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Socialismo y democracia: ¿Vale la pena leer todavía al profesor Molina?
 

Los trabajos de Gerardo Molina incluidos en este volumen conforman una excelente introducción al pensamiento de uno de los colombianos que con mayor honestidad y dedicación trataron de elaborar una propuesta política que respondiera a la gravedad de los problemas que ha enfrentado nuestro país durante buena parte del siglo XX. Su contribución al conocimiento de la historia política de Colombia es de indiscutible importancia. Los tres volúmenes de Las ideas liberales en Colombia, publicados en la década de 1970, le permitieron mostrar a las nuevas generaciones de estudiantes e intelectuales, que entonces se volcaban con afán al estudio de la historia nacional, la compleja dialéctica de un partido político que había representado, a veces alternativamente o a veces a través de la existencia de corrientes contrapuestas, las perspectivas de cambio social, de un lado, o los esfuerzos por consolidar un statu quo político o económico, del otro.

También fue persistente el esfuerzo del Maestro Molina por formular las bases doctrinarias de un proyecto político de contenido socialista en Colombia, y por diferenciar claramente los contornos del "socialismo posible" y deseable de las propuestas comunistas o de las que, como la socialdemocracia reciente, habían renunciado a sus ideales iniciales para reducirse a proponer un capitalismo reformado. Su posición fue, en estos aspectos, de una sorprendente coherencia. Desde su juventud, como senador elegido por el Partido Liberal, propuso las líneas centrales de un socialismo democrático que se manifiestan otra vez en Proceso y destino de la libertad, escrito en los años en que la violencia colombiana lo llevó a un exilio temporal en París, o en sus trabajos de la década de 1980, Breviario de Ideas Políticas y Las ideas socialistas en Colombia.

Su actividad como escritor y analista estuvo estrechamente ligada a su participación en la política activa y a su larga gestión como profesor y dirigente universitario. Como político, trató en varias ocasiones -sobre todo en 1944, cuando creó la Liga de Acción Política, y en la década del 80, cuando fue el principal orientador del movimiento Firmes- de fundar un partido o movimiento que encarnara su profunda convicción democrática y su vocación socialista. A pesar de que estos esfuerzos no produjeron los resultados que anhelaba, es preciso subrayar la influencia ideológica que tuvieron sobre sectores, minoritarios es verdad pero de gran influencia, de intelectuales y dirigentes sociales. Su compromiso con la defensa de los derechos humanos, sus propuestas de apertura y modernización política, su impulso a la búsqueda de una salida política al conflicto guerrillero, pueden reconocerse en el consenso político que permitió en 1991 esa inmensa revolución institucional incorporada en la reciente Carta Constitucional. No pudo verla en su forma final, pues murió cuando se desarrollaban aún sus deliberaciones, pero no creo equivocarme al suponer que habría reconocido, en el amplio y progresista texto que finalmente fue aprobado, la realización de muchos de sus ideales. Tampoco me cabe duda de que habría deseado que la Constitución hubiera establecido mecanismos más claros de control de la fuerza pública, ni de que habría lamentado que no se hubieran introducido en la Carta normas que garantizaran mejor el control social de la economía y la inversión social.

En efecto, podría parecer hoy, cuando el socialismo parece estar pasando de moda, que uno de los núcleos centrales del pensamiento de Molina ha perdido vigencia e interés. No es la ocasión para desarrollar este argumento en forma detenida, pero me parece que vale la pena insistir en que, incluso en este campo, la lectura de su obra sigue siendo importante y merece una seria consideración. Es cierto que el comunismo, al cual criticó por su autoritarismo, por su fortalecimiento del Estado a costa de la iniciativa social, por su desconocimiento de esas libertades y derechos fundamentales que conforman el más valioso logro de la acción política de los hombres, ha desaparecido. Y es cierto que casi nadie duda hoy de las limitaciones de cualquier sistema económico basado en un manejo directo de la producción por parte del Estado. Pero aunque no podamos aceptar en forma completa y literal sus afirmaciones, algunas de las cuales pueden parecer que pagan tributo excesivo a fórmulas socialistas en crisis, debemos también preguntarnos si nuestras sociedades no están aceptando en forma muy poco crítica las ilusiones de un modelo liberal extremo. La lectura de Molina puede servir hoy para recordar las limitaciones y costos de un desarrollo económico sin controles ni orientaciones sociales. Si sabemos que la mano invisible del mercado constituye -en condiciones que no siempre se dan, pues los monopolios y las insuficiencias en el acceso a la información pueden limitar su funcionamiento, y hay fenómenos macroeconómicos que sólo pueden enfrentarse mediante la regulación y la concertación realizadas por el Estado- el mejor mecanismo para promover el crecimiento de la producción, sabemos también que su extensión abusiva a todos los campos puede producir daños serios a la calidad de la vida humana. Son evidentes las insuficiencias, e incluso los resultados perversos, que produce el libre juego de las decisiones privadas basadas en el lucro en áreas como la protección del medio ambiente, el desarrollo de la ciencia y la cultura, el manejo de la información y las comunicaciones de masas. Y es también evidente que sin una acción positiva y afirmativa de la sociedad el mercado puede reducir la miseria y las desigualdades sociales sólo en forma muy lenta y discriminatoria. Si queremos una sociedad en la que todos tengan oportunidades similares, en la que las desigualdades originales no se reproduzcan y refuercen por la marcha inexorable de la vida económica, debemos aceptar la intervención de mecanismos sociales compensatorios, y nadie ha inventado un mecanismo diferente al de la acción política, concretada en políticas e inversiones estatales. ¿No son justamente los elementos "socialistas" que, a través de los partidos socialdemócratas, se impusieron en Europa y crearon una sociedad en la que se eliminó casi por completo la pobreza, que pudo ofrecer educación y salud a todos, y que mantuvo algunos elementos solidarios, los que les han evitado la gravedad de los conflictos y la violencia que han vivido los Estados Unidos, a pesar de su mayor riqueza?

Igualmente básico es el problema de los valores fundamentales que constituyan los hilos centrales de una sociedad. ¿Debemos aceptar que sean el crecimiento económico y la ampliación indefinida de consumos cada vez más diversificados el principio único que oriente el desarrollo social, al costo que sea? ¿O vale la pena empezar a retomar las ideas, que suenan hoy ingenuas y hasta ridículas, de que la calidad de vida de una sociedad depende ante todo de la riqueza en el desarrollo cultural, la existencia de relaciones personales basadas en la confianza, la tolerancia y la cooperación entre iguales, la ausencia de violencia, la certeza de empleo y la satisfacción de un mínimo de necesidades fundamentales para toda la población, sin excepción alguna?

Aquí residen, me parece, la fuerza y la vigencia de la obra de Molina, que seguirá estando en el centro de las referencias de todos los que se preocupen a fondo por el sentido de la evolución de nuestra sociedad, cada día más acostumbrada a tolerar todos los costos y todos los excesos, siempre que se mantengan tasas de crecimiento económico adecuadas. De todos los que creen que vale la pena, aunque parezca utopía, seguir tratando de que Colombia sea un país amable, pacífico y solidario. Molina nunca perdió, en sesenta años de acción cultural y política, las esperanzas de lograrlo, a pesar de que muchas veces, o casi siempre, se afilió a grupos minoritarios y defendió ideas impopulares. Que hoy sigan siendo impopulares no es prueba de que sean equivocadas. El lector podrá encontrar en este volumen por qué sigue siendo importante que escuchemos al Maestro.

Jorge Orlando Melo
Bogotá, 8 de marzo de 1992

Puede encontrar más información en:

www.gerardomolina.org

 

 
 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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