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El rostro de las víctimas

 

Lunes 16 de junio por la mañana. Mientras camino por el parque del Virrey, frente a una banca, dice una señora: "Aquí mataron antenoche a dos muchachos". Otro paseante se arrima y dice: "Sí, ayer vi grumos de sangre en la banca". La señora contesta. "Los mataron a bala, pero como anoche llovió se limpió la sangre". Al llegar a casa busco en la prensa y en Internet: quiero ver si hay alguna noticia, alguna indicación de la causa del homicidio. Nada. Los periódicos no dicen nada, ni el domingo, ni el lunes, ni el martes, ni el miércoles. Encuentro algunos homicidios fuera, un turista en Centroamérica, pero la ciudad es maravillosamente tranquila: en esos cuatro días, parece, no han matado a nadie en Bogotá.

Por supuesto, sé que es mentira. O son tantos los muertos que ya no son noticias, o los medios de comunicación decidieron no hablar más de ellos, no perturbar a los ciudadanos, no dañar la imagen de la ciudad. Ha triunfado la teoría de las noticias positivas. Y los muertos de cada día han perdido su nombre, se han convertido en ene ene.

Pero las víctimas, esos dos jóvenes y los demás muertos de estos días, tenían un rostro, una familia, padre, madre, hermanos. Habían ido a la escuela y al colegio, tal vez trabajaban, tal vez iban a la universidad, o tal vez no, pues no habían alcanzado el puntaje requerido o no tenían cómo pagar los estudios avanzados. Habían crecido en un barrio de Bogotá, entre amigos, que compartían sus gustos y disgustos, en medio del azar de las peleas de barrio, de juegos y deportes, quizás de algunos malos pasos. Habían tenido novias, habían hecho el amor, habían peleado con sus padres. Eran de cierto estrato, más o menos blancos, más o menos mestizos, de colegio público o privado, más o menos atractivos. Quizás hacían sus rumbas en discotecas de clase media, o preferían tomarse una botella de aguardiente en las sillas del parque, para no gastar mucho.

Eran personas vivas, con una historia que se cortó bruscamente y no puede recuperarse, pero al menos podría recordarse.

Sus familias les hacen el duelo, pero la ciudad debería hacerlo también y darse cuenta de que estas vidas humanas eran únicas, irrepetibles, y que la muerte es irremediable. La sociedad debería saber quiénes son sus muertos, conocerlos, enterarse de sus vidas, sus rasgos, sus aventuras, sus anécdotas.

El año pasado murieron en Bogotá entre 1.300 y 1.500 personas -no sabemos bien, pues la Policía, Medicina Legal y el Distrito tienen cifras distintas y no están de acuerdo ni en cuándo comienza y se acaba un año-. Más o menos cuatro personas diarias mueren asesinadas. Cuatro ene ene, pues nunca salen en los periódicos, nunca sabemos quiénes son. Si son importantes, puede que nos enteremos, o que la Policía ofrezca unos millones a los que den información. Si no, no. En la muerte siguen las desigualdades de la vida y algunos están condenados al olvido inmediato.

Hace años los muertos eran más. Las políticas de prevención y represión de las alcaldías y la desmovilización de paramilitares, entre otras cosas, redujeron el nivel de homicidios. Pero este proceso se ha venido frenando: las cifras se están estabilizando. Hay que inventarse nuevas estrategias, y reforzar las que han tenido éxito: mejorar el trabajo de la Policía y sobre todo, el de la Fiscalía General de la Nación, tan ineficiente. Nadie sabe cuántos homicidios resuelve, cuantas acusaciones por homicidio hace cada año. ¿Una por cada diez muertos? Lo dudo.

Pero la ciudad y el país podrían comenzar por abandonar la política del avestruz, dejar de pensar que es mejor que no se sepa nada, que nadie se entere. No hay que seguir cerrando los ojos. La ciudad tiene que devolverles el nombre, devolverles la cara a sus muertos.

Jorge Orlando Melo

26 de junio de 2008

 

 
 
 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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