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¿Y ahora qué?
 

Un artículo de Alfredo Rangel pregunta, en tono catastrófico, qué puede pasar ahora, sin Uribe. Yo pensaría que es posible una política menos crispada, sin que el país tenga que sentirse todos los días al borde del abismo. Por supuesto, somos una democracia con defectos, pero uno de los peores es que casi nadie confía en que los gobiernos normales puedan enfrentar bien los problemas, y muchos creen que hace falta un salvador omnipotente, sin el cual todo se va al diablo.

Y una de las virtudes de nuestra democracia es cierta flexibilidad, que le permite adaptarse y resistir grandes desafíos. Siempre ha habido agoreros que piensan que todo se va a acabar. En los años 60 aseguraban que la democracia no era viable y pronto recaeríamos en la dictadura militar. Hace unos 10 años pensaron que Colombia era un Estado al borde del colapso, aunque era difícil ver pruebas sólidas de ello. Ahora, varios columnistas han pintado el país que nos espera con las tintas más negras: guerrilla, caos, desempleo, corrupción, clientelismo, hasta un renacer de los paramilitares, y un presidente que no podrá gobernar porque todos los días se recordará el rosado paraíso perdido.

Yo sigo con cierto optimismo cauto: creo que nada grave pasará y que los avances que trajo Uribe, ante todo la firmeza ante la guerrilla, no se van a deshacer. Que la corrupción y el clientelismo, que crecieron en los últimos años en parte porque el Presidente, interesado en asegurar su reelección, no usó su inmenso poder para mandar a las tinieblas exteriores a las clientelas locales que los promovían, probablemente volverán a sus justas proporciones.

Puede que la guerrilla se haga ilusiones, pero por fortuna el país ya no aceptará nuevos Caguanes: una nueva negociación, si acaso, tendrá que apoyarse en la experiencia de estos años, y en la idea de que solo se puede hablar del abandono de las armas, pues la guerrilla no tiene derecho a hablar de los problemas del país a nombres de nadie. En los demás temas, los importantes, no tiene por qué haber mucho fracaso. El gobierno que venga tendrá, como este, ministros excelentes e incapaces, tal vez sin tanta obsesión de sostenerlos. Y quizás tome en serio, en forma más coherente, los problemas económicos y sociales, con menos subsidios a los empresarios y menos asistencialismo para los pobres.

Bogotá podría ser un negro ejemplo de lo que pasa si cambia la calidad de los gobernantes. Entre Peñalosa y Mockus, excelentes alcaldes, y el actual, hay un abismo. Y sin embargo, no hay hecatombe. Algunos programas han sufrido daño, pero la gestión pública ha mantenido calidad, la ciudad resiste y puede que esté aprendiendo con dolor lo obvio en una democracia: que hay que elegir gobernantes sin pasión, por la capacidad de gobierno que hayan mostrado y no por su simpatía o sus promesas, sin dejarse deslumbrar por pajaritos de oro.

Y el país tiene la fortuna de que hay excelentes candidatos. Pardo, Fajardo. Mockus o Peñalosa (y hasta Santos o Noemí, si pudieran evitar el apoyo de las clientelas locales herederas del poder de la 'parapolítica') serían probablemente mejores presidentes que candidatos, y un gobierno calmado y tranquilo de cualquiera de ellos, menos personalista y tremendista que el actual, ayudará a que los colombianos descubran que no necesitan un padre todopoderoso que lo resuelva todo, los cuide de la guerrilla, los encomiende a Dios, regañe personalmente a los malos y decida a quién hay que darle un empleo o por dónde irá una carretera rural.

Y al país le conviene abandonar la ilusión mesiánica y caudillista y tener un presidente de bajo perfil, para acercarse poco a poco a una democracia normal, con instituciones confiables, reglas claras y una ciudadanía exigente, informada y crítica. Los colombianos no somos perfectos, pero podremos sobrevivir.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 4 de marzo de 2010

 

 

 

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