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Los pueblos también tienen su historia

 

En 1900 solo uno de cada 12 colombianos vivía en pueblos de más de 10.000 habitantes. Para 2000 esos pueblos tenían 30 millones de personas. En el siglo XX la vida rural se desmoronó: la gente se fue a las ciudades a buscar trabajo, o educación para los hijos, o la vida moderna, con cine, electricidad, médicos, tranvías y buses. Después de 1948 se iban de huida de la violencia y la pobreza.

En Bogotá, Medellín o Cali, los migrantes nostálgicos se organizaban a veces en colonias, para volverse a ver y aplicar el clientelismo, usando al coterráneo exitoso para conseguir una corbata, un cupo escolar o  la línea telefónica. Algunos, enriquecidos, volvieron y convirtieron las plazas del pueblo nativo en copias terribles del barrio Restrepo o de Guayaquil, con edificios de tres pisos de ladrillo y cerámica. Poco a poco los pueblos se modernizaron: llegaba la carretera o el ferrocarril, se instalaba la planta eléctrica, mejoraban las escuelas, tumbaban los árboles de la plaza para hacer una cancha deportiva o una venta de fritanga, y llegaban nuevos servicios, la discoteca y el salón de belleza.

La gente cambió mucho, pero es difícil contar qué pasó. Las guerras de liberales y conservadores, de guerrillas y paramilitares dejaron víctimas y formaron victimarios. Los ricos y las clases medias, que montaban salas de cine y de teatro, cuidaban la escuela y organizaban fiestas y actos culturales, se fueron despavoridos.

Una de las formas de querer estos pueblos es contar su historia. Un mexicano, Luis González narró en 1968 en Pueblo en Vilo, una obra maestra, la historia de San José de Gracia, un pueblito como los nuestros.

Acabo de leer la Historia del Municipio de la Cumbre, 1537-2004, de Omar Obando, sobre una región vallecaucana sujeta a todos los huracanes, desde la conquista a la violencia, y cuyos habitantes sufren las guerras civiles del siglo XIX, ven llegar el ferrocarril que todo lo cambia, y las violencias del siglo XX. Pero un pueblo que atrapa al autor, un bibliotecario que vive en Cali y dedica media vida a averiguar cómo eran las fiestas, quien hizo los colegios, cuando llegaron los protestantes, cuales son los personajes notables, cómo se hizo la carretera.

El pueblo de las tres efes es un libro de la periodista Claudia Arroyave sobre Santo Domingo, un pueblito minero antioqueño que floreció entre 1850 y 1930. Sus habitantes creen en la cultura, acogen el teatro y el cine, crean una biblioteca excelente en 1893: entre sus socios estaban los novelistas Tomás Carrasquilla y Francisco de Paula Rendón, Justiniano Macía, un educador de prestigio nacional, Claudino Arango, fundador del emporio comercial e industrial  del que proviene Cementos Argos,  Ricardo Olano, que inventó la planeación urbana en Colombia. Cuando el ferrocarril lo deja de lado se congela, Y aunque la biblioteca, en el año 2000, se convirtió en cárcel, ahora la belleza nostálgica del pueblo, al que el estancamiento conservó la vieja arquitectura, puede hacer que cuide su cultura y su pasado, y salvarlo del progreso ciego.

Son libros distintos. El de La Cumbre es como una tesis universitaria, erudita, llena de útil información histórica. El libro sobre el pueblo “feo, frío y faldudo” es ágil y divertido. El relojero de la iglesia, el cura que hizo la carretera, el paramilitar del corazón grande,  sirven de tema a crónicas que muestran el cambio, el paso del tiempo. Ambos están escritos con un amor a la tierra casi doloroso, y son un canto a cuando la gente era más buena. En Santo Domingo, un paramilitar mató más de 20 personas en una diciembre reciente, y la autora lo cuenta con brillantez e ironía. Obando prefiere dejar la violencia en la Cumbre a otros autores.

En estos libros están la vida y la muerte, la alegría y  la tragedia de la historia colombiana.

Jorge Orlando Melo

Publicada en El Tiempo, 27 de noviembre de 2008

 
 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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