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Ahorrar, gastar y malgastar
 

Aunque en el cristianismo primitivo la riqueza fue mal vista, la imagen negativa del rico ha cambiado mucho. Por supuesto, todavía algunos creen, como Diego de Estella en el siglo XVIII, que los pobres no solo heredarán el cielo sino que disfrutan más esta vida terrena, pues encuentran en sus pobres manjares?un placer que escapa a los ahítos propietarios de la riqueza. Pero son más los que creen que es mejor ser rico que pobre, como decía la millonaria Gertrud Stein, antes de que algún pobre le robara la frase.

La única riqueza aceptable tenía que salir del esfuerzo, el trabajo y el sacrificio, y el que tenía dinero debía redimir su pecado original entregando todo a los pobres, o, como hacen los millonarios gringos, a algunas fundaciones humanitarias. Dejar la riqueza a herederos que no la crearon produce la catástrofe. Thomas Mann escribió Los Buddenbrook para mostrar cómo, después de que las primeras generaciones de empresarios hacían su fortuna con dedicación y austeridad, los sucesores terminaban en especulaciones ruinosas o usando la fortuna para hacer alarde y presunción. Uno creería estar leyendo la historia de Antioquia en el siglo XX, de los primeros arrieros a los patrones del consumo conspicuo.

Por supuesto, los ricos siempre creyeron que el dinero era más dañino para los pobres, y en la misma Antioquia no faltaron expertos que se oponían a subir los salarios a los obreros porque se los gastarían en aguardiente, con daño para sus familias y sus almas.

Este tipo de moralismo se aplicó también a las naciones: los holandeses se convirtieron en el siglo XVII en el país más rico del mundo a punta de comercio, y sus negociantes, que se dedicaron a apoyar el arte, a vivir bien y a ayudar a los pobres, no lograron escapar de la “vergüenza de sus riquezas”, como la llamó el historiador Simon Schama. Tres siglos después, la imprevista riqueza del petróleo, nos dicen los economistas, acabó, como si fueran venezolanos, con su industria y su voluntad de trabajo.

La idea de que la riqueza que no viene del trabajo no sirve es vieja entre nosotros y se aplicó pronto contra las bonanzas mineras. El primer tratado de economía que se publicó en Colombia, escrito en 1823, sostuvo, en una temprana crítica a la enfermedad holandesa, que la minería, al pagar todo lo que se importaba, estaba destruyendo la agricultura e industria y hacía que la población viviera en la indolencia o en la miseria. “¿Si la República no poseyese los metales preciosos no comería, bebería o se vestiría? Los comerciantes buscarían con qué pagar el consumo y no teniendo oro, harían florecer la agricultura y cada provincia estaría llena de industria y cada individuo se encontraría ocupado”.

Ahora parece que estamos otra vez a punto de sufrir los males de la riqueza, y frente a este peligro los economistas no se ponen de acuerdo. ¿Debemos ahorrar lo que nos llegue, eliminar el déficit del Estado y pagar nuestras deudas, para que el ingreso imprevisto no valorice el peso y se acaben nuestras exportaciones? ¿O será mejor gastar lo que llegue, para estimular la economía, crear empleo, cumplir con los sueños aplazados y darles casa a todas las familias y computador a todos los niños? En esto, lo mejor es no perder la calma y aplicar el sentido común: pagar las deudas que más aprieten, reducir el déficit y gastar sobre todo en lo que nos ayude a ser más productivos en el futuro. En los últimos años, sin mucho dinero, nuestro Estado se dedicó al derroche, a los elefantes blancos, a las obras públicas sobredimensionadas o innecesarias, al gasto público suntuario, a la divulgación grandiosa de sus obras.

Ahora que parece que habrá plata, sería ideal una administración más austera, que no malgaste pero que gaste en lo que el mercado no apoya bien, pues funciona solo a largo plazo: la educación, la defensa del medio ambiente y el desarrollo científico.

Jorge Orlando Melo
Publicado en El Tiempo, 2 de septiembre de 2010

 

 

 

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Ultima actualización octubre 2016
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