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El Río Del Tiempo Y El Tiempo De La Palabra
 

Presentación de El Río del Tiempo de Fernando Vallejo 

En la introducción a ese fascinante libro que es Logoi, y que pocos colombianos parecen conocer, hay dos frases de Fernando Vallejo que vale la pena recordar. Afirma que, sea  “poesía o prosa, el lenguaje literario existe por oposición al habla”  y que “el genio de Cervantes descubrió que la literatura, más que en la vida, se inspira en la literatura”.  A primera vista, nada podría desmentir mejor estas afirmaciones contundentes que esta amplia novela que hoy presentamos nuevamente los lectores.

 

El Río del Tiempo, es cierto, se inspira en la literatura: no sería muy difícil, pero dejo esta tarea a críticos más eruditos, exponer sus relaciones con En Busca del Tiempo Perdido. Ambas son novelas de la novela, historias del esfuerzo por recobrar ese recuerdo nuclear de la infancia, el punto de amarre que permitía escapar de alguna manera al flujo inclemente del tiempo, al desmoronamiento continuo de todo lo que existe.  Esa piedra de amarre resulta en ambos casos la palabra del escritor, la novela, sin duda más perdurable que las famas pasajeras creadas por la prensa y la televisión, pura doxa u opinión. En ambas el marco cronológico que limita cada volumen, cada novela, es apenas una tenue cortina, un velo transparente que se abre continuamente para permitir el regreso al pasado o el salto al futuro del narrador, que parece moverse sin ningún orden, arrastrado por asociaciones libres, pero en el fondo se somete a rígidas exigencias formales, que enlazan como temas musicales con un destino tonal inexorable los cinco movimientos de esta obra. Nada más riguroso y elaborado que el errar desordenado de Proust y de Vallejo. Ambas son meditaciones sobre la memoria y el olvido, sobre las relaciones entre la literatura y la vida, sobre el paso del tiempo, sea el tiempo perdido o el tiempo recobrado o simplemente, el que los abarca todos, el río del tiempo.  

Pero la alusión permanente a Proust  –que aparece también en escenas y personajes, en el amor a abuelas cariñosas e inteligentes, en el cuarto negro totalmente aislado, en los maricas, en múltiples detalles que darían tema para un juego de trivialidades-  y que nos confirma, entre tantas otras cosas de este texto, que la literatura surge de la literatura, no puede hacernos olvidar lo que ambas novelas tienen que ver con la vida. Para comenzar con lo más obvio, son novelas autobiográficas, en las que el lector se pregunta con frecuencia si un incidente, un personaje, un acontecimiento, una opinión del narrador, pertenecen a la vida real o son simple invención literaria. Y ambas  son novelas en clave, aunque Vallejo, más compasivo con los amantes de la realidad, ha simplificado el esfuerzo de identificación y nos dice que Hernando Giraldo es Hernando Giraldo o Héctor Charry Samper es Héctor Charry Samper. Claro que no se si siempre es así, aunque me consta que Bruja, la perra con la que dialoga amorosamente a lo largo de las novelas que componen la novela, también es Bruja. Y bruja. 

Y como Vallejo y yo hemos pasado por los mismos sitios, nos hemos rozado en varias ocasiones en encrucijadas distintas, esta obra es para mí una substanciosa fuente de evocaciones.  Allí está, en ese Medellín idealizable de los años cuarenta, el barrio Boston en el que nacimos los dos, casi al mismo tiempo. Yo me fui muy pronto, pero conocí a los salesianos del Sufragio, donde estudió y sufrió el narrador, años más tarde, cuando volví a vivir allí y soporté el catecismo de los sábados a cambio de una boleta de cine. Ambos fuimos, a pocas cuadras de Boston, al Instituto de  Bellas Artes, a estudiar piano: él aprendió bastante, mientras yo, sin ningún talento musical,  ganaba segundos premios en los exámenes de fin de año a punta de disciplina.  Encuentro también en El Río del Tiempo las clases de filosofía de la Universidad Nacional, el Cisne, el Arlequín, y personajes y sitios bogotanos que hicieron parte de mi vida. Nos separamos otra vez, después de un año en el que compartimos el ocasional ritual sabatino de la visita a las librerías: se fue a los Andes, donde Danilo Cruz Vélez y donde Manuel José Casas Manrique, quien debió exacerbar su sensibilidad por los asuntos del lenguaje y el estilo. 

Pero la Colombia de este inmenso fresco  –y debo permitirme aquí, junto al estudioso y censor de lugares comunes y clichés, al enemigo de metáforas rutinarias, esta comparación tonta-  es mucho más que una evocación, nostálgica, de los días azules de la infancia, de los años del fuego secreto, apenas saliendo de la adolescencia, de los caminos a Roma y la tentación del cine, de los años de peregrinaje en Nueva York y Méjico y  de la cercanía a la muerte, cuando, entre fantasmas, la libreta en que apunta la muerte de los amigos va gastando sus páginas en un movimiento cada más rápido, en un acelerando que nos lleva al acorde, al descanso final. La historia personal, la autobiografía, la vida vivida, el amor y el sexo, se desbordan en una imagen de Colombia construida con el más delirante lenguaje de diatriba que ha existido en la prosa colombiana, con la más cómica y divertida caricatura del país  –y también, al paso, de Méjico-  que se haya hecho en nuestra literatura.  Lo único comparable, y que me ha dado tanto placer y me ha conmovido tanto como las novelas de Vallejo, es Sin Remedio, la novela de Antonio Caballero sobre Bogotá y sobre la escritura de un poema.  Son caricaturas implacables pero más reales y más exactas que la realidad.  Y son caricaturas que uno no debe leer en público, para no provocar la envidia ajena, que soporta muy mal un lector desconocido, en un aeropuerto o una biblioteca, que no puede aguantarse la risa.  

Ya que me metí en evocaciones personales, voy a salir de ellas de una vez: volví a encontrarme con Vallejo, perdido desde 1.960, en 1.983, cuando me tropecé con Logoi, y no podía creer lo que mis ojos leían: aquí tenía yo un Erich Auerbach colombiano, un retórico de altura universal, y alguien obsesionado con el idioma como yo. Una obsesión que se manifiesta en mi odio, que también es su odio, a los presentadores de televisión, que me impide ver un noticiero sin perder la hora siguiente de mi vida rumiando la carta que le voy a escribir a Yamit o al que sea denunciado los asesinatos lingüísticos que acababan de ocurrir, mucho más abundantes que los otros que presentan con tanta fascinación: dejé de ver noticieros, para no enloquecerme. Tampoco podía creer lo que leía dos años después en El Mensajero.  Siempre he sido sobrio, más bien avaro, en mis elogios, pero mis amigos recordarán: ¡qué cuentos de George Painter y su Proust, qué cuentos de Lytton Strachey y sus personajes victorianos! Que me muestren una biografía mejor, en toda la literatura universal, que la de Porfirio Barba Jacob. Y como mi memoria de historiador también es flaca, no me acuerdo bien cuando volví a ver a Vallejo. Fue en Medellín, a donde yo había regresado para tratar de frenar un poco, un centímetro, la caída al abismo de una ciudad a la que se la estaba llevando el diablo y a la que él volvía mientras preparaba una novela sobre sicarios y vírgenes. ¿Sería cuando subimos a la comuna nororiental, a la Villa de Guadalupe de nombre tan mejicano, a ver las terrazas y los techos todavía rojos del barrio y la apertura de un teatro al aire libre, con el embajador de Inglaterra a tiro de sicario, en los años ya remotos de Pablo Escobar?  

Ya entonces había leído Los Días Azules, que evocan un Medellín que también fue mío, y El Fuego Secreto, en cuyas páginas podía reconocer la gran transformación de Medellín que había tenido lugar, digamos, porque esto no puede fecharse con mucha precisión, en febrero de 1.957: el descreimiento, la rebelión sindical, la destrucción del padre, la liberación sexual, la homosexualidad, los nadaístas, el comunismo, el auge del crimen y la pobreza. Yo estaba haciendo una historia de Medellín, escrita a cien manos, pero no tuve la audacia de romper con las convenciones gremiales y pedirle un capitulo sobre Medellín a  Fernando Vallejo, ni a Darío Jaramillo, que estaba ya armando sus Cartas Cruzadas. Debía haberlo hecho, a ambos: más real el Medellín de los novelistas y poetas y autobiógrafos que el de los historiadores.  

Hasta aquí hablo de la vida.  La otra frase que cité tenía que ver con la oposición entre el lenguaje oral y el escrito. Y otra vez hay que hacer distingos: la prosa de Vallejo, en estas novelas, parece lenguaje oral. Fluye, fluye sin interrupciones, con las vacilaciones de la conversación, con el desorden de la evocación casual. Sin embargo, nada más engañoso: lo que hace que se parezca al lenguaje oral es el arte cuidadosísimo, de un virtuosismo casi mágico, con el que Vallejo escribe frases que nadie podría decir en la conversación. Yo, que escribo con un estilo más parecido, aunque menos literario, al lenguaje ceremonioso y cada vez más sacerdotal de William Ospina, me muero de envidia con esta fluidez, con esta prosa que logra crear el engaño final, la sensación de que al leer estamos siguiendo el ritmo del habla, que nos parece el ritmo de la vida y el ritmo del tiempo, que nos revela la verdad de la literatura en su falsedad, en hacernos creer lo que no es. Creo que el oído, profundamente musical, de Vallejo, le permite hacer esas frases que tan poco se parecen a lo que hablamos, que se alargan indefinidamente, obsesivamente correctas, llenas de inclusiones y desvíos y travesías y derivaciones y sin embargo tan parecidas al ritmo de la conversación, de la respiración, del caminar errabundo, del fluir de los ríos. Una tal fluidez que mi esposa psicoanalista dice que Vallejo tiene el inconciente conectado directamente con la máquina de escribir.  

Y en un libro que trata del tiempo y la destrucción de las cosas, y que convierte la palabra en el único bastión inexpugnable e indestructible, nada más bello que la imagen de la niña sefardita, que habla un idioma del siglo XV, con la que tropieza en Roma: 

“Vos he visto al llegar”¿Es lo que dijo? Ya no recuerdo. ¡Y los vocablos! ¡Los lejanos, los perdidos vocablos! No decía los muchachos, decía los mancebos. ¿Los mancebicos, dijo? ¿Los mancebiellos? Los que venían con ella de Israel y que no hablaban castellano. El castellano, dijo, se lo enseñó su abuela, que ya murió, Y salvo con ella con nadie más lo había hablado en el mundo hasta ahora, que me encontraba a mi. Mi abuela vive, pensé, y soy doblemente afortunado porque te encuentro, niña. “¿De donde venís?” Me preguntó su dulzura. Y en el momento irreal, mirándose la ondina, meciéndose el ahorcado, recobraba la gracia en su voz infantil, el acento, la perdida viveza, y oía las dobles eses y la ce con cedilla que nadie que viva ha oído en mi idioma. Yo, solo yo. Mi ignorancia entonces no lo supo. Años después descubrí la razón del prodigio. Era el judeo-español, el español sefardita, el de los sefardíes que echaron de España, quinientos años ha…

Déjame revivir un instante el instante. Déjame oírte, recobrarte, recobrarme en el común origen, el viejo idioma mío y tuyo, que he olvidado.  El que le llegó a tu abuela  –¿A Salonic? dímelo, ¿o a Alcazaquivir? ¿o a Lárissa? en el áspero Magreb o en los reinos levantinos del Sultán –y que por tan distintos caminos le llegó a la mía, a Antioquia, en una goleta desafiando la mar hasta arribar a tierra, a otro mar, de ciénagas, y por senderos fragosos, bordeando precipicios, hasta la bella villa mía, Medellín de la Candelaria donde se quedó encerrada entre montañas… Quinientos años tenían que haber pasado para volverlo a oír, en Roma, de tus labios, niña. Pero no, lo que oigo es el eco...” 

Nunca he podido leer esta página sin conmoverme, sin que me tiemble la voz. El río del tiempo disuelve hasta las palabras, el tiempo de la palabra es también efímero.  

Más hablado he en demasía y non vos quiero detener más.  Agora es tiempo para William Ospina  

Gracias

Jorge Orlando Melo
Santa Fe de Bogotá. 10 de febrero de 1999
Museo Nacional,  en el acto de presentación del libro de Fernando Vallejo, El Río del Tiempo, Alfaguara, 1999

 
 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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