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Actos divinos y culpas humanas
 

En épocas más autoritarias y en las que la divinidad vigilaba cada acto humano, la gente tendía a ver en las grandes catástrofes la voluntad de Dios, que castigaba así a los pecadores. Después del terremoto de Caracas de 1811, los curas dijeron que era un castigo divino por la rebelión contra España, lo que llevó al volteriano Bolívar a afirmar que si la naturaleza se les oponía, lucharían contra la naturaleza.

Pocas personas creen hoy que Dios escoge, en respuesta a las conductas de los hombres y en sus designios insondables, los pueblos de Colombia que se hundirán bajo las aguas o los males que golpearán a los haitianos. Esta imagen de un Dios vengador pero injusto, que castiga por igual a niños inocentes y pecadores, llevó a muchos humanistas al ateísmo o a la convicción de que Dios, si existe, responde por la inexorabilidad de las leyes de la naturaleza pero no las altera caprichosamente.

El lenguaje, sin embargo, refleja las creencias antiguas: frente a cada inundación o derrumbe, muchos hablan de que fue la voluntad de Dios, o agradecen, en frases a veces inquietantes, que Dios haya salvado sus vidas mientras morían sus vecinos. En el idioma inglés se habla rutinariamente, en contratos y decisiones legales, de “acts of God” para referirse a los hechos de fuerza mayor, totalmente imprevisibles, que excusan de responsabilidad o justifican un incumplimiento.

Lo que está pasando en Colombia no tiene mucho que ver con actos divinos y ni siquiera es consecuencia inevitable de la naturaleza. Al usar estos términos, evitamos pensar en las responsabilidad humanas. Olvidamos que durante más de 100 años nos hemos dedicado paciente y descuidadamente a alterar los cursos de los ríos, a eliminar vueltas y meandros, a aislar madreviejas, a secar humedales e impedir que los ríos se derramen, cuando suben las aguas, en centenares de pequeñas lagunas, convertidas ahora en zonas de cultivo o de vivienda. Sin las válvulas creadas en millones de años para las épocas recurrentes de altas aguas, los ríos, aprisionados, ganan caudal y velocidad y terminan aprovechando cualquier falla menor para concentrar su fuerza en unos pocos sitios, que sufren el desquite de la naturaleza.

En las laderas de las ciudades, los habitantes han invadido durante medio siglo, contra unas autoridades impotentes o con la ayuda de funcionarios cómplices, los bordes de quebradas y riachuelos, que acaban obstaculizados por casas o basuras, mientras las aguas buscan salida por debajo de las viviendas y socavan sus cimientos. Frente a los intentos de desalojo, nos resignamos a que los que no tienen nada tienen el derecho a perder su vida y las de sus niños. Las rutinas de mantenimiento se abandonan por ineficientes, mientras se gastan años en planear grandes obras de ingeniería que impedirán del todo inundaciones o derrumbes. En 1944, 1970 o 1987, y muchas veces más, hubo derrumbes, inundaciones, víctimas y promesas, ya casi olvidadas. Después hubo esfuerzos de prevención y solución al problema, pero poco a poco pasaron a segundo plano, frente a la urgencia de tierra agrícola o de espacio para nuevos barrios urbanos. Un trabajo coordinado, permanente, que combinara la ingeniería, la planeación y la inversión pública, la educación ciudadana y la aplicación estricta de la ley para impedir nuevas ocupaciones peligrosas, y en el que la población colaborara en serio con el Estado, raras veces ha durado más que un instantes.

Por eso, dentro de 12 o 15 años, cuando llegue la próxima y previsible cima invernal, que superará como siempre los registros previos, nos tendremos que limitar otra vez a expresar la solidaridad con las víctimas y a darles alguna ayuda humanitaria. A menos que tomemos conciencia de que estos no son “Acts of God”, sino acciones de los hombres.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 9 de diciembre de 2010

Nota adicional:


Al escribir la nota anterior, tenía presente un proyecto modelo, que precisamente puede explicar el hecho de que en Medellín (a diferencia de Bello y otros sitios), el invierno reciente se haya resistido muy bien, en especial en zonas que en la década de 1980, como en el caso doloroso de Villa Tina, fueron víctimas de derrumbes mortales. Ese proyecto fue el Programa Integral de Mejoramiento de Viviendas Subnormales, PRIMED, que se desarrolló entre 1993 y 1999, al menos, en varias áreas de la ciudad.


El proyecto fue elaborado en buena parte como respuesta a la frecuencia de los deslizamientos y a la dificultad de hacer un proyecto de viviendas nuevas aceptable para decenas de miles de familias, aferradas a la tierra que ocupaban desde hacía décadas o años. Quien lo concibió y desarrolló fue el arquitecto Carlos A. Montoya, quien trabajaba entonces como asesor del PNUD en la ciudad. El proyecto fue acogido por Maria Emma Mejía tan pronto llegó a la Consejería de Medellín en agosto de 1990 y ella gestionó y consiguió un apoyo muy amplio del Banco de Fomento Alemán. Los alcaldes Omar Flórez (1990-92) y Luis Alfredo Ramos (1992-94) le dieron un respaldo serio al proyecto y supongo que lo mismo pasó después. Un asesor alemán, que tenía una prestigiosa entidad de consultoría sobre problemas urbanas en Hessen, Roland Ziss, y que conocía muy bien a Medellín, donde había vivido varios años –y había participado en grupos teatrales, entre otras cosas- ayudó en la formulación del Plan de Factibilidad y en el afinamiento del proyecto. (También asesoró a Bogotá más recientemente, y a él se debe en buena parte, entre otras cosas, el desarrollo del Parque Ecológico de Juan Rey). Un resumen del documento original puede consultarse en:

http://desastres.usac.edu.gt/documentos/pdf/spa/doc7145/doc7145-indice.pdf

La idea esencial era consolidar los barrios subnormales en forma integral, sin trasladarlos excepto en los casos en que el riesgo geológico fuera insuperable: evitar riesgos de derrumbe mediante tratamiento de aguas, muros de contención, taludes, reforestación, senderos consolidados (esto lo pagaba el préstamo no reembolsable alemán); ayudar a las familias para el mejoramiento de vivienda y su consolidación mediante los subsidios de vivienda (que antes no se podían dar por estar en zonas de riesgo no plenamente legalizadas), lo que fue apoyado por el gobierno nacional y creo que al menos hasta 2002 se habían dado unos 6000 apoyos familiares; desarrollar toda la infraestructura social -escuelas, bibliotecas, campos deportivos, centros de salud, teatros al aire libre, etc., lo que pagaba el municipio de Medellín.  El programa comenzó a ejecutarse a comienzos de 1993 y se trasladó a la alcaldía de Medellín (Corvide) a donde pasó Montoya, bajo la gerencia de Joaquín Valencia. 

Mi impresión es que fue un proyecto comparativamente muy exitoso, muy bien concebido y que pasó la prueba de este invierno: los derrumbes se han dado por fuera de su área de aplicación. Después se suspendió, pero su enseñanza se traslado en buena parte a la empresa de Desarrollo Urbano (EDU) de Medellín, que uso la experiencia de los que participaron en PRIMED, sobre todo en las alcaldías de Fajardo y Salazar (quien había conocido el proyecto cuanto trabajaba en la Consejería de Medellín), durante las cuales se reformuló el proyecto con el nombre de “Viviendas con Corazón”, que mejoraba e incorporaba la concepción original del PRIMED.

El proyecto, por otra parte, por lo que he visto después y recuerdo, ganó el segundo premio en 2010 en asuntos urbanísticos en la bienal de Quito, la Unesco lo puso como ejemplo y publico un libro con introducción de Federico Mayor. Fue analizado también en un extenso informe de Alan Gilbert y Julio Dávila sobre programas de vivienda en Medellín, Bello, Soacha y Mosquera, publicado en 2006 por University College de Londres.

En general ha sido más reconocido fuera del país que aquí, pues aquí predomina la idea de que es preferible hacer un barrio nuevo para atender la “demanda insatisfecha” de vivienda, a la que se suma la vivienda en condiciones precarias, sin pensar en el bajo costo que tiene a veces transformar la vivienda precaria en vivienda razonable. La preferencia es por la expansión urbana, con todos sus costos, y no por mejorar lo existente. Si se hubiera copiado en otras partes, seguramente nos habríamos ahorrado muchos de los costos humanos recientes. Pero todavía puede servir de ejemplo para los próximos años...

JOM

El documento de Davila y Gilbert, elaborado en colaboración con el DNP; está en:

http://www.ucl.ac.uk/dpu/people/davila/tabs/TITULO_03_D01_Cities_Alliance_UCL.pdf

 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Jorge Orlando Melo. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización octubre 2016
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