

Pero, ¿quién habría podido prever en 1950 que el país entraría en una fase de modernización cultural y social tan rápida como la que se presentó en los 30 o 40 años siguientes? ¿Quién advirtió entonces la crisis que enfrentaría la Iglesia? ¿O el éxito de los programas de control de la natalidad? ¿O los tortuosos desarrollos de la violencia que nos correspondería enfrentar? Algunos de los más importantes libros y estudios de historia social –y piadosamente nadie se ha tomado el esfuerzo de inventariar los centenares de ejemplos de que el saber, la teoría o la ciencia poco ayudan en estos terrenos- con los cuales crecimos resultaron de una abrumadora inexactitud. Todos los científicos sociales de más de cuarenta años creyeron alguna vez en la solidez de las demostraciones de Arrubla de que el sistema no tenía posibilidades de desarrollo económico, y muchos pronosticaron en un momento u otro la inevitabilidad de un golpe militar o un desarrollo autoritario del Estado. Y recientemente, ¿quién habría podido prever el desarrollo de la constituyente y la composición que parece irá a tener, sino unos pocos que avanzaron de error en error hasta el acierto final? Por supuesto, peor les fue a todos los que hicieron pronósticos en el terreno internacional: los pocos que previeron algo de lo que pasó recientemente en Europa Oriental fue por ilusos o fantasiosos, y no por seguir los métodos de las ciencias sociales o políticas en forma seria.

Y sin embargo, todos vivimos anticipando, apoyándonos en alguna medida en la limitada información de que disponemos sobre la sociedad para formarnos una idea del futuro posible. Raras veces, por las dudas e incertidumbres a que aludía, se atreve uno a dejar por escrito este testimonio que puede parecer ahora de audacia y que casi seguramente en 5 o 10 años será una prueba simple y contundente de incompetencia.

EN DONDE ESTAMOS

Para iniciar mi especulación sobre el futuro próximo, que mezcla inevitablemente deseos, intuiciones y los mecanismos más elementales de predicción, debo apoyarme en primer término en lo más sencillo: lo que probablemente seguirá ocurriendo como ha venido ocurriendo. Es necesario subrayar algunos de los aspectos que me parecen más significativos de la sociedad actual colombiana.

a) La sorprendente estabilidad de los procesos de desarrollo económico, que mantienen casi irremediablemente un modesto pero seguro ritmo de desarrollo, claramente distinto a la experiencia latinoamericana. Varios factores influyen en mi opinión en esta estabilidad, como la descentralización relativa en la localización de los agentes económicos, la dispersión del poder económico, gremial o sindical, la debilidad del Estado y su incapacidad para influir demasiado lo que pasa en la realidad, la gran variedad de condiciones, culturales, sociales y de recursos de diferentes sectores y lugares de la geografía económica del país. Estos aspectos refuerzan la capacidad de decisión empresarial de amplios sectores de población por un lado, y por el otro han impedido al Estado iniciar cualquier clase de política económica decidida y orientada en un sentido transformador muy preciso: no hemos sido capaces de tener ni socialismo, ni populismo, ni peronismo, ni grandes inflaciones y ni siquiera esfuerzos estatales de desarrollo realmente vigorosos, como los del Brasil. Y hemos desarrollado, eso sí, una élite tecnocrática de excelentes economistas, que han sido capaces de imponer sus criterios profesionales a las ilusiones de los políticos.

b) En las tres últimas décadas, el fenómeno central es en mi opinión el de la transformación extremadamente rápida de las mentalidades y de las estructuras de vida social. Ningún país de la Europa clásica tuvo un ritmo de urbanización o una transición demográfica tan acelerada, y en ninguno se dio un cambio en los valores tan claro en tan poco tiempo. Igualmente veloz fue el incremento en la escolaridad formal.

Para Fernand Braudel y los teóricos de la escuela francesa, en su metáfora un tanto estratigráfica de la sociedad, las estructuras más profundas y que más lentamente cambian son las mentalidades, sobre las cuales, sujetas a cambios de lenta duración, se apoyan las realidades económicas o demográficas, coronadas por el mundo de la coyuntura, que es el mundo de la acción política. Por eso se entretienen tratando de mostrar la continuidad entre la mentalidad del campesino medieval y el pequeño propietario urbano del siglo XX. Creo que pocos se atreverían, habiendo pasado por la historia reciente de Colombia, a mantener esa visión, y muchos estarían tentados a pensar que la mentalidad, como la política, es volátil y variable.

Por supuesto, no hay que exagerar, y el ritmo de cambio en algunas zonas es lento o inexistente. Y por supuesto muchos de los nuevos valores y creencias se reconstruyen sobre bases más o menos arcaicas, que ayudan a conformarlos. Pero quien haya leído los testimonios que recoge Alfredo Molano en sus recientes libros podrá encontrar cómo en los más alejados y remotos rincones de la geografía nacional y en todo el espectro político, el mundo que rige la vida personal es el del capitalismo salvaje, el del individualismo más radical, el del consumo frenético de lo que pueda conseguirse, el de la violencia latente o visible. Y no son pocas las pruebas de que la moral de origen religioso ha perdido casi toda eficacia, desde el plano menos dramático de la vida sexual, hasta el respeto a la vida ajena.

En el terreno social, son conocidos los indicadores más obvios, y aunque no son un índice siempre aceptable de calidad de vida, son lo mejor que tenemos al respecto. No voy a mencionar sino unos pocos de esos indicadores, aunque podría encontrar decenas adicionales : la tasa de crecimiento demográfico pasó del 3% hacia 1970 a 1.8% en la actualidad, la población urbana pasó del 48% en 1960 al 70% hoy, la fuerza laboral en la agricultura bajó del 45% en 1965 al 25% hoy, los gastos en educación pasaron del 1.7% del PNB en 1960 al 2.8% en la actualidad, las mujeres igualaron y superaron a los hombres, a más de la esperanza de vida, en indicadores como la educación primaria y secundaria y, parece, universitaria. La tasa de alfabetización llegó al 85% (en las mujeres era ya del 88% en 1985), la mortalidad infantil descendió del 148% al 68% entre 1960 y 1988, mientras la esperanza de vida subió 10 años, de 55 a 65, entre 1960 y 1987. Y este informe también señala que Colombia fue el tercer país del mundo en el mejoramiento del acceso al agua potable entre 1975 y 1986. Por otra parte, vale la pena subrayar que los estudios más recientes sobre distribución del ingreso muestran un mejoramiento substancial de la tendencia que habían detectado los estudios de hace años: según reportan las Naciones Unidas, el coeficiente de Gini bajó del 0.57 en 1971 al 0.45 en 1988.

c) El tercer aspecto que creo debe subrayar es el de las complejas paradojas del sistema político, casi imposibles de describir y analizar. ¿Es un sistema político que ha fracaso o triunfado? ¿Es sólido o débil? ¿Se trata de un estado fuerte o de un estado débil? En casi todas partes hay algún consenso sobre preguntas como éstas, pero en Colombia puede uno encontrar ejemplos de textos académicos serios donde se defiende una posición u otra. En mi opinión, lo más significativo tiene que ver con la legitimidad de fondo del sistema político, la aceptación de los valores fundamentales del régimen liberal representativo y más o menos democrático por toda la población, y con la ilegitimidad de sus instituciones concretas. La primera legitimidad ha hecho impensable un desarrollo de la guerrilla fuera de ciertos nichos ecológicos muy determinados, y la segunda ha llevado a que una proporción muy elevada de colombianos crea que aunque el sistema es bueno, sus promesas no se cumplen o quienes tienen el poder se aprovechan de todos para actuar como seguramente ellos actuarían si tuvieran la oportunidad, buscando el enriquecimiento personal y sin ninguna visión del bienestar de la sociedad. Por eso los colombianos acabaron votando, en marzo y mayo, como lo hicieron: mezclaron el voto casi unánime contra los políticos con un voto también igualmente sólido por los políticos que estaban de candidatos a corporaciones. Y por ello quizás dan un apoyo tan alegre a las guerrillas arrepentidas: con su lucha armada habían dado aliento a la desconfianza y el desprecio de los colombianos por los políticos, pero al entrar al juego electoral y legal satisfacen la fascinación de los colombianos por las elecciones, las discusiones políticas y el mundo de la democracia representativa.

d) Aunque el sistema político pudo tener un éxito relativo, pues si se compara con los demás países de América Latina es, con Venezuela, Costa Rica y México, el más notable y el que ha tenido un desarrollo institucional más gradual, el único, con los mismo países, que se ahorró largos años de dictadura, y uno que ha permitido legalmente una amplia participación política, con algunas restricciones que fueron levantadas en lo fundamental ya hace 16 años, ha sido también el que ha tenido un fracaso más estruendoso en su obligación de proteger la vida de los ciudadanos. Estos años de desarrollo económico, mejoramiento de las condiciones de vida de los ciudadanos, modernización social y cultural, han visto también el incremento casi exponencial de la violencia. Y esa violencia ha estado ligada fundamentalmente a condiciones y conflictos políticos, (así la mayoría de los casos individuales no puedan clasificarse razonablemente como delitos políticos o como casos de estricta violencia política) lo que ha hecho que las limitaciones al ejercicio de la acción política que la ley no imponía fueron impuestas por el amedrentamiento, la guerra privada, las violaciones de derechos de los ciudadanos hechas con complicidad de agentes estatales.

No quiero abundar en este tema de la violencia, en el que son muchos los estudios a fondo que ayudarán a entenderlo mejor que esta caricatura que puedo hacer en el momento, pero no hay más remedio que suscribir el lugar común de que la consolidación del poder de los traficantes de estupefacientes se convirtió en un importante factor en la vida política nacional y en el desarrollo de la violencia.

Posibles tendencias


A partir de la situación descrita, es posible hacer diversas aproximaciones a algunas alternativas de desarrollo posibles, a algunas líneas argumentales del drama nacional.

En el terreno económico, no creo que se vayan a presentar cambios significativos, fuera de procesos más o menos normales de modernización, desregulación e internacionalización, que no tendrán probablemente impactos tan dramáticos ni tan novedosos como algunos los presentan, pero que crearán una base firme para un desarrollo económico algo más rápido que el que ha tenido lugar en la ultima década.

Nuestro producto interno per capita probablemente será para fines de siglo, entre un 25 y un 35% superior al actual, a menos que una combinación favorable de buenas estrategias económicas y una excelente, pero no previsible, coyuntura internacional, nos ayude a lograr tasas superiores al 5% del crecimiento del producto anual. Pero aun manteniéndonos debajo de este nivel, teóricamente seria posible utilizar, sin afectar los niveles de vida del resto de los colombianos, todo este incremento para aumentar el ingreso del 40% de la población que vive en una situación peor, lo que permitiría sacar a la totalidad de la población de la línea definida como de pobreza absoluta y presentar un país con indicadores sociales excelentes: alfabetismo completo, una tasa bruta de educación secundaria superior al 80%, una tasa de educación universitaria alrededor del 25%, una esperanza de vida cercana a los 75 años, una mortalidad infantil inferior al20 por mil, acceso de toda la población a servicios médicos y agua potable, supresión de la desnutrición infantil, etc. En efecto, el país va a generar, en la próxima década, suficientes recursos rara eliminar la pobreza, sin reducir el nivel de vida absoluto de ningún estrato de ingresos.

Pero ¿es previsible que el mejoramiento de los niveles de vida de los colombianos vaya a ser tan radical? Las decisiones políticas para una reorientación drástica de los objetivos del crecimiento son difíciles de tomar. Muchas veces la búsqueda de claros objetivos sociales ha estado acompañada, en casi toda América Latina, por políticas económicamente improvisadas; lo que ha desacreditado los programas centrados en el desarrollo social. En opinión de buena parte de los dirigentes del país, aunque hoy sea posible acabar en 10 años con la pobreza colombiana, es preferible dejar que el resultado mismo del desarrollo económico resuelva, en forma automática, los problemas de miseria, aunque tome mucho más tiempo. Para muchos, la salvación nacional parte ante todo del puro crecimiento, pues no hay todavía lo suficiente para redistribuir, o si se redistribuye se afecta la tasa de crecimiento.

Colombia tiene que decidir cuáles van a ser sus políticas de gasto público, el nivel de apoyo que se le dará a programas muy redistributivos, como la universalización de la secundaria o la generalización del acceso a la salud y otros mecanismos de redistribución del ingreso. Yo pienso que la decisión que tomarán los colombianos -pero esto no es irreversible, y los aspectos políticos, a los que me referiré luego, muestran un gran nivel de libertad en las líneas del proceso- no será tan clara en este sentido, y que las presiones de los sectores de clase media -para emular en algunos aspectos los niveles de consumo más altos y estimulados por una sociedad cada vez menos solidaria­ triunfarán, apoyadas en su mejor organización política, sindical, gremial, profesional, etc. El país gastará probablemente la mayor parte de ese ingreso adicional que recibirá en la próxima década, en un consumo más diversificado para los sectores medios, que ya empiezan a tener acceso a toda una serie de consumos que constituyen símbolo de éxito social.

Por ello, creo que llegaremos al fin de siglo con algunas mejoras substanciales de la situación de vida de los colombianos, pero no tan amplias como seria factible: nos quedará algo de analfabetismo, andaremos por el 75 u 80% de cubrimiento de la población en secundaria, la esperanza de vida estará por los 70 anos y las demás cosas estarán igualmente en niveles medios; estaremos donde están hoy países como Chile o Costa Rica, o quizás un poco mejor, en términos de calidad real de vida de la población, aunque por encima en términos de ingreso. A pesar de los esfuerzos crecientes por mejorar el control del medio ambiente, creo que también en este campo -uno de los pocos, con la política de desarrollo científico y la inversión para el desarrollo social, en los que el liberalismo y la ausencia de una firme intervención estatal producen resultados casi siempre negativos-- el avance será tímido. Todavía el país cree que se desarrolla y avanza cuando tumba bosque, que la colonización, que en otra época y en otras condiciones demográficas fue muy conveniente, lo sigue siendo, y la ley, en vez de castigar, sigue premiando con una oferta de propiedad a quienes están destruyendo la selva para instalar unas actividades agrícolas que tienen costos económicos muy superiores a su rentabilidad. La conciencia sobre el medio ambiente, sin embargo, ha ido creciendo, y éste probablemente se irá convirtiendo en uno de los temas centrales de debate y decisión política en la próxima década.

Culturalmente, no tengo dudas de ello y no dejo de lamentarlo, creo que el país se homogenizará con más rapidez de lo que lo ha hecho en las últimas décadas, bajo el impulso de la incorporación acelerada de elementos centrales de la cultura de masas contemporánea. Aunque confío en la capacidad e inventiva de nuestros creadores literarios y artísticos, dudo que la población que está ingresando a chorros en la modernidad les atienda demasiado, y me temo que preferirán los productos lamentables, industrializados y de origen internacional de los medios de comunicación Y los valores que impregnarán la cultura serán, casi con certeza, aun más individualistas, más centrados en el consumo y el éxito económico, a menos que la urgencia ecológica logre imponer algún freno a estas tendencias. Será interesante ver hasta dónde logran influir los esfuerzos por hacer más firmes y aceptados los elementos culturales regionales o asociados con grupos étnicos específicos: ¿habrá algo más de antioqueñidad, o de negritud, o de recuperación de la tradición indígena? En mi opinión, la resistencia es difícil y sólo algunos grupos indígenas tienen la energía requerida para conservar su identidad en el marco cada vez más dominante de la cultura colombiana de masas. El otro asunto es el de los avances de formas de pensamiento más racionales y el de la supervivencia o el reforzamiento de toda clase de formulaciones mágicas. El pensamiento científico occidental, las formas de racionalidad que le son inherentes, las estructuras del discurso y la argumentación propios de él, son apenas un barniz superficial para la mayoría de los colombianos. Los mismos medios de comunicación de masas son, en gran parte, ajenos a ellos. Este es el terreno en el que el avance de la modernización, indudable en otros campos, es más precario, y seguirá siéndolo mientras subsista un sistema educativo autoritario, basado en el aprendizaje de contenidos predeterminados y no en la experimentación, la participación en el descubrimiento, el razonamiento, la demostración y el debate científico activo.

Por supuesto, cualquier análisis de la calidad de vida debe tener en cuenta un aspecto esencial de ella, que tiene que ver con lo más volátil e impredecible de la sociedad: el cambio político. La reciente reforma constitucional refleja un consenso muy obvio de lo que el país quería cambios en el Congreso, más derechos humanos, más participación popular y más descentralización o, si se quiere, federalismo, y un sistema judicial más eficiente.

Como yo no creo que el Estado colombiano haya sido realmente muy centralista ni muy autoritario -por falta de recursos, aunque no de ganas-, ni que la Constitución fuera una gran traba para la participación política -la traba estaba en los partidos, en sus representantes en el Congreso y en la maquinaria que lograron montar- -, el cambio institucional no será muy dramático, pero, en conjunto, tengo cierta confianza en que estos cambios menores en el ordenamiento constitucional reforzarán otros procesos de modernización del sistema político, de los cuales se veían indicios hace ya algún tiempo, y que sin duda se están acelerando.

¿Tendremos una crisis del clientelismo en su sentido tradicional? ¿El voto se hará en forma más libre e independiente?¿Responderá algo mejor el sistema político a las preferencias de la población? Yo creo que si, y que en ese sentido vamos, sin grandes revoluciones, sin que esto implique la desaparición de ciertas formas de clientelismo local o regional, hacia una política prácticamente moderna, pluralista y tolerante, que pudo haber sido generada sin reforma constitucional, pero que ante la ceguera de nuestros congresistas hubo que llevar al constituyente primario.

El gran interrogante es si es posible resolver, en un plazo razonable, el problema de la violencia, y yo creo, a pesar de todo lo que muestra su indestructible permanencia, que esto es posible. La guerrilla está viviendo sus últimos días, y aunque tiene la capacidad de hacer su agonía muy destructiva para los colombianos, carece del argumento político que pudo sostenerla hace 20 6 30 años. Al mismo tiempo, es posible recuperar la legitimidad y la capacidad del Estado en el terreno del orden social; la legitimidad, para que al actuar dentro de la ley, los mismos agentes del Estado no sean instrumentos en el mantenimiento de una espiral de retaliaciones sucesivas; y la capacidad del Estado, para imponer el monopolio en el ejercicio de la fuerza, mejorando su habilidad para descubrir, capturar, condenar y rehabilitar a quienes usen la violencia contra sus ciudadanos. Al ejecutivo le corresponde diseñar políticas de seguridad que se funden en una visión democrática de la sociedad, en la necesidad de desarmarla y de reducir las tensiones entre los diversos sectores. La Constituyente creó bases adecuadas para la reforma de la justicia, pero es necesario hacerla funcionar.

Es necesario también que el sistema político refuerce sus elementos participativos y su capacidad para resolver los conflicto, buscando el acuerdo y no la confrontación mediante la fuerza, si no queremos seguir conviviendo con un elevadísimo nivel de violencia, para el cual están sembradas las semillas y creadas las condiciones.

La capacidad para reducir la violencia, para hacer que la vida diaria de los colombianos no esté marcada por el asedio permanente del terrorismo, del secuestro, de la acción de los delincuentes y de la arbitrariedad oficial, será la piedra de toque de la acción estatal, la medida de que la nación y sus gobiernos han orientado exitosamente sus esfuerzos hacia el ingreso del país en las formas plenas de vida civilizada, que han eludido a Colombia ya casi durante medio siglo.

Jorge Orlando Melo
Publicado, con algunos recortes, en Jorge Orlando Melo, director académico, Nueva Enciclopedia de Colombia, vol. 2, Historia, Bogotá, Editorial Planeta, 1991.


La cifra que dan las Naciones Unidas para el crecimiento del PNB per capita colombiano entre 1980 y 1987 es del 9%, sólo superada en Suramérica por la del Brasil.

Ver el informe del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Desarrollo humano 1990 (Bogotá, Tercer Mundo, 1991)

Ver la síntesis reciente de Miguel Urrutia, “Política Social: prioridad de la década del noventa” en Jorge Orlando Melo (ed.) Colombia Hoy: Perspectivas hacia el siglo XXI. (Siglo XXI Editores, 1991)

Para dar una cifra, en los 20 años de 1971 a 1990 murieron a manos de sus compatriotas 221.608 colombianos. Ver J. O Melo. 50 años de homicidios. Tendencias y perspectivas  (Nota de 2011).

Al menos desde 1882 una forma de adquirir baldíos ha sido demostrar que se están usando. El código fiscal de 1912 determinaba que a los agricultores se les daría hasta cuatro veces lo cultivado, y a los ganadores hasta 2500 hectáreas, si estaban cercadas, o tenían 2/3 partes con ganados, o habían hecho una obra importante, como “desmontes”. La expansión del latifundio en muchas zonas de colonización, por ejemplo el Caquetá, se apoya en la distribución de tierras a colonos que han desmontado y que después venden a quienes están consolidando sus propiedades.

 

 
 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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