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Progreso y guerras civiles: la política en Antioquia entre 1829 y 1851
 

Rebeliones y guerras civiles 

La historia antioqueña entre 1829 y 1851 está enmarcada por dos guerras civiles. En la primera fecha, el general José María Córdoba se levantó, a nombre de la constitución de Cúcuta, contra la dictadura del Libertador Simón Bolívar, que había suspendido su vigencia. En la segunda, un grupo de conservadores se rebeló, enarbolando la bandera del federalismo, contra el gobierno liberal de José Hilario López, al que consideraba enemigo de la religión y de la propiedad. No fueron estas las únicas guerras civiles en las que se vio envuelta la región: en 1831 el Coronel Salvador Córdoba encabezó una breve revuelta militar contra el gobernador Juan Santana, la que triunfó en menos de un mes y en 1840, el mismo coronel Córdoba se pronunció contra el gobierno de José Ignacio de Márquez, al que juzgaba opresivo, entregado a los godos y perseguidor de José María Obando.  

 A pesar de todo, no fue esta una época de excepcional violencia en Antioquia. Solo la revuelta de 1829 se originó en su territorio; fue además, no sobra señalarlo, la única que se hizo contra un gobierno de hecho. En 1840 y 1851 la guerra había comenzado en otras regiones, y sin mucha preparación los revolucionarios locales, enfrentados a gobiernos legítimos, se lanzaron a la aventura. Todos los tres intentos terminaron en el fracaso y los dos primeros en la muerte de los principales caudillos. Pero en ningún caso la guerra fue muy larga o violenta: las batallas fueron pocas, sin muchas víctimas, al menos en comparación con lo que ocurría en otras regiones del país, y sin mucha violencia ni sevicia. Sin embargo, resultaron costosas para los principales dirigentes: Córdoba murió a manos del irlandés Ruperto Hand, en circunstancias oscuras. En 1841 los conservadores, confiando en que la represión sería el mejor camino para lograr la paz, aplicaron la pena de muerte con alguna amplitud: Tomás Cipriano de Mosquera hizo fusilar en Cartago, sin fórmula de juicio, a los principales dirigentes, los ex gobernadores Salvador Córdoba y Manuel Antonio Jaramillo, con algunos más. En Medellín se fusiló al también ex gobernador (de facto) José María Vesga junto con otros revolucionarios. Pero los defensores de la ley en 1841 fueron los revolucionarios de 1851, y uno de ellos, José María Gómez Hoyos, hizo también fusilar a una familia de Sopetrán que defendía al régimen legal; murió después cuando iba a ser capturado. Otros gobernadores morirían en los años siguientes: Justo Pabón, abaleado por uno de los famosos Alzates (hijos de Simona Duque), que apoyaron la rebelión de Melo en 1854. Y en 1861 moriría Rafael María Giraldo, conservador, en una batalla contra las fuerzas de Mosquera. No era un empleo tranquilo la gobernación del departamento.  

La pasión militar no estaba muy extendida entre los antioqueños. Aunque unos centenares habían hecho la experiencia de la guerra de independencia, no era fácil conseguir reclutas, ni para hacer la guerra al gobierno ni para defenderlo, y solo el atractivo de un personaje como Salvador Córdoba -jugador y cazador- podía arrastrar a los rionegreros, o el temor a la persecución a la iglesia o la violación de las hijas podía mover al pueblo para sumarse a los conservadores. Como lo señaló Juan de Dios Aranzazu en 1841, si se trata de sacar soldados de Antioquia "se desertan y se requieren tres guardias por cada recluta".[1]   

Una idea similar expresó en 1840 María Martínez de Nisser: "si en alguna parte de la república el pobre labrador huye del fusil, sin duda es aquí, en donde para defensa del soberano legítimo, o sea para la invasión de su soberano poder, se muestra indiferente: él prefiere las cuevas o las asperezas de los montes, a la vida del soldado" [2] Los mismos dirigentes buscaban con frecuencia arreglos negociados, para desencartarse de las guerras en las que se habían metido. El coronel Braulio Henao, por ejemplo, cargó, para los más radicales conservadores, con la culpa por el fracaso de la rebelión de 1851, por su afán de negociar con el general gobiernista Tomás Herrera.  

La formación de las lealtades políticas 

La política se centraba más bien en la lucha por el control de los cargos públicos -la gobernación, la representación al congreso y a la asamblea- y por el manejo de una administración pública que podía favorecer el desarrollo económico y social y la vida comercial y minera. Durante estos años, los principales comerciantes y empresarios, mineros y agrícolas, tratan de mantener el dominio sobre la política y en general lo logran. Es un grupo interesado en el desarrollo económico, en el estímulo a la minería, en que le quiten los impuesto al oro, en que no se cobren impuestos directos a los propietarios, en que se hagan caminos, en que se estimulen la colonización y la educación, sobre todo primaria, y si es posible la técnica. Pero lo que más valoran es el orden, la protección a la propiedad privada y a la vida, y ven con desconfianza todo lo que suene a reformas sociales o a la participación y movilización de grupos populares o de mestizos y pardos, a los que usualmente se refieren como "la plebe". 

Aunque hasta 1851 las afiliaciones políticas son relativamente fluidas y a veces cambiantes, desde 1830 empieza a advertirse el profundo dominio que de la política antioqueña tiene el grupo que constituirá eventualmente el partido conservador, conformado alrededor de don Mariano Ospina Rodríguez, de Juan de Dios Aranzazu, de los hermanos Pedro y Julián Vásquez y de la extensa red familiar de los Barrientos y los Gómez Londoño. A finales de la década de 1820 la orientación de esta gente podría definirse como de un republicanismo liberal, marcado ante todo por su distancia con el militarismo venezolano, y su reserva a proyectos autoritarios como los de Bolívar. Entre los conspiradores de 1828 estuvieron Mariano Ospina y miembros de las familias patricias de Santamaría y Campuzano. Casi todos apoyaron a Córdoba en su rebelión de 1829, (Mariano Ospina fue el secretario del general y probablemente escribió las proclamas contra la dictadura) y vieron con alguna desconfianza el extremismo clerical de los marinillos.  Por esto entre 1830 y 1837 hicieron parte del gobierno local personajes como Aranzazu y Ospina, que en 1841 estuvieron con el gobierno de Herrán, al lado de Manuel Antonio Jaramillo o Francisco Antonio Obregón, que hacían parte del grupo rionegrero y que eventualmente se identificaron con el liberalismo y apoyaron la rebelión liberal de 1840.   

Por supuesto, la rebelión de Córdoba dejó por lo menos algunos elementos de definición política: la clase alta rionegrera mantuvo cierto recuerdo romántico del general, y se consideró opuesta al conservatismo extremo de Marinilla. El triunfo de Salvador contra bolivaristas y urdanetistas en 1831 le creó una cauda de seguidores fieles, sobre todo del mismo Rionegro. Las elecciones de 1837, que enfrentaron a José Ignacio de Márquez y a José María Obando, reforzaron la afiliación al conservatismo de la élite antioqueña. Sus miembros rechazaban a Obando por su carácter militar, sus rasgos aventureros, su búsqueda del apoyo plebeyo, ante todo. Y veían a Márquez como un defensor de las instituciones civiles, capaz además de reincorporar en el seno de un partido moderado a los antiguos bolivarianos.  Sin embargo, no había aun motivos serios de ruptura en Antioquia, donde el liberalismo más ideológico de un Azuero no tenía mucha acogida, y donde los elementos de anticlericalismo, en una tierra con un clero reducido y no muy rico, eran inicialmente muy débiles.    

La rebelión de los supremos en 1840 contribuyó a conformar un grupo liberal más definido, pero débil, circunscrito a un ambiente regional y apoyado en buena parte en núcleos familiares muy cercanos. En efecto, esta rebelión no tuvo en Antioquia mucho contenido ideológico, y logró su apoyo ante todo entre la gente de Rionegro, los familiares y amigos de Salvador Córdoba y los que veían con alguna preocupación el control político cada vez más excluyente del grupo de Ospina y Aranzazu. Al mismo Córdoba parecen haberlo impulsado más su solidaridad con Obando, su compañero de las guerras de 1830 y 1831 contra los bolivaristas venezolanos, y su resentimiento con el gobierno, que no le había dado mucho gusto.    

Con el fusilamiento de los dirigentes de la revolución, Córdoba y Jaramillo, parece desaparecer el liberalismo de Antioquia; el otro dirigente importante, el gobernador Obregón, primo de Córdoba y concuñado de Jaramillo, se exilia, vive en la costa y reaparece en la política en 1854, como secretario del dictador José María Melo. Y la élite es más decididamente conservadora: solo el autoritarismo garantizará la paz que se necesita para el progreso y los negocios. Además, el enfrentamiento de los rebeldes con sectores importantes del clero en 1841, y el maltrato a algunos sacerdotes, dejó abierto el camino para una identificación creciente entre el clero y el conservatismo, a pesar de que todavía eran abundantes los curas liberales. El anticlericalismo de algunos miembros de la élite, como Aranzazu, quien hablaba en 1839 de los "picaros frailes" y  se alegraba de que hubieran matado uno a pedradas, ("así debían morir todos ellos"[3] desaparece: la iglesia es elemento esencial del orden social que se busca establecer. Además, los incidentes de las guerras refuerzan las lealtades locales. Marinilla, amenazada de destrucción por José María Córdoba en 1829, respalda firmemente al gobierno. Salamina, también conservadora, siente el peligro del saqueo en la revolución de 1840-1: esto refuerza su adhesión al conservatismo.   

Después de 1845 parece renacer lentamente el liberalismo, como en todo el país. El librecambio tiene sus atractivos para Antioquia, productora del bien principal de exportación, y con el librecambismo vienen otras influencias ideológicas afines. Este liberalismo que revive parece vincular ante todo dos grupos: un sector de abogados como Camilo Antonio Echeverri o Juan de Dios Restrepo (Emiro Kastos), formados en buena parte en Bogotá, en las universidades represivas posteriores a la reforma de 1843, influidos por el romanticismo político de mediados de siglo, y un núcleo de patricios, sobre todo rionegreros pero con alguna representación en Medellín y Santa Fe de Antioquia, que un poco inesperadamente se vuelven liberales o reafirman la identificación de rionegreros y liberales. Es como si en un momento de sorpresiva polarización ideológica, los Montoya, los Sáenz y los García de Rionegro, y toda su extensa parentela, descubrieran en el liberalismo el sentido de su propio pasado, de su apoyo a Córdoba en 1829, de su respaldo a Salvador Córdoba en 1831 y- menos amplio y general- en 1840, de su rivalidad con Marinilla. Muchos habían figurado como conservadores, como Jorge Gutiérrez de Lara, quien será el primer gobernador del régimen liberal de José Hilario López; otros, como Gabriel Echeverri, habían tenido la mano firme para perseguir cordobistas en 1841.  

También ayudan a conformar este liberalismo de 1851 algunos miembros de las élites pueblerinas de las zonas de colonización, algunos núcleos comerciales de Medellín y un buen sector del patriciado de Antioquia, sobre todo el ligado a la familia del dictador Juan del Corral. Es bastante curioso que este grupo rionegrero haya sido en bastantes casos muy tibio en la independencia: el eje del liberalismo rionegrero fue la familia de don Pedro Sáenz, quien debió exiliarse, junto con otros familiares perseguidos por realistas.     

Mientras tanto, eran homogéneamente conservadores los sectores dominantes -esencialmente rurales- del norte (Santa Rosa) y de Marinilla: de ellos surgirán figuras como Pedro Justo Berrío y Rafael María Giraldo. Era también dominantemente conservador la clase alta de Sonsón, encabezada por Braulio Henao, y la de Medellín y Envigado, con figuras como Vicente B. Villa, Miguel y Pedro Uribe Restrepo, los Santamarias. En la década del 40 aparece Pedro Antonio Restrepo Escobar, sobrino de José Félix de Restrepo, quien coquetea brevemente con los liberales en 1848 y hace campaña por la elección de José Hilario López, pero se convierte luego en un importante dirigente conservador, y es uno de los jefes de la revolución de 1851.   

Pero el orientador del conservatismo es ante todo Mariano Ospina Rodríguez, apoyado por Juan de Dios Aranzazu, por los empresarios mineros Julián y Pedro Vásquez Calle, y por una buen grupo de abogados, muchos de ellos emparentados, entre los que se destacan personas como Joaquín Gómez Hoyos de Marinilla, José Joaquín Gómez Londoño y sus hijos Estanislao y Joaquín Emilio Gómez Barrientos. La figura militar de los conservadores es ante todo el general Juan María Gómez Pastor, gobernador por largo tiempo e hijo de quien fuera presidente de Antioquia, José Antonio Gómez Londoño. La descripción que hizo don Mariano Ospina en 1845 de uno de estos políticos, el Dr. Joaquín Gómez Hoyos, puede ayudar a dar una imagen del dirigente conservador típico de la época, y del modelo social impulsado por Ospina: "rico propietario, próvido y juicioso, miembro varias veces de la legislatura, respetado de los partidos políticos, desdeñoso de las teorías y enemigo de las novedades; decidido por la estabilidad del gobierno y por la paz de la República, es uno de esos sujetos que forman el lastre de la mal ajustada nave del Estado, que no dirigen ni impelen ni revuelven ni alborotan, sino que con su influjo mantienen el orden y el sosiego; como hombre de partido es sencillo, obsequioso, atento a los deberes de la Religión y consagrado al cuidado de sus haciendas y a la educación de la familia".[4]  Paz, estabilidad, orden, horror a las novedades, religión, pragmatismo, educación y haciendas expresan muy bien los ideales de los dirigentes antioqueños de esta época. 

 Es evidente que los factores de tipo socioeconómico ejercieron una influencia secundaria o muy indirecta en la elección de grupo político de los miembros de las clases dirigentes: vínculos familiares y regionales, secuencias de acontecimientos coyunturales, amistades y experiencias educativas, participación común en las guerras de independencia o en las luchas contra los urdanetistas, etc., contribuyeron en buena parte a determinar por qué algunos se hicieron liberales y otros conservadores. Con frecuencia en la misma familia se encontraban miembros de ambos partidos: un buen ejemplo de ello se dio en la guerra de 1851, cuando Juan Crisóstomo Uribe fue uno de los dirigentes de los revolucionarios conservadores, mientras su hermano Heraclio  defendía al gobierno legítimo.  

  Sin embargo, desde temprano aparecen algunas manifestaciones de conflicto social, como puede verse en la revuelta de 1841. Según María Martínez, en Sonsón "comenzaron a reunirse y alistarse todos los ministeriales de este pueblo, es decir la gente decente, porque la plebe pertenece a la facción, a virtud de que don Januario [Henao] y su hijo han trabajado mucho en este sentido diciéndole que Córdoba y su partido se han armado para defender la religión; que los bienes de los ricos serán distribuidos entre los pobres, y que sus jornales serán aumentados y mejor pagados, razón por la cual esta gente ignorante ha abrazado ciegamente ese odioso partido".[5] Igualmente, para Aranzazu esta guerra tenía sus elementos de conflicto social y racial: en julio de 1840 había definido la guerra como una de "los perdularios contra los industriosos, la de las plebes contra las clases elevadas, la del salvaje, en fin, contra el hombre civilizado.." y en septiembre de 1841 afirmó:"Eso de Zaragoza va a ser una guerra de negros contra blancos y tendremos que cazar algunos por los montes... Eso no más nos falta: una guerra de colores para acabar de completar el bochinche".[6] El historiador Restrepo, por su parte, indicó que Córdoba contaba con apoyo "en Medellín y Rionegro, especialmente con la plebe".[7] El mismo jefe rebelde José María Vesga, expidió un decreto en Pácora en mayo, en el que decía: "Siendo la guerra que sostenemos dirigida contra un partido aristocrático, que siempre quiere hacer servir la clase pobre que el llama gente plebe, de instrumento para la dominación de sus hermanos, declaro a todo pobre en aptitud de hacer la guerra a todo rico del partido contrario, de cuyos bienes que aprehenda será dueño absoluto".[8] El Cometa, periódico que apareció en favor de la rebelión, puso estas mismas ideas en verso:  

“No más al pueblo oprimirá impudente
la turba aristocrática maligna,
su conducta opresora, vil e indigna
cesó desde hoy irrevocablemente.   
Ya no se jactará tan insolente 
de ser ella, no más, la sola digna, 
de llamarse patriota, leal, benigna
y de calificarse de eminente.” [9]

Los resultados hacen pensar que estas proclamas no eran tan atractivas para los antioqueños, y es probable que liberales de fuera, como Vesga, miraran con poco realismo la intensidad de las tensiones sociales antioqueñas, que aunque existían, eran menos violentas que en otras regiones, dada la alta movilidad social, la ausencia de una aristocracia consolidada, y la presencia de oportunidades que daba la colonización. En todo caso, a partir de 1850 aparecerá cierta tendencia a vincular al liberalismo con reivindicaciones de grupos populares: la emancipación de los esclavos da a los negros cierta proclividad liberal, y los conflictos de la colonización harán que los grupos de colonos enfrentados a González y Aranzazu se identifiquen con los liberales, (como es el caso de Neira) aunque esta identidad no fue necesariamente muy duradera. El artesanado antioqueño no fue muy activo políticamente, y no dio siquiera apoyo visible al golpe de Melo, aunque alguna simpatía pudo tener por el: se relata que el artesano Enrique Haeusler, acusado de apoyarlo, afirmó: "Yo no soy melista, pero sin embargo me gusta el golpecito". Sin embargo, a partir de entonces algunos artesanos exitosos, como Eugenio Sanín y Antonio Rodríguez, tendieron a actuar a nombre del partido liberal.  

 La política era asunto de clases altas, habitualmente, aunque ni siquiera entre estas despertaba mucho interés. En 1826 Aranzazu se quejaba de que nadie a le interesaba la política: "pocas personan se ocupan aquí de los negocios públicos, y muchas de gallos, caballos y temblores. Ni aun de mujeres se habla, porque este género es escaso..." Las clases bajas, aunque no tomaran mucha parte en la política, eran reclutadas o se enrolaban como voluntarios en los ejércitos: "Todos los blancos de Rionegro se hallan con Córdova en Abejorral, de curiosos solamente, pues los de la plebe son casi los únicos que están en las filas", relataba Maria de Nisser.[10]

Sacerdotes y Política  

  Pero desde muy temprano participan mucho en política los sacerdotes. Dada la indefinición de la élite, no es de extrañar la del clero. El primer obispo, monseñor Garnica, evidentemente estaba cerca de los grupos bolivaristas, y condenó la rebelión de Córdoba: esta contó con el apoyo de algunos sacerdotes, probablemente por razones localistas, o de familia y amistad. El segundo obispo, monseñor José María Gómez Plata, quien llegó en 1835, estuvo vinculado a los liberales, y muchos lo consideraron santanderista y hasta jacobino. Sin embargo, como el arzobispo Mosquera de Bogotá, perteneció más bien a ese liberalismo moderado de los treintas que sería luego el núcleo del  conservatismo, aunque mantuvo hasta su muerte cierta tibieza hacia este grupo. Ni siquiera el conflicto alrededor de la enseñanza del derecho -los planes de estudio aprobados por Santander en 1823 ordenaban el uso de los textos de Jeremías Bentham y Destutt de Tracy, defensores de una moral sensualista y utilitarista-, lo alejó del santanderismo. En Antioquia, aunque este conflicto no condujo a una polémica tan activa como la que tuvo lugar en Bogotá, tuvo alguna resonancia por haber provocado la rebelión del padre José María Botero, un sacerdote realista, quien consideraba que el obispo Gómez Plata no estaba cumpliendo con su obligación de enfrentarse a las malas doctrinas. Por lo demás, tampoco estas ideas tuvieron defensores expresos en Antioquia. De todos modos, su promoción por el gobierno debió influir en la identificación de los sectores más católicos con el conservatismo, y en particular de los miembros del clero: desde la década del cuarenta son frecuentes los sacerdotes claramente vinculados al conservatismo. En el Congreso Nacional o las legislaturas regionales de finales de la década tuvieron papel importante, entre muchos otros presbíteros, José Ignacio Isaza, Valerio Jiménez o Manuel Canuto Restrepo, todos futuros obispos.  

 Cuando la insurrección de Córdoba en 1841 los sacerdotes encabezaron la defensa del gobierno legítimo: se destacaron entonces los padres José Tomás Henao y Joaquín Restrepo Uribe, de Sonsón, Felipe Restrepo, de Itagüí, Juan Manuel Lobo Rivera,  José María Montoya, de Abejorral, futuro obispo. Curiosamente, el padre José María Botero Cadavid, antiguo realista y enemigo de Santander y Gómez Plata, estuvo del lado de Córdoba en 1841, le sirvió de emisario y "tiene a la mayor parte de de la gente de Medellín en perfecta inacción, o en incapacidad de trabajar en favor del gobierno legítimo". Igualmente, apoyaron a Córdoba los sacerdotes Esteban Abad, Lucas Arango, José Vicente Calad y Juan Antonio Castrillón, quienes, en frase de doña María Martínez, cambiaron "la estola por la cartuchera".[11]

 Ante la influencia del clero conservador y legitimista, Córdoba decidió expulsar a varios sacerdotes, y acabó peleando con el obispo Gómez Plata, a quien ordenó salir del territorio de Antioquia. El obispo, que había condenado la rebelión en carta privada, desde el 12 de octubre, cuando le dijo " No soy ministerial, pero tampoco demagogo anarquista", no se enfrentó abiertamente a Córdoba y su indecisión le hizo decir a doña María Martínez: "¡Que idea formará el público del reverendo obispo, por no haber hecho todo lo que pudo en días en que el gobierno necesitaba de su influencia y de su elocuencia! El vulgo sin duda ha podido creer por esto, que la revolución tenía por objeto proteger la santa religión de Jesucristo." Y el 27 de abril se quejaba de la influencia del silencio de Gómez Plata: "Si hubiese aparecido la pastoral que hace tiempo estamos esperando del prelado diocesano, algún efecto podía haber obrado para contener a nuestros enemigos tonsurados, que, aunque no tengan más armas que la boca, hacen mucho mal; pero ni para el uno ni para el otro partido, o ni en favor ni en contra de nada, o de lo justo o de lo injusto, se ha dirigido pastoral alguna..."[12]

Dentro del creciente conservatismo del clero, se mantuvieron inclinaciones liberales sobre todo en la región de Antioquia. El sacerdote Emeterio Ospino fue uno de los más radicales liberales en los congresos de Colombia en 1854 y 1855, e influyó probablemente para que el sucesor temporal de Gómez Plata, el provisor Herrera, se sometiera a las leyes que regulaban la elección de los párrocos por los vecinos. Pero en Medellín y el oriente el clero era cada vez más conservador. Ya en 1851, la rebelión contra el gobierno de López estuvo en buena parte impulsada y encabezada por sacerdotes, como Juan Manuel Lora de Belén, José Cosme Zuleta, y los futuros obispos Manuel Canuto Restrepo y José Ignacio Isaza. Esta orientación política del clero se confirmaría, por supuesto, después de la revolución de Mosquera, tras un breve periodo de aguda división interna acerca del juramento de obediencia a la constitución de 1863: desde entonces la identidad entre la iglesia y el conservatismo no se pondría en dudas en Antioquia.  

 Las elecciones en Antioquia.  

  Poco se ha estudiado el funcionamiento del sistema electoral antioqueño durante esta época. De acuerdo con la legislación nacional, los ciudadanos que supieran leer y escribir, o que contaran con determinado ingreso, podían escoger "electores", que eran quienes votaban en las elecciones de presidente, de parlamentarios o de miembros de la asamblea regional. No sabemos cuanta gente tenía derecho a sufragar por los electores, pero es indudable que el derecho a elegir lo tenía una parte muy reducida de la población, aunque probablemente mayor que en el resto del país. Electores y elegidos, por lo demás, tenían requisitos mucho más estrictos de ingreso y propiedad, lo que ayudaba a mantener el dominio de la política en manos de propietarios y empresarios.  

La orientación en favor del conservatismo de la élite antioqueña se manifestó desde muy temprano: ya en 1825 es interesante que no hubiera dado su apoyo a la candidatura de Santander para la vicepresidencia, quien recibió solo 4 votos de quienes podían votar en las elecciones presidenciales, contra 17 de Pedro Briceño Méndez.[13] Aunque Santander ganó la elección presidencial de 1831 (74 votos contra 7 de José Ignacio de Márquez), Antioquia fue la región donde Márquez tuvo una mayor votación. En 1836, el mismo Márquez logró 109 votos contra 20 del candidato santanderista José María Obando, quien solo tuvo apoyo significativo en Medellín: es buena señal de la indefinición que aun tenían las diferencias políticas que Santa Fe y Rionegro  hayan votado casi unánimemente por Márquez en la elección presidencial, como lo hizo, más previsiblemente, Marinilla.  

La elección de 1841 se hizo ya en un ambiente de guerra civil, que agudizaba la polarización política. Antioquia dio su apoyo a los "ministeriales": Eusebio Borrero tuvo 92 votos y Pedro Alcántara Herrán, que resulto elegido, 23, contra 38 del liberal Vicente Azuero; Medellín y Rionegro fueron el centro de la votación liberal: allí Azuero obtuvo cerca del 30% de los votos. En el 45 Mosquera obtuvo 94 votos, contra 44 de Borrero y 20 de Rufino Cuervo: no hubo candidatos que pudieran llamarse liberales. La votación de 1848 confirma el creciente predominio local del conservatismo, pues aunque José Hilario López obtuvo cerca del 50% en el país, en Antioquia solo logró un 12%. Curiosamente, los electores antioqueños tampoco apoyaron a los candidatos conservadores nacionales, Rufino Cuervo y José Joaquín Gori, sino que dispersaron sus votos entre candidatos que podrían llamarse "regionales": en Antioquia y Salamina la votación fue ante todo por Mariano Ospina, y en Medellín, Marinilla y Santa Rosa ganó el general Eusebio Borrero.  

  En 1851 dominaba en el ámbito nacional el liberalismo, y los gobernadores y funcionarios locales pertenecían principalmente a este grupo. Sin embargo, la fuerza del conservatismo le permitió aun ganar en la provincia: en 1851, en las elecciones para vicepresidente, aunque en el país ganó Obaldía, en Antioquia triunfó Juan de Francisco Martín, antiguo sostenedor de la dictadura de Bolívar y de Urdaneta. En 1853 el dominio liberal nacional - acompañado de un uso creciente de mecanismos de manipulación electoral: entonces se inician las acusaciones de fraude y coacción como parte rutinaria de la política nacional- era muy fuerte, y no hubo candidatos conservadores: esto se manifestó en una votación por el candidato oficial Obando relativamente  reducida, aunque obtuvo la mayoría en la región: fue el primer triunfo propiamente liberal en Antioquia, y se dio en medio de una abstención relativamente alta.  

  A partir de 1853 se estableció el sufragio universal y se dio el voto a todos los varones de más de 21 años. Sería interesante saber cómo se votó en Antioquia en 1855 y 1856, en las elecciones para Corte y Procurador General de la república. Pero en 1857 el liberalismo pudo ver que en Antioquia el voto universal favorecía a los conservadores tanto como el voto reservado a los alfabetas y propietarios. En esta elección (según los jurados) hubo 13.978 votos por Mariano Ospina y 4.351 por Manuel Murillo, mientras Mosquera obtuvo 915 votos. Murillo ganó únicamente en Amalfi, Anza, Concepción, Heliconia, Neira, Manizales, Rionegro, Retiro, Santa Bárbara, Urrao, Remedios, Zaragoza y Zea, mientras que Ospina obtuvo más del 90 % de los votos emitidos en Abejorral,  Cañasgordas, Peñol, Frontino, Guatapé, Salamina. San Vicente, Yarumal, Titiribí y unas cuantas localidades más; en Itagüí, Caldas, Ituango, Caramanta, Girardota, Santuario o Envigado no hubo ni un voto liberal, y el número de votantes fue proporcionalmente más elevado que en los sitios donde había algún grado de competencia entre los dos partidos. En Marinilla y Sonsón, donde casi no hubo votos liberales, Ospina compitió con el general Tomás Cipriano de Mosquera. En Medellín ganó Ospina, pero Murillo tuvo una buena proporción, como en La Ceja: unas de las pocas localidades donde ambos partidos tenían una buena presencia. Esta elección mostraba una geografía electoral en la cual, dentro del dominio general conservador, los liberales mantenían algunos enclaves alrededor de Rionegro, en el noroeste y en las zonas de colonización, y tenían una alta aunque minoritaria votación en Medellín. En líneas generales esta situación se mantendría hasta el siglo XX.  

Administración, Guerras y Política  

 La década de 1830 comenzó agitada. El general Rafael Urdaneta, en Bogotá, derrocó en 1830 al presidente constitucional Rafael Mosquera, lo que llevo al retiro del gobernador de Antioquia, Alejandro Vélez, y a su reemplazo por el coronel venezolano Juan Santana. Los agentes de la dictadura, a pesar de que contaron con una actitud de contemporización de la élite antioqueña,-con pocas excepciones, como las de Salvador Córdoba y Mariano Ospina - que los respaldó inicialmente, cayeron fácilmente cuando, en marzo de 1831, Salvador Córdoba logró formar una pequeña columna militar. En menos de un mes Córdoba se apoderó del departamento y restableció el régimen constitucional.  

 Después de este brusco inicio, la década del 30 fue en general de optimismo y calma. Los funcionarios que se sucedieron en la gobernación veían adelante un mundo de progreso, apoyado por las cualidades de trabajo y el afán de riqueza que veían en los antioqueños, que ya manifestaban los rasgos del carácter que los distinguirían en el siglo siguiente: "Tranquila, y mucho es esta tierra; el santo egoísmo y el ansia por la plata dizque la pierden", escribió en 1832 el gobernador Aranzazu. Y el mismo decía en 1833: "esta provincia va creciendo en mi concepto con increíble rapidez, y si hay diez años de paz, patriotismo y acierto para dirigirla, y no se pierde el equilibrio provincial, nos vamos muy alto y dejamos atrás a las otras del Estado".[14]

Dentro de esta perspectiva, la actividad política se redujo en buena parte al esfuerzo por establecer una administración relativamente eficiente y progresista. Los dos gobernadores principales de esta época, Juan de Dios Aranzazu y Francisco Antonio Obregón, que contaron con el apoyo como secretario de Mariano Ospina Rodríguez, orientaron los esfuerzos del gobierno a impulsar algunos caminos, como el de Fredonia a Caldas, el de Caramanta y el de Yarumal, a tratar de ampliar la educación primaria e incluir algunos elementos científicos en la educación que se daba en el colegio de secundaria y a buscar el control moral de la población más díscola y menos dispuesta a trabajar : para todos fue una prioridad la lucha contra el juego y la "persecución a los borrachos y a los vagabundos" Estas administraciones, además, tenían una clara conciencia de la necesidad de estimular la actividad de los grandes empresarios privados, y promovieron la asignación de baldíos para empresas colonizadoras, la eliminación de los resguardos indígenas, la concesión de minas y, un poco infructuosamente, la orientación de la educación para que preparara mano de obra con una mínima formación técnica.  

 El principal motivo de inquietud fue la rebelión del padre  José María Botero, en enero de 1836, a la que ya se ha aludido: este, después de una violenta campaña contra el gobierno, fue condenado a prisión por injurias y ataques a las autoridades. Un grupo de medellinenses, encabezados por el hacendado y empresario Manuel Posada Ochoa, atacó la cárcel y lo liberó a bala: el padre, que era erudito, buen orador y bastante inquieto, tenía mucho  prestigio entre los conservadores más ultramontanos. El presbítero Botero se escondió, pero se presentó a las autoridades a finales de 1836, cuando fue condenado a muerte por sedición, como culpable de la asonada que lo había hecho soltar. La posibilidad de su ejecución conmovió a Medellín, hasta que el gobierno de Santander prefirió indultarlo, apoyándose en el dictamen de tres médicos que declararon que estaba loco. Una nueva situación de inquietud se produjo el mismo año, con motivo del conflicto con Inglaterra, que condujo a finales de 1836 al bloqueo de Cartagena por un buque británico: los patricios hicieron donativos para ayudar a defender al país, mientras que el padre Botero, siempre original, invitaba al pueblo a sumarse a los ingleses "para destruir el gobierno impío".[15]

 También se ha mencionado ya la rebelión de 1840. Iniciada en Pasto, se extendió por todo el país bajo la orientación de José María Obando, apoyada en sentimientos regionalistas, resentimientos militares y esbozos de liberalismo. En Antioquia en octubre de 1840, cuando la rebelión se había generalizado en casi toda la Nueva Granada, el coronel Salvador Córdoba, comandante militar de la región, y quien acababa de ser reemplazado por el coronel Juan María Gómez, se apoderó del mando. El gobernador, que era Obregón, no ofreció ninguna resistencia, y es posible que  simpatizara con la revuelta. Córdoba mantuvo el poder el resto del año, y en enero de 1841 se debió enfrentar a tropas que venían bajo el manto del coronel Gómez. En Riosucio, el 17 de enero, se dio la batalla, en la cual Córdoba fue derrotado. Córdoba pensaba probablemente retirarse, pero recibió refuerzos con la llegada del gobernador de Mariquita, José María Vesga. Las tropas rebeldes se encontraron con las de los gobiernistas, dirigidas por el general Eusebio Borrero, el 2 de febrero en Itagüí, donde tras un combate indeciso se firmó un convenio, que dejaba a Córdoba el control de Antioquia y pactaba el retiro de los legitimistas. Quedó de este modo Vesga como gobernador de Antioquia, y en mayo se dirigió al sur a enfrentar un ejército gobiernista. Los rebeldes amenazaron a Pácora con el saqueo, y fueron derrotados en Salamina el 5 por las tropas de Braulio Henao y otros, en una batalla en la que tuvo papel importante doña María Martínez de Nisser, quien, vestida de soldado y con el pelo recortado, estuvo en las filas conservadoras. La guerra en Antioquia prácticamente concluyó con esta acción, aunque en el resto del país continuó hasta febrero de 1842, y en ella participaron algunos batallones antioqueños. Durante parte de este conflicto, de mayo a septiembre de 1841, la Nueva Granada estuvo dirigida por el antioqueño Juan de Dios Aranzazu, encargado de la presidencia de la república. 

 Antioquia volvió a la paz, bajo un régimen de orientación cada vez más conservadora. Los principales gobernadores de la siguiente década fueron el ya general Juan María Gómez (1852-1845), don Mariano Ospina Rodríguez (1845-47) y el Dr. José María Martínez Pardo. Estos gobernadores continuaron las líneas de sus antecesores, buscando el estímulo a la colonización, a las explotaciones mineras y a las vías de comunicación. En el terreno educativo los jesuitas volvieron a Medellín, a hacerse cargo de la educación de los hijos de las élites, con el apoyo de conservadores y liberales. Ospina, en particular, hizo gran énfasis en el desarrollo de una buena policía y en la persecución a vagos y jugadores. Estimuló además varias obras de fomento, como la creación de una Caja de ahorros y la nueva construcción del Hospital de San Juan de Dios y pretendió, infructuosamente, el impulso a la colonización hacia Urabá.  

A finales de los años cuarentas empezó a reavivarse el liberalismo, que creó las llamadas sociedades democráticas y atrajo una buena proporción de los jóvenes universitarios. Triunfante el liberalismo en el país, el presidente J.H. López nombró gobernadores de esa filiación, aunque poco identificados con actitudes radicales. El primero de todos fue el Dr. Jorge Gutiérrez de Lara, de la élite rionegrera, yerno de don Pedro Sáenz, y antiguo socio comercial del empresario Francisco Montoya, y quien, a pesar de ser conocido como conservador, había comenzado a volver al liberalismo en los años anteriores, y había votado en el congreso de 1849 por López. Gutiérrez nombró como secretario al Dr. Nicolás F. Villa, quien sería uno de los dirigentes liberales más importantes hasta finales de siglo. Villa estuvo entre los organizadores en 1845 de una corporación que tuvo un gran papel en el renacimiento de los liberales, la Sociedad de Amigos del País, junto con José María Facio Lince, y los extranjeros T. Moore y W.Jervis, así como Pedro Antonio Restrepo Escobar. Durante la administración de Gutiérrez de Lara se expulsaron nuevamente los jesuitas, por decisión del gobierno nacional. Además, el congreso expidió la ley de descentralización de rentas, que produjo una de las más importantes transformaciones en la vida regional del siglo pasado. En efecto, por esta ley se trasladaron a las provincias los ingresos del aguardiente, los diezmos y quintos al oro, etc. Aunque Antioquia procedió a eliminar el impuesto al oro, lo compensó en parte con un impuesto al ingreso de mercancías provenientes de otras provincias. A partir de esta ley, comenzó una rápida elevación de los recursos de que disponía la administración regional, los cuales se orientaron ante todo a vías de comunicación y educación.  

 La representación antioqueña al Congreso nacional siguió siendo esencialmente conservadora, a pesar del ejecutivo liberal. En 1850 participó activamente en la discusión sobre liberación de esclavos, en la cual los representantes de Antioquia, Mariano Ospina Rodríguez y Juan Antonio Pardo votaron en contra de los proyectos de emancipación, objetando en particular la insuficiencia de la indemnización. La ley se aprobó con solo 14 votos en contra, entre los cuales estuvieron los de los antioquenos Juan Nepomuceno Duque, Juan Antonio Pardo y Miguel Gómez Restrepo.

Una de las más importantes leyes de los congresos liberales fue la división de Antioquia en tres provincias (Medellín, Córdoba, cuya capital era Rionegro y Antioquia, con Santa Fe de capital), aprobada el 15 de mayo de 1851. Probablemente el principal motivo fue electoral: los liberales no tenían posibilidades de ganar las elecciones en toda Antioquia, por lo cual, y dado el sistema de escrutinios vigente, la totalidad de los representantes antioqueños al congreso y una elevada proporción de los miembros de la asamblea provincial eran usualmente conservadores. Sin embargo, los liberales tenían una alta votación, en la región de Santa Fe, y estaban en situación de equilibrio en el oriente, dado el alto voto liberal de Rionegro y El Retiro. Con la nueva ley, se esperaba ahogar el voto conservador de Santa Rosa colocando esta zona en la provincia de Santa Fe de Antioquia, que se esperaba quedaría con predominio liberal. En Medellín continuaría sin duda el dominio conservador, y se confiaba que en Rionegro, al menos con el apoyo del ejecutivo, pudieran ganarse las elecciones, a pesar del elevado voto conservador de Marinilla y otras áreas vecinas. Además, como es lógico, esto satisfacía algo la vanidad de Rionegro y Antioquia, que adquirían el carácter de capitales, con asamblea y gobernador.  

  En 1851 los dirigentes conservadores antioqueños habían impulsado una revolución local a nombre del federalismo y de la defensa de la iglesia. La respuesta nacional fue la división de la provincia, lo que reforzó el sentimiento regional y la creciente convicción de la élite de que, en un país dominado por el liberalismo, la mejor garantía de una región en paz sería el federalismo; por la misma razón, los conservadores antioqueños votaron en los congresos de la época a favor de la separación total entre la iglesia y un estado que empezaba a actuar con hostilidad hacia ella. El afán de aislarse de los conflictos nacionales llegó hasta el puente de que se sugiriera que, si el federalismo no se lograba, sería quizás preferible buscar la unión a los Estados Unidos, siguiendo las ideas expresadas por Ospina, que había sugerido someterse a un protectorado inglés en 1840. [16]

Con estos acontecimientos se abría el camino a la lucha, que rendiría sus frutos en 1857, por la creación del Estado de Antioquia.

Jorge Orlando Melo.
Publicado en Historia de Antioquia, Medellín, 1987 y 1988.

Bibliografía

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Arboleda, Gustavo: Historia Contemporánea de Colombia. Vols. 2-4.  Bogotá, 1919-Popayán l930

Brew, Roger: Aspects of Politics in Antioquia, 1850 to 1865.  (Tesis, U of Oxford), l971

Buschnell, David, “Elecciones presidenciales colombianas, 1825-1856, en Miguel Urrutia y Mario Arrubla, Estadísticas históricas de Colombia, Bogotá, 1970

Camargo Pérez, Gabriel, Correspondencia del Coronel Salvador Córdoba. Bogotá

Gómez Barrientos, Estanislao: Don Mariano Ospina y su época.  Medellín, l913

Henao Mejia, Gabriel: Juan de Dios Aranzazu. Bogotá, l953.

Latorre Mendoza Luis: Historia e Historias de Medellín. Medellín,  l934

Llano, Teodomiro: Biografía del señor Gabriel Echeverri. Bogotá,  1890 

Martínez de Nisser, María, “Diario de los Sucesos de la Revolución  en la Provincia de Antioquia en los años de 1840 y  1841”, en Roberto M. Tisnés Jiménez, María Martínez  de Nisser y la Revolución de los supremos. Bogotá,  1983

Mesa Nicholls, Alejandro: Biografía de Salvador Córdoba. Bogotá,  l920

José María Restrepo Sáenz, Gobernadores de Antioquia, Tomo II: 1819-1873. Bogotá, l970

Restrepo, José Manuel. Diario Político y Militar, 4 vols., Bogotá.  

Restrepo, José Manuel: Historia de la Nueva Granada. 2 Vols.  Bogotá, 1952, l963.

Gosselman, 1837.

Epistolario de Rufino Cuervo

Epistolario de José Maria Obando

Cartas de Aranzazu (Repertorio), t. 14

Cartas de Restrepo (Repertorio)

Cartas de Santander

Cartas a Santander

Henao, Januario: Rasgos biográficos sobre José Maria Amador (Medellín, Imp. de El Espectador, 1894)

Abraham Moreno: biografía de Giraldo, publicada en l908 Ulpiano Ramírez Urrea: Cantón de Marinilla (1810-1867)?

Ulpiano Ramírez Urrea: Marinilla y el señor Jiménez. Venancio Ortiz: historia de la Revolución del 17 de Abril.

Maria Teresa Uribe 

Restrepo Piedrahita, Carlos: Constituciones de la Republica Liberal.

Posada Gutiérrez. 

 


 

[1] Aranzazu, "Cartas..."

[2] Martínez, Diario, 296. Doña María Martínez, dama rionegrera  casada con el sueco Pedro Nisser, tomó parte activa en la  lucha militar contra la rebelión de Salvador Córdoba, vistió  el uniforme de soldado y participo en la batalla de Salamina,  dando entusiasmo a los defensores del gobierno. Dejó un  interesante diario, publicado inicialmente en 1843, y del que  citamos varios textos.

[3] Aranzazu, op. cit.

[4] Gómez Barrientos, Don Mariano Ospina...347

[5] Martínez, op. cit. 325

[6] Aranzazu, op. cit. 604 y 613

[7] Restrepo, Diario, III, 190

[8] Tisnés, María Martínez... 62

[9] Id. 80

[10] Martínez, op. cit., 301

[11] Id., 336 y 291

[12] Id., 300 y 336

[13] Toda esta sección se basa en el artículo de Bushnell citado en la bibliografía.

[14] Aranzazu, op. cit.

[15] Arboleda, Historia...,III, 182

[16] Gómez Barrientos, op. cit.

 
 
 

 

 

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